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Atarse los zapatos

22 octubre, 2020 — 3 comentarios

Ayer me até los zapatos y al hacerlo caí en la cuenta de que he repetido ese gesto miles de veces. Hice un rápido cálculo: aprendí a atármelos a los seis años, es decir, hace 22 630 días. El gesto de atarse los zapatos es cotidiano, pero no es raro ir al gimnasio o visitar a media mañana a una amante, de modo que hay días en los que uno se ata los zapatos más de una vez; por otro lado hay días en los que uno guarda cama por enfermedad, resaca o pura vagancia, y entonces uno no se los ata, si bien estos días improductivos son menos frecuentes que los otros, que llamaremos sobreproductivos. Es, pues, razonable establecer que a lo largo de la vida uno se ata los zapatos 1,3 veces por día, de manera que yo me he atado los zapatos 29 419 veces (y sin embargo no puedo decir que haya logrado la perfección en los nudos: a veces son amasijos y a veces gurruños y sus lazos salen siempre desiguales. Tal es mi desaliño indumentario).

Entonces pensé que, inevitablemente, habrá una última vez que me ate los zapatos. Después de esa vez ya no habrá otra, ora porque muera atropellado por un camión, ora porque me lleve a la cama una enfermedad galopante e incurable, ora porque decida usar sólo mocasines. Lo inquietante, claro, es saber que no sabré cuál será esa vez. Cuando la última atadura se produzca, no seré consciente de que lo es, y por eso no tendrá la solemnidad nostálgica que le correspondería por derecho. No es poca cosa despedirse de un gesto que va con nosotros desde la infancia y que nos ha hecho tantos servicios, modestos pero útiles; gestos que han acompañado nuestra vida, que fueron ágiles y retozones como corzos en la niñez, vigorosos como panteras en la juventud, cuidadosos en la madurez y hoy son fatigosos y van acompañados de un pequeño estertor que nos sale al doblarnos para empezar la maniobra, que ya se nos antoja lastimera y pesada.

Después terminé de atármelos, fuime y no hubo nada.