Archivos para enero 2018

Taminah

31 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de enero de 2017.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

CONRAD1

Joseph Conrad

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

TAMINAH

La locura de Almayer, capítulo 8: ¡qué alarde de talento novelístico!

Con una inesperada maniobra, Conrad guía nuestra atención hacia un personaje insignificante y lo agranda hasta convertirlo en memorable.

Doce páginas de exquisita marquetería literaria y una doble proeza: primero, elevar al estrellato, por el puro arte novelístico, a un actor de reparto; segundo, permitirnos contemplar las peripecias de la trama desde un ángulo completamente distinto. El narrador abandona su balcón habitual y pasa a observarla —y nosotros con él— desde la trastienda. Estábamos tan acostumbrados a ver la historia con los ojos de los protagonistas que, cuando Conrad elige los ojos de Taminah, dejamos de ser espectadores de primera fila y nos convertimos en túrbidos voyeurs; la experiencia es embriagadora.

Taminah es una joven esclava que vende tortitas. Aparece, fugazmente, en el capítulo 3 y enseguida desaparece, hasta cinco capítulos más tarde, cuando, en primer lugar, se nos hace ver su irrelevancia:

Reconoció a Taminah, la esclavita de Bulangi […] una irrupción cotidiana carente de importancia.

Pero de pronto, el artista Conrad da un volantazo a la narración y nos la muestra de esta forma tan maravillosa y psicológicamente impúdica:

Al ver su paso ligero, su figura erguida y su rostro velado por la habitual expresión de apática indiferencia, nadie habría podido adivinar el gran peso que sobrellevaba […] En aquella dúctil figura, enhiesta como una flecha, de andares libres y llenos de gracia, en aquellos ojos dulces que solo mostraban inconsciente resignación, dormían los sentimientos y las pasiones, las esperanzas y los temores, la maldición de la vida y el consuelo de la muerte.

Vemos a la chiquilla por fuera y por dentro (prosopografía y etopeya, con perdón), de la mano maestra de Conrad. Taminah es un alma cándida que deja pronto de serlo:

Vivía como las altas palmeras junto a las que pasaba, buscando la luz, anhelando el sol, temiendo la tormenta, pero inconsciente de todo eso. La esclava no tenía esperanzas ni imaginaba otra vida. Nada deseaba ni esperaba ni amaba ni temía, excepto los golpes […] La ausencia de dolor y de hambre era su felicidad…

Conrad abandona la historia troncal y se entrega a Taminah, la reivindica, la enaltece, la estudia y los lectores se lo agradecemos. En su deambular vendiendo pastelillos, la chiquilla se cruza con un hombre, uno de los protagonistas, y queda prendada de él:

Con frecuencia el hombre al que llamaban amo se cruzaba ante ella, caminando altivo e indiferente, con el orgullo de la juventud, […] Un día la vio y preguntó: «¿Quién es esa chica?».

Almayers_Folly_BS_largeTaminah, azorada, se aleja con premura, pero él la llama, le levanta la cara por la barbilla y le habla con dulzura. «No tengas miedo», le dijo.  Ella empieza a tener esperanzas de que algo maravilloso está por sucederle, pero Conrad da un hachazo estremecedor: Nunca más volvió a hablarle. Alguien lo llamó desde la orilla del río; él dio media vuelta, se alejó y se olvidó de su existencia.

Tres palabras amables que dejan a Taminah turbada y alterada y después, el brutal olvido.

Al usar la mirada de Taminah, tan distinta de las otras, Conrad enriquece la historia colosalmente, pues en esas doce páginas inolvidables nos enteramos de cosas capitales, que no debo ni quiero revelar. Pero esta maniobra novelística solo era posible si antes se le daba a Taminah una personalidad y un alma impropias de un personaje secundario. Hacer esto bien sólo está al alcance de los grandes.

El primer Conrad

20 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de enero de 2017.

La locura de Almayer (aunque yo habría preferido traducir Almayer’s Folly −a la vista de la historia− como Los delirios de Almayer) es el comienzo de una prodigiosa trayectoria de novelista: la del irrepetible Joseph Conrad.

2018_01_19_El primer Conrad

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

EL PRIMER CONRAD

El Conrad de La locura de Almayer, su primera novela, está lejos aún del gran artista que llegó a ser. Ni la arquitectura narrativa ni el lenguaje se acercan a la calidad de sus grandes monumentos literarios. Hay en el Almayer vaniloquios prescindibles como: Un aspecto general de escuálido abandono invadía el lugar, o fragmentos de prosa torpe e hipervitaminada como: El brillante sol de la despejada mañana, tras la tormentosa noche, inundaba el camino principal del poblado.

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Pero su calidad, aun sin la maravillosa técnica y el estilo único que desplegaría en novelas posteriores, ya es detectable en muchos aspectos y hace de su lectura una delicia próxima a la fascinación. Algo que me ha llamado la atención y en cuyo uso muestra Conrad, creo que instintivamente, una maestría especial, es la personificación, o sea, la atribución de cualidades humanas a lo no humano. Este conocido y antiguo recurso retórico tiene en Conrad una profundidad que va mucho más allá del adorno descriptivo o de la mera ambientación. La naturaleza, tal como él la personifica, tiene valor estructural, cimentador, y explica mucho de los personajes, sus decisiones y conductas. De forma sorprendentemente eficaz —y a su manera, terrible— la naturaleza se convierte en un personaje más.

Ya en la nota prologal del autor leemos:

Sólo en la cruel serenidad del cielo, bajo el despiadado brillo del sol…

El río Pantai, tan central en la novela, tiene reacciones emocionales como esta:

Nina miraba el colérico río avanzar arrolladoramente hacia el mar bajo los latigazos de la tormenta.

Y cuando llegan las inundaciones, los lugareños tienen una explicación inequívoca:

«Menuda riada», gritó Babalatchi al oído de Dain. «El río está muy enfadado. ¡Mira, mira los troncos a la deriva!».

almayer6Esos troncos arrastrados por la poderosa corriente poseen una libertad que Almayer envidia; así, tras quedarse a observar cómo uno de ellos se libraba de un obstáculo que detenía su camino, piensa:

Lo logró; entonces se retiró y pensó que ahora tenía vía libre hasta el mar y envidió el destino de aquella cosa inanimada que se iba haciendo pequeña e indistinta en la cada vez más profunda oscuridad.

La fecunda naturalidad de Conrad con la naturaleza y sus manifestaciones le permite recurrir a ella, ya no personificándola, sino, simplemente, como dinámico y memorable telón de fondo:

Al poco, la piragua cruzó rauda la veta de luz que corría sobre el río desde una gran hoguera en la orilla opuesta, y reveló la silueta de dos hombres remando doblados y una tercera figura en la popa manejando con caprichosas florituras el remo timón…

Sus formidables progresos como novelista desde La locura de Almayer se entienden mejor si recordamos sus enérgicas palabras en el prefacio de El negro del Narcisus:

Toda obra que aspira {…] a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea.

El Conrad de su primera novela no es el de Nostromo o de El corazón de las tinieblas, pero no anda muy lejos.

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Joseph Conrad

Texto con texto

18 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 12 de enero de 2017.

2018_01_12_Texto con texto

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

TEXTO CON TEXTO

Me gusta la poesía de William Carlos Williams. Hace medio año hablé en este faldón de un poema suyo, La carretilla roja, que traduje así:

muchas cosas dependen

de una

carretilla

roja

barnizada

por la lluvia

entre las gallinas

blancas.

Cuando leí el poema, hace años, y cuando escribí sobre él, hace meses, nada sabía de las circunstancias de su génesis. En literatura me interesa más el texto y menos el contexto. Hay obras, lo sé bien, que agradecen una lectura y una crítica histórica o marxista o psicoanalítica o feminista o poscolonial y que tales lecturas —si no están podridas de antemano por las bacterias de las consignas ideológicas— esclarecen y amplían significados. Pero, en general, ceñirme al texto me da mejores y más limpios resultados. Las otras lecturas suelen llevar a más turbación hermenéutica.

Hoy voy a desmentirme y a hablarles del contexto. He aquí la historia que me contaron hace unos días:

William Carlos Williams era pediatra, además de poeta. A diario recibía a sus menudos pacientes, y a los impedidos los visitaba en sus casas. Había ido varias veces a una apartada granja, donde una niña estaba en su cama, casi paralizada, y se debatía entre la vida y la muerte, sin que hubiese certeza de cuál iba a ser el desenlace. Llevaba semanas en ese estado crítico. En una de esas visitas, un día lluvioso, el Dr. Williams auscultó a la pequeña, arrodillado en el suelo junto a ella; después levantó la cabeza y vio, por la ventana, el escueto rectángulo de mundo que aquella niña enferma podía ver, mientras yacía a la espera de su destino: un murete, una carretilla y unos polluelos a su alrededor.

Lo que vio, y lo que vio más allá de lo que vio, nos lo dejó escrito en esos ocho versos. Mucho depende de una carretilla…

Bonita historia. Sin embargo no creo que saberla añada valor al poema. Los sentimientos de piedad y simpatía que genera la triste anécdota son verdaderos y amables, pero de índole extraliteraria. El poema, por sí solo, también genera emociones intensas —aunque no sepamos qué lo hizo nacer—, con la añadidura de que nos deja proyectarlas sobre cualquier persona, caso, experiencia o recuerdo; la circunstancia de la niña enferma es particular; la proyección del poema, universal, sin perder por ello ni un gramo de humanidad. Así que, tras pensarlo un poco, ratifico mi preferencia crítica: un buen texto casi siempre se basta a sí mismo.

No sé si aquella niña sobrevivió a su enfermedad.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 5 de enero de 2017.

2018_01_05_Las mandarinas de Akutagawa

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

 

LAS MANDARINAS DE AKUTAGAWA

Más modosamente que Erasmo, que elogió la locura, Junichiro Tanizaki escribió su muy apañado ensayito Elogio de la sombra y nos hizo ver cuánto y cómo se fijan los japoneses en la luz, el color y en sus opuestos.

En Vida de un idiota y otras confesiones, de Akutagawa Ryunosuke, leo un relatito titulado Las mandarinas. En él, un misántropo de tomo y lomo va en un tren; un vagón solitario; de pronto sube una jovencita:

Evidentemente era una muchacha de campo con las mejillas agrietadas y enrojecidas […] No me gustaba ese tipo de caras vulgares […] Y, para colmo, me exasperaba su mente estúpida, incapaz incluso de distinguir un billete de segunda de uno de tercera.

Irritado por la inoportuna presencia, el huraño intenta aislarse mediante la lectura del periódico, que sólo da cuenta de más vulgaridades: la cuestión de la paz, el novio y la novia de una boda, la corrupción, las esquelas… El tren, entonces, entra en uno de los muchos túneles de ese recorrido y todo empeora:

El tren en el interior del túnel, la muchacha de campo y el periódico repleto de mediocridad…

Aún en el túnel, la muchacha logra abrir la ventanilla tras varios forcejeos. Horror:

…por el hueco cuadrado que quedó abierto, penetró un aire negruzco, como hollín derretido, que se convirtió enseguida en un humo asfixiante…

Por fin sale el tren del túnel, de las tinieblas a la luz, y la tozuda campesina, con medio cuerpo fuera de la ventanilla:

…agitó enérgicamente su mano llena de sabañones. Acto seguido, unas cinco o seis mandarinas, teñidas por los colores de uno de esos días cálidos que le alegran a uno el corazón, llovieron del cielo por separado sobre los niños que decían adiós. […] La muchacha, que probablemente iba a servir a la gran ciudad, había arrojado por la ventanilla algunas de las mandarinas que guardaba en su pecho a sus hermanos pequeños, como recompensa por haber ido a despedirla expresamente hasta aquel paso a nivel.

Imaginamos los reflejos, los destellos de las mandarinas en su vuelo, por aquel paso a nivel de las afueras teñido por la luz del anochecer. Sí, porque el anochecer tiene también su luz, asustadiza, tal vez, dubitativa, tímida.

Esas mandarinas fueron importantes. Nuestro misántropo mira ahora a la muchacha —y a la vida— con otros ojos:

…como si estuviera mirando a otra persona totalmente diferente. […] por primera vez fui capaz de olvidar mi indescriptible fatiga y hastío: capaz  incluso de olvidar la vida, sí, la vida incomprensible, vulgar y aburrida.

Él miraba a la joven y yo miro una foto de Akutagawa: un rostro inverosímil, elongado, como si lo hubiera imaginado El Greco; la mirada parecería desdeñosa a primera vista, pero no lo es, sino más biende una extraña crueldad interesada.

En Engranajes anotó:

Ya no tengo fuerzas para seguir escribiendo más. Vivir con este sentimiento es un dolor indescriptible. ¿Es que no hay nadie que me haga el favor de venir y estrangularme silenciosamente mientras duermo?

Al parecer no hubo nadie, así que se quitó la vida el mismo, en julio de 1927, a los treinta y cinco años. La razón la contó él mismo: Bonyari shita fuan, o sea, una angustia confusa. Es un motivo, convengámoslo.

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