Archivos para mayo 2017

Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de mayo de 2017.

El gran poema del siglo XX: La tierra baldía, de T. S. Eliot.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

QUE NO SE ACABE NUNCA

Hay que leer el impresionante poema de T. S. Eliot, La tierra baldía (o asolada, como prefería Borges) para tener una comprensión cabal de la literatura del siglo XX. Cuatrocientos treinta y tres versos que no se olvidan.

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De este poema colosal se pueden decir muchas cosas: es una cima de la literatura modernista; rezuma simbolismo; explora nuestros clásicos grecolatinos y los traslada, con extraña crueldad, a nuestro tiempo. A mí me basta con decir que es un poema subyugante. ¿He dicho crueldad?

Abril es el mes más cruel, hace brotar

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos con deseos…

El propio Eliot da una clave fecunda cuando habla, en un ensayo sobre Joyce, del paralelismo entre la contemporaneidad y la antigüedad.

Como todo buen libro —y más aún si es de poesía—, la clave de su disfrute consiste en no leer para terminarlo, sino, justamente, en lo contrario: leer deseando con todas nuestras fuerzas que no se acabe nunca. ¿Quién quiere ver secarse un venero de gozo?

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Un jovencísimo T. S. Eliot

Así, iremos de asombro en asombro, haciendo posada en cada verso, sin pasar al siguiente antes de hacerlo nuestro, por ósmosis o por fagocitación, deteniéndonos ante cada imagen, cada evocación, cada alusión secreta y cada referencia velada (y la sonoridad, la sonoridad, si se lee el original). Si por ventura no caemos en la cuenta de que hay versos que aluden a Ovidio o a Dante o a Shakespeare o a Nerval, o que recogen canciones infantiles (London bridge is falling down) no pasa casi nada; la fuerza del poema seguirá intacta.

El invierno nos cobijó, cubriendo

la tierra de nieve olvidadiza…

Ese maravilloso forgetful snow fecunda nuestra imaginación, antes de proseguir.

De pronto surge un grito que concentra la amargura del poema:

…Oh hijo de hombre,

no lo puedes decir ni adivinar, pues sólo conoces

un puñado de imágenes rotas, donde bate el sol

y el árbol muerto no da refugio, ni consuela el grillo

ni brota el agua de la piedra seca…

Se prefigura un apocalipsis, y este célebre verso ahonda en lo ominoso:

I will show you fear in a handful of dust.

Su traducción habitual (Te mostraré el miedo en un puñado de polvo) pierde, ay, la rotundidad rítmica.  (Hay bastantes traducciones al español. Sean cuidadosos al elegir la suya).

En otro pasaje, sombríamente (y pensando en Baudelaire) escribe:

Ciudad irreal

bajo la niebla parda

de un amanecer de invierno…

Irreal y brumosamente mitológico es casi todo el poema, aunque sorprenda a veces con sus repentinos cambios de tono, como cuando oímos la estrambótica voz de la vidente Madame Sosostris o cuando se recrimina prosaicamente a una mujer, por no haberse arreglado los dientes para complacer a su marido.

Cuando llegué a estos versos:

En la hora violeta, la vespertina hora

que nos empuja hacia el hogar y que devuelve a casa, salvo, al marinero…

recordé el Requiem de R. L. Stevenson (Home is the sailor, home from the sea) y pensé en el aire oscuro de las tormentas en el mar, cuyo secreto Eliot desentraña al haber sabido verlo violeta, color, aquí, de gran tristeza.

El poema me atrae por estar hecho de versos contenidos, racionales, pero llenos de emoción. Para escribir así hay que tener una grandísima capacidad de concentración, casi de enfrascamiento. T. S. Eliot debió de ser un hombre capaz de oír crecer la hierba.

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de mayo de 2017.

Una novela que primero inquieta y después abruma.

2017_05_19_DeLillo Apocalipsis hogareño

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

DELILLO: APOCALIPSIS HOGAREÑO

Ruido de fondo (White noise) es mi primera novela de Don DeLillo. No será la última. Mi interés le debe mucho a lo siguiente: un gran talento para hablar de cosas tremebundas en un tono doméstico y sin aspavientos. El tono: ese es el quid.

El matrimonio protagonista conversa en la cocina y Jack reflexiona:

Cosas, cajas. ¿Por qué todas esas posesiones conllevan un peso tan amargo? Parecen impregnadas de oscuros presagios.

Y cuando Jack nos habla de su amigo, el excéntrico profesor Murray, su retrato parece dar barzones entre el cariño y el desprecio:

Murray sabe adoptar un aire a la vez falso y honrado […] creía que solo existía un modo de seducir a una mujer: mediante el deseo franco y sin tapujos […] Está intentando desarrollar una vulnerabilidad atractiva para las mujeres. Trabaja en ello conscientemente, como los que en el gimnasio levantan pesas ante un espejo. Pero sus esfuerzos solo han producido hasta la fecha ese aspecto suyo furtivo, aborregado y zalamero.

Significativamente, son los niños quienes aparecen más tensos, más amargos, más intolerantes, tal vez porque no han tenido tiempo de revestirse de cinismo e indiferencia resignada, aunque sí, ¡ay!, de digerir los mensajes dominantes.

Su cara de onceañera era como una máscara experta en exasperación contenida.

Los personajes presienten unas vidas yermas. Es la impotencia ante un mundo abrumador, desmesurado, sin que sepamos dónde está el botón de apagado, de desconexión… en suma, sin escapatoria a la vista.

El escritor Juan Francisco Ferré, en su opúsculo El libro americano de los muertos (vivientes), me ahorra la faena de listar los principales asuntos a los que DeLillo alude en Ruido de fondo: cultura comercial, televisión omnipresente, catástrofe ecológica, terrorismo, fatalismo tecnológico, los centros comerciales como nuevos espacios casi sagrados de nuestro tiempo… O sea, la vacuidad, el aplastamiento del individuo —laminación infernal— por poderes borrosos, ominosos y omnímodos: la TV, los anuncios, las modas, los pensamientos dominantes (y hasta dominátrix).

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Pero ese deambular por el horror de cada día no tiene, en las voces, en el fraseo de los diálogos, tonos tremebundos. La excelente prosa de DeLillo, a la que el artista parece aplicar los preceptos taurinos de parar, templar y mandar, queda lejos de la fastuosidad pirotécnica de Nabokov, por ejemplo, o de la verbalidad lírico-tremendista de Faulkner; se habla de esos horrores con la gris familiaridad de quien ya los tiene asumidos como parte inevitable de la vida. El resultado es un goteo de pesadumbre sobre el lector. La historia y las reacciones de los personajes nos van corroyendo página a página, sin que podamos apartar ese cáliz de nosotros. Un gran sentido del humor es el contrapunto que nos ata al texto. El protagonista, que ha medrado académicamente creando un departamento de estudios hitlerianos, escucha las cuitas de un colega perplejo ante la nueva cultura popular:

—Comprendo la música, las películas, comprendo incluso hasta qué punto los cómics pueden revelarnos cosas, pero aquí hay catedráticos hechos y derechos que no leen otra cosa que las cajas de cereales para el desayuno.

—Son la única vanguardia que tenemos.

Con Ruido de fondo metemos en casa un coro de voces ácidas, pero no destempladas; desesperanzadas, pero familiares, del domos nuestro de cada día. Esas voces, que podrían ser las nuestras, transforman la desolación metafísica en otra desolación más hogareña y, por eso mismo, menos desolada, pero más temible.

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Don DeLillo

Publicado en Málaga Hoy el viernes 12 de mayo de 2017.

 

Una poesía fundada en una erudición clásica profunda, articulada y lírica.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

POETISA DE LOS ÚTEROS ERRANTES

Durante mi reciente viaje a Michigan entreví, tras el ventanal de una cafetería, una figura venerable y frágil. Me pareció Anne Carson, la poeta canadiense, pero no pude —ni quise—cerciorarme. La cara de un pelma pegada al cristal no es una imagen que quiera dejar de mí. Además, no soy mitómano. Seguí, pues, mi paseo, pero hice una rápida comprobación. Sí, Carson es ahora catedrática de clásicas en la Universidad de Michigan. Debía, pues, de ser ella.

Al regresar hojeé su libro Hombres en sus horas libres. Lo que me había llevado a Anne Carson por primera vez fue su condición de importante filóloga clásica. Tiene fama de saber muchísimo de la Grecia antigua y está ciegamente enamorada de su lengua. Después me prendieron su fuerza y una maravillosa sensibilidad para envolver la mejor erudición en gran poesía. Sobre Edipo leemos:

CALCINADO para despertar sin ley, suelto

En las cuencas de él.

Un fiero cielo rosa oscuro de febrero

Arrastraba

Las nubes de regreso a casa, sopesando la masacre

En los rasgones.

El poema empieza con una imagen dura: cuencas arrasadas (Edipo se sacó los ojos con el broche de su madre), calcinación y caos. ¡El tercer verso es portentoso! A fell dark pink February heaven y la magnífica traducción de Jordi Doce le hace justicia y obtiene también una cadencia rotunda con esos dos factibles hemistiquios de siete sílabas. Pero, más allá de la métrica, la impresionante imagen: un rosa, color generalmente cursilón, que se torna ominoso e indiscutible y que está en el cielo, sobre nosotros, y nos avasalla. Además, claro, es un verso homérico que nos hace pensar en los sonrosados dedos de la Aurora.

Hombres en sus horas libres es un libro multiforme. Tiene poemas en estilos muy distintos, pero también ensayos, como Suciedad y deseo: ensayo sobre la fenomenología de la polución femenina en la antigüedad:

Tanto Hipócrates como Platón promueven la teoría del útero errante (un animal deseoso de procreación en ellas, que se irrita y enfurece cuando no es fertilizado a tiempo).

Este poema se titula Room in Brooklyn:

Ese

lento

día

se mueve

Por el cuarto

oigo

sus ejes

volverse

Un deslumbre gradual

en

el

techo

Me da esa

atrevida

emoción

amarilloazulada

Mientras las horas

fluyen

por el

ancho

camino

De mi atardecer.

(Nótese un curioso alarde técnico: hay versos que comienzan con mayúscula, sin que los preceda un punto que la explique. Esos versos pueden funcionar, a voluntad del lector, como cierre de estrofa o como arranque de una nueva).

Es, justamente, la voluntad del lector, su voluntad poética, la que puede engrandecer poemas como este. Tan poetas como Anne Carson debemos ser nosotros. Ella nos invita a serlo y nos regala el fabuloso instrumento de sus versos: la poesía está en las evocaciones que suscitan.

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Anne Carson

Sentimos la emoción de quien sabe mirar cómo pasa el tiempo: con la lenta luz. This slow day moves Along the room. Dos protagonistas: la luz y quien, en soledad, la contempla. Las horas fluyen, aunque en el original el verbo es transitivo y transmite más fuerza que el fluyen de la traducción: As hours blow the wide way

Al final la voz poética se adueña de todo. Ya no es del lento día ni del impersonal tiempo, el atardecer, sino de quien piensa los versos: por el ancho camino De mi atardecer.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 5 de mayo de 2017.

El impacto que siempre ha tenido en mí la poesía (el más cosas) de Novalis, precede a cualquier análisis racional que pueda hacer de su obra, o de los motivos por los que me afecta tanto. Este artículo solo busca dar(me) (a mí mismo), unas mínimas pistas.

También, quién sabe, crear algún nuevo lector de su obra.

2017_05_05_Un vivo vino áureo

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

“UN VIVO VINO ÁUREO”

El verdadero romanticismo es el alemán; los otros son remedos de menor cuantía. De entre los románticos alemanes, siempre he tenido predilección —y supongo que especial afinidad— por Novalis (Federico Von Hardenberg para el siglo), un madrugador, el mejor representante del asombroso Círculo de Jena, del romanticismo temprano.

El traductor Alejandro Martín Navarro nos recuerda un milagro, a saber, la apabullante concentración de genio que se dio en Alemania a finales del XVIII: Kant, Fichte, Schlegel, Hölderlin, Schiller, Kleist, Lessing, Herder, Hegel, Tieck y, claro, por detrás o por encima o por las inmediaciones, la justificadamente inevitable figura de Goethe.

No hablo alemán, aunque mi conocimiento de otras lenguas germánicas me permite descifrar bastantes cosas; por eso procuro leer la literatura alemana en ediciones bilingües o, al menos, tener el texto original a la vista. Conozco sus reglas fonéticas y no me es ajena su prosodia, así que puedo disfrutar de la espectacular musicalidad de su poesía. (Digresión provocadora: la musicalidad del alemán es mayor y más profunda que la del parlero italiano, de fama cantarina).

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Novalis

La fascinante novela Enrique de Ofterdingen fue la respuesta de Novalis a la archifamosa Wilhelm Meister de Goethe. En la de Novalis se pone de manifiesto, de forma natural, maravillosamente natural, mucho de la esencia del romanticismo. Oigamos lo que el poeta, que también teorizaba con tino, decía en otro lugar:

El arte de extrañar de un modo agradable, de hacer un objeto extraño y a la vez conocido y atractivo, eso es la poesía romántica.

Pasarían aún muchos años antes de que empezáramos a hablar, en la teoría literaria, de la ostranenie, o sea, la técnica del extrañamiento, de la desfamiliarización.

No me es fácil pensar racionalmente en la literatura de Novalis, que me toca con hondura mucho antes de que pueda siquiera ponerme a pensar en ella o en lo que voy leyendo. Creo poder decir, sin traicionarme, que lo que más me atrae es, a partes iguales, su lirismo desnudo de artificios y su espiritualidad. Leer a Novalis induce a la introspección sincera y desacomplejada. En los Himnos a la noche (¡qué hermosura de título!), leemos:

Esta vida transcurre

hacia otra eterna ya.

Con un íntimo ardor

se transfigura el alma.

Las estrellas devienen

un vivo vino áureo

que habremos de beber

cambiados en estrellas.

¡Cambiados en estrellas! He ahí un destino con el que soñar.

La preocupación por lo celeste la vemos también en Enrique de Ofterdingen:

En los tiempos en que ahora vivimos ya no existe contacto directo entre los humanos y el cielo.

Y de esa queja deriva Novalis, clarividente, una anticipación de las teorías freudianas:

Pero, padre, ¿por qué sois tan contrario a los sueños? […] no hay duda de que sus extrañas transformaciones y su naturaleza frágil y liviana tienen que darnos que pensar.

En otro de los himnos dice el poeta:

Reinaba en otro tiempo

con un sordo poder

sobre las muy dispersas razas

de los hombres

un destino de hierro.

 

¡Quién sabe si cosas como esta habrán tenido que ver con otras soberbias exhibiciones de la literatura germana, como Los acantilados de mármol, de Jünger.

Novalis, ¿hay que decirlo?, murió joven. El eco de su nombre debe de andar por Orión o Casiopea.

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Parra

1 mayo, 2017 — 3 comentarios

Publicado en Málaga Hoy el viernes 28 de abril de 2017.

Fue un coparrandero, un viejo contertulio de barra de bar y de conversaciones hasta el alcoholecer. Gran poeta, José Luis Parra. No sabía nada de él desde hacía un cuarto de siglo. Sospechaba que podría haber muerto. Escribí este artículo bajo el aleteo de esa zobobra y en cuanto lo publiqué, Tuiter me confirmó su muerte a los pocos segundos.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PARRA

Escribo este artículo en Michigan. Hay una soleada primavera y temperaturas más tibias de lo normal. Mi anfitrión anda todo concentrado, por ahí fuera, cortando el césped a lomos de su segadora. Se lo pasa en grande y cumple con un pequeño ritual de la masculinidad. Es un escenario poco adecuado para el poeta José Luis Parra, a quien frecuenté en Valencia hace veinticinco y más años y de quien no he vuelto a tener noticias.

Nos veíamos en el café Malvarrosa, un garito de pintores, literatos, dizque bohemios y jugadores de go. No, no me imagino a Parra en Michigan, pero me he traído uno de sus poemarios, Un hacha para el hielo, que vuelvo a leer con gozo.

Al solecillo de Michigan leo sobre el dolor y la muerte (Parra es Parra, no hay nada que hacer). Así arranca el libro:

Del pájaro negro

del teléfono

ni vuelo ni canto;

sólo súbita estridencia

quebrando el cristal de la mañana.

Palabras como esquirlas.

Y el cuervo en tus oídos

repitiendo

el nunca más de la llamada.

A la estridencia del artilugio se suma el agudo alboroto del cristal hecho añicos. Hay ruido en el poema, y sonidos, y empezamos a ver se trata a la muerte con miedo y con respeto, pero también con una familiaridad doméstica y tolstoiana.

…no es Dios el que anda entre pucheros. Cuando

el cálido hogar comienza a agrietarse,

también en la cocina, también entre pucheros

—y así de amargo sabe el estofado—,

lo que bulle es la muerte.

Recuerdo al frágil Parra acodado en la barra, ginebra en mano, contándome vidriosamente sus cuitas con el tiempo:

No llegue el día de mañana.

Detenga el tiempo inexorable

su tránsito cruel a la intemperie.

Me recitaba esos versos y se echó a reír cuando, al terminarlos, le susurré al oído el bolerito de Gatica: Reloj no marques las horas… detén el tiempo en tus manos.

Jose Luis Parra

José Luis Parra, poeta.

Un hacha para el hielo tiene una intensidad que no es para almas bellas, pero es tan fuerte como hermoso y da en la diana cuando habla de los certeros disparos de los años o, con terrible imagen, nos habla de andar por leprosas alamedas.

En el poema XIV, la voz poética pertenece a una joven fregona atareada:

Lo mío es la faena. Otra cosa

no aprendí. Si te acercas no te extrañen

los rumores del cubo y la bayeta.

[…] todo tiende al polvo;

pero no importa, soy tan joven en la muerte,

tan novicia…

Temor y muerte: esas son las vértebras del espinazo que yergue este duro poemario.

Termino con el fugaz poema XI, que pone, con una imprecación benévola, una gota de luz en las tinieblas:

¡Contra el sucio dominio de tu boca,

radiante se estrelle

el estallido fresco de las rosas!

Un abrazo, amigo Parra, si es que aún estás entre nosotros, y si no, me abrazo yo a tu recuerdo y brindo por nosotros y por lo que fuimos.