Archivos para Sanz Irles

Acabo de empezar a leer la última novela del escritor malagueño Antonio Soler, Apóstoles y asesinos, aún calentita en los anaqueles de las librerías.  El arranque, in ultimas res, o sea, por el final —así lo parece a primera vista, pero habrá que confirmarlo más adelante— es prometedor: una apetitosa mezcla de densidad literaria, drama personal e historia patria que se anuncia violenta y convulsa desde las primeras líneas.

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Antonio Soler y su novela

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Tetas

5 enero, 2016 — Deja un comentario

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El protagonista de Tulipanes y delirios (cuya edición impresa saldrá a finales de febrero de 2016, Ediciones Alfar), es, entre otras cosas, un gran aficionado a las tetas y se fija mucho en ellas, como puede verse en esta sucinta selección de fragmentos de la novela, que me ha parecido divertido entresacar:

Me hipnotiza el volumen de sus lechosos senos, ceñidos por suaves prendas de angora de tonos pastel, que le dan un cierto aire de gatona maternal y generosa.

Embriaguez de espliego, bergamota y suave aire de coco sube desde su cuello y su canalillo

…la teta misma, blanca y cremosa; la areola café con leche —toffee de primera— hinchada y en relieve; y el pezón marrón oscuro, tieso y lanzado hacia delante, como el hocico de una zarigüeya que todo lo husmea. Sniff sniff.

En un espejo de cuerpo entero que la reflejaba de lado, y en el propio cristal de la ventana, veía los pezones aplastarse y los pechos desparramarse, mientras un fino reguero de sudor resbalaba desde la axila por el costado,

El ígneg4-tokyo-dandyo dragón bordado en la solapa izquierda tiene las fauces abiertas y parecen a punto de cerrarse sobre el pechito-melocotón, la teta-breva, que tanta ternura y deseo me provoca

Me cruzaba con muchas mujeres o me adelantaban a la carrera, casi todas jóvenes, con sus gorritos y las toallas al cuello, sudor brillante en los rostros, las rubias colas de caballo flagelándoles la espalda al correr, y las tetas, sus tetas, esas tetas que se bamboleaban y subían y bajaban con cada trote, esas montañas, esos ochomiles, esos soufflés, esos bultos nutricios, esos cántaros de nata, esas cornucopias, esos exultantes triunfos de la naturaleza a mi alrededor, a pares, por docenas y docenas, que me entraban ganas de gritar a pleno pulmón: ¡Margarita está linda la mar!, o Sweet Helen, make me immortal with a kiss!

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El horror, según Cioran

1 diciembre, 2015 — 2 comentarios
Hace poco estuve revisando mis cuadernos de notas de hace unos años y me topé con unas anotaciones sobre los “Cahiers” de Emil Cioran.  Recordé la impresión que me causó una anécdota (verdadera o falsa poco importa). Escribí entonces este breve cuento, que titulé Une histoire désobligeante. Lo es. Los espíritus más sensibles tal vez deban detenerse aquí.
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Emil Cioran

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Une histoire désobligeante

 

Un viejo y casi olvidado amigo de juventud me ha enviado una carta que, como hiciera Drácula para reunirse con Mina, ha cruzado océanos de tiempo hasta llegar a mí.

Impresionado por una historia que leyó en los Cahiers de Ciorán durante sus vejatorias noches de insomnio, mi antiguo compañero la reescribió a su manera y después, por razones que no me explica y que yo no quiero intuir, decidió remitírmela.

«Es la única copia que he hecho —me escribe— y ahora la tienes tú. Haz con ella lo que te plazca». He decidido transcribirla:

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Un joven que cursaba su primer año de universidad, volvió a su casa un domingo por la mañana, después de un paseo matutino, a tiempo de acompañar a su piadosa madre a misa de once, como hacía siempre. El día era radiante, el aire límpido y la temperatura suave.

Cuando llegó, se encontró con que sus ancianos padres se habían enzarzado en una discusión por una nimiedad. Al principio parecía cosa de poca importancia, pero el tono de ambos se fue enardeciendo y las voces se destemplaban. Mientras terminaba de anudarse la corbata, salió de su cuarto con la intención de apaciguarlos y se encontró con su madre, flaca, huesuda, con el pelo encanecido recogido en un estricto moño y vestida de negro de los pies a la cabeza, quien, inmóvil en el centro del salón, tenía la vista clavada en su marido, mientras su rostro se congestionaba y los ojos parecían pugnar por escaparse de las cuencas.

Cioran2De repente se puso a gritar como una posesa. Eran chillidos agudos y rítmicamente entrecortados, pero a tal velocidad que pronto amenazaron con ahogarla. A los pocos segundos empezó a retorcer su cuerpo, su cuello, sus extremidades, con movimientos espasmódicos, pero que se acompasaban al frenético ritmo que imponían sus alaridos. Levantaba grotescamente una pierna hacia un lado y después la otra; saltaba con los pies juntos, mientras los brazos parecían descoyuntarse cada uno por su cuenta, sin coordinación alguna; los huesos de su descarnado cuerpo parecían astillarse y sonaban como la cola de un crótalo enfurecido, y después giraba y giraba como una peonza: reencarnación endiablada de un derviche.

Luego, mientras su padre y él se pegaban inconscientemente a la pared, mirándola atónitos y atenazados por un creciente pavor, empezó a quitarse la ropa, sin dejar de agitarse como atravesada por unas despiadadas corrientes eléctricas, y se quedó completamente desnuda. Se soltó el moño y unas greñas blanquecinas y lacias cayeron sobre su demacrado rostro mientras iniciaba una danza lasciva ante ellos, estirándose los flácidos pechos, simulando lamerse los negros y agrietados pezones, agarrándose la vulva casi desprovista de vello con ambas manos y abriéndose los labios resecos, mientras agitaba las caderas adelante y atrás con una procacidad de ultratumba.

De pronto, al fin, cesó aquel espectáculo atroz y se derrumbó en el diván mientras se tapaba el rostro con las manos y rompía en sollozos.

La loca murió pocos días después. Marido e hijo, avergonzados, se despidieron en el cementerio y ya nunca volvieron a verse».

© 2012. Sanz Irles.

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James Salter

James Salter

Leí por primera vez a James Salter (James Arnold Horowitz de nacimiento) hace ya muchos años, cuando no era conocido en España. Fue The Hunters, su primera novela, y la leí por una razón extraliteraria: Salter fue piloto, como lo era yo entonces (él, militar; yo, acrobático), y esa novela, de la que me hablaron con reverencia, va de aviones y aviadores. Continuar leyendo…

caos

En el principio era el caos

 

Cualquiera que tenga unas pocas docenas de libros descubre pronto la verdad de aquellas palabras que Borges escribió en Los Teólogos, una de las narraciones de El Aleph.

Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin.

Nunca he olvidado ese lamento desde que lo leí, hace ya eones.

(Recuerdo bien Los Teólogos, ese relato que arranca con unos dramáticos ablativos absolutos: Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras… Pero esa es otra historia).

Hay, empero, otra oración posible, parafraseando la de Borges, como he podido comprobar estos días. Es esta:

«Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de hospedar algunos libros indignos».

Pronto serán purgados, arrojados a las tinieblas o al fuego purificador de la estufa, que aún arde, en vista del veleidoso marzo.

Esto va de libros y bibliotecas y bibliofilia, esa manía de la que no tengo ningún interés en curarme. Mejor dicho, va de unos libros, una biblioteca y una bibliofilia particulares: los míos. Quién sabe si aireando mis anaqueles y sacudiéndoles el polvo a montones de volúmenes que han ido creciendo, casi inadvertidamente, a lo largo de muchos años, acompañándome por muchos países y muchas casas en las que he vivido, no rescataré del olvido vivencias, casos, personas, amoríos, desgarros y remiendos, retazos, en fin, de mi vida, que merecen mejor suerte que la de permanecer arrumbados en un inhóspito e invisible baúl. Los libros, como la música, tienen gran poder de evocación y de entre sus páginas saltan a veces trozos de pasado y se echan a volitar por la estancia, como mariposas, o se nos agarran a la piel como garrapatas; nos lo asegura Borges (otra vez él, y no me lo había propuesto) en su poema Las cosas.

Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada

Abriendo libros, librillos y libracos que habían estado cerrados por lustros han salido, es verdad, muchas cosas: Continuar leyendo…