Artículo publicado en Jot Down sobre un interesante símil utilizado por Isabel García Adánez en su soberbia traducción de La montaña mágica. Su traducción de ese símil es arriesgada, pero fresca y brillante.
Thomas Mann

En la relectura de La montaña mágica, en la que ando maravillándome estos días, me he topado con una imagen de las que te echa el alto de inmediato, por su salvaje frescura y por su eficacia descriptiva. También me admiró su originalidad, que luego resultó no ser tal, sin que esto merme las cualidades señaladas.

Los sitúo:

Capítulo V, subcapítulo «Humaniora», (pg. 330 en la edición de Edhasa, 2005. Traducción de Isabel García Adánez).

Los lectores ya sabemos que Hans Castorp se ha enamorado trepidantemente de Clavdia Chauchat, una rusa que anuncia sus apariciones con estrepitosos portazos que irritan sobremanera a Hans (hasta que dejan de hacerlo, claro). Madame Chauchat, joven, pese a ser Madame, nos ha sido descrita fragmentariamente, a lo largo de muchas páginas, con una maestría narrativa sobresaliente, sobre todo por la estupenda gradación con la que nos van llegando esas noticias. Cuando se produce la escena de la que voy a ocuparme, de Clavdia Chauchat tenemos ya un largo rosario de datos y comentarios, que van entremezclando el retrato físico y el psicológico (o más pedantemente, la prosopografía y la etopeya. ¡Qué le vamos a hacer!). Sabemos, por ejemplo, que:

  • es maleducada;
  • de cabello rubio rojizo;
  • con manos no muy femeninas;
  • dedos cortos que no conocen la manicura;
  • de modales horribles y se deja caer en la silla como un fardo.

Pero también hemos venido a saber que:

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En 2010 sucedió en un plató de televisión lo que se comenta aquí.
Escribí este breve artículo, pero nunca llegué a mandarlo al periodico con el que colaboraba entonces por motivos puramente logísticos. Ahora, a raíz de la escandalera montada por Pablo Iglesias -de fácil indignación- y Rocio Monasterio -política desacomplejada- y de los arrebatados "Pablo, Pablo, no te vayas", "Pablo, quédate cerca" de Àngels Barceló  en la SER, me he acordado de él y lo subo al blog, porque Barceló me ha recordado tanto, pero tanto, a la Igartiburu de entonces.

“John, cariño”

Un tal Cobra nos ha pedido a todos por la tele que le hagamos una felación, pero no ha aducido ningún argumento que justifique tal deseo, así que no tenemos que hacerle caso. Me siento aliviado. Su exabrupto me recuerda aquella anécdota que contaba Borges de una acalorada discusión en la que uno de los polemistas le arrojó a su adversario un vaso de agua a la cara, y el agredido dijo mientras se secaba: “caballero, esto ha sido una digresión; espero su argumento.”

El suceso me pilló fuera del país, pero ha sido tan nombrado en la prensa que me he visto impelido a verlo en Youtube, que es donde se almacenan los instantes sublimes de esta tardopostmodernidad crepuscular en la que nos toca pasar vergüenza.

El tal Cobra (John, cariño) era hasta hace nada muy conocido en su casa a la hora de cenar. Ahora lo es ya en la de todos, que es de lo que se trataba. El tal Cobra es, me dicen, rapero, y compite para cantar en Eurovisión. ¡Un rapero junto a Massiel y Salomé! Ya no hay ninguna duda: tanta confusión anuncia la inminente venida del Anticristo y el final de los tiempos (a ver si Fukuyama, el pobre, escribe otro libro y acierta esta vez), a menos que yo lo haya entendido todo mal y Cobra el rapero sea solo un pescador de rapes.

Supongo que John Cobra será un nombre “artístico” y que lo habrá elegido pensando en la celebérrima serpiente del mismo nombre. Si es así, resulta chocante. La cobra es airosa, elegante, ágil, esbelta, cimbreante. Cobra es, simplemente, batrácico: rechoncho y patoso (¿tendrá tal vez una rica vida interior?). Y sin embargo, la espigada presentadora Igartiburu, que no es nada batrácica, lo llamaba “cariño”. Era tragicómico. Cobra decía “polla” y ella “John, cariño”, ­–“polla” –“cariño”. Aprendamos la lección: basta con gritar “polla” en público y las bellas del lugar nos cumplimentarán solícitas.

El tal Cobra (¿por qué me acordaré ahora del Cojo Manteca?) es uno más de esa turbamulta de pelafustanes y busconas que colonizan las televisiones y arrasan en los índices de audiencia. El tal Cobra resulta ser un adalid de nuestra época que es, como lo adivinó Ortega, la de la exhibición impúdica de la ignorancia y la reivindicación del derecho a la vulgaridad (a grito pelado, ¿cómo si no?). En consonancia, nuestras leyes educativas se esfuerzan por eliminar cualquier obstáculo a estos designios de los tiempos. La propia ley dice, no sin soberbia, que su gran logro ha sido acabar con los exámenes y sustituirlos por los controles, donde lo que cuenta no son los resultados sino el progreso del alumno, que puede seguir adelante aunque los incrementos de competencia sean solo infinitesimales. En otras palabras, basta con que “progrese adecuadamente” aunque no sepa hacer la o con un canuto. Tiene razón Gabriel Albiac cuando afirma que cualquier función académica ha desaparecido en la escuela, y que ésta sólo sirve hoy para controlar masas de población con las cuales nadie sabe ya qué hacer.

Pero ¿y si estoy equivocado? ¿Y si estoy cometiendo la terrible injusticia de dejarme engañar por las apariencias? ¿Y si el tal Cobra piensa (o siente, tampoco seamos exigentes), como pensaba Novalis, que la verdadera ocupación del hombre es el ensanchamiento de su existencia hacia lo infinito, y lo de pedir mamadas a gritos lo hace para confundirse entre las masas y pasar así desapercibido? Perdone, Señor Cobra, picha, por no haberle entendido a la primera.

Elogié por tuíter hace poco un interesante símil que se inventa Thomas Mann en La montaña mágica. Es este:

«En los muelles del puerto las imponentes grúas de vapor imitaban la tranquilidad, inteligencia y fuerza gigantesca de elefantes domesticados transportando toneladas de sacos, fardos, cajas, toneles…».

Una amable seguidora (o fologüeresa) me hizo algunas preguntas y me pidió algunas aclaraciones al respecto. Le respondo con gusto y gratitud.

En primer lugar reitero que estamos ante un símil, aunque se haya desviado de la estricta fórmula que nos enseñaron a algunos, según la cual un símil dice que A es como B. Mann no dice «las grúas son como elefantes», sino «las grúas imitan a los elefantes». Es verdad que los dos términos del símil quedan más alejados entre sí unirse con imitan en vez de mediante son como, pues en este último caso vemos que las naturalezas de ambas cosas están muy cerca por su propia constitución, es decir, que siempre están muy cerca, mientras que la imitación puede indicar sólo una aproximación temporal y dependiente de la voluntad del imitador, no de su propia constitución o esencia. Pero esta diferencia, aunque no sea baladí, no impide afirmar que estamos, en efecto, ante un símil.

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Entre quienes nos dedicamos a escribir hay tres grupos:

  • Los que siguen puntillosa y escrupulosamente todas las normas ortográficas, tipográficas y de estilo.
  • Los que se las saltan porque las desconocen (y se niegan a conocerlas). Es un grupo despreciable.
  • Los que las conocemos, pero nos las saltamos cuando nos parece mejor hacerlo.

La novela de Javier María, Tomás Nevinson, ofrece un interesante ejemplo de esto último. Permítanme unos preámbulos.


Los signos de puntuación son un tesoro para los interesados en estas discusiones inacabables. Pero en literatura, además de sus funciones gramaticales, para mí tienen también una dimensión visual y estética que muy pocas veces se tiene en cuenta. A fin de cuentas son trazos, marcas, manchas sobre el papel que aparecen entre las letras o sobre ellas o por debajo de ellas o enmarcándola o separándolas. Un párrafo lleno de comas, por ejemplo, puede llegar a causar un impacto visual en el lector parecido al de una pared ametrallada o a un campo invadido por ortigas, algo hirsuto, espinoso y erizado de obstáculos.

Más aún lo sería una página llena de comillas, pues estas son más aparatosas que las discretas comas.

Disponemos, como sabe cualquiera, de tres tipos de comillas en español, las españolas («…»), también llamadas latinas y angulares, las inglesas (“…”) y las simples (‘…’).

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Autora: Rebeca García Nieto

Título: Eric

Editorial: Zut

Páginas: 285

La novela Eric, de Rebeca García Nieto (en lo sucesivo RGN), es traicionera.

Disimuladamente, así como con cara de yo-no-fui, caminando con aire despreocupado, silbando por lo bajini una tonadilla pegadiza con las manos cruzadas a la espalda mientras nos distrae con otras cosas, RGN nos conduce a una distopía con la que el lector, incauto, no había contado.

La novela arranca con lo que parece un deseo de fantasía, de un mundo poetizado, ante el espectáculo «algo blasfemo», pero subyugante, de la bóveda celeste que hay en la estación Grand Central Terminal de Nueva York, y lo hace de una manera grata y amable, de la mejor forma que puede hacerlo un escritor: con una prosa solvente, eficaz y bien medida. Poco a poco, sin embargo, empiezan a cernirse tonos sombríos sobre la historia y sobre el lector. La construcción de la distopía novelesca es hábil, subrepticia, lenta, no se ve venir inmediatamente (aunque aletea la sombra de una sospecha) y revela una notable astucia narrativa.

A partir de un cierto momento, que uno no llega a saber del todo cuál es exactamente, nos vemos metidos en lo que podríamos llamar una “novela del desasosiego”.

  • Desasosiego es una palabra que ya pertenece por derecho propio a Pessoa, a quien va indisolublemente unida, pero con respecto a la que RGN presenta sólidos argumentos de copropiedad con esta novela.

La desazón a la que me refiero proviene de una tranquila confusión que de pronto nos atenaza. He dicho tranquila, sí, y por eso mismo acentúa lo tenebroso que está silenciosamente al acecho, pues aquí no hay gritos ni gesticulaciones desaforadas. Uno de los ardides utilizados por la autora para conseguir esa tranquila confusión es la promiscuidad de géneros. Géneros literarios, quiero decir; la aclaración es hoy preceptiva.

En Eric hay elementos de novela psicológica, histórica, política, de novela de ideas, todo ello con manifiestos elementos kafkianos, y navega astutamente por todos estos géneros tejiendo a su vez varias subtramas: la cultura, el exilio, la diáspora y la cuestión judía, la naturaleza de la familia, la psicología clínica, los contrastes entre culturas y formas de vida. A veces la novela busca el ensayo (aunque disfrazado o hasta avergonzado) sobre pedagogía y a veces se nos antoja una historia de Nueva York… (¿o es sobre Viena? ¿O sobre las diferencias entre la vieja Europa y la nueva América?).

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