Publicado en Málaga Hoy el viernes 8 de diciembre de 2017.

Este artículo sobre el imposible Finnegans Wake no pretende aconsejarles que lo lean; ni siquiera defenderlo. Creo que, como al don Pedro Girón que ensalzaba Quevedo (Faltar pudo su patria al grande Osuna / mas no a su defensa sus hazañas…), le bastan sus propios méritos para cabalgar, mientras le ladra.

Es un libro que me hace feliz, y quería decirlo.

Nórdicos

2 diciembre, 2017 — 1 Comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 1 de diciembre de 2017.

Muchos años en Holanda y frecuentes estancias en Escandinavia han hecho de mí un intruso tolerado en un mundo norteño que me atrae y me mosquea a partes iguales. A veces uno tiene la impresión de que la poesía puede huir de esos parajes, amenazada por la pasión de la compraventa y el rigor mortis del puritanismo (y exiliarse, como en Holanda, en sus prodigiosos lienzos). Pero es una impresión falsa, que se deshace con unos pocos minutos de observación o de lectura.

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

HIPERBÓREA

escand3

No es cierto que la poesía tema al hielo o que gente en bicicleta,

con pellizas y humeantes pipas entre rojizas barbas,

reniegue de los versos.

Arvo Turtiainen, de Finlandia:

En las noches de enero

crujen los dientes de las estrellas

al morder

el pan del frío.

Sí es cierto que los nórdicos aman más que nosotros la naturaleza

y que sus bosques están más limpios y son más umbríos.

Sentada en la ramita de mi sensatez,

Bosque nórdico

decía Inger Christensen, que a veces salía del bosque

y buscaba el mar: Continuar leyendo…

El misántropo

26 noviembre, 2017 — Deja un comentario

Escudriñando viejas carpetas se me apareció este cuentito amable, producto quién sabe de qué humores o de qué indignaciones.   

Tiempo de lectura: ± 5 minutos.

AAAA        

EL MISÁNTROPO

por Sanz Irles

© 2009. Luis Sanz Irles. Todos los derechos reservados.

 

Me llamo Eduardo Andrade y quiero dar algunas explicaciones.

Apenas cumplidos los cincuenta, tras una vida desahogada con muchos éxitos profesionales y mundanos, decidí darle un vuelco a mi existencia, vendí mi lujoso ático y abandoné la ciudad, buscando refugio en el paraje más recóndito que pude encontrar.

Sé por qué lo hice.

Se había despertado en mí una inquietud espiritual y un deseo de ascesis, producto de la edad y del reencuentro con autores que en mi juventud no alcancé a comprender del todo, pero que ahora me abrían gozosos caminos por los que ansiaba adentrarme.

AAABBBEmpero, la razón principal de mi decisión no tenía que ver con la literatura sino con mi ensoberbecido carácter. El género humano se me hacía cada vez más insoportable y, con pocas excepciones, la gente me parecía ignorante y lerda, a menudo despreciable, y en cualquier caso indigna de mi atención. No podía compartir nada con ella, ni sus gustos, deleznables, ni sus intereses, mezquinos, ni sus preocupaciones, grotescas. Mis paseos por las atestadas calles se habían convertido en suplicios, al tener que soportar esa multitud de rostros obtusos, ese guirigay de voces destempladas, ese lenguaje mostrenco y esa asfixiante marea de ignorancia atrevida y lenguaraz.

Deben creerme: me recriminaba ese altivo y reprobable desdén, y me esforcé muchas veces en mirar a mis semejantes con ojos comprensivos y fraternos, para descubrir debajo de su zafiedad valores y virtudes que sin duda, me repetía, debían de poseer y que los harían acreedores de mi respeto. Pero era inútil: a todos les deseaba lo mejor con tal de que se mantuvieran lejos de mí, donde no tuviera que soportarlos. Llegó un punto en el que la vulgaridad del mundo se me hizo insufrible y me llevó a la decisión de apartarme de la ciénaga, de la masa vociferante que, hija de los tiempos y los bajos instintos, reclama todos los derechos, rehúye los deberes y se insolenta con los espíritus elevados. Y como siempre he sido de decisiones rápidas, no tardé en encontrar lo que buscaba: un refugio de montaña de buena factura, en la parte más alta de un frío valle, en una comarca remota y vacía. Continuar leyendo…

Publicado en Málaga Hoy el viernes 24 de noviembre de 2017.

Ya me he ocupado, en esta sección semanal, de la muerte en la literatura. El tema es infinito, y eso me justifica.

2017_11_24Abierto por defunción

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

ABIERTO POR DEFUNCIÓN

¡Que escueta es la muerte de don Quijote! James Wood, un teórico, sugiere que Cervantes no la deseaba y que por eso se despidió de él de mala gana. No se muera vuesa merced, dice Sancho, usurpando la voz del autor. Después Cervantes despachó el tránsito con parvedad funcionarial:

deathquijote

Hallose el escribano presente, y dijo que nunca había leído en ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote; el cual entre compasiones y lágrimas de los que allí se hallaron, dio su espíritu: quiero decir que se murió.

La muerte de Iván Ilich en La muerte de Iván Ilich es trepidante y tolstoiana, pero la trepidación de la agonía encuentra un amansamiento final que hasta los lectores agradecemos:

Algo borboteaba en su pecho […] Luego el borboteo y los estertores se fueron espaciando.

“Se acabó” —dijo alguien encima de él.

Él oyó esas palabras y las repitió en su alma. “Se acabó la muerte” —se dijo—. “La muerte no existe”.

Hizo una inspiración, se detuvo a la mitad, se estiró y quedó muerto.

Ilich

La muerte de Iván Ilich es una novela bautismal: su lectura imprime carácter. La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, no. Tras un párrafo forense de gangrenas y fetideces, leemos:

Artemio Cruz… nombre… —inútil… —corazón… —masaje… — inútil… ya no sabrás… te traje adentro y moriré contigo… los tres… moriremos… Tú… mueres… has muerto… moriré.

Espeleología en pseudo profundidades; demasiado énfasis; demasiado jadeo; stream of consciousness de baratillo. Si la cito es sólo por el paralelismo de los títulos y porque me permite afirmar que, en la novela, la grandeza de las escenas de muerte está en el comedimiento que Fuentes desoye.

Ah, pero la muerte de Beatriz Viterbo, en El Aleph de Borges, sí es inolvidable. No nos impresiona por sí misma, pues no se nos narra, sino por su huella —y por los adjetivos—:

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía […] noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.

Como tantas veces, el dolor que comunica Borges es metafísico, pero no menos doloroso.

El extranjero-Albert CamusQué diferente, esta muerte porteña, de la muerte magrebí de El extranjero, de Camus; aquí sí la vemos en directo encarnarse ante nosotros. El narrador va hacia su víctima por una playa; hay un sol cegador:

El ardor del sol me llegaba hasta las mejillas y sentí las gotas de sudor amontonárseme en las cejas.

Aparece un cuchillo refulgente, como el de Pedro Navaja; el sol y el cuchillo se funden:

…sin levantarse, el árabe sacó el cuchillo y me lo mostró bajo el sol. La luz se inyectó en el acero y era como una larga hoja centelleante…

Y entonces llega la decisión y con ella la muerte:

Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó. […] Comprendí que había destruido el equilibrio del día […] Entonces, tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara.

Walter Benjamin creía que la muerte es lo que hace que una historia pueda transmitirse. Quién sabe.

Entonces dijo Gangleri

19 noviembre, 2017 — 1 Comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de noviembre de 2017.

Hay muchas formas de fragmentar los textos literarios: cantos, partes, volúmenes, estrofas. La novela escogió los capítulos como forma preferente de fragmentación. Pero ¿por qué se trocean las historias? ¿Hay una finalidad estética o narrativa además de la meramente funcional de facilitarle la vida al lector (y al novelista)?

La poética del capítulo es relativamente nueva. La lectura de La Voie aux châpitres, del canadiense Ugo Dionne, uno de los fundadores de la nueva disciplina, me llevó a llamar su atención sobre este asunto en mi brevería de cada viernes.

2017_11_17_Entonces dijo GangleriPara quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

ENTONCES DIJO GANGLERI

Acabo de leer las Memorias póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis, novela hecha de capítulos cortos.

A vueltas con los capítulos cortos recordé La alucinación de Gylfi, de Snorri Sturluson, tan amado por Borges. Rehojeé mi coqueta edición, leída hace tantos años, y ahí estaban, en efecto, esos cortos y brumosos fragmentos, muchos de los cuales empiezan con una fórmula que nunca he olvidado: Entonces dijo Gangleri.

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Gangleri, el Caminante, uno de los nombre de Odín

La fragmentación en capítulos es cómoda para los lectores y más aún para los novelistas, que con ella quedan dispensados de conseguir el continuum de la trama, algo que se corresponde más con la realidad que con la ficción. Eso, claro, no significa que construir una novela-mosaico con teselas, en vez de una novela-mastaba con grandes bloques (a lo Proust), sea tarea fácil. Es difícil, pero menos laborioso. Cuando los capítulos son largos, muchos novelistas recurren a la trampichuela de la fragmentación interior, mediante el doble espacio interlinear o el socorrido asterisco. Continuar leyendo…