Traducción de un poema de Conrad Aiken publicado en The New Yorker en 1942. Hago comentarios adicionales al final del poema.

Conrad Aiken, 1889 – 1973

En la iglesia está rezando el monaguillo;

en el bar los camioneros juegan mus;

atardece y el poeta en el altillo

toca que toca el Habeas Corpus Blues.

Prefiere las teclas negras a las blancas,                

arde una casa enfrente; a esa luz viva                             

se teje una mortaja sencilla de armonías;                                         

hila mejor sus tenues ironías.

Florecen las ventanas con mil caras,                                     

pares de ojos, revuelo refulgente,                           ,

los motores retumban, por la escala                     

trepa un ángel, casco sobre la frente. 

Con hacha dorada rompe la ventana,                    

repta entre el humo y se pierde para siempre;                                

el techo se hunde, la ciudad espantada,

las ventanas… las caras… ¡Ah!, gritan, ¡detente!

Dan la hora las campanas en las torres,                

en el puerto una sirena aúlla su gemido,                             

al poeta le gusta; aros de bronce

y humo ascienden al cielo enfebrecido.

Cierran hidrantes, recogen la manguera;

ya no redoblan los motores sucios;

hallan al fin el cuerpo roto del bombero,

se apaga el fuego y llega el del seguro.

Y en la iglesia está rezando el monaguillo;

y en el bar los camioneros juegan mus;

y mientras tanto, el poeta en el altillo

sigue tocando el Habeas Corpus Blues.

In the cathedral the acolytes are praying;

in the tavern the teamsters are drinking booze;

in his attic at dusk the poet is playing,

the poet is playing the Habeas Corpus Blues.

The poet prefers the black keys to the white,

he weaves himself a shroud of simple harmonics;

across the street a house burns; in its light

he skeins more skilfully his bland ironics.

All down the block the windows bloom with faces,

the paired eyes glisten in the turning glare;

and the engines throb, and up the ladder races

an angel, with a helmet on his hair.

He breaks the window in with a golden axe,

crawls though the smoke, and disappears forever;

the roof slumps in, and the whole city shakes,

the faces at the windows say Ah! and Never!

And then the hour; and near and far are striking

the belfry clocks; and from the harbour mourn

the tugboat whistles, much to the poet’s liking,

smoke rings of bronze to the fevered heavens borne.

And the hydrants are turned off, the hose rewound;

no longer now are the dirty engines drumming;

the fireman’s broken body at last is found,

the fire is out, the insurance man is coming.

And in the cathedral the acolytes are praying,

and in the tavern the teamsters are drinking booze;

while, in his attic, the poet is still playing,

the poet is playing the Habeas Corpus Blues.

NOTAS ADICIONALES

Me topo, aquí en Dinamarca -los campos nevados detrás de los cristales-, con este hipnótico poema de Conrad Aiken. Su poesía, modernista, suele prestar atención a las rimas y al ritmo, a la métrica. La musicalidad poética es importante para Aiken y en este poema —ya nos lo avisa el título— más aún.

Lo voy leyendo sin poder evitar que por detrás vaya sonando en mi cabeza la voz de Muddy Waters, no quizás en The Hoochie Coochie Man (El fanfarrón irresistible), sino más bien en la espectacular Mannish Boy (Muchacho varonil).

El reto de la traducción me arrebata de inmediato, porque aquí, no traducir con rimas y con una disciplina métrica (no totalmente rígida, hay una cierta ductulidad en el poema) sería una traición imperdonable a la voluntad del poeta y a los derechos del lector.

Por eso, en esta traducción (véanla como work in progress), mantener rimas y ritmo han sido una premisa a la que se han supeditado otras cosas. Al no ser un genio, no he podido librarme de pagar las tasas de sujetarme a esos límites.

Algunas consideraciones “técnicas”:

Segundo verso, primer problemón:

No puedo mantener la rima booze/blues, y como blues hay que mantenerlo, dejo de lado las bebidas alcohólicas y hago que los camioneros jueguen al mus. Mus/blues. Me congratulo por mi ingenio, pero enseguida me maldigo, porque no es peccata minuta cambiar el trinqui por los naipes, pero llevar el mus a donde lo que se juega es póker es ya delictuoso. ¡Menuda transculturación! Pero si hacerlo me lacera, más me laceraría olvidarme de esa rima INAUGURAL y decir que los camioneros beben alcohol (o juegan al póker) y el poeta toca el blues. (“Los camioneros conducen el autobús” tampoco podía ser. ¡Un mínimo de dignidad y contención, señores!). Al final decido que el lector entenderá.

2º verso de la segunda estrofa. Dudo un ratito sobre shroud. Lo primero que se me viene a la cabeza es “sudario”, pero pronto tuerzo el gesto. Demasiado fino, demasiado high brow, demasiado bíblico (el sudario de Cristo), y no tardo en decantarme por “mortaja”. Más tosco, más popular, más recio. Sí, mortaja le sienta mejor a un poeta en un altillo, a camioneros en garitos, es más de barrios donde los vecinos se agolpan curiosos contra los cristales de las ventanas. Además, con mortaja funciona mejor, más fuerte, el contraste con simple harmonics (armónicos sencillos).

Por cierto, no respeté la elección de Aiken de usar harmonics para luego colar ironics. Podría haber traducido “armónicos” e “irónicos”, pero me pareció un forzamiento innecesario, pues crea una ambigüedad a la que el lector anglohablante no tiene que enfrentarse. A saber, mientras que irónicos es un adjetivo en español, pero en el verso funciona como sustantivo, en inglés no cabe la duda, pues el adjetivo es ironic y el sustantivo, irony. Es decir: el lector anglohablante sabe enseguida que ironics es un neologismo, usado con ánimo lúdico para rimarlo con harmonics, y no un adjetivo con un plural que no podría existir. Un lío. Y traducir “armonías” e “ironías” deshacía el lío sin mayor pérdida.

Las estrofas 4ª y 5ª, la del bombero/ángel que repta en la humareda y la del remolcador (tugboat) estentóreo han sido un verdadero dolor de cabeza. Ojalá no desaprueben con demasiada virulencia mis elecciones.

Yo sigo con la imagen del poeta/músico solipsista encerrado en su ático, ajeno al horror del incendio de enfrente, o, a lo sumo, usándolo con irónico y ausente distanciamiento para su propia inspiración.

Sí, sin duda, el modernismo de Aiken es más lírico, más emocional y menos cultural e histórico que el de su compañero de pupitre —en Harvard, ¡cuidao!— su coleguita T. S. Eliot.

Mi traducción de un breve poema de Isabella Gardner, publicado en The New Yorker en 1952, seguido de algunas notas sobre el texto y la traducción.

Mujer menuda y vaciada, aquí yaces mil años muerta,

las manos sobre tu exhausto bajo vientre, en tu lecho final yerta,

los dientes sobresalen en tu rostro desvendado, tus huesos especiados, negros, secos.

¿Quién te conoció y besó y cuidó y lloró tu muerte?

¿Moriste joven? ¿Hubo en ti gracia? Risus sardónicus por respuesta.

Entonces, velozmente, cogí la mano de mi esposo, mientras él contemplaba a su novia.

Isabella Gardner, 1915-1981

La voz poética se encuentra frente a una momia en un museo.

Predomina en primera instancia la degradación física: diminished loins. Polisémico «loins», siempre difícil de llevar al español, por sus connotaciones a la vez anatómicas y sexuales, incluso lúbricas. ¿Cómo no acordarse del arranque de Lolita, de Nabokov, con ese inolvidable Lolita, light of my life, fire of my loins… traducido normalmente como fuego de mis entrañas. Y sí, entrañas está bien, aunque se pierde algo del erotismo que Nabokov quiere inyectarle a la novela desde la primera página y que logra, precisamente, con ese fuego que igual podría ser del bajo vientre, de las ingles… Loins es también ijares, pero no aquí

La degradación física que llega con la muerte se refuerza con los jutting teeth, los dientes que sobresalen.

Las imágenes funéreas se acentúan con los spiced bones. Para un anglohablante, ese spiced remite con facilidad al ámbito de la preparación de los cadáveres, a las labores de embalsamamiento, cosa que no sucede en español; entre nosotros, esas imagenes van más asociadas a palabras como bálsamos, ungüentos, mirra, aceites… mientras que las especias se reservan más para lo culinario. La duda para el traductor estaba, pues, servida. Al final opté por el literal especiados, porque juzgué bueno aprovechar la oportunidad para asegurar un cierto distanciamiento en el lenguaje, un grado algo mayos de extrañamiento, cosa que con especiados se consigue mejor que con, por ejemplo, huesos embalsamados (además de que la autora habría podido usar embalmed y no lo hizo).

Por cierto, además de recordar a Nabokov, este poema evoca, inevitablemente, a T. S. Eliot en dos ocasiones al menos. La primera con el final del primer verso, a thousand years dead, que en la parte 4 de La tierra baldía de Eliot dice Phlebas the Phoenician, a fortnight dead. La segunda con la espectacular imagen en The Love Song of J. Alfred Prufrock: Like a patient etherized upon a table. ¡Poesía llama a poesía!

Gardner rima, con ironía, con acierto, con sentido. Dead/bed/head, dried/died/replied/bride. He guardado la rima en los dos primeros versos nada más (muerta/yerta). Intentar reproducirlas todas habría supuesto perder otras muchas cosas en el camino. Una pena. Ya lo avisó el gran poeta Robert Frost: «La poesía es lo que se pierde en la traducción».

Y ese Died you young?, con sintaxis arcaizante, en vez del cotidiano Did you die young?¿Qué hacer con él? He preferido dar el toque arcaizante y hasta un poco bíblico en la oración que sigue, con el buscadamente extraño ¿Hubo en ti gracia?

Otra pequeña dificultad para el traductor, la polisemia de bride, que acota los significados tanto de novia como de esposa, pues pueden ser ambas, pero sólo en el corto espacio del día de la boda y, como mucho, la víspera, es decir, la mujer recién casada o a punto de casarse. En inglés, una mujer no es bride durante años, sino uno o dos días como mucho. En español, la novia lo es desde el inicio de la relación hasta que se casa, y esposa desde que se casa hasta que dure la cosa, incluyendo en ambos casos el día de la boda. En inglés, si se dice bride se sabe enseguida que se trata de la recién casada o de la novia ante el altar, pero en español hay que adivinar, y en este poema el contexto complica la adivinanza, pero nos apañamos con novia y el que venga detrás que arree. Es verdad que tenemos la palabra desposado/a, que significa, precisamente, recién casado, pero habría trastocado demasiado el tono del verso, aparte de que se trata de una voz muy desusada, lo que no es el caso con bride, por lo que habría sido una traición al original, a causa, precisamente, de querer pegarse demasiado a él.

Y por fin, el poema nos pone ante temas eternos, claro: la fragilidad de la vida, la mortalidad… pero también la soledad, la muerte, no sólo del cuerpo, sino del amor. Porque cuando el marido «contempla a su novia», ¿a quién contempla? No a su mujer, que acaba de agarrarle la mano, sino a la momia. ¿Ve en ella a su mujer cuando muera? ¿Anticipa?

Lo que ustedes vean, bien visto estará.

Este sencillo y sentido poema, escrito en 1977, lo leí en el libro A Century of Poetry in the New Yoker 1925-2025, editado por Kevin Young.

Se lo dejo aquí, debajo de mi traducción.

Gary Soto

Cuando la niebla

llega a tocar las hierbas

y el cielo

es del color

de viejas sábanas,

Molina y yo,

en cuclillas bajo un roble

en un banco de raíces,

quemamos papeles

y hojas

para calentarnos.

Nos soplamos

en las manos

y el blanco

que sale

fluye hacia lo alto

a donde no

llega el calor.

Nos brillan los ojos

ante el fuego.

Y dice Molina

los gorriones,

en este árbol,

los pequeñitos,

encuentran su paraíso

donde cielo

y tierra se tocan.

Días y días

se encararán

al frío

hasta que el frío

se haga lo oscuro

que atraviesa

sus ojos.

Sabrán

del sur

cuando masas

de humo avancen

contra el viento

y los campos

se lleven

mil años de lluvias.

THE LITTLE ONES

When fog

Stands weed-high

And sky

Is the color

Of old bedsheets,

Molina and I

Squat under an oak

On a bench of roots,

Burning paper

And leaves

To keep warm.

We blow into

Our hands

And the white

That comes out

Drifts upward

Where heat

Does not reach.

Our eyes glow

Before the fire.

And Molina says

The sparrows

In this tree

The little ones,

Find their heaven

Where the sky

Meets the earth.

For days

They will point

Far into coldness

Until that cold

Becomes the dark

Blowing across

Their eyes

They will know

The south

When a bundle

Of smoke moves

Against the wind

And fields

Lift the rains

Of a thousand years.

Primer ensayo de traducción de un poema de Sandra Cisneros, escrito en 1994. Me he topado con él hoy, 3 de febrero de 2026, y no he podido resistirme a traducirlo y poner aquí el primer borrador (¿y tal vez ya el último?) de mi esfuerzo.¡

Poema enmarcado en una cierta subcultura noventera que prefiguraba el movimiento woke del siglo XXI y trabajaba los versos con una voluntaria fijación en las marcas identitarias, el asunto del «género» y las revelaciones postcoloniales. Nada de eso le impidió a Sandra Cisneros revelar un estro poético impresionante y unas imágenes llenas de fuerza expresiva y de verdadera poesía.

Pueden encontrar aquí el poema original, publicado en The New Yorker.

Sandra Cisneros,
novelista y poeta chicana.

BODEGÓN CON PATATAS, PERLAS, CARNE CRUDA, DIAMANTES DE IMITACIÓN, MANTECA Y CASCOS DE CABALLO

En español es naturaleza muerta, nada de vida.

Y, desde luego, no natural. ¿Qué es natural?

Tú y yo. Te invito a una copa.

Por una mujer que no hace de mujer.

Por un hombre que no hace de hombre.

La muerte es natural, en español al menos, creo.

¿La vida? No estoy segura.

Piensa en la Contessa, que en sus tiempos fue una belleza

y ahora luce una verruga del tamaño de este diamante.

De modo, ragazzo, que eres Venecia.

Por ti. Por Venecia.

No la de Casanova.

La otra, la de pensiones baratas cerca de la estación.

Recomiendo una cama estrecha con manchas de semen, de meada y de dolor puesta cara a la pared.

Las manchas y la descomposición son románticas.

Eres, sin duda, Pasolini.

Acabarás colgándote y fandangueando hasta morir.

Si te dejamos. Yo no te dejaré.

Yo no voy a ser menos, soy Piazzolla.

Tanguearé para ti en un tanga de encaje

manchado por el flujo del primer día de regla

y una teta descuidada saltando del vestido como un Niágara.

¿Del vestido? ¿A la fuerza?

Cantemos un dueto de Puccini. Me gusta “La Traviesa”.

Seré tu monito amaestrado.

Seré tus lentejuelas, tus pulseras.

Seré para ti Mae, Joan, Bette, Marlene.

Seré cualquier cosa que me pidas. Pero pídeme ser algo glamuroso.

Tan solo hazme reír.

¿Otra?

Lo que quiero decir, querido, es

que el hambre no es romántica para el hambriento.

Lo que quiero decir es

que el miedo no fascina al asustado.

Lo que quiero decir es

que no hay encanto en la pobreza, si es de tu casa de donde no puedes huir.

La descomposición no es bella para quien se descompone.

¿Qué es la belleza?

Pintalabios en un pene.

Un beso en una herida abierta.

Un estilete-reptil capaz de perforar un corazón.

Un ladrillo a través del parabrisas, que quiere decir te quiero.

Un dolor que golpea la puerta.

Mira, siento decepcionarte, pero esto no es Venecia ni Buenos Aires.

Es San Antonio.

Ese espejo no es de un mercadillo casero.

Es de un incendio. Y eso son los restos

de lo que se pudo salvar.

¿Las perlas? Me las compré en Winn.

¿Mi visón? Acrílico genuino.

Menos mal que esto no es Berlín.

¿Otro gin?

Camarero, otra botella, pero…

¡Ay, caray! Y ¡oh cielos!

El lindo rubito ya no nos sirve más.

¡Por los campos de muerte! ¡Por los campos de muerte!

¡Qué grosero! ¡Qué vulgar!

Bebe, amorcito. Tengo dinerito.

¿Es que no sabe quiénes somos?

Que vivan los de abajo de los de abajo,

los de rienda suelta, las brujas, las mujeres,

los peligrosos, los queer.

Que vivan las perras

“Que me sirvan otro trago…

Sé de un bar donde nos pagarán las copas

si me levanto la falda hasta la cabeza y tú entras desnudo

llevando mi sostén negro.

Artículo publicado en El Español, el 29 de abril de 2023. https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20230429/celine-odiador-odiado/759794019_12.html

¿Debe uno privarse de leer a Céline porque
fue un antisemita despreciable y un
ser humano lleno de odio?

En mayo del año pasado, Gallimard publicó Guerre, de Céline, cuyo manuscrito había aparecido rocambolescamente tras décadas de ocultamiento. Un año después, en marzo de este año, Anagrama publica la encomiable traducción de Emilio Manzano, a cuya calidad intrínseca se suma el mérito de haber lidiado con la dificultad de traducir a Céline, cuya convulsa naturalidad convierte su erizada y formidable prosa en tortura para un traductor serio.

Han aparecido más manuscritos, que el editor irá publicando con calculada dosificación comercial. Cuando no es Houellebecq es Céline: la industria editorial francesa hace sus renovados agostos gracias a sus inmensos escritores escandalosos, y cuando no puede fabricar su suerte, se la encuentra. La industria editorial francesa lleva una gran flor en el ojal más recóndito.

Las 136 páginas de Guerra son una sacudida, una agresión al lector, como las demás novelas del doctor Destouches, nombre verdadero del autor, célebre y denostado.

Céline escribió esta novela, cuya acción transcurre durante la Primera Guerra Mundial, en 1934, o sea, dos años después de que apareciera su fulgurante Viaje al fin de la noche, que lo encumbró. Es un vitriólico alegato contra la guerra y sus horrores, pero el odio que Céline siente por la guerra va mucho más allá: odia todo lo que ha permitido que estallara la guerra, y eso, claro, acaba siendo un extensísimo catálogo de culpables, a poco que se tire del hilo: los estados, los gobiernos, las familias, la sociedad entera y, al cabo, la especie humana en su totalidad.

«Nunca he visto u oído nada más asqueroso que mi padre y mi madre».

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