Atarse los zapatos

22 octubre, 2020 — 3 comentarios

Ayer me até los zapatos y al hacerlo caí en la cuenta de que he repetido ese gesto miles de veces. Hice un rápido cálculo: aprendí a atármelos a los seis años, es decir, hace 22 630 días. El gesto de atarse los zapatos es cotidiano, pero no es raro ir al gimnasio o visitar a media mañana a una amante, de modo que hay días en los que uno se ata los zapatos más de una vez; por otro lado hay días en los que uno guarda cama por enfermedad, resaca o pura vagancia, y entonces uno no se los ata, si bien estos días improductivos son menos frecuentes que los otros, que llamaremos sobreproductivos. Es, pues, razonable establecer que a lo largo de la vida uno se ata los zapatos 1,3 veces por día, de manera que yo me he atado los zapatos 29 419 veces (y sin embargo no puedo decir que haya logrado la perfección en los nudos: a veces son amasijos y a veces gurruños y sus lazos salen siempre desiguales. Tal es mi desaliño indumentario).

Entonces pensé que, inevitablemente, habrá una última vez que me ate los zapatos. Después de esa vez ya no habrá otra, ora porque muera atropellado por un camión, ora porque me lleve a la cama una enfermedad galopante e incurable, ora porque decida usar sólo mocasines. Lo inquietante, claro, es saber que no sabré cuál será esa vez. Cuando la última atadura se produzca, no seré consciente de que lo es, y por eso no tendrá la solemnidad nostálgica que le correspondería por derecho. No es poca cosa despedirse de un gesto que va con nosotros desde la infancia y que nos ha hecho tantos servicios, modestos pero útiles; gestos que han acompañado nuestra vida, que fueron ágiles y retozones como corzos en la niñez, vigorosos como panteras en la juventud, cuidadosos en la madurez y hoy son fatigosos y van acompañados de un pequeño estertor que nos sale al doblarnos para empezar la maniobra, que ya se nos antoja lastimera y pesada.

Después terminé de atármelos, fuime y no hubo nada.

«Un amor», de Sara Mesa

14 septiembre, 2020 — 4 comentarios

Un amor, de Sara Mesa, es lo primero que leo de esta interesante e intensa novelista («intensa» en el sentido primigenio y más noble de la palabra, no en la acepción despectiva que va adquiriendo hoy). Superadas unas primeras páginas algo desvaídas en propósito y tensión, que no auguraban grandes cosas, la narración se afina, se agudiza, adquiere un ritmo vivo y vivificador y conduce de un tirón hasta su final, con una eficacia admirable; un ritmo que la escritora lleva dentro —talento innato—, porque una velocidad de crucero tan adecuada a lo que está contando y tan titánicamente mantenida, no se adquiere sólo con aplicación y técnica.

La arquitectura de la novela no nos depara ninguna complejidad y avanza derechita a su meta. Es lineal y sencilla, y en realidad tan solo nos presenta dos puntos de viraje, esos en los que la acción o la evolución del protagonista cambian de rumbo y hacen que la narración avance: la sorprendente (y aceptadamente soez) “entrada” de un hombre en la vida de Nat (una mujer) y su posterior salida. Tras esa salida, caminamos junto a la protagonista como testigos de su agonía y su perplejidad para lograr digerir la pérdida.

Esa linealidad de la trama, su relativa brevedad y la limitada polifonía acercan bastante Un amor al cuento, pero esto no le quita nada de valor. La limitada polifonía se debe a que no hay muchos personajes que tengan un peso importante en la narración, y salvo la propia Nat y tal vez el “entrador” (nada más puedo revelar de él: mis labios están sellados), no están muy ambiciosamente desarrollados.

Hay un cierto grado de decepcionada sorpresa con el final, que consiste (el final) en la aceptación de que todo ha sucedido porque tenía que suceder y de que el acontecimiento del pasado que parece haberlo desencadenado todo, ineluctablemente había de traer a Nat hasta este final y a ningún otro. En realidad, la impresión que (me) produce es la de que la novelista no sabe bien como sacar a Nat del laberinto en el que la ha metido y lo resuelve con una faena que, sin ser desastrosa, es tan solo de aliño.

El asunto, la inventio que permite la novela, es interesante y en otros tiempos habría sido muy provocador. Hoy, curados de muchos espantos, no lo es mucho, —aunque sí nos presenta reflexiones de gran interés en el marco de la omnipresente batalla por la identidad de género, quiero consignar— de modo que su lectura va provocando sorpresa, sí, curiosidad, sí, simpatía (sentimiento en horas bajas, avasallado por la omnipresente empatía), rechazo, también… pero no desazón ni verdadera turbación creativa (sí, hay creatividad en la lectura bien hecha): el asunto no nos hace incómoda la lectura, y su escritura tampoco. Y con esto voy a otro asunto.

Un amor es una buena novela convencional, porque la historia se nos cuenta con un lenguaje y una sintaxis correctos, sin duda eficaces, pero convencionales. También es convencional la presencia de un narrador externo que todo lo sabe y que sólo se permite fugaces pinceladas de algo más o menos parecido al estilo indirecto libre para revestirse de un poco de modernidad; por suerte para él, la ligereza y concisión de su lenguaje hace que se lo perdonemos. (Además, nada de esto le impide lograr algunas expresiones e imágenes de mucho interés y belleza, como: En el sueño hay una placidez aceitosa en la que ella se sumerge para nadar. O cuando alude a una extraña suerte de memoria cutánea: La piel le arde de desesperación, incapaz de admitir que ha perdido a…)

Pero no hay (¡ay!) ni la más mínima ambición de utilizar el lenguaje, además de la propia historia, para sacudirnos, para sacarnos de la placidez de los códigos culturales más o menos main stream. No hay ni un gramo de ambición en esta prosa, ni de innovación ni de ruptura ni de grandeza. Ninguna ambición más allá de ser eficaz y correcta.

Es este planteamiento (que la mercadotecnia ha convertido tramposamente en virtud estilística), el de hacerle la vida fácil al lector, no provocarlo, darle su papilla narrativa, el que triunfa en la industria editorial y el que permite que en solapas y cubiertas traseras abunde la hipérbole y el ditirambo crítico (verdarera revelación, literatura del alto voltaje, pequeña obra maestra) y todas esas lisonjeras complacencias que tanto bien le hacen a la industria del libro y tan poco a la literatura. Pero bueno, todos sabemos para qué están las solapas y las cubiertas traseras).

Uno es como es, así que no se me pueden librar ustedes, salvo que interrumpan la lectura aquí mismo, de unas gotitas de pedantería narratológica: en Un amor, lo simbólico, lo definible, lo racional, lo que está en el plano de la comunicación, o sea, el fenotexto (se lo advertí, amigos) no está perturbado ni alterado ni porculeado por esa otra dimensión, la semiótica, que emana del inconsciente y se plasma en cosas como la entonación, los ritmos, las melodías,  la organización temporal de la narración, un léxico forzado o dislocado… o sea, por un genotexto potente y en condiciones.

Fenotexto 3, Genotexto 0, es el marcador de Un amor tras los noventa minutos reglamentarios.

Las ambiciones de Un amor parecen ser dos: «contar una historia» (ese desiderátum de escritores y cineastas actuales, que parece justificar cualquier cosita que hagan) y vender. Ambas son ambiciones legítimas, deseables e insuficientes para hacer arte. Arte literario, en este caso.

Pero, entonces,  ¿nos desaconseja usted la lectura de la última novela de Sara Mesa?

No. No se lo desaconsejo. Harán bien en leerla. Un amor es una buena novela y si la leen se lo pasarán estupendamente. Tras acabarla pensarán un poquito y con un leve estremecimiento (erótico y todo, a veces) en algunas de las cosas sucedidas, su semblante se pondrá serio al recordar  la perturbación de la protagonista, torcerán un pelín el gesto ante el pequeño gatillazo del final y después seguirán con su vida como si tal cosa.

No sé si me explico, pero creo que sí.

Si reconocemos al personaje después de tantas páginas, que son años, ¿no es también imaginable que el personaje nos reconozca a nosotros los lectores? ¡Qué halago!

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Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin.

J. L. Borges, Los teólogos

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Cada dos años o así trasteo con mi biblioteca y hago como que la arreglo: algunos libros cambian de sitio, otros son directamente expurgados y otros cuantos, en fin, son gozosamente redescubiertos. Es un proceso lento y largo; a un autor no se lo cambia de sitio a la ligera, sin ponderar las razones ni sopesar las consecuencias; fusionar dos categorías en una sola (acaba de suceder con Idiomas y Lingüística) es una decisión grave, que ha requerido una sesuda reflexión.

Terminados los arreglos materiales de la biblioteca, hago también los necesarios cambios en la base de datos que, engañadamente, cree que la controla y la explica. Por fin, ya alegre por el simple contacto con los libros y los anaqueles, me entretengo con algunos juegos estadísticos y aritméticos.

Desde la última gran revisión, que fue en febrero de 2018, mi biblioteca ha crecido en 197 libros, que vienen a ser unos 8 al mes. A un promedio de, pongamos, 18 euros por libro, es una pasta.

En total son 3.179 libros. A precios de hoy son unos 60 mil del ala (¿todo eso me he gastado? REALLY?). Puestos en línea ocupan unos 80 metros de estantes, a ojo de buen cubero.

Así pues, tres mil ciento setenta y nueve.

Es un número decepcionante, la verdad. Tendría que haber ido a la librería para adquirir dos libros más, porque entonces sería un número primo, pero  3.179 no lo es, ni es un número de Fibonacci ni de Bell ni factorial ni perfecto ni poligonal. Es, pues, un numerito del montón, una cifrita de chichinabo, una caquita, a little turd of no consequence. Es lo que hay y hay que conformarse. Me cabe el consuelo de que el crecimiento en metros ha sido de 5, que sí es número primo y de Pell y de Bell y de Sierpinski  y, sobre todo, que es el único número en español que tiene tantas letras como el número que nombra. Del número 5 no cabe avergonzarse.

Los idiomas presentes en mi bliblioteca se distribuyen así:

  • Español: 57% (1.813 libros)
  • Inglés: 22% (694)
  • Francés: 7% (215)
  • Italiano: 4,5% (145)
  • Danés, alemán, neerlandés, portugés, latín, griego, rumano, catalán y japonés completan la lista.

Como tantas otras bibliotecas particulares, la mía está ordenada por categorias y, dentro de ellas, por orden alfabético de autores. Tengo establecidas 24 categorías y son demasiadas: con frecuencia me complican mucho las cosas a la hora de decidir cuál le cuadra mejor a cada nuevo libro. Para empezar acabo de unificar las categorías Idiomas y Lingüística en una sola, aunque mantengo Diccionarios como categoría independiente. Es probable que me decida también a eliminar la nutrida categoría de Ensayos, redistribuyéndola entre otras, principalmente Filosofía y Sociopolítica , y quizás también fusione Arte con Música y Gastronomía con Viajes. Estos cambios reducirían las categorías a 20. Siguen siendo muchas, pero no veo fácil reducirlas aún más. Hoy por hoy, las categorías más pobladas son estas:

  • Literatura: 1.918 libros (de los que 221 son de poesía)
  • Sociopolítica: 160
  • Crítica y teoría literaria: 158
  • Ensayo: 138
  • Filosofía: 135
  • Diccionarios: 93
  • Linguïstica: 78
  • Historia: 77
  • Hª de la literatura: 32
  • Hª de las ideas y Aviación: 35 cada una

En cuanto a autores, no hay grandes cambios desde mi reorganización anterior. Conrad y Simenon se llevan el oro, con 35 volúmenes cada uno (el que fueran prolíficos les ayuda, claro está). Así está la cosa:

  • Conrad y Simenon: 35
  • Tolstói: 28
  • Proust: 25
  • Balzac y Borges: 22
  • Jünger: 20
  • Joyce: 19
  • Asimov: 18
  • Cervantes y Paul Auster: 12
  • Dostoyevski: 17
  • H. Hesse: 14
  • Javier Marías: 13
  • Coetzee: 12
  • Dante, T. S. Eliot, Sandor Márai y Nabokov: 11
  • Chateaubriand, Leon Bloy, H. James, Thomas Mann, Mishima y Ted Hughes: 10

Esta lista contiene algunas particularidades. El gran número de volúmenes de algunos autores se debe a las dimensiones de su obra o a que tengo varias versiones de algúnas. Así, los 7 volúmenes de À la recherche du temps perdu se multiplican hasta 21, al tener dos traducciones, además del original. Algo parecido sucede con Joyce, de cuyo Ulises tengo dos ediciones inglesas y ocho traducciones a distintos idiomas, con Guerra y Paz (siete traducciones al español, inglés y francés) y con La divina comedia (original y tres traducciones), por citar solo los casos más conspicuos.

De Galdós hay 30 resignados volúmenes, lo que habría debido llevarlo al podio, pero es que los Episodios nacionales suman una veintena larga, por lo que ocupar un tercer puesto indicaría una estima por su obra mucho mayor de la que tengo.

Algunos autores de mi especial predilección se liberan de la servidumbre del orden alfabético y llegan a tener su propio estante, separado e independiente, que no comparten con ningún otro. En esta última reorganización, el poeta inglés Ted Hughes ha alcanzado ese honor, por lo que ya tiene un lugar en mi Olimpo particular, en compañía de Conrad, Joyce, Jünger, Márai, Simenon y Tolstói. Leon Bloy y Alfred Döblin están rozando esa gloria y tal vez la alcancen la próxima vez.

El estante Conrad

FIN

Publicado en El Mundo-Andalucía, el 5 de marzo de 2019.

Cuando la buena literatura evoca la mala política (a mi pesar).

2019_03_05_El tedio del prusés_ElMundo

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