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Una carretilla

3 julio, 2017 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de junio de 2017.

Un hipnótico poema, con alma de haiku, de William Carlos Williams.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

UNA CARRETILLA

La carretilla roja, de William Carlos Williams, es un puntal de lo que se llamó poesía imaginista, origen del modernismo poético.

 

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Del imaginismo se pregona que suprime todo enfoque personal del poeta, para subrayar los objetos en los que se fija. Lo segundo es cierto; lo primero no tanto. ¿Quién elige fijarse en la carretilla y no en otro utensilio? ¿Quién lo ve bajo la lluvia y no al sol? ¿Quién, donde las gallinas y no en el establo? ¿Cómo no van a ser esas elecciones un enfoque personal del autor? Digamos que la presencia del poeta es pretextual y centrémonos en el texto (y en el lector), como tiene por costumbre este faldón. Dejemos a otros el griterío del contexto.

Hay docenas de traducciones de este maravilloso poema que, al aislar un objeto y presentárnoslo con una trabajada sencillez, parece buscar el haiku.

El punto más delicado es ese glazed with rain water. Es un error traducirlo, como hacen algunos, por mojada. Ya sabemos que la lluvia moja las cosas y si el poeta no hubiese querido ir más allá de lo obvio, habría escrito wet o damp y santas pascuas.

Yo he visto carretillas, nuevas o herrumbrosas, cambiar su aspecto bajo la lluvia. El agua, al deslizarse lentamente por sobre ellas, frenada por la fricción, las reviste de una capa transparente, alisando por completo la superficie, aunque con un pequeño grado de turbiedad; algo nacarino. No me gustan lustrada ni bruñida, pues ambas requieren una acción decidida, un esfuerzo, un frotamiento vigoroso, que nada tienen que ver con la mansa acción de la lluvia.

Satinada es una cualidad que se consigue tratando una superficie, pero tampoco recoge la idea de una capa externa y distinta de lo que cubre, como el almíbar cubre un pastel. Por eso me quedo con barnizada: convoca mejor lo que me sugiere la imagen inventada por el poeta y no traiciona por completo el original.

También he preferido entre las gallinas, en lugar del habitual junto a, para reflejar mejor lo que ha de ser una tierna escena caótica, de desorden, de revuelo en la granja, que la voz poética contempla. Ese revuelo, por cierto, lo realizan mejor las alborotadoras gallinas que los piantes polluelos que eligen casi todos los traductores.

Pero dejemos las tecniquerías tiquismicosas de la traducción. Lo maravilloso es cómo nos contagiamos los lectores de la fuerza evocadora de estos sencillos versos. Sin duda, esa carretilla fue vista mil veces, pero ese día de lluvia, esas gallinas gritonas, ese rojo casi infantil… todo eso junto rompió el dique de los recuerdos, que cayeron en tromba sobre el protagonista del poema y ahora sobre nosotros. La carretilla roja es como las moscas de Machado:

vosotras, moscas vulgares

me evocáis todas las cosas.

La carretilla es amada apasionadamente por los niños, que reíamos llenos de júbilo cuando un mayor nos metía a varios en una y nos paseaba alocadamente por el camino. Así de gozosa, aunque nostálgica, nos la devuelve el poeta. Hay que leer este poema las veces que sea menester, hasta oír el fino tamborileo de la lluvia sobre la yerba, interrumpido de tanto en tanto por el contrapunto de un grueso goterón que cae de un alero; hay que leer hasta ver el perfecto velo de agua sobre el metal encarnado y oler la tierra mojada.

Tras leer este poema, nadie puede ver una carretilla sin recordarlo. Ya lo verán.

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Dos fotografías del poeta

 

Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de mayo de 2017.

El gran poema del siglo XX: La tierra baldía, de T. S. Eliot.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

QUE NO SE ACABE NUNCA

Hay que leer el impresionante poema de T. S. Eliot, La tierra baldía (o asolada, como prefería Borges) para tener una comprensión cabal de la literatura del siglo XX. Cuatrocientos treinta y tres versos que no se olvidan.

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De este poema colosal se pueden decir muchas cosas: es una cima de la literatura modernista; rezuma simbolismo; explora nuestros clásicos grecolatinos y los traslada, con extraña crueldad, a nuestro tiempo. A mí me basta con decir que es un poema subyugante. ¿He dicho crueldad?

Abril es el mes más cruel, hace brotar

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos con deseos…

El propio Eliot da una clave fecunda cuando habla, en un ensayo sobre Joyce, del paralelismo entre la contemporaneidad y la antigüedad.

Como todo buen libro —y más aún si es de poesía—, la clave de su disfrute consiste en no leer para terminarlo, sino, justamente, en lo contrario: leer deseando con todas nuestras fuerzas que no se acabe nunca. ¿Quién quiere ver secarse un venero de gozo?

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Un jovencísimo T. S. Eliot

Así, iremos de asombro en asombro, haciendo posada en cada verso, sin pasar al siguiente antes de hacerlo nuestro, por ósmosis o por fagocitación, deteniéndonos ante cada imagen, cada evocación, cada alusión secreta y cada referencia velada (y la sonoridad, la sonoridad, si se lee el original). Si por ventura no caemos en la cuenta de que hay versos que aluden a Ovidio o a Dante o a Shakespeare o a Nerval, o que recogen canciones infantiles (London bridge is falling down) no pasa casi nada; la fuerza del poema seguirá intacta.

El invierno nos cobijó, cubriendo

la tierra de nieve olvidadiza…

Ese maravilloso forgetful snow fecunda nuestra imaginación, antes de proseguir.

De pronto surge un grito que concentra la amargura del poema:

…Oh hijo de hombre,

no lo puedes decir ni adivinar, pues sólo conoces

un puñado de imágenes rotas, donde bate el sol

y el árbol muerto no da refugio, ni consuela el grillo

ni brota el agua de la piedra seca…

Se prefigura un apocalipsis, y este célebre verso ahonda en lo ominoso:

I will show you fear in a handful of dust.

Su traducción habitual (Te mostraré el miedo en un puñado de polvo) pierde, ay, la rotundidad rítmica.  (Hay bastantes traducciones al español. Sean cuidadosos al elegir la suya).

En otro pasaje, sombríamente (y pensando en Baudelaire) escribe:

Ciudad irreal

bajo la niebla parda

de un amanecer de invierno…

Irreal y brumosamente mitológico es casi todo el poema, aunque sorprenda a veces con sus repentinos cambios de tono, como cuando oímos la estrambótica voz de la vidente Madame Sosostris o cuando se recrimina prosaicamente a una mujer, por no haberse arreglado los dientes para complacer a su marido.

Cuando llegué a estos versos:

En la hora violeta, la vespertina hora

que nos empuja hacia el hogar y que devuelve a casa, salvo, al marinero…

recordé el Requiem de R. L. Stevenson (Home is the sailor, home from the sea) y pensé en el aire oscuro de las tormentas en el mar, cuyo secreto Eliot desentraña al haber sabido verlo violeta, color, aquí, de gran tristeza.

El poema me atrae por estar hecho de versos contenidos, racionales, pero llenos de emoción. Para escribir así hay que tener una grandísima capacidad de concentración, casi de enfrascamiento. T. S. Eliot debió de ser un hombre capaz de oír crecer la hierba.

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Cruel Trifles

4 abril, 2017 — Deja un comentario

English version of my weekly literary column “Texto sentido”, published in the Spanish newspaper Málaga Hoy.

Reading Tolstoy.

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TEXTUAL INSTINCT

Sanz Irlers. Author

CRUEL TRIFLES

The huge literary impact of Tolstoy owes much to the meticulous attention he pays to all of his characters. No coachman, maid, cook, nor peasant is too small for him not to stop to give us some form of outline of who they are, their desires, resentments or dreams, in short, their overall humanity. Tolstoy builds his novels with the evolution of the characters, not on their vicissitudes.

To do this he scrutinises seemingly banal reactions and discovers in them signs of the changes that have occurred in the characters’ ideas and feelings. In an unforgettable scene, although somewhat farcical, Anna Karenina, who has been flirting with the handsome Vronski on the train and is falling in love with him, sees her husband upon alighting, and what does she see and think?

…the first person who attracted her attention was her husband. “Oh, my God! Why do his ears stick out like that?

For the first time, she notices this silly ugly physical feature in her husband: the sticking-out ears propping up the brim of his round hat. She will later discover ugly moral features and use all these deformities as her excuse to throw herself into adultery, or true love, depending on how you wish to see it.

Tolstoy’s astute narrative makes the most of this discovery, and many pages afterwards it is Anna herself who suffers from a similar judgement. Stern symmetry. Her lover also changes:

[Vronsky] could not at once recall what he had been going to say. These fits of jealousy, which of late had been more and more frequent with her, horrified him, and however much he tried to disguise the fact, made him feel cold to her…


Vronski’s ardor dies out just as Anna’s did before that with her husband; we know this from the disenchanted perception the seducer now has of his lover:

She was utterly unlike what she had been when he first saw her. Both morally and physically she had changed for the worse. She had broadened out all over […] He looked at her as a man looks at a faded flower he has gathered, with difficulty recognizing in it the beauty for which he picked and ruined it.

Anna puts on weight and Vronski’s passion fades. In a moment of great intensity, Anna confronts her husband. The way in which Tolstoy recounts the scene is absolutely masterful:

“No, you are not mistaken,” she replied, with measured words, casting a look of despair on her husband’s icy face. “You are not mistaken; I was in despair, and I could not help being. I hear you, but I am thinking only of him. I love him, I am his mistress. I cannot endure you, I fear you, I hate you! … Do with me what you please.

 Like no other, Tolstoy illustrates the cruelty hidden in trifling day-to-day gestures. In The Cossacks, the young Olenin, in love with Marianka, has to leave the village. With sadness and believing it to be an important moment, he bids her farewell. They say goodbye, but shortly afterwards:

Olenin turned round. Daddy Eroshka was talking to Maryanka, evidently about his own affairs, and neither the old man nor the girl looked at Olenin.

It has taken only seconds to forget him. Life carries on without poor Olenin!

Tolstoy has always taken us to those terrible moments with a perturbing naturalness and with a narrative skill that makes him a firm candidate to be the best novelist in the history of literature.

Una voz desprepuciada

9 diciembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de diciembre de 2016.

En el año de la muerte de Leonard Cohen.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

UNA VOZ DESPREPUCIADA

Una mirada vagarosa por mi librería me llevó hasta una novela de Leonard Cohen, que no recordaba tener: El juego favorito. No se juega con las señales del destino; era llegado el momento de leerla.

Aún no la he terminado y no soy muy de reseñas. Podría decir que es una Bildungsroman, como el Werther, o una novela de ideas o unas memorias noveladas… Pero esas etiquetas poco dicen. Sólo quiero detenerme en tres rasgos llamativos y en la pericia con que Cohen los maneja.

El primero, la brevedad. No de la novela, de extensión normal, sino de sus cortos capítulos y su delgada sintaxis. Campea el estilo paratáctico: oraciones concisas, coordinadas, más que subordinadas, periodos que luchan contra la tentación del aforismo. Cuando esa concisión se usa para describir, casi estamos en las acotaciones teatrales o de guion de película:

Mi padre apunta la cámara a sus hermanos, altos y serios, con flores en las oscuras solapas, que se acercan demasiado y entran al reino de lo borroso. […] Sus esposas lucen formales y tristes. […] Su abuela está sentada entre las sombras […] Un juego de té de plata fulge ricamente…

No se engañen: la ausencia de oraciones largas y encordeladas, llenas de cláusulas subordinadas a lo Proust, no hace de la escritura algo fácil.

El segundo rasgo es el humor, seguramente judío, aunque estas adscripciones étnico-nacionales a las formas de la inteligencia son resbaladizas.

Al jugar con una pistola de su padre sabemos que:

…cuando Breavman echaba atrás el percutor, era el sonido maravilloso de todos los logros científicos homicidas.

Tras un entierro

…se sirvieron bagels y huevos duros, formas de la eternidad.

El tercer rasgo es la veta poético-filosófica que enseguida advertimos. Vean la portentosa finura de esta exaltación de la amistad, al recordar las charlas de dos amigos de juventud:

Una noche estaban sentados en el jardín de alguien, dos talmudistas, deleitándose en su dialéctica, que era un disfraz del amor.

Sustituyan talmudistas por leninistas o lacanianos: muchos tuvimos también esas largas y nocturnas chácharas juveniles, fundadoras de amistades eternas que aún duraron algunos años.

Contemplamos un rostro adornado por una sonrisa chejoviana de huertos perdidos e imaginamos, con el protagonista, como:

El sol de la tarde de invierno centelleaba en las medias negras de su madre…

También leemos que los ojos de su adorada Lisa eran grandes, encapotados, soñadores.

(El texto original dice heavy-lidded, que es ya estupendo, pero la traducción lo mejora: genial el traductor Pico Estrada con ese encapotados,  aunque a veces —tras la de cal, la de arena— se precipita, como cuando traduce supo que su aliento debía oler a viento. Habría sido fácil decir brisa —aunque el original sea wind— evitando la decepcionante rima interna aliento/viento).

El genio poético de Cohen revigoriza la gastadísima imagen de unas luces reflejadas sobre el agua, gracias a la magnífica concisión y al uso de los plurales:

Los estanques eran calmos y de un negro de muerte. Farolas flotaban en ellos como lunas múltiples.

(En inglés la ausencia de artículo ante farolas es natural. En español es otro notabilísimo acierto del traductor. De haber antepuesto las o unas, las farolas serían meros objetos utilitarios, en vez de los seres espectrales que entrevemos). ¡Qué oraciones formidables! ¡Qué poder de transmisión!

Y así, de imagen en imagen, de nostalgia en nostalgia, voy llegando al final de la novela y del Texto sentido de hoy.

A los cuarenta

24 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 23 de septiembre de 2016.

Donald Justice es uno de mis poetas favoritos. Ojalá vean por qué.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

A LOS CUARENTA

Hace unas noches, tras cumplir gayamente con el ínclito débito, leí poemas de Donald Justice (Florida 1925 – Iowa 2004). Su sencillez y su contenido lirismo me asombran cada vez, y me conmueven.

Men at forty
Learn to close softly
The doors to rooms they will not be
Coming back to.

At rest on a stair landing,
They feel it
Moving beneath them now like the deck of a ship,
Though the swell is gentle.

And deep in mirrors
They rediscover
The face of the boy as he practices trying
His father’s tie there in secret

And the face of that father,
Still warm with the mystery of lather.
They are more fathers than sons themselves now.
Something is filling them, something

That is like the twilight sound
Of the crickets, immense,
Filling the woods at the foot of the slope
Behind their mortgaged houses.

1967

Comparto mi traducción del maravilloso Los hombres, a los cuarenta.

Los hombres, a los cuarenta,
aprenden a cerrar con sigilo
las puertas de los cuartos
a los que ya no volverán.

Justice, como DanteNel mezzo del cammin di nostra vita—, sabe que ha llegado al parteaguas de la vida, al día a partir del cual los horizontes de popa son más anchos ya que los de proa. Recordamos también el cuarto verso de Límites, de Borges: …hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo. 

De pie en el rellano de la escalera,
lo notan ahora
moverse bajo sus pies, como a bordo de un barco,
aunque es suave el balanceo.

¿Qué es ese lo? Es el tiempo, sin duda. Su paso por nosotros; el viaje de la vida. ¿Vamos o nos lleva? Se balancea; cuidado; ¡qué mareo! Pero no es tan violento después de todo. Un descanso en el rellano, en cubierta. Recobrar el resuello para seguir. Singladura.

Y en el fondo de los espejos
descubren otra vez
el rostro de aquel niño que en secreto practicaba
cómo anudarse la corbata de su padre,

El rescate de la niñez, de su recuerdo, se hace sin ningún dramatismo, con naturalidad y, sobre todo, depositando en ese recuerdo algo importante: la unión y continuidad generacionales. Recuerdos comunes de padres e hijos, que se anudan, como las corbatas.

y el rostro de ese padre,
tibio aún por la espuma misteriosa.
Ahora son ya más padres que hijos, estos hombres.
Algo los inunda, algo

que es como el crepuscular canto
de los grillos; algo inmenso
que llena el bosque al pie de la colina
detrás de sus casas hipotecadas.

Grillos, bosque, colinas… ¡hipotecas!

Cinco estrofas en verso libre que nos hacen temblar, aunque no sé bien de qué.

Una pequeña sorpresa para concluir: he aquí el inicio de una conocida estrofa de Wallace Stevens, de 1918: Si los hombres, a los cuarenta, se ponen a pintar lagos…

No debe extrañarnos. Justice amaba a Stevens y aprendió de él que la poesía oculta tanto o más que revela. Yo le agradezco a Justice que no dé consejos ni recetas de cómo lidiar con el volar del tiempo. Mejor eso que un iracundo Dylan Thomas:

Que arda y urle la vejez al acabar el día;

Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.