Archivos para Madame Bovary

EIL

2 octubre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de septiembre de 2016.

Elegir quién cuenta una historia es una de las primerísimas tareas del escritor. Una vez elegido el narrador o los narradores, hay que decidir de qué manera la cuentan.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

EIL

Así empieza El violín de Rothschild, de Chejov. (La numeración es mía):

(1) Érase un pequeño pueblo, menos que una aldea, habitado mayormente por viejos; (2) estos se morían tan de tarde en tarde que resultaba un verdadero fastidio. (3) El hospital y la cárcel necesitaban muy pocos ataúdes. (4) En una palabra: el negocio iba mal.

El cuento es tan rico como breve. Un viejo carpintero odia a los judíos, toca el violín y vive lamentando sus pérdidas económicas —después intuiremos que son también de otra especie—. Al morir su mujer recupera el recuerdo de una hijita muerta que había apartado de su memoria para protegerse del dolor. Antes de morir él regala su violín a un flautista judío. Entre esa escueta osamenta de sucesos, todo lo demás.

Estoy con Amos Oz: lo asombroso del cuento es su milimétrico equilibrio entre lo ridículo y lo desgarrador. Si lo leen, lo verán enseguida.

Este llamativo comienzo es interesante por representar una forma extrema del llamado estilo indirecto libre (EIL). En esta manera de contar historias, el narrador se zambulle dentro del personaje y usurpa su voz. Otra forma de verlo es al revés: más que ser poseído, el personaje se rebela y destierra al narrador tradicional. Pero esa distinción entre voces (focalizaciones, si nos ponemos estupendos) no es siempre evidente; no siempre hay certeza de quién habla; la voz que cuenta la historia va y viene de uno a otro; hay pelea entre narradores, un quítate tú para ponerme yo.

He dividido el párrafo en cuatro partes. En la primera habla un narrador externo. En la segunda y la cuarta oímos al viejo cascarrabias quejándose de su suerte; esas valoraciones de lo contado —un verdadero fastidio y el negocio iba mal— nos chivan el cambio de voz. En la tercera parte podemos oír a quien nos dé la gana. Los vaivenes entre narrador y personaje se producen sin previo aviso.

Flaubert nos da un ejemplo más claro de este recurso en Madame Bovary. Las partes en naranja son la voz de la protagonista:

Dejó la música. ¿Para qué tocar? ¿Quién iba a escucharla? Ya que nunca iba a poder dar un concierto en un piano de Erard vestida con un traje de terciopelo con manga corta dejando correr los dedos ligeros sobre las teclas de marfil […] no valía la pena molestarse en estudiar. Metió en el armario las carpetas de dibujo y su labor de tapicería. ¿Para qué? ¿A santo de qué? La costura la ponía nerviosa.

Las minúsculas podrían ser la voz de un narrador externo, pero impregnada del personaje, que parece articular sus pensamientos. Oímos a uno, a otro y hasta a los dos a la vez de manera maravillosamente difusa. La narración flota, fluctúa, es todo menos plana y lineal. Andamos cerca del monólogo interior y del flujo de conciencia. Otras técnicas, otro asunto.

El estilo indirecto libre nos recuerda que un novelista trabaja, al menos, con tres lenguajes: el suyo, el de los personajes y el del mundo, que prefigura la historia antes de ser escrita. El buen novelista hace con ellos juegos malabares, sin que ninguno se le caiga.

Pagafantas del XVIII

19 agosto, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de agosto de 2016.

Último de esta pequeña serie que ha tenido en Goethe su eje principal. Hoy, un par de consideraciones sobre cuáles pueden ser las miradas de los lectores y cuáles son sus facultades, y unas breves anotaciones a la naturaleza del narrador.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PAGAFANTAS DEL XVIII

Madame Bovary se abre con un nosotros narrador: Estábamos en la hora del estudio… Alguien habla desde dentro de la escena, pero no es el protagonista, sino una voz anónima que cuenta lo que vio. Técnicamente es un narrador intradiegético-heterodiegético (¡sí, lo sé, qué le vamos a hacer!). Lo notable de él es que usa la primera persona del plural, como si hubiera un narrador colectivo.

Si tiro por aquí es porque me ha llamado la atención la estrategia narrativa de Goethe en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Me refiero, precisamente, al uso de un nosotros-narrador.

¿… quién sería capaz de expresar la alegría de dos amantes? […] nosotros también nos marchamos…

Y poco después: Ya es hora de que vayamos conociendo mejor a los padres de nuestros amigos…

¿Quiénes son nosotros? El que narra lo hace desde fuera de la historia; es omnisciente y, como tal, lo sabe todo de sus personajes; más que ellos mismos (la formulita narratológica es N>P).

**Digresión: Es el XVIII. La retórica clásica perdura. En ese ¿Quién se atrevería a describir…? reconocemos el archisabido tópico No encuentro palabras. Recordemos a Jorge de Montemayor:

Decir yo agora la vida que pasaba en su ausencia […] no sé si podré…

o los dos fabulosos versos del Orlando furioso de Ariosto, que casi supe de memoria:

 Chi mi darà la voce e le parole                                                                                                       convenienti a sì nobil suggetto…

Fin de la digresión.**

Ese nosotros de Goethe, a diferencia del de Flaubert/Bovary, se llama plural de modestia. Pura convención. Sin embargo, cuando leí esos pasajes fui presa de una súbita euforia porque, sin saber cómo, Goethe logra que su nosotros nos involucre. Más que de modestia, es de complicidad.

Como por ensalmo me sentí compinchado con ese narrador que acota las andanzas del joven Guillermo. Goethe nos secuestra de nuestro lugar de lectores y nos lleva con nosotros, o sea, con él, o sea, con su cuentacuentos, para que observemos juntos a Wilhelm Meister. Así, más que leer, vemos y contamos cómo

…dejó transcurrir las noches en el disfrute íntimo de su amor y dejó transcurrir los días a la espera de horas felices.

Y nos es dado oír en primera fila diálogos casi cervantinos:

—No encuentro que haya nada más útil en el mundo que sacar ventaja de las tonterías que hacen otros.

—Me pregunto si no sería un placer más noble salvar a los hombres de sus estupideces.

Y escuchamos a la vieja Bárbara enseñarle a Mariana cómo tener dos amantes:

Si amas a uno, que el otro pague; todo depende de lo hábiles que seamos para conservar a los dos.

¡Oh, las novelas de formación! ¡Ah, los cornamentados  pagafantas del dieciocho!

Estrambote: La sensación de ser un lector secuestrado ha sido un fugaz espejismo. Al empezar el Libro segundo, Goethe deshace el hechizo con un seco

Por eso no queremos detallar a nuestros lectores…

que nos pone de nuevo en nuestro sitio. Pero fue bonito mientras duró.

Adúlteras (2)

9 abril, 2014 — 2 comentarios

 

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En estos últimos dos meses me he leído, casi del tirón, tres novelas emblemáticas del siglo XIX ―de todos los tiempos, en verdad―, cuyo tema central es el adulterio o, por ser más preciso, la mujer adúltera. Ya había leído las tres hacía tiempo, en distintas épocas de la vida, pero leyéndolas seguidas parecen iluminarse con otra luz, esa con la que se escudriñan entre sí y que revela en cada una rincones que habían quedado en la sombra. Me refiero, claro, a Anna Karénina (Tolstói), Madame Bovary (Flaubert) y La Regenta (Clarín).

Tal vez habría debido volver a leer también Os Maias, del portugués Eça de Queiroz, que ofrece un retrato de la sociedad lisboeta de su tiempo hecho con una mirada similar a la que Clarín le echa a su celebérrima Vetusta (más que mirada, un mal de ojo, la verdad), pero no lo he hecho. Pelillos a la mar.

Me centraré más en nuestra Regenta, por ser la que he leído en último lugar, y desde ella haré algunas breves incursiones en las otras dos.

Como todas las novelas grandes, La Regenta es muchas cosas a la vez y yo voy a sostener que, antes que una novela costumbrista o filonaturalista o sociomoralizante o psicológica, es una novela humorística. No hay desdoro en este juicio. El humor, desde el que esboza la sonrisa cómplice al que provoca la carcajada hilarante, la atraviesa, incansable, de principio a fin, como un venero vivificador. Y ese humor, tan dinámico, a veces tan corrosivo, casi siempre tan inteligente, es uno de los elementos decisivos para hacer de esta una magnífica novela.

Yo había leído (mal) La Regenta cuando me acercaba a los catorce años, a hurtadillas, escondiéndome de mi madre, que la reputaba una lectura peligrosa para un joven flaco y nervioso. Tan mal debí leerla que esta vez ha sido como hacerlo por primera vez. Mis sonrisas, mis exclamaciones de hilaridad y mis carcajadas desacomplejadas han estado inundando la casa estos últimos días, pero impregnadas todas ellas, aun sin tener siempre conciencia de ello, de la herrumbre que va dejando tan ácida descripción de la mediocridad.

La combinación del humor con una descomunal galería de personajes estrambóticos e inolvidables, hacen de esta novela un page turner de primer orden. ¡Qué personajes!  ¡Y qué nombres! Frígilis, la jamona Obdulia Fandiño, Fortunato Camoirán, Carrapique, Cayetano Ripamilán… Ante semejante parada de freaks de provincias, los personajes principales casi palidecen de mediocridad. ¿Qué han de poder la propia Ana Ozores, el clérigo Fermín de Pas o el burlador Álvaro Mesía ante nombres como el del ateo oficial de Vestusta, Pompeyo Guimarán, el indiano Don Frutos Redondo, la marimacho Petronila Rianzares, alias el Gran Constantino, o el bardo local, Trifón Cármenes?

Cumpliendo mi maligno propósito de comparar las tres obras, lo primero que puede consignarse es el diferente grado de protagonismo que tienen nuestras tres adúlteras en cada una de ellas: Continuar leyendo…

Adúlteras

3 enero, 2014 — 1 Comentario

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El premio concedido a Víctor Gallego por su traducción de Anna Karénina (publicada en Alba minus), me sirvió de pretexto para volver a zambullirme en esta inmensa novela (e intentar luego un harakiri por no haberla escrito yo), que había leído cuando muy joven e inexperto, sin enterarme ni de la mitad de cuanto me he enterado ahora. Y es que, claro, haber tenido tiempo de vivir en persona el cornerío desde dentro, desde fuera, de perfil y de soslayo, de haber sido víctima, victimario, espectador, narrador, narratario, corneador y empitonado, y de haber desempeñado todos los demás papeles que suelen darse en estos dolorosos sainetes, da tablas y hace escuela.

Y ya metidos en harina, en cuanto terminé Anna Karénina (AK) me leí en otro arreón Madame Bovary (MB), la otra gran adúltera de la literatura moderna (con el permiso, como me recordaba una amiga sabia y leída, de La Regenta, de la que me estoy ocupando estos días). Como la cosa iba un poco de comparaciones, en lugar de volver a leer el texto en francés agarré una vieja traducción hecha por Carmen Martín Gaite, ya que, para mi eterna desgracia, no sé ruso y no era cosa de leer a Flaubert en directo y a Tolstói a través de su vocero, pues la comparación se habría resentido. Continuar leyendo…