Archivos para mayo 2014

Evocaciones en blanco y negro, o en sepia, todo lo más.

DESPUÉS DE LA MEDIA RUEDA

Hotel_nacional_habana

Elías Marquetti estaba casado con Florinda Gómez, una prima hermana de mi padre. Vivían en Santos Suárez, un barrio de L’abana. En mis visitas ponía discos de Frank Sinatra.
—¡Qué sentimiento! No habrá un cantante americano como ese. ¡Jamás!
Según sus hijos yo era el único que soportaba sus conversaciones. Le bastaba escuchar a “la voz” diciendo one for my baby and one more for the long, the long, long… Las memorias llovían, vívidas y poderosas.
—Yo tenía unos dieciocho años, fue después de terminarse la Segunda Guerra Mundial. A mi hermana Bernarda la había traído un hombre a la capital, prometiéndole maravillas. A Cruces estaban llegando habladurías de que la había metido a… tú sabes. Y era verdad. El tipejo no era más que un chulo barato. La explotaba en el barrio de pecadoras de Pajarito. Me habían dicho que hacía la calle en Prado y Neptuno. Y pa’llí…

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quijoteNo quisiera empezar este post (ni ningún otro) con una perogrullada de este tipo: el Quijote es una obra muy compleja. Para disimular, voy a escribir que el Quijote es una novela que versa sobre la complejidad, y no tanto sobre la complejidad del alma humana (¿¿lo qué??) como sobre las posibilidades de complejidad que ofrece la narrativa, la escritura, la praxis literaria. El Quijote, la obra de un gran coñón en estado de gracia, nos desvirga de una pueril ingenuidad, la de creer con fe ciega en ciertos puntos fijos, sólidos, con los que armar una narración satisfactoria y sin dobleces: el autor, los hechos, la interpretación, la verdad, la ilusión… Cervantes nos ofrece un artefacto narrativo que es ante todo un reto para el lector, una especie de cubo de Rubik a lo bestia que carece de solución final. Su lectura, tanto la individual como las de generaciones pasadas,  es precisamente un manoseo textual obsesivo que delata a partes iguales nuestro goce y nuestro desconcierto. Goce y desconcierto: ¡lo que deberíamos pedirle siempre al arte!

Si tuviera que quedarme con uno solo de todos los homenajes explícitos a las hazañas del hidalgo de la Mancha (o a la hazaña de Cervantes, tanto da), me quedaría con «Pierre Ménard, autor del Quijote», el celebérrimo cuento de Borges incluido en Ficciones (1944). El argumento no puede ser más delirante, más ficcional: un tal Ménard, simbolista y nihilista francés, se propone la tarea de reescribir el Quijote letra por letra…, pero sin copiarlo, sino optando espontáneamente por ciertas soluciones textuales que descarten otras variantes ajenas a la novela cervantina; es decir, obviando el azar que inspiró y del que disfrutó Cervantes.

No quería componer otro Quijote ―lo cual es fácil― sino «el Quijote». Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ―palabra por palabra y línea por línea― con las de Miguel de Cervantes.

Borges nos informa de que tal empresa condujo a la escritura de “los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós”, con la firma indiscutible de Ménard. A partir de este planteamiento, Borges (o más bien el innominado narrador del relato, amigo personal de Ménard) realiza un pequeño cotejo entre esos fragmentos de Ménard y los especulares mismos fragmentos de Cervantes. Tales especulaciones concluyen con la insoslayable distancia interpretativa entre unos y otros:

El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

CervantesO sea: versión gamberrista elevada al cubo (de Rubik) de la estética de la recepción. Sirva todo este delicioso delirio borgiano para  matizar mi primera perogrullada: el Quijote es una novela que versa sobre la inestabilidad de la lectura, que inevitablemente se empantana y chapotea en la ambigüedad. Después de ella, ya no es concebible un lector ingenuo. (Otras de las asombrosas innovaciones de Cervantes, como también lo fue, por ejemplo, tomar un loser como protagonista). Y aquí es cuando Borges, en su ancianidad, da el triple salto mortal.

En  1979 el premio Cervantes se concedió, ex aequo, a Gerardo Diego («¿En qué quedamos, Gerardo o Diego?») y a Jorge Luis Borges. Ese mismo año el autor argentino se había colgado también la medalla de oro de la Academia Francesa, la Cruz Islandesa del Halcón en el grado de Comendador con estrella y la Orden al Mérito de la República Federal Alemana. Era un anciano cubierto de gloria y de muletillas.

En su discurso de entrega del premio Cervantes, nos recuerda:

 

El héroe no es don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que suele olvidarse, este Alonso Quijano.

¿No es este párrafo, que parece extraído de la experiencia lectora de un niño de 10 años, de una torpeza conmovedora? Después de todas las especulaciones, las inestabilidades y los desconciertos, parece Borges reclamar una inusitada dosis de ingenuidad. ¿No será acaso el goce, incluido el goce lector, siempre una forma de inocencia?

Tal vez el propio Borges nos da pistas para entender esto cuando, en el prólogo a una edición de sus obras completas, dice:

En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

Borges

Borges

Fred Vargas1

Fred Vargas, aunque no lo parezca

 

Novela negra, novela policiaca, novela de detectives, novela de intriga… En la última década, el mercado editorial parece haber descubierto un filón inagotable (¡y cómo se agotan de rápido esos filones!) que yo sólo puedo contemplar con cierto escepticismo escasamente fundamentado porque, lo confieso, no soy ni creyente ni practicante habitual del género. Algo tendrá el agua de los glaciares narrativos escandinavos cuando la bendicen, pero las modas y los oportunismos editoriales (y mis propias querencias, cada vez más obsesivas y, por lo tanto, más exclusivas o excluyentes) me frenan la curiosidad. Tal vez también nutra mi escepticismo el haber vivido largos años en el norte de Europa; uno ya está curado de ciertos espejismos. Dejemos pasar unos años a ver qué sobrevive de esa nueva invasión vikinga (¿de verdad llevaban cuernos en los cascos?), años que yo voy dedicando mientras tanto a mis lecturas, ajenas a la actualidad de los suplementos literarios. (Mi agente me lo tiene dicho: «Con esa actitud no llegarás lejos en esto»).

Es sábado, qué diantre, así que me será permitida, digo yo, un poco de sociopolítica de andar por casa. Allá va: los estados del estado del bienestar se pueden permitir el lujo de un cómodo (por poco amenazante) malestar social, de la denuncia lúdica de la corrupción y la maldad a pequeña escala. Únase a esto la comodidad del bienestar interiorizada por el lector: nada más “entretenido” que un puzle con su intriga, su policía, su nudo y su desenlace… Una lectura, sí, fácil, golosa, sin riesgos. Lo que no quiere decir que el género en sí sea incompatible con la calidad literaria. Y como nada hay más excitante para un conversador que ese giro por donde asoma la contradicción, propongo algunos nombres de este género que me interesan y recomiendo, aunque maldita falta que les hacen a los recomendados mis recomendaciones.

John le Carré

El primero es John le Carré, cuyas obras me han acompañado a trompicones, sin grandes fidelidades, en las últimas décadas. Es la suya una escritura de gentleman, distante, impecable y exigente. No hay concesiones al lector, al que se le supone un conocimiento solvente de la historia que transcurre cotidianamente bajo nuestros ojos por los periódicos. De Le Carré me ha interesado siempre lo borroso de las tramas, esos enredos trufados de suposiciones, de datos no concretados, como si los personajes de sus obras vivieran en mundos o realidades que nunca nos son plenamente accesibles. ¿Es esto una metáfora del alma del otro o una constatación realista de nuestra ignorancia sobre los verdaderos entresijos donde se cuecen las noticias de la prensa? Probablemente, las dos cosas al mismo tiempo.

El segundo nombre es de mujer, aunque no lo parezca: Fred Vargas (seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau). A Fred Vargas se la ama o se la malinterpreta. Quienes vayan buscando en sus novelas las consabidas dosis de truculencia realista se toparán con un muro insalvable: su humor y la extravagancia «irreal» de sus tramas y caracteres. Gente seria, absténganse. En los artefactos detectivescos de Fred Vargas la intriga está al servicio de otros amos, lo que puede irritar a los más puristas. Bajo el histrionismo de sus personajes y los recovecos de la acción, Vargas practica un retorcido psicologismo de empatías donde encaja a la perfección la comicidad.

Digresión: Se me ocurre ahora que esta comicidad, que tiene buen pedigrí entre sus compatriotas (empezando por Montaigne), pudiera ser en el Juicio Final la base de la defensa de ese crimen tan genuinamente francés: el engolamiento.

Georges Simenon

Y luego, claro, queda el más grande de todo ellos: Georges Simenon (¡No sin mi pipa!). Es tan grande que hasta me cuesta meterlo en el cajón de este género,pues, como tengo dicho no sé dónde, para mí Simenon es, ante todo, un soberbio escritor metafísico.

Tengo sus obras completas en mis estanterías: son 27 volúmenes en fino papel misal, unas 35 mil páginas; un Lope de Vega moderno, vaya. La mera presencia de sus libros ahí, a mi disposición, me colma de tranquilidad: siempre habrá algo bueno que echarse al coleto cuando lleguen esos domingos tediosos, ese regreso aturdido de un viaje, ese hartazgo de otros temas y otros «géneros», y Simenon no defrauda.

Otro belga, como Hergé, al que estarle agradecido.

 

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“Mi” Simenon.

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Mi biblioteca (ala sur).

¿Realmente leer “en internet” está jibarizándonos como lectores?

Esto es lo que expone, sin tremendismos, Sergio Parra en su blog “Papel en blanco” (http://www.papelenblanco.com/metacritica/leer-a-traves-de-internet-esta-reduciendo-nuestro-vocabulario), haciéndose eco de las tesis de Nicholas Carr, Mark Bauerlein y Jeremy Rifkin. El post de Sergio Parra es tan paradójico como un dibujo de M. C. Escher o tan «desesperante», en un grato sentido, como deshojar una margarita: sí, no, oui, non. Uno lee en él (en internet)  que leer en internet nos empobrece, pero acaba el artículo con unas cuantas ideas y términos nuevos. Total, que ya veremos. Barrunto que la avalancha textual y comunicativa internetera tiene mucho más de ganancia que de pérdida. Jamás tanta gente leyó y escribió tanto, nunca nadie tuvo tanto foro, tanta libertad expresiva, tantos medios y tantas fuentes donde beber. Sí, es un problema de excesos, y eso también tiene sus riesgos. Uno de ellos es el de la pereza. Internet, al facilitarnos la lectura, cualquier lectura, nos vuelve perezosos. De excesos y de perezas quería hablar. Y, así como quien no quiere la cosa, de Juan Benet (a su manera, un «excesivo»).

Juan Benet2No parece Juan Benet un autor muy en boga (y en muchas de las librerías que frecuento, sus libros no están en los anaqueles), por más que sus acólitos lo sigan proclamando el mejor novelista español del siglo XX (cosa que, por otra parte, tampoco tendría taaaaanto mérito).  Nos guste o no nos guste (y nos gusta, vaya por delante), Benet  es un relicto, un espécimen único en su especie, como el límulo o como el gingko biloba. (Por cierto, decir que Benet “me gusta” suena también a modos y maneras interneteros, a golpe rápido de tecla, salvo por el hecho de que no nos vamos a quedar en ello, sino que vamos tirar del hilo). Decíamos que Benet es único, y sólo por ello valdría la pena abrir o reabrir una novela o (para los más perezosos) un ensayo o un relato.

Lo ideal (y quizá incluso lo imprescindible) es haber leído a Benet en la juventud, cuando uno tiene pocos prejuicios, sobradas fuerzas y, sobre todo, una voracidad lectora a prueba de bombas estilísticas (todo lo cual se reduce a un hecho más simple, en realidad: lo que uno tiene es tiempo por delante). Digamos que la exigencia de la prosa de Benet cuadra muy bien con la soberbia de los veinteañeros.  Me dirán algunos que no conozco a los veinteañeros… Y les diré que sí los conozco y que me gusta su habitual soberbia (aunque no la soporte, pero luego suele curarse, y con suerte se cura bien) y que, aun habiendo perdido mucha fe en la humanidad, incluida su parte no lectora, todavía quedan algunos rescoldos de optimismo por ahí.

Pero hablábamos de Benet. Cada libro suyo es una bofetada al lector, o más exactamente a su pereza.  Antes de terminar la primera  página de cualquiera de sus escritos, ya están sobre la mesa sus cartas y sus reglas del juego: ni la más mínima concesión a la molicie acomodaticia del lector. Este no sabrá ni quién es quién a ciencia cierta, ni cómo ni cuándo ni para qué,  y del dónde solo tendrá un cartel herrumbroso que dice Región.

Embarcarse en estas lecturas es entregarse a ciegas a una navegación por ríos tumultuosos de sintaxis abruptas, términos desconocidos, descripciones de las tinieblas con escasos vislumbres… Adiós a la trama, a la psicología, a la condescendencia con el lector, a la papilla narrativa. Si a algo se parece «esto» es a una seducción hipnótica, con su carga de desafío que pretende desembocar en una forma extrema y luminosa de complicidad. ¿Prosa para exquisitos?  ¿No deseamos todos de vez en cuando emociones fuertes? Narrativa potente para estómagos potentes.

(Y escribiendo esto me viene a la cabeza —era inevitable, supongo— Joyce, del que pronto diré algo en este blog, ya que estoy con mi tercera lectura del Ulises, esta vez comparando varias traducciones).

Juan Benet3Lo malo no es la costumbre internetera de leer cada vez textos más simples y breves (con el consecuente anquilosamiento de la atención, esa virtud, esa forma de generosidad), sino la bajada del listón en las supuestas capacidades del lector. Benet (el altanero, el exigente, el severo) cree que su lector está a su altura…, y su lector se siente orgulloso, tremendamente orgulloso, de esa confianza. Y recompensado en su «esfuerzo» (una palabra que entrecomillo para rescatarla de su inmerecido desprestigio).

Lo malo de la pereza internetera no es que se reduzca nuestro vocabulario, es que nos acostumbremos a ser tratados como tontos, a ser puerilmente manipulados, a que nos den chuches, a que no se nos pida energía, valor, crítica, entrega, sensibilidad, sutileza, arrojo…

Benet no mendiga  lectores, se los gana a pulso, y a los que no superan la prueba los despide con cajas destempladas. ¿No echamos de menos entre las novedades editoriales el aliento del grand style, el vértigo de mirar literariamente desde las alturas? Entonces es que ha llegado la hora de volver a Región para recordar el tamaño real, nunca excesivo, de nuestra dignidad literaria.

Transcribo, para los duros de pelar, dos fragmentos elegidos casi al azar de Saúl ante Samuel:
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