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Jünger Ernst Jünger no deja indiferente a nadie. A nadie que lo haya leído, claro. Luego están los membrillos habituales que hablan de oídas y repiten, cual cacatúas, que «Jünger es un autor reaccionario» o, en un alarde de ingenio y originalidad, que «Júnger es un facha». No es infrecuente hallar entre estos a los que ignoran que la u de Jünger se escribe con crema. Murió a los 103 años, edad longeva y más que suficiente para haber tenido tiempo de cometer errores graves y de enmendarlos, y, sobre todo, de haber escrito una obra densa, rica, inquietante, lúcida (aún en sus momentos más oscuros) que no permite sobrevolarla sin pensar. He terminado de releer Sobre los acantilados de mármol, una de sus obras más emblemáticas, que echaba de menos al haberla prestado (o regalado, ya no lo recuerdo bien) a un amigo. Sabedora de mi añoranza, mi mujer me lo ha regalado estas Navidades y me he abalanzado sobre él con voracidad. Ha sido, otra vez, una lectura llameante, aunque, sabiendo lo que me esperaba, las llamas han estado ahora algo domesticadas por el conocimiento. Jünger, con razón, rechazó siempre la lectura unidireccional de su alegoría como una crítica al nazismo. Lo era, lo es, pero también a cualquier forma de totalitarismo y por eso, a quienes le decían que era una obra contra Hitler, solía responderles: «O contra Stalin». La descripción de cómo el horror totalitario se va acercando a unas tierras civilizadas, tiene hoy tanto interés, y podría resultar tan profética, como lo fue en 1939, particularmente en esta España aturdida y acobardada de 2014.

Para escalar puestos en aquella Orden no nos habrían faltado sin duda ni coraje ni talento, pero se nos había negado el don de contemplar con desdén los padecimientos de las personas débiles y anónimas […] ¿Qué hacer, sin embargo, cuando son los propios débiles los que ignoran la ley y son ellos mismos lo que en su ceguera descorren con sus manos los cerrojos que han sido puestos para protegerlos? […] El tiempo estaba maduro para los hombres terribles.

Frente al horror se yergue el humanismo en el que Jünger tuvo una fe inconmovible:

La norma por la que él se regía era la siguiente: tratar a todos los seres humanos que se nos acercasen como hallazgos raros descubiertos en una caminata. Le gustaba calificar a los humanos de «optimates», palabra con la cual quería indicar que a todos es preciso contarlos entre la nobleza genuina de este mundo y que cada uno de ellos puede obsequiarnos con las dádivas más excelsas.

Dejando de lado algunos fragmentos en los que Jünger da rienda suelta a su pasión por la botánica y la herboristería —aunque estos pasajes distan de ser gratuitos, pues cumplen una función gnóstica, o casi, en la interpretación de los sucesos que urden la mitológica trama—, el relato (pues su estructura es más de relato que de novela) es fascinante, hipnótico y terrible, por lo que anticipa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta: el miedo, la decadencia, la impotencia ante el mal y, pese a todo, la fe en las fuerzas del espiritu y el intelecto. dogoLa catástrofe final ocurre con el magistral combate entre los dogos de los bandos contendientes. Las mandíbulas despiadadas de los grandes perros de presa trazan el nuevo rumbo de la historia, ante la que, pese a todo, hay una última esperanza, representada por el bergantín que conduce al exilio a quienes, tal vez, puedan un día regresar para doblegar al tirano y hacer renacer la civilización. He leído la traducción, muy solvente, de Andrés Sánchez Pascual, que también ha escrito el interesante prólogo, en el que nos hace partícipes de su amistad con el autor. acantilados

Ernst Jünger. Sobre los acantilados de mármol. Tusquets editores - colección andanzas. 2008. ISBN: 978-84-8383-081-9

La biografía, seminovelada, de un escritor y político frustrada de vida extrema: Eduard Limonov.

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Ni una palabra más alta que otra.

Este puede ser el resumen de las 600 admirables e impresionantes páginas en las que Nadiezhda Maldelstam, la mujer del gran poeta ruso Osip Mandelstam, cuenta sus últimos años bajo el horror estalinista, antes de la muerte de su marido.

Acantilado presenta una cuidada edición con una fotografía en portada que suscita mis primeras emociones: una mujer enjuta y pesarosa, pero conservando un aire de altiva indiferencia y un hermoso pudor de anciana que preserva su dignidad ante la cámara y ante el inmenso sufrimiento que fue su vida.

En el prólogo, Joseph Brodsky nos habla del enorme orgullo, casi altanería, de Nadiezhda (que en ruso, por cierto, significa “esperanza”). Y las palabras de Brodsky iluminan el texto, porque lo que de él se trasluce es firmeza en sus ideas y una extraña y elegante mezcla de fatalismo y dignidad.

El relato de esos años terribles se hace con un comedimiento asombroso que, además de elegante, acaba siendo eficaz.

Las memorias de la época soviética ya son un género en sí mismas (Solzhenitsyn, Ivan Bunin, etc.) y este libro es otro sobrecogedor y conmovedor ejemplo.

En el prólogo leemos:

mandelstam

Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción la que confiere significado a la realidad. Hay una jerarquía en las percepciones (y por consiguiente entre los significados) en la que aquellas adquiridas mediante los prismas más refinados y sensibles ocupan la cima. Es la cultura, única fuente de suministro, la que aporta a dichos prismas el refinamiento y la sensibilidad; es la civilización, cuya principal herramienta es el lenguaje.

A lo largo de todo el libro, la escritora lamenta el estado de postración fatalista de la sociedad rusa ante el horror (otro denominador común del género “memorias de la época soviética”).

[…] habíamos enmudecido y aparecieron los primeros síntomas del letargo.

[…] estaba prohibido comparar los designios con las realidades […] dirigentes prácticos […] que prohibieron audazmente todo estudio de la realidad.

Nadiezhda Mandelstam acusa a la intelectualidad rusa de una capitulación masiva ante el estalinismo, y luego añade:

Los vencedores tendrían que haberse sorprendido de la facilidad con que obtuvieron la victoria, pero la aceptaron como algo que les era debido, porque creían en su razón. Ellos traían la dicha del género humano.

La autora cita, aquí y allá, palabras de su marido, casi siempre tan certeras como amargas, como cuando le dijo: ¿Por qué se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?

Y a partir de ellas, ahonda Nadiezhda:

¿Quién sabe lo que es la felicidad? La plenitud y la intensidad de la vida quizás sean una noción más concreta que la tan decantada felicidad.

El interés del libro se ve incrementado por las abundantes referencias (a veces crueles, y siempre inteligentes) a muchos amigos del matrimonio y a personajes célebres de la intelectualidad rusa de la época: Ajmátova, Pasternak, Gumiliev…

Otra sorpresa, y no la menor, es la intrínseca calidad de la prosa de Nadiezhda Mandelstam, que ofrece pasajes de una intensidad verdaderamente admirable.

Un libro único y grandioso. Una de mis mejores lecturas en mucho tiempo.