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Vulvas de Estado

4 diciembre, 2016 — Deja un comentario

Un bonito artículo de José Antonio Montano me ha recordado, por lo de Salvador de Bahía y otras negritudes, una brasileñada que escribí hace más de 15 años y que apareció en una extinta revista que se llamó “Málaga Variaciones”. Es esta:

 

La diplomacia brasileña siempre ha sido una de las instituciones de las que el país se siente más orgulloso: tiene tradición y un cierto tufillo europeo a rigodones, recepciones y ponches, pero se esmera en hacerlo bien; eso me hizo recordar la anécdota de la visita del canadiense Trudeau a Brasil.

Como uno es lo que es, pronto acabó la cosa en un coño. Che vogliamo far’!

Hasta el menos avezado observador puede detectar que Brasil es un país de colosales contrastes. Asomarse al mirador del Corcovado regala uno de los espectáculos naturales más grandiosos de la Tierra: las albinas playas de Leblon, Ipanema y Copacabana; la plácida y casi encantada laguna de Rodrigo de Freitas, de la que siempre parece estar a punto de asomar una ondina mulata; un manto de profundo verde que todo lo cubre y que se recorta contra el vasto océano desde el que se yergue el robusto símbolo fálico del Pan de Azúcar. (Lirismo insufrible, lo sé. I implore your pardon).

Toda esa asombrosa belleza se da de bruces con la fea miseria del Río de Janeiro vedado a los turistas, el de las manidas y no por ello menos reales ‘favelas’.

Es un frecuentadísimo lugar común ese de que “Brasil es un país con un enorme potencial”. Lo malo, como dijo un agudo gracioso, es que pueda seguir siéndolo durante otros treinta años, porque de lo que se trata, como en la vieja metafísica aristotélica, es ver cuándo se puede pasar de la potencia al acto.

Sin duda es Brasil la locomotora económica  iberoamericana, y existe un Brasil sofisticado y moderno que da pasos de gigante hacia su homologación con el primer mundo.

Brasil, por ejemplo, tiene una de las más impresionantes redes mundiales de incubadoras de empresas. Sin embargo, sigue siendo uno de los ejemplos más paradigmáticos de una increíble pobreza, hasta el punto de que algunos sociólogos modernos, como Ulrich Beck por ejemplo, han acuñado el término “brasileñización” para referirse a tal condición.

El Estado brasileño, como si fuera consciente de esta especie de esquizofrenia social, cuyo lado oscuro merma su prestigio, suele mostrarse muy sensible con todo lo relativo a la imagen del país en el exterior, vigilando siempre que exista la más exquisita y simétrica reciprocidad diplomática en sus relaciones con otros países, y reacciona airadamente, con la dignidad de una anciana aristócrata ofendida, al menor gesto de agravio. Me consta que las más de las veces tiene razón, y sus protestas y reacciones son encomiables, como, por ejemplo, la de practicar con rigor extremo el criterio de reciprocidad a la hora de exigir visados para entrar en el país (cosa que muchos estadounidenses no llegan a entender del todo). En otras ocasiones, sin embargo, tanto celo provoca situaciones asaz curiosas, como aquélla que dio lugar a un grave conflicto diplomático con Canadá, pacífico país que no se caracteriza por su agresividad, excepto cuando le tocamos los fletanes.

Tenía Canadá, a la sazón, un estrambótico primer ministro llamado Pierre Elliot Trudeau, hombre de indudable personalidad y talento, y celebérrimo por sus exabruptos y sus atuendos. Era, sin duda, políticamente incorrecto, lo cual es muy de agradecer, y quiso dejar patente esta condición durante un viaje oficial a Brasil.

Al pie del avión lo esperaban los empingorotados (o impecablemente trajeados, si prefieren) dignatarios brasileños, y a nuestro buen Trudeau no se le ocurrió mejor trapisonda que la de bajar las escalerillas luciendo unas vistosas zapatillas de tenis. ¡Casus belli! ¡Ofensa! ¡Desdoro! ¡Afrenta intolerable! Y se armó el tiberio.

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Moqueca

Esta anécdota me la recordaba hace poco mi amigo Mauricio Gomes Aranha, quien tuvo la amabilidad de invitarme a degustar una maravillosa moqueca bahiana, con su harina de coco y todo, en su casa de fastuosas vistas. Pero él la recordaba, no tanto por la zapatiesta diplomática consiguiente, cuanto porque le hizo descubrir a la esposa de Trudeau, Margaret, de la que acabó enamorándose platónicamente.

 

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La señora Trudeau (no recuerdo si esto fue antes o después de la visita a Brasil), parece que acabó hartándose de las excentricidades de su marido y reivindicó para sí parte de la atención que le dispensaban los medios de comunicación, así que se lió con el jefe de los Rolling Stones, ‘morritos Jagger’, el primer anoréxico de la modernidad, que daba mucho caché morboso. Y para demostrar que ella no era menos que su marido en punto a vestimentas audaces, se olvidó de ponerse las bragas durante uno de sus encuentros con el descoyuntado rockero, de suerte que un fotógrafo pudo cazarla sentada, apoyada contra una pared, faldita corta y rodillas levantadas, con lo que quedaba visible en todo su esplendor, aprisionada por dos lechosos muslos, una linda matita de vello púbico que circundaba una saludable vagina.

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Madame Trudeau tomando el fresco

Mi amigo Mauricio tiene esa foto, ampliada y enmarcada, colgada en su dormitorio, con una placa dorada en la que hizo grabar esta leyenda: “La vulva de Madame Trudeau”. ¡Larga vida a tan gloriosa vulva!

Vetusta erótica

23 julio, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy, el viernes 22 de julio de 2016.
También disponible aquí.

 

La Regenta es una de las mejores novelas jamás escritas en lengua española. Y además de su gran calidad literaria, su lectura garantiza unos ratos divertidísimos. No es menester añadir más, aunque he querido, en mi artículo semanal, señalar dos de sus muchos aspectos notables: humor y erotismo:

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Leopoldo Alas, “Clarín”