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Gabriel Miró

20 junio, 2017 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 16 de junio de 2017.

He aquí uno de esos escritores casi olvidados, tanto por los lectores como por las planes de estudio. Más prosista que gran novelista, aunque él aspiraba a lo último. Un ebanista fino de la palabra, una escritura deleitosa.

2017_06_16Gabriel MiróPara quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

GABRIEL MIRÓ

Mediaba marzo. Olor de naranjos de todos los hortales. Aire tibio, y dentro de su miel una punzada de humedad, un aletazo del invierno escondido en la revuelta de una calle.

Prosa de otros tiempos. Regustillo a redacción de colegio. Pero si bajamos nuestro escudo de Aquiles particular y rescatamos algo de la inocencia que una vez tuvimos, sentimos arrobo, esa sensación que, con su punto de ñoñería, todos deberíamos cultivar a ratos, pues eleva la vida uno o dos peldaños.

Gabriel Miró tiene un sitio de honor en el olvido de los lectores; poco más que una nota breve en algún libro de texto. Apuesto a que dirá que era un fino estilista o cosa parecida. Se decía que era un novelista filósofo y en los sesudos prólogos que acompañan sus obras siempre sacan a Heidegger y hasta a Heráclito, por aquello de que a Miró le preocupaba mucho el tiempo. También por eso lo comparan con Proust y hablan confusamente de evocar el tiempo recobrado, en vez de buscar el que se perdió entre magdalenas, u otras quisicosas sexangelinas. También hablan del sigüencismo, que sería la actitud filosófica de uno de sus personajes ante la vida y la naturaleza. Era un hombre religioso y, aseguran, una gran persona.

El alicantino Miró no fue un gran novelista, que era lo que ansiaba, pero sí un gran prosista. Su escritura es un prodigio de sensualidad y delicadeza. Sus libros nos remansan en un gozo muy íntimo y sus imágenes, su vocabulario y su ritmo hipnótico tienen un poder de evocación que pocos escritores han logrado. Valéry Larbaud, crítico que lanzó a Joyce al estrellato literario, hizo de él comentarios elogiosos.

En El humo dormido leemos:

…un cordero esquilado paciendo en el sol de un bancal de terrones; ropas tendidas entre las avenas mustias, y de una rinconada de rosales subía un ciprés rasgando el azul caliente.

Es imposible, salvo si nomás se ha vivido en el asfalto de la ciudad, no inundarse de esa escena —la vemos, la olemos—, descrita con una emoción sencilla y contenida. Miró sabe ser azoriniano y lo contrario, según le apetezca. He aquí un ejemplo de lo primero:

Allí el paisaje es quebrado; los valles, cortos; los montes huesudos, y todo es fértil.

La concisión, que imita lo descrito, revela la contradicción de una fertilidad entre aristas.

Miró también sabe proyectar su sensualidad fuera de los paisajes y crear un erotismo que resulta febril por provenir del recato:

Muchos viejos recordaban que, en otro tiempo, las mujeres de Oleza, tan tímidas y devotas, habían montado a la grupa de los caballos de los facciosos, bendiciendo y besando a sus jinetes, colgándoles escapularios y reliquias, dándoles a beber en sus manos y ofreciéndoles frutas rajadas con su boca encendida.

Todo apunta en una dirección unívoca y lujuriosa: la grupa, la fruta rajada, el fuego de los labios y la ofrenda. Prosa maestra en El obispo leproso. Nada le falta ni le sobra a ese párrafo.

Pero es en las descripciones de lugares donde Gabriel Miró nos asombra una y otra vez:

El jardín de casa Lóriz estaba cerrado por un claustro de piedra morena; y de allí recibían las salas y las galerías de tránsito una claridad académica y un silencio estremecido por hilos de fuentes y cantos de mirlo.

Prosa de otros tiempos para nuestros pequeños éxtasis intemporales.

 

Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de junio de 2017.

Este 16 de junio de 2017 tendremos en Málaga, por primera vez, el Bloomsday: celebración de Joyce,

2017_06_09_La humareda final

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

LA HUMAREDA FINAL

Desde que conocí la obra de Tudor Arghezi, me avecindo a temporadas en la poesía rumana. Hace poco leí un poemario de Eugen Dorcescu y quedé fascinado. También conmovido. Se titula Poemas del viejo (Poemele bătrânului) y está en Ediciones Igitur.

La calidad de su poesía se manifiesta con naturalidad e imperio. También su fuerza, sutilmente encadenada a su delicadeza: este contraste es cautivador.

Todo el poemario es un intrépido esfuerzo por explorar la vejez. No sus causas ni sus efectos, sino su esencia: lo que es. Con versos afilados nos dice que amar significa desear vivir en lugar del otro / para protegerle contra los horrores de la vida, y que odiar a alguien significa / desear hacerle vivir/ en lugar de uno. Después nos azota:

Y el viejo ni se ama a sí mismo

ni se odia,

hace mucho que ya no vive en

su espacio, no vive

en lugar alguno

y no ha muerto todavía.

El viejo, pues, sobrevive errando en la perplejidad; es un no-muerto, un nosferatu transilvánico.

Con amarga ternura, el poema 5 empieza evocando a las hijas:

Las hijas del viejo no

le han olvidado, aunque, de hecho,

casi no le recuerdan.

Ya el Rey Lear preguntaba:

 Decidme, hijas mías […]

¿cuál de vosotras más me ama?

Dorcescu sabe, como sabía Shakespeare, que las hijas, más aún que los hijos, atestiguan el correr de la vida de un padre. Ellas generan vida nueva que, sin odio pero sin misericordia, puede acabar arrumbando la nuestra en alguna buhardilla. Pero el viejo, quién sabe si por sabio o por cansado:

…no las acusa, nunca

acusa a nadie (quizá

por eso no le recuerdan),

contempla tranquilo el gran

río del tiempo…

El conocido tropo de la vida como un río (Heráclito, Jorge Manrique…) no es aquí un vulgar recurso sin imaginación, sino una figura retórica clásica, pero fresca y renovada, gracias a lo que señalé al principio: una gran naturalidad en los versos (sólo afectada por sus caprichosos truncamientos). La imagen que se pinta ante nuestros ojos nos llena de sobrecogimiento y simpatía: el viejo, ya en paz, mira la vida como algo casi ajeno que se aleja, esta vez para siempre.

El poema 9 toca el tuétano de la vejez:

…este festín fúnebre

comenzó hace mucho,

casi en la infancia,

el viejo ha vivido frenéticamente,

haha abandonado la mesa de niebla y humo

de Thanatos…

dorcescu

Eugen Dorcescu

La humareda de la muerte; hay humo porque hay fuego y por eso habrá ceniza. En el último poema Dorcescu vuelve a las hijas, porque sabe que, además de señalar un final, alumbran un comienzo:

Las hijas ya mayores,

los nietos han crecido,

el cigoñal se inclina

lentamente

hacia la ceniza.

Copii sunt mari, nepoţii au / crescut, / Cumpăna se înclină încet / spre cenuşă.

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de mayo de 2017.

El gran poema del siglo XX: La tierra baldía, de T. S. Eliot.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

QUE NO SE ACABE NUNCA

Hay que leer el impresionante poema de T. S. Eliot, La tierra baldía (o asolada, como prefería Borges) para tener una comprensión cabal de la literatura del siglo XX. Cuatrocientos treinta y tres versos que no se olvidan.

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De este poema colosal se pueden decir muchas cosas: es una cima de la literatura modernista; rezuma simbolismo; explora nuestros clásicos grecolatinos y los traslada, con extraña crueldad, a nuestro tiempo. A mí me basta con decir que es un poema subyugante. ¿He dicho crueldad?

Abril es el mes más cruel, hace brotar

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos con deseos…

El propio Eliot da una clave fecunda cuando habla, en un ensayo sobre Joyce, del paralelismo entre la contemporaneidad y la antigüedad.

Como todo buen libro —y más aún si es de poesía—, la clave de su disfrute consiste en no leer para terminarlo, sino, justamente, en lo contrario: leer deseando con todas nuestras fuerzas que no se acabe nunca. ¿Quién quiere ver secarse un venero de gozo?

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Un jovencísimo T. S. Eliot

Así, iremos de asombro en asombro, haciendo posada en cada verso, sin pasar al siguiente antes de hacerlo nuestro, por ósmosis o por fagocitación, deteniéndonos ante cada imagen, cada evocación, cada alusión secreta y cada referencia velada (y la sonoridad, la sonoridad, si se lee el original). Si por ventura no caemos en la cuenta de que hay versos que aluden a Ovidio o a Dante o a Shakespeare o a Nerval, o que recogen canciones infantiles (London bridge is falling down) no pasa casi nada; la fuerza del poema seguirá intacta.

El invierno nos cobijó, cubriendo

la tierra de nieve olvidadiza…

Ese maravilloso forgetful snow fecunda nuestra imaginación, antes de proseguir.

De pronto surge un grito que concentra la amargura del poema:

…Oh hijo de hombre,

no lo puedes decir ni adivinar, pues sólo conoces

un puñado de imágenes rotas, donde bate el sol

y el árbol muerto no da refugio, ni consuela el grillo

ni brota el agua de la piedra seca…

Se prefigura un apocalipsis, y este célebre verso ahonda en lo ominoso:

I will show you fear in a handful of dust.

Su traducción habitual (Te mostraré el miedo en un puñado de polvo) pierde, ay, la rotundidad rítmica.  (Hay bastantes traducciones al español. Sean cuidadosos al elegir la suya).

En otro pasaje, sombríamente (y pensando en Baudelaire) escribe:

Ciudad irreal

bajo la niebla parda

de un amanecer de invierno…

Irreal y brumosamente mitológico es casi todo el poema, aunque sorprenda a veces con sus repentinos cambios de tono, como cuando oímos la estrambótica voz de la vidente Madame Sosostris o cuando se recrimina prosaicamente a una mujer, por no haberse arreglado los dientes para complacer a su marido.

Cuando llegué a estos versos:

En la hora violeta, la vespertina hora

que nos empuja hacia el hogar y que devuelve a casa, salvo, al marinero…

recordé el Requiem de R. L. Stevenson (Home is the sailor, home from the sea) y pensé en el aire oscuro de las tormentas en el mar, cuyo secreto Eliot desentraña al haber sabido verlo violeta, color, aquí, de gran tristeza.

El poema me atrae por estar hecho de versos contenidos, racionales, pero llenos de emoción. Para escribir así hay que tener una grandísima capacidad de concentración, casi de enfrascamiento. T. S. Eliot debió de ser un hombre capaz de oír crecer la hierba.

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 12 de mayo de 2017.

 

Una poesía fundada en una erudición clásica profunda, articulada y lírica.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

POETISA DE LOS ÚTEROS ERRANTES

Durante mi reciente viaje a Michigan entreví, tras el ventanal de una cafetería, una figura venerable y frágil. Me pareció Anne Carson, la poeta canadiense, pero no pude —ni quise—cerciorarme. La cara de un pelma pegada al cristal no es una imagen que quiera dejar de mí. Además, no soy mitómano. Seguí, pues, mi paseo, pero hice una rápida comprobación. Sí, Carson es ahora catedrática de clásicas en la Universidad de Michigan. Debía, pues, de ser ella.

Al regresar hojeé su libro Hombres en sus horas libres. Lo que me había llevado a Anne Carson por primera vez fue su condición de importante filóloga clásica. Tiene fama de saber muchísimo de la Grecia antigua y está ciegamente enamorada de su lengua. Después me prendieron su fuerza y una maravillosa sensibilidad para envolver la mejor erudición en gran poesía. Sobre Edipo leemos:

CALCINADO para despertar sin ley, suelto

En las cuencas de él.

Un fiero cielo rosa oscuro de febrero

Arrastraba

Las nubes de regreso a casa, sopesando la masacre

En los rasgones.

El poema empieza con una imagen dura: cuencas arrasadas (Edipo se sacó los ojos con el broche de su madre), calcinación y caos. ¡El tercer verso es portentoso! A fell dark pink February heaven y la magnífica traducción de Jordi Doce le hace justicia y obtiene también una cadencia rotunda con esos dos factibles hemistiquios de siete sílabas. Pero, más allá de la métrica, la impresionante imagen: un rosa, color generalmente cursilón, que se torna ominoso e indiscutible y que está en el cielo, sobre nosotros, y nos avasalla. Además, claro, es un verso homérico que nos hace pensar en los sonrosados dedos de la Aurora.

Hombres en sus horas libres es un libro multiforme. Tiene poemas en estilos muy distintos, pero también ensayos, como Suciedad y deseo: ensayo sobre la fenomenología de la polución femenina en la antigüedad:

Tanto Hipócrates como Platón promueven la teoría del útero errante (un animal deseoso de procreación en ellas, que se irrita y enfurece cuando no es fertilizado a tiempo).

Este poema se titula Room in Brooklyn:

Ese

lento

día

se mueve

Por el cuarto

oigo

sus ejes

volverse

Un deslumbre gradual

en

el

techo

Me da esa

atrevida

emoción

amarilloazulada

Mientras las horas

fluyen

por el

ancho

camino

De mi atardecer.

(Nótese un curioso alarde técnico: hay versos que comienzan con mayúscula, sin que los preceda un punto que la explique. Esos versos pueden funcionar, a voluntad del lector, como cierre de estrofa o como arranque de una nueva).

Es, justamente, la voluntad del lector, su voluntad poética, la que puede engrandecer poemas como este. Tan poetas como Anne Carson debemos ser nosotros. Ella nos invita a serlo y nos regala el fabuloso instrumento de sus versos: la poesía está en las evocaciones que suscitan.

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Anne Carson

Sentimos la emoción de quien sabe mirar cómo pasa el tiempo: con la lenta luz. This slow day moves Along the room. Dos protagonistas: la luz y quien, en soledad, la contempla. Las horas fluyen, aunque en el original el verbo es transitivo y transmite más fuerza que el fluyen de la traducción: As hours blow the wide way

Al final la voz poética se adueña de todo. Ya no es del lento día ni del impersonal tiempo, el atardecer, sino de quien piensa los versos: por el ancho camino De mi atardecer.

Publicado en Málaga Hoy el viernes 5 de mayo de 2017.

El impacto que siempre ha tenido en mí la poesía (el más cosas) de Novalis, precede a cualquier análisis racional que pueda hacer de su obra, o de los motivos por los que me afecta tanto. Este artículo solo busca dar(me) (a mí mismo), unas mínimas pistas.

También, quién sabe, crear algún nuevo lector de su obra.

2017_05_05_Un vivo vino áureo

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

“UN VIVO VINO ÁUREO”

El verdadero romanticismo es el alemán; los otros son remedos de menor cuantía. De entre los románticos alemanes, siempre he tenido predilección —y supongo que especial afinidad— por Novalis (Federico Von Hardenberg para el siglo), un madrugador, el mejor representante del asombroso Círculo de Jena, del romanticismo temprano.

El traductor Alejandro Martín Navarro nos recuerda un milagro, a saber, la apabullante concentración de genio que se dio en Alemania a finales del XVIII: Kant, Fichte, Schlegel, Hölderlin, Schiller, Kleist, Lessing, Herder, Hegel, Tieck y, claro, por detrás o por encima o por las inmediaciones, la justificadamente inevitable figura de Goethe.

No hablo alemán, aunque mi conocimiento de otras lenguas germánicas me permite descifrar bastantes cosas; por eso procuro leer la literatura alemana en ediciones bilingües o, al menos, tener el texto original a la vista. Conozco sus reglas fonéticas y no me es ajena su prosodia, así que puedo disfrutar de la espectacular musicalidad de su poesía. (Digresión provocadora: la musicalidad del alemán es mayor y más profunda que la del parlero italiano, de fama cantarina).

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Novalis

La fascinante novela Enrique de Ofterdingen fue la respuesta de Novalis a la archifamosa Wilhelm Meister de Goethe. En la de Novalis se pone de manifiesto, de forma natural, maravillosamente natural, mucho de la esencia del romanticismo. Oigamos lo que el poeta, que también teorizaba con tino, decía en otro lugar:

El arte de extrañar de un modo agradable, de hacer un objeto extraño y a la vez conocido y atractivo, eso es la poesía romántica.

Pasarían aún muchos años antes de que empezáramos a hablar, en la teoría literaria, de la ostranenie, o sea, la técnica del extrañamiento, de la desfamiliarización.

No me es fácil pensar racionalmente en la literatura de Novalis, que me toca con hondura mucho antes de que pueda siquiera ponerme a pensar en ella o en lo que voy leyendo. Creo poder decir, sin traicionarme, que lo que más me atrae es, a partes iguales, su lirismo desnudo de artificios y su espiritualidad. Leer a Novalis induce a la introspección sincera y desacomplejada. En los Himnos a la noche (¡qué hermosura de título!), leemos:

Esta vida transcurre

hacia otra eterna ya.

Con un íntimo ardor

se transfigura el alma.

Las estrellas devienen

un vivo vino áureo

que habremos de beber

cambiados en estrellas.

¡Cambiados en estrellas! He ahí un destino con el que soñar.

La preocupación por lo celeste la vemos también en Enrique de Ofterdingen:

En los tiempos en que ahora vivimos ya no existe contacto directo entre los humanos y el cielo.

Y de esa queja deriva Novalis, clarividente, una anticipación de las teorías freudianas:

Pero, padre, ¿por qué sois tan contrario a los sueños? […] no hay duda de que sus extrañas transformaciones y su naturaleza frágil y liviana tienen que darnos que pensar.

En otro de los himnos dice el poeta:

Reinaba en otro tiempo

con un sordo poder

sobre las muy dispersas razas

de los hombres

un destino de hierro.

 

¡Quién sabe si cosas como esta habrán tenido que ver con otras soberbias exhibiciones de la literatura germana, como Los acantilados de mármol, de Jünger.

Novalis, ¿hay que decirlo?, murió joven. El eco de su nombre debe de andar por Orión o Casiopea.

schule