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el_golem_gustav_meyrinkA principios del siglo XX Alemania es una marmita intelectual en la que hierven ideas a borbotones. A los románticos alemanes (los verdaderos románticos, por otra parte) se les había ido la mano, pensaron muchos, y para poner orden llegaron los realistas con su antídoto. Luego también estos empezaron a ser tenidos por insuficientes y romos, y llegó el expresionismo, que arremetió con furia contra románticos y realistas a la vez, haciendo esfuerzos titánicos por echarlos del pueblo o, al menos, reventarles las costuras y hasta el orgullo. De todos estos fragores, algunos reductos fantásticos pudieron sobrevivir agazapados aquí y allá, como en el caso de Gustav Meyrink (Austria, 1886-1932).

El atractivo de su novela El Golem está en su hábil mezcolanza de un estilo ágil, con dosis de visión poética, misterio, mito, personajes que cautivan, a la vez que repelen y, dulcis in fundo, un erotismo maravillosamente medido y salpimentado,una procacidad muy literaria. Sepamos ya algo de la salaz Rosina:

…al llegar a mi puerta vi que se trataba de Rosina, la hija del buhonero […] una pelirroja de catorce años.

Debí rozarla al pasar, y ella se echó hacia atrás voluptuosamente, la espalda arqueada contra la baranda de la escalera. […]

Mi corazón se agitaba ante la vista de esa sonrisa desvergonzada. […]

Sus pestañas de pelirroja me dan asco, como las de los conejos.

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Una carretilla

3 julio, 2017 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de junio de 2017.

Un hipnótico poema, con alma de haiku, de William Carlos Williams.

2017_06_30

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

UNA CARRETILLA

La carretilla roja, de William Carlos Williams, es un puntal de lo que se llamó poesía imaginista, origen del modernismo poético.

 

The Redwheelbarrow 2

Del imaginismo se pregona que suprime todo enfoque personal del poeta, para subrayar los objetos en los que se fija. Lo segundo es cierto; lo primero no tanto. ¿Quién elige fijarse en la carretilla y no en otro utensilio? ¿Quién lo ve bajo la lluvia y no al sol? ¿Quién, donde las gallinas y no en el establo? ¿Cómo no van a ser esas elecciones un enfoque personal del autor? Digamos que la presencia del poeta es pretextual y centrémonos en el texto (y en el lector), como tiene por costumbre este faldón. Dejemos a otros el griterío del contexto.

Hay docenas de traducciones de este maravilloso poema que, al aislar un objeto y presentárnoslo con una trabajada sencillez, parece buscar el haiku.

El punto más delicado es ese glazed with rain water. Es un error traducirlo, como hacen algunos, por mojada. Ya sabemos que la lluvia moja las cosas y si el poeta no hubiese querido ir más allá de lo obvio, habría escrito wet o damp y santas pascuas.

Yo he visto carretillas, nuevas o herrumbrosas, cambiar su aspecto bajo la lluvia. El agua, al deslizarse lentamente por sobre ellas, frenada por la fricción, las reviste de una capa transparente, alisando por completo la superficie, aunque con un pequeño grado de turbiedad; algo nacarino. No me gustan lustrada ni bruñida, pues ambas requieren una acción decidida, un esfuerzo, un frotamiento vigoroso, que nada tienen que ver con la mansa acción de la lluvia.

Satinada es una cualidad que se consigue tratando una superficie, pero tampoco recoge la idea de una capa externa y distinta de lo que cubre, como el almíbar cubre un pastel. Por eso me quedo con barnizada: convoca mejor lo que me sugiere la imagen inventada por el poeta y no traiciona por completo el original.

También he preferido entre las gallinas, en lugar del habitual junto a, para reflejar mejor lo que ha de ser una tierna escena caótica, de desorden, de revuelo en la granja, que la voz poética contempla. Ese revuelo, por cierto, lo realizan mejor las alborotadoras gallinas que los piantes polluelos que eligen casi todos los traductores.

Pero dejemos las tecniquerías tiquismicosas de la traducción. Lo maravilloso es cómo nos contagiamos los lectores de la fuerza evocadora de estos sencillos versos. Sin duda, esa carretilla fue vista mil veces, pero ese día de lluvia, esas gallinas gritonas, ese rojo casi infantil… todo eso junto rompió el dique de los recuerdos, que cayeron en tromba sobre el protagonista del poema y ahora sobre nosotros. La carretilla roja es como las moscas de Machado:

vosotras, moscas vulgares

me evocáis todas las cosas.

La carretilla es amada apasionadamente por los niños, que reíamos llenos de júbilo cuando un mayor nos metía a varios en una y nos paseaba alocadamente por el camino. Así de gozosa, aunque nostálgica, nos la devuelve el poeta. Hay que leer este poema las veces que sea menester, hasta oír el fino tamborileo de la lluvia sobre la yerba, interrumpido de tanto en tanto por el contrapunto de un grueso goterón que cae de un alero; hay que leer hasta ver el perfecto velo de agua sobre el metal encarnado y oler la tierra mojada.

Tras leer este poema, nadie puede ver una carretilla sin recordarlo. Ya lo verán.

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Dos fotografías del poeta

 

Gabriel Miró

20 junio, 2017 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 16 de junio de 2017.

He aquí uno de esos escritores casi olvidados, tanto por los lectores como por las planes de estudio. Más prosista que gran novelista, aunque él aspiraba a lo último. Un ebanista fino de la palabra, una escritura deleitosa.

2017_06_16Gabriel MiróPara quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

GABRIEL MIRÓ

Mediaba marzo. Olor de naranjos de todos los hortales. Aire tibio, y dentro de su miel una punzada de humedad, un aletazo del invierno escondido en la revuelta de una calle.

Prosa de otros tiempos. Regustillo a redacción de colegio. Pero si bajamos nuestro escudo de Aquiles particular y rescatamos algo de la inocencia que una vez tuvimos, sentimos arrobo, esa sensación que, con su punto de ñoñería, todos deberíamos cultivar a ratos, pues eleva la vida uno o dos peldaños.

Gabriel Miró tiene un sitio de honor en el olvido de los lectores; poco más que una nota breve en algún libro de texto. Apuesto a que dirá que era un fino estilista o cosa parecida. Se decía que era un novelista filósofo y en los sesudos prólogos que acompañan sus obras siempre sacan a Heidegger y hasta a Heráclito, por aquello de que a Miró le preocupaba mucho el tiempo. También por eso lo comparan con Proust y hablan confusamente de evocar el tiempo recobrado, en vez de buscar el que se perdió entre magdalenas, u otras quisicosas sexangelinas. También hablan del sigüencismo, que sería la actitud filosófica de uno de sus personajes ante la vida y la naturaleza. Era un hombre religioso y, aseguran, una gran persona.

El alicantino Miró no fue un gran novelista, que era lo que ansiaba, pero sí un gran prosista. Su escritura es un prodigio de sensualidad y delicadeza. Sus libros nos remansan en un gozo muy íntimo y sus imágenes, su vocabulario y su ritmo hipnótico tienen un poder de evocación que pocos escritores han logrado. Valéry Larbaud, crítico que lanzó a Joyce al estrellato literario, hizo de él comentarios elogiosos.

En El humo dormido leemos:

…un cordero esquilado paciendo en el sol de un bancal de terrones; ropas tendidas entre las avenas mustias, y de una rinconada de rosales subía un ciprés rasgando el azul caliente.

Es imposible, salvo si nomás se ha vivido en el asfalto de la ciudad, no inundarse de esa escena —la vemos, la olemos—, descrita con una emoción sencilla y contenida. Miró sabe ser azoriniano y lo contrario, según le apetezca. He aquí un ejemplo de lo primero:

Allí el paisaje es quebrado; los valles, cortos; los montes huesudos, y todo es fértil.

La concisión, que imita lo descrito, revela la contradicción de una fertilidad entre aristas.

Miró también sabe proyectar su sensualidad fuera de los paisajes y crear un erotismo que resulta febril por provenir del recato:

Muchos viejos recordaban que, en otro tiempo, las mujeres de Oleza, tan tímidas y devotas, habían montado a la grupa de los caballos de los facciosos, bendiciendo y besando a sus jinetes, colgándoles escapularios y reliquias, dándoles a beber en sus manos y ofreciéndoles frutas rajadas con su boca encendida.

Todo apunta en una dirección unívoca y lujuriosa: la grupa, la fruta rajada, el fuego de los labios y la ofrenda. Prosa maestra en El obispo leproso. Nada le falta ni le sobra a ese párrafo.

Pero es en las descripciones de lugares donde Gabriel Miró nos asombra una y otra vez:

El jardín de casa Lóriz estaba cerrado por un claustro de piedra morena; y de allí recibían las salas y las galerías de tránsito una claridad académica y un silencio estremecido por hilos de fuentes y cantos de mirlo.

Prosa de otros tiempos para nuestros pequeños éxtasis intemporales.

 

La humareda final

11 junio, 2017 — 11 comentarios

Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de junio de 2017.

Este 16 de junio de 2017 tendremos en Málaga, por primera vez, el Bloomsday: celebración de Joyce,

2017_06_09_La humareda final

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

LA HUMAREDA FINAL

Desde que conocí la obra de Tudor Arghezi, me avecindo a temporadas en la poesía rumana. Hace poco leí un poemario de Eugen Dorcescu y quedé fascinado. También conmovido. Se titula Poemas del viejo (Poemele bătrânului) y está en Ediciones Igitur.

La calidad de su poesía se manifiesta con naturalidad e imperio. También su fuerza, sutilmente encadenada a su delicadeza: este contraste es cautivador.

Todo el poemario es un intrépido esfuerzo por explorar la vejez. No sus causas ni sus efectos, sino su esencia: lo que es. Con versos afilados nos dice que amar significa desear vivir en lugar del otro / para protegerle contra los horrores de la vida, y que odiar a alguien significa / desear hacerle vivir/ en lugar de uno. Después nos azota:

Y el viejo ni se ama a sí mismo

ni se odia,

hace mucho que ya no vive en

su espacio, no vive

en lugar alguno

y no ha muerto todavía.

El viejo, pues, sobrevive errando en la perplejidad; es un no-muerto, un nosferatu transilvánico.

Con amarga ternura, el poema 5 empieza evocando a las hijas:

Las hijas del viejo no

le han olvidado, aunque, de hecho,

casi no le recuerdan.

Ya el Rey Lear preguntaba:

 Decidme, hijas mías […]

¿cuál de vosotras más me ama?

Dorcescu sabe, como sabía Shakespeare, que las hijas, más aún que los hijos, atestiguan el correr de la vida de un padre. Ellas generan vida nueva que, sin odio pero sin misericordia, puede acabar arrumbando la nuestra en alguna buhardilla. Pero el viejo, quién sabe si por sabio o por cansado:

…no las acusa, nunca

acusa a nadie (quizá

por eso no le recuerdan),

contempla tranquilo el gran

río del tiempo…

El conocido tropo de la vida como un río (Heráclito, Jorge Manrique…) no es aquí un vulgar recurso sin imaginación, sino una figura retórica clásica, pero fresca y renovada, gracias a lo que señalé al principio: una gran naturalidad en los versos (sólo afectada por sus caprichosos truncamientos). La imagen que se pinta ante nuestros ojos nos llena de sobrecogimiento y simpatía: el viejo, ya en paz, mira la vida como algo casi ajeno que se aleja, esta vez para siempre.

El poema 9 toca el tuétano de la vejez:

…este festín fúnebre

comenzó hace mucho,

casi en la infancia,

el viejo ha vivido frenéticamente,

ha abandonado la mesa de niebla y humo

de Thanatos…

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Eugen Dorcescu

 

La humareda de la muerte; hay humo porque hay fuego y por eso habrá ceniza. En el último poema Dorcescu vuelve a las hijas, porque sabe que, además de señalar un final, alumbran un comienzo:

Las hijas ya mayores,

los nietos han crecido,

el cigoñal se inclina

lentamente

hacia la ceniza.

Copiii sunt mari, nepoţii au / crescut, / Cumpăna se înclină încet / spre cenuşă.

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de mayo de 2017.

El gran poema del siglo XX: La tierra baldía, de T. S. Eliot.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

QUE NO SE ACABE NUNCA

Hay que leer el impresionante poema de T. S. Eliot, La tierra baldía (o asolada, como prefería Borges) para tener una comprensión cabal de la literatura del siglo XX. Cuatrocientos treinta y tres versos que no se olvidan.

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De este poema colosal se pueden decir muchas cosas: es una cima de la literatura modernista; rezuma simbolismo; explora nuestros clásicos grecolatinos y los traslada, con extraña crueldad, a nuestro tiempo. A mí me basta con decir que es un poema subyugante. ¿He dicho crueldad?

Abril es el mes más cruel, hace brotar

lilas de la tierra muerta, mezcla

recuerdos con deseos…

El propio Eliot da una clave fecunda cuando habla, en un ensayo sobre Joyce, del paralelismo entre la contemporaneidad y la antigüedad.

Como todo buen libro —y más aún si es de poesía—, la clave de su disfrute consiste en no leer para terminarlo, sino, justamente, en lo contrario: leer deseando con todas nuestras fuerzas que no se acabe nunca. ¿Quién quiere ver secarse un venero de gozo?

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Un jovencísimo T. S. Eliot

Así, iremos de asombro en asombro, haciendo posada en cada verso, sin pasar al siguiente antes de hacerlo nuestro, por ósmosis o por fagocitación, deteniéndonos ante cada imagen, cada evocación, cada alusión secreta y cada referencia velada (y la sonoridad, la sonoridad, si se lee el original). Si por ventura no caemos en la cuenta de que hay versos que aluden a Ovidio o a Dante o a Shakespeare o a Nerval, o que recogen canciones infantiles (London bridge is falling down) no pasa casi nada; la fuerza del poema seguirá intacta.

El invierno nos cobijó, cubriendo

la tierra de nieve olvidadiza…

Ese maravilloso forgetful snow fecunda nuestra imaginación, antes de proseguir.

De pronto surge un grito que concentra la amargura del poema:

…Oh hijo de hombre,

no lo puedes decir ni adivinar, pues sólo conoces

un puñado de imágenes rotas, donde bate el sol

y el árbol muerto no da refugio, ni consuela el grillo

ni brota el agua de la piedra seca…

Se prefigura un apocalipsis, y este célebre verso ahonda en lo ominoso:

I will show you fear in a handful of dust.

Su traducción habitual (Te mostraré el miedo en un puñado de polvo) pierde, ay, la rotundidad rítmica.  (Hay bastantes traducciones al español. Sean cuidadosos al elegir la suya).

En otro pasaje, sombríamente (y pensando en Baudelaire) escribe:

Ciudad irreal

bajo la niebla parda

de un amanecer de invierno…

Irreal y brumosamente mitológico es casi todo el poema, aunque sorprenda a veces con sus repentinos cambios de tono, como cuando oímos la estrambótica voz de la vidente Madame Sosostris o cuando se recrimina prosaicamente a una mujer, por no haberse arreglado los dientes para complacer a su marido.

Cuando llegué a estos versos:

En la hora violeta, la vespertina hora

que nos empuja hacia el hogar y que devuelve a casa, salvo, al marinero…

recordé el Requiem de R. L. Stevenson (Home is the sailor, home from the sea) y pensé en el aire oscuro de las tormentas en el mar, cuyo secreto Eliot desentraña al haber sabido verlo violeta, color, aquí, de gran tristeza.

El poema me atrae por estar hecho de versos contenidos, racionales, pero llenos de emoción. Para escribir así hay que tener una grandísima capacidad de concentración, casi de enfrascamiento. T. S. Eliot debió de ser un hombre capaz de oír crecer la hierba.

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