Archivos para Nabokov

Carcassonne

31 diciembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de diciembre de 2016.

A propósito de un relato de William Faulkner y de algunas ideas de Derrida.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CARCASSONNE

A los escritores poderosos les bastan pocas páginas para imponerse. Lo hace Faulkner en todo lo que escribe y lo he revivido en Carcassonne, su relato más enigmático.

Sabemos por Derrida que un texto se entiende al establecer sus diferancias con otros textos. La diferancia es más que la diferencia; hace que un texto difiera de otros, pero además aplaza su significado: no sabemos lo que significa hasta verlo en relación con otros, o sea, en su contexto. El significado se posterga, expuesto a nuevos hallazgos que cambiarán nuestra interpretación. Derrida lo expresó con la formulita il n’y a pas de hors-texte (no existe lo fuera del texto).

Al recordar lo de diferancia, abandoné el propósito de tratar Carcasona como texto independiente y decidí conformarme con no ensayar una interpretación general de su sentido.

Empiezo por consignar que el extraño título aparece también en su novela Absalón, Absalón:

…crea dentro de su propio ataúd sus fabulosas y descomunales Carcasonas y Camelots…

(¿Cómo no relacionarlo con carcass, que en inglés es carcasa, cadáver en descomposición?).

Faulkner es un fastuoso estilista, como Nabokov; pero mientras que el ruso tiene una brillantísima voluntad de manierismo y linea serpentinata, el avasallador estilo de Faulkner no es una vestidura, sino su piel misma.

Carcasona es un diálogo entre el espíritu de un artista y su esqueleto. Cuento raro, pero sin salirse del tortuoso universo del autor.  Así, en el cuento Música negra estamos en la localidad de Rincón:

…allí donde cae la violencia de la sombra en pleno día y la violencia de las estrellas grandes en plena noche.

Cuatro relatos después, en Carcasona, seguimos ahí:

Rincón continuaba sus actividades fatales, secretas, nocturnas, con las que ventanas y puertas iluminadas se sucedían como manchurrones aceitosos que hubiesen dejado brochas anchas y demasiado cargadas.

¡Qué portentosa imagen! El pueblito en la oscuridad y las ventanas iluminadas por la luz eléctrica. Vistas de lejos son de un amarillo craso, como si alguien hubiera pasado a pintar rectángulos verticales en las paredes con brochazos de aceite. Tras las ventanas hay vidas de las que nada sabemos.

Además de las majestuosas metáforas, el recurso de estilo más llamativo es la repetición. Faulkner no tiene empacho en repetir imágenes que considera importantes. Dos veces vemos un peligroso deslizamiento:

El techo de la buhardilla caía por la ruinosa pendiente hasta el alero bajo.

Y poco después:

…la luz del día, con su grisura, caía por la pendiente hacia el ruinoso borde del alero.

Hay pasos furtivos:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies pequeñitos…

y otros más:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies diminutos…

Por dos veces oímos al inquieto espíritu del poeta rebelarse contra el fatalismo de su esqueleto:

«Desearía hacer algo», dijo en la oscuridad, formando las palabras con los labios sin emitir sonidos…

Y de nuevo, con enfático polisíndeton: Deseo hacer algo osado y trágico y austero…

(Aquí me vino a la memoria lo del Rey Lear: Voy a hacer cosas terribles, aún no sé cuáles…).

Ese juego especular de imágenes, que le da al texto un ritmo grave y metafísico, es anunciado desde el fabuloso comienzo, que se repite al final:

Y yo sobre un bayo con ojos de electricidad azul y crines como fuego enmarañado, galopando cuesta arriba y raudo hacia el alto cielo.

Carcasona es como todo lo de Faulkner: grandioso, afilado… y difícil. Conviene saberlo.

Lectores furtivos

16 septiembre, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy el viernes 16 de septiembre de 2016.

Imperecedera, Lolita. Leamos sin prisa.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

LECTORES FURTIVOS

Segunda lectura de Lolita: he visto cosas que antes no advertí. Es natural. Cuarenta años después se es un poco otro; más libros al coleto, más sucesos, más vida. Ahora no estaba interesado en la peripecia de Humbert Humbert, que recordaba bien, sino en cómo se nos cuenta.

Capítulo 11. HH acaba de conocer a Lolita y abre la jaula de sus fantasías. Se justifica diciendo que sus impulsos son incontrolables, pero juega a parecer consciente de su inmoralidad. (Las traducciones que siguen son mías).

¿Por qué sus andares —¡una niña, figúrense, una niña!— me excitan tan abominablemente?

Transcribe fragmentos de un diario que, pese a su destrucción años antes, dice recordar textualmente. Una memoria tan prodigiosa no es muy verosímil, así que el narrador se anticipa a nuestra incredulidad:

Lo recuerdo con exactitud porque lo reescribí dos veces.

Antes de desmelenarse, el narrador entra en materia con observaciones de menor cuantía:

Las nínfulas no tienen acné, aunque se atiborren de grasa.

Lolita se le acerca y la temperatura sube:

…un olor tórrido que enseguida puso mi virilidad en marcha…

Se deleita en ensoñaciones y disquisiciones:

…me enloquece […] la mezcla en mi Lolita de una tierna y soñadora niñez con una perturbadora vulgaridad.

Y llegamos a un maravilloso párrafo de apenas doce líneas, en el que una preciosista descripción amansa el relato:

«Oye, haz que mi madre nos lleve mañana al lago Our Glass». Eso me dijo, literalmente, mi amada de doce años con un voluptuoso susurro, cuando casi chocamos — yo salía, ella entraba— en el porche de la casa.

Es la primera vez que están a solas y que se hablan, pero HH ya ha decidido cosas importantes: que ella es su amada y que habla voluptuosamente. Entonces Nabokov frena en seco. Quiere que veamos y sintamos, junto a sus personajes, el instante y el escenario. Para ello, en vez de seguir con la atención puesta en Humbert y Lolita, la mirada da un rodeo y se recrea en las luces, en las sombras, en los árboles:

El reflejo del sol de la tarde, un diamante blanco y resplandeciente con multitud de destellos iridiscentes, centelleaba sobre las redondeadas formas de un auto estacionado. La copa de un frondoso olmo movía sus tenues sombras sobre las maderas de la pared de la casa. Dos álamos temblaban y se agitaban. Llegaba el ruido confuso del tráfico lejano; un niño gritaba…

La acumulación de palabras refulgentes casi nos ciega y nos invita a entornar los ojos lectores. Con pocas pinceladas (reflejos, hojas que se mueven, sombras juguetonas, ruidos lejanos) todo queda suspendido bajo un súbito hechizo.

Los adictos a la acción transitan por estas descripciones con impaciencia, en febril busca de que pase algo. ¡Cuanto más lenta la narración, más frenética la lectura! Lastimera paradoja. Lo que el trastornado Humbert sintió no es independiente de lo que había a su alrededor. Basta con bajar la velocidad de lectura para que estemos de pronto allí, furtivos, ocultos tras el olmo, viendo su mirada y su turbación. Con suerte, veremos hasta a la mismísima Lolita.

 

Lolita de Tal

2 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de septiembre de 2016.

Las lolitas (y sus menganos −pequeño homenaje al inolvidable Álvaro de Laiglesia−) son un venero que atraviesa, más o menos secretamente, la literatura desde tiempos antiguos.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

LOLITA DE TAL

Después de cuarenta años releo Lolita. Ahora el original. Soy verbólatra; el inglés virtuoso de Nabokov me entusiasma.

El lolitismo abunda en la literatura, pero con frecuencia de modo falsario. El asunto exige diferencia de edad entre las nínfulas y sus enfermizos admiradores.  Se es lolita por la mirada impúdica del hombre. Sin ella no hay lolitas; habrá niñas procaces, putillas pubescentes u ondinas que suliveyan con perjúmenes aún por llegar, pero no lolitas.

No es lolita la púber Annabel, con la que Humbert Humbert tuvo sus primeros tocamientos. Tenía las cualidades corporales y la edad para serlo, pero eran coetáneos.

No es lolita la inolvidable Ada, protagonista de la novela con la que Nabokov volvió al tema años después:

¿Era de veras hermosa, a los doce? ¿Deseaba —podría desear alguna vez— acariciarla? ¿Acariciarla realmente? Su negro pelo en cascada…

A diferencia de su predecesora, Ada no tiene un Humbert Humbert, sino un primo de parecida edad. Por eso no es, en lo fundamental, una lolita.

La salaz treceañera de Innocent World, de Ami Sakurai, tiene una relación sexual con su hermano de quince:

Takuya […] tenía una erección. Igual era culpa mía. Llevaba una camiseta muy escotada, sin sostén […] su cosa era sonrosada y límpida y me produjo una sensación extraña. Me la metí en la boca como si fuera lo más normal del mundo…

Aquí hay incesto y sexo puberal, pero falta la mirada de un hombre; no cualquiera, por cierto, pues, según Nabokov (que aquí miente):

Hay que ser un artista y un loco, una criatura de infinita melancolía […] para detectarlas a la primera…

¿Sería Fermín de Pas, de La Regenta, un hombre así? Allí sí hay un lolitismo que comenté hace poco:

…las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más […] algunas rodeadas de precoces turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes […] Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa que acababa de mascar…

Escena que recuerda este fragmento de Lolita:

…orfelinatos y reformatorios donde se podía contemplar a pálidas pubescentes de pestañas legañosas con total impunidad…

Entre Wilhelm Meister y la pizpireta Mignon sí hay diferencia de edad:

Calculaba que tendría doce o trece años, su cuerpo estaba bien formado […] El maquillaje hacía que apenas pudiera distinguirse su broncíneo color de piel…

Pero tras un momento de ambigüedad, Goethe elimina de la historia estas posibles espinas. Lautréamont, en cambio, busca espinas y cenagales de putrefacción extrema:

Pasaba Maldoror con su perro de presa; ve a una chiquilla que duerme a la sombra de un plátano y cree, primero, que es una rosa […] Se desviste con rapidez […] Desnudo como una piedra se ha arrojado sobre el cuerpo de la muchacha…

No sigo, porque estamos en horario infantil.

Mircea Cartarescu da una curiosa razón de por qué a los hombres nos gustan las mujeres: Porque descienden de las niñas.

Quod erat demonstrandum, dirá el Humbert Humbert de turno. Ahora átenme esa mosca por el rabo.

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 3 de junio de 2015.

Cazar detalles en un texto literario multiplica el placer de su lectura y enciende focos que iluminan rincones asombrosos, pero que para el lector apresurado pueden permanecer en penumbra.

Los buenos lectores, los observadores, los pacientes saben que en los detalles no sólo está el diablo, sino el alma de la literatura, los escrupulillos del cascabel.

 

Por cierto, lo de las orejas es de Ana Karénina. La explicación resultó mutilada al maquetar la página.

Divinos detalles

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

DIVINOS DETALLES

Apóstoles y asesinos, de Antonio Soler:

…un pañuelo blanco […] Flojo, de seda, no asomando del bolsillo a modo de cresta de gallo sino derramándose casi por completo, pavoneándose en su desmayo […] y flotando […] como un gas pesado o una flor exótica.

La atención puesta en los detalles de un objeto nimio, que adquiere así una importancia inusitada, apacigua el ritmo del lector y consigue que detenga en él su mirada para lograr «verlo» y no solo imaginarlo.

Los detalles tienen alma. Nabokov los llamaba divinos. «¡Acariciad los detalles!», urgía, enardecido, a sus alumnos.

Los hay preñados de significado, como la imperfección que Ana Karénina descubre en su marido cuando se reúne con él tras una breve ausencia en la que conoció a su futuro amante:

La primera persona a quien vio al apearse del tren fue a su marido. «¿Cómo le habrán crecido tanto las orejas en estos días?»

Orejas de súbito feas que preludian rechazo y adulterio.

Un personaje de Döblin escruta un cuerpo en una bañera caliente y nos dice:

En el vello de las pantorrillas se habían instalado pequeñas perlas de aire como caracoles,…

Simenon, lúbrico (era un gran fornicador), se fija en detalles más turbadores. En La habitación azul:

¿No evocaba el cuarto azul, el cuerpo mórbido de Andrée, sus piernas abiertas, el sexo oscuro que lentamente goteaba semen?

Es un detalle avasallador e inexorable que impone su presencia y nos atrapa. Aun si no detenemos la lectura, nuestra mente sigue un rato en ese semen coño abajo. Pero después nos revela pormenores culinarios y hogareños que un lector apresurado podría perderse.

La casa exhibía el olor de los domingos, el del asado que Gisèle, en cuclillas ante el horno abierto, estaba remojando con jugo. Cada domingo comían asado de buey con clavo […] El martes era el día del potaje.

(Fíjense, por cierto, en ese Gisèle en cuclillas. Suculento detalle dentro del detalle).

Y también, claro, la inagotable poesía en los detalles de Proust, l’Empereur des détails; centenares. En el otro extremo, la enfermiza minuciosidad del Nouveau roman.

Pero los detalles no solo dicen cosas de los escritores; también de los lectores. Los separan en dos bandos inconciliables: los impacientes, que los detestan y se los saltan, ansiosos por amorrarse al grifo de la acción para bebérsela a chorro, y los observadores, que se deleitan en los remansos de la trama y espían sus aparentes bagatelas en busca de claves y secretos.

Los últimos saben que en los detalles no sólo está el diablo, sino el alma de la literatura, los escrupulillos del cascabel.

La chambre bleue kareninabandnouvr

Este anotación de mi blog bien podría haberse titulado “Tocando lo intocable”.

Vladimir Nabokov −uno de mis novelistas favoritos, de lectura obligatoria para quien se dedique al menester de novelar, pero también para quien se contente con el enrevesado placer de la lectura inteligente−, es un verdadero ruso. Emigrado, pero ruso. Americanizado, pero ruso. Y como tal, es terco y de opiniones “fuertes” y, digamos, poco movibles.

Hay algo de mesiánico en los rusos, y suelen estar convencidos de tres cosas: de que siempre tienen razón, de que expresar sus opiniones en voz alta demuestra que tienen razón, y de que Europa les debe gratitud eterna por haberla salvado de las hordas esteparias de Asia. (Estos simpáticos rasgos no me impiden, me apresuro a decir, admirar su literatura y muchas otras formas de su arte y su cultura, y sentir, además, una inexplicable y fuerte empatía con el descomunal país).

220px-Vladimir_NabokovNabokov tiene mucho de todo eso, y suele aparecer en las fotografías con gesto airado y de pocos amigos, como diciéndole a la cámara “¿qué se te ha perdido aquí?”  (además de que a veces le sale un extraño parecido a Hitchcock), y se dice de él que no andaba escaso de rarezas. Después de la literatura, su pasión eran las mariposas, y andaba por campiñas y bosques con un ridículo atuendo de entomólogo de caricatura, calzones cortos, calcetines gruesos casi hasta la rodilla, y, claro está, la consabida manga, esa red en forma de cono con la que parecen jugar al tenis contra un rival invisible.Nabokov-dedicaba-su-tiempo-a-l_54105747540_224_270

Disfruté mucho de la visita a su casa, tópicamente reconvertida en museo, en pleno centro de San Petersburgo, de donde, sin embargo, la revolución bolchevique lo echó pronto. Suele admirarse de él que, siendo ruso, llegara a tener un dominio tan portentoso del inglés, pero esta es, en realidad, una apreciación errónea, pues como tantas familias de la aristocracia rusa del XIX y principios del XX, los niños aprendían francés (e inglés, en el caso de Vladimir) antes, incluso, que su lengua materna. (Mucho más admirable, en lo que se refiere a la maestría alcanzada en una lengua extranjera, son los casos de Conrad o Jerzy Kosiński, ambos polacos, por cierto, y el último con un divertido parecido [hoy estamos con los parecidos] al folklórico cantante malagueño Antonio Molina, celebérrimo, allá por mediados del siglo XX, por su voz atiplada y sus interminables gorgoritos). Continuar leyendo…