Archivos para novela

Publicado en Málaga Hoy el viernes 6 de octubrede 2017.

Explorar la propia biblioteca depara, a veces, sorpresas maravillosas, como esta que comento:

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

SIESTAS Y CADÁVERES

Hurgando al tuntún en mis estantes, he sacado una novela que ignoraba tener: Porque parece mentira la verdad nunca se sabe, del mexicano Daniel Sada. Lo abrí, me encandilé con los dos primeros párrafos y decidí leerla, pero antes me paré a escribir este artículo, sin saber qué vendrá después ni si el resto estará a su altura:

Llegaron los cadáveres a las tres de la tarde. En una camioneta los trajeron —en masa, al descubierto— y todos balaceados como era de esperarse. Bajo el solazo cruel miradas sorprendidas, pues no era para menos ver así nada más paseando por el pueblo tanta carne apilada, ¿de personas locales? Eso estaba por verse. Y mientras tanto gritos por ahí, por allá, por lo demás, al fin, chiflo avisor que penetró a cuchillo en recintos tan íntimos como el de Trinidad, quien buscando frescura fue a tirarse gustoso al mosaico del baño, más resuelto que nunca a gozar de su siesta.

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Lenguas prestadas

1 octubre, 2017 — 1 Comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 29 de septiembre de 2017.

Escribir gran literatura en una lengua que no se mamó desde la cuna, me parece algo milagroso. Hablo aquí de tres de ellos, uno bueno (Kosinski) y dos, grandísimos. Hay más (Cioran, por ejemplo), pero estos tres cubren mi propósito.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

LENGUAS PRESTADAS

Cruzaremos Francia en un 2CV y leeremos a Conrad. Fue una propuesta de mi amigo Willy, cuando éramos bohemios y comíamos perdices. El polaco Conrad creó su grandiosa literatura en una lengua adoptada. Milagroso. Otros pocos también lo han hecho, entre ellos dos eslavos como él.

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Jerzy Kosinski

Jerzy Kosinski, extravagante polaco judío, alcanzó la fama en los 70. Escribió Desde el jardín, (Bienvenido Mr. Chance, en el cine) y otras novelas, como Pasos:

En la columna reinaba un pandemonio; varios soldados habían roto filas y otros gritaban y me hacían señas. Vi a un abanderado del regimiento y un reflejo me llevó a hacerle el saludo militar. Un grito burlón surgió de los labios de los soldados más próximos; un trompeta alzó su instrumento y ejecutó un llamado de caza…

 

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de junio de 2017.

Este 16 de junio de 2017 tendremos en Málaga, por primera vez, el Bloomsday: celebración de Joyce, de su gran novela Ulises y de su protagonista, Leopold Bloom. También honraremos a sus traductores. Todo de manera festica e informal; una gran fiesta de lectores.

La organizamos Juan Francisco Ferré (otro novelista) y yo, con el apoyo en retaguardia del escritor y columnista José Antonio Montano.

2017_06_02_Bloom el entrañable

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

BLOOM, EL ENTRAÑABLE

La proximidad del Bloomsday (el 16 de junio) me lleva a escribir, de nuevo, sobre Leo Bloom, protagonista de Ulises. En el episodio noveno leemos:

—Y tenemos, no es así, esas páginas inapreciables del Wilhelm Meister. Un gran poeta sobre un gran poeta hermano. Un alma vacilante alzándose en armas contra un mar de obstáculos, desgarrada por dudas discrepantes, como se ve en la vida misma.

La vida misma: esa es la materia que conforma esta novela grandiosa. La vida, claro, es la materia de la mayoría de las novelas, pero en ninguna aparece contada, moldeada y hasta amasada con una amalgama tan estupefaciente de profanidad y poesía y con un lenguaje tan protagonista. Su otro protagonista, el bueno de Bloom —Poldy para su mujer— a quien acompañamos durante un día por Dublín, es un hombre cualquiera que acaba por sernos entrañable, contra más de un pronóstico.

¡Ulises es tantas cosas a la vez! También un fastuoso juguete lingüístico, cosa que, al parecer, irrita a muchos, que se sienten estafados al toparse con un lenguaje a veces roto y siempre rompedor. (Es verdad que no resulta fácil reproducir en las traducciones el inmenso talento verbal de Joyce):

Doblechirriantemente análisis se coreomarchó. Calvo, el más cumplidor junto a la puerta prestó todos sus oídos a las palabras del ayudante: las oyó: y se fue.

En el inglés de Joyce:

Twicreakingly analysis he corantoed off. Bald, most zealous by the door he gave his large ear to all the attendant’s words: heard them: and was gone.

Las preocupaciones de Joyce, artísticas y universales, tienen anclajes locales. La necesidad de encontrar su propio espacio vital, artístico y cultural, frente al dominio inglés, que empezaba por la lengua, es uno de los grandes temas de la novela y produce cosas enjundiosas:

—Nuestros jóvenes bardos irlandeses […] aún tienen por crear una figura que el mundo instale al lado de Hamlet, del sajón Shakespeare aunque le admiro, como le admiró el viejo Ben, más acá de la idolatría.

—Todas esas cuestiones son puramente académicas, hadó Russell desde su sombre. Quiero decir, si Hamlet es Shakespeare o Jacobo I o Essex. Discusiones de clérigos […] El arte ha de revelarnos ideas, esencias espirituales sin forma. La cuestión suprema sobre una obra de arte es saber desde qué profundidad surge.

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James Joyce

Las profundidades de las que surge esta prodigiosa obra de arte son las del alma de Leo Bloom, un uomo qualunque (cualquiera de nosotros, sí) que pelea a diario por la vida, tiene aspiraciones nobles y apetitos brutos, come riñones de cerdo, ama a su mujer, lee el periódico mientras defeca, llora la muerte de su hijito, persigue con la vista a toscas Maritornes dublinesas de rebullentes jamones, acaba aceptando sus cuernos, se esfuerza por agradar y se masturba mirando en una playa los muslos entrevistos de una muchacha. He aquí —¿qué mejor forma de concluir?— su eyaculación:

Y entonces un cohete subió y explotó pum fogonazo cegador y ¡Oh! luego la carcasa reventó y fue como un suspiro de ¡Oh! y todo el mundo exclamó ¡Oh! ¡Oh! en éxtasis y derramó un chorro de finas hebras de lluvia de oro y se deshicieron y ¡ah! eran estrellas todas de un verdor de rocío que caían junto con doradas ¡Oh tan preciosas, Oh suaves, dulces, suaves!

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Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de mayo de 2017.

Una novela que primero inquieta y después abruma.

2017_05_19_DeLillo Apocalipsis hogareño

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Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

DELILLO: APOCALIPSIS HOGAREÑO

Ruido de fondo (White noise) es mi primera novela de Don DeLillo. No será la última. Mi interés le debe mucho a lo siguiente: un gran talento para hablar de cosas tremebundas en un tono doméstico y sin aspavientos. El tono: ese es el quid.

El matrimonio protagonista conversa en la cocina y Jack reflexiona:

Cosas, cajas. ¿Por qué todas esas posesiones conllevan un peso tan amargo? Parecen impregnadas de oscuros presagios.

Y cuando Jack nos habla de su amigo, el excéntrico profesor Murray, su retrato parece dar barzones entre el cariño y el desprecio:

Murray sabe adoptar un aire a la vez falso y honrado […] creía que solo existía un modo de seducir a una mujer: mediante el deseo franco y sin tapujos […] Está intentando desarrollar una vulnerabilidad atractiva para las mujeres. Trabaja en ello conscientemente, como los que en el gimnasio levantan pesas ante un espejo. Pero sus esfuerzos solo han producido hasta la fecha ese aspecto suyo furtivo, aborregado y zalamero.

Significativamente, son los niños quienes aparecen más tensos, más amargos, más intolerantes, tal vez porque no han tenido tiempo de revestirse de cinismo e indiferencia resignada, aunque sí, ¡ay!, de digerir los mensajes dominantes.

Su cara de onceañera era como una máscara experta en exasperación contenida.

Los personajes presienten unas vidas yermas. Es la impotencia ante un mundo abrumador, desmesurado, sin que sepamos dónde está el botón de apagado, de desconexión… en suma, sin escapatoria a la vista.

El escritor Juan Francisco Ferré, en su opúsculo El libro americano de los muertos (vivientes), me ahorra la faena de listar los principales asuntos a los que DeLillo alude en Ruido de fondo: cultura comercial, televisión omnipresente, catástrofe ecológica, terrorismo, fatalismo tecnológico, los centros comerciales como nuevos espacios casi sagrados de nuestro tiempo… O sea, la vacuidad, el aplastamiento del individuo —laminación infernal— por poderes borrosos, ominosos y omnímodos: la TV, los anuncios, las modas, los pensamientos dominantes (y hasta dominátrix).

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Pero ese deambular por el horror de cada día no tiene, en las voces, en el fraseo de los diálogos, tonos tremebundos. La excelente prosa de DeLillo, a la que el artista parece aplicar los preceptos taurinos de parar, templar y mandar, queda lejos de la fastuosidad pirotécnica de Nabokov, por ejemplo, o de la verbalidad lírico-tremendista de Faulkner; se habla de esos horrores con la gris familiaridad de quien ya los tiene asumidos como parte inevitable de la vida. El resultado es un goteo de pesadumbre sobre el lector. La historia y las reacciones de los personajes nos van corroyendo página a página, sin que podamos apartar ese cáliz de nosotros. Un gran sentido del humor es el contrapunto que nos ata al texto. El protagonista, que ha medrado académicamente creando un departamento de estudios hitlerianos, escucha las cuitas de un colega perplejo ante la nueva cultura popular:

—Comprendo la música, las películas, comprendo incluso hasta qué punto los cómics pueden revelarnos cosas, pero aquí hay catedráticos hechos y derechos que no leen otra cosa que las cajas de cereales para el desayuno.

—Son la única vanguardia que tenemos.

Con Ruido de fondo metemos en casa un coro de voces ácidas, pero no destempladas; desesperanzadas, pero familiares, del domos nuestro de cada día. Esas voces, que podrían ser las nuestras, transforman la desolación metafísica en otra desolación más hogareña y, por eso mismo, menos desolada, pero más temible.

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Don DeLillo

Publicado en Málaga Hoy el viernes 31 de marzo de 2017.

Tolstói: sus personajes; su grandeza.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

CRUELES NIMIEDADES

La enormidad literaria de Tolstói le debe mucho a la minuciosa atención que pone en todos sus personajes. Ningún cochero ni criado ni cocinera ni campesino es tan poca cosa como para que no se detenga en darnos alguna pincelada de su ser, de sus deseos, rencores o ilusiones, en suma, de su humanidad. Tolstói construye sus novelas con la evolución de los personajes, no con sus peripecias externas.

Para eso escudriña reacciones aparentemente banales y descubre en ellas signos de los cambios que se suceden en sus ideas y sus sentimientos.

En una escena inolvidable, aunque algo sainetera, Anna Karénina, que ha coqueteado con el apuesto Vronski en el tren y se está prendando de él, ve a su marido nada más apearse. ¿Y qué ve y piensa?

…el primer rostro que le llamó la atención fue el de su marido. ¡Ah, Dios mío! ¿Por qué tendrá esas orejas?

Por primera vez se percata de ese tontorrón rasgo de fealdad física en su marido: las orejas de soplillo sobre cuyos cartílagos salientes se apoyaba el ala del sombrero redondo. Después descubrirá fealdades morales y con unas y otras se fabricará la coartada para lanzarse al adulterio, o al amor verdadero, según quiera verse.

La astucia narrativa de Tolstói aprovecha el hallazgo y muchas páginas después es la propia Anna la que sufre un juicio parecido. Simetría justiciera. Su amante también cambia:

Vronski ya no se acordaba de lo que quería decir. Esos ataques de celos […] le horrorizaban, y, por más que se esforzara en disimularlo, enfriaban los sentimientos que albergaba por ella…

El ardor de Vronski se extingue, como antes el de Ana por su marido; lo sabemos por la desencantada percepción que el seductor tiene ahora de su amante:

Anna ya no era como en los primeros tiempos. Había cambiado a peor tanto en el aspecto físico como en el moral. Había engordado […] Vronski la miraba como se mira una flor marchita que uno mismo ha cortado…

Ana engorda y la pasión de Vronski enmagrece. En un momento de gran intensidad, Ana se enfrenta a su marido. La forma en que Tolstói cuenta la escena es magistral de todo punto:

No, no se equivoca usted —dijo ella con voz lenta, mirando con desesperación el semblante glacial de su marido—. No se equivoca. Estaba desesperada y sigo estándolo. Le escucho a usted, pero es en él en quien pienso. Lo amo y soy su amante. A usted no puedo soportarlo, le tengo miedo, lo odio… Haga conmigo lo que mejor le parezca.

Tolstói muestra como nadie la crueldad que se oculta en los nimios gestos cotidianos. En Los cosacos, el joven Olenin, enamorado de Marianka, debe irse del pueblo. Con pena y creyendo vivir un momento importante, se despide de ella. Se dicen adiós, pero al poco:

Olenin se giró. Papá Eroshka hablaba con Marianka, sin duda de sus cosas, y ni el viejo ni la joven lo miraron.

Han bastado unos segundos para olvidarlo. La vida sigue sin él. ¡Pobre Olenin!

Tolstói siempre nos lleva hasta esos momentos terribles con una naturalidad perturbadora y con un tino narrativo que hacen de él un firme candidato al título de mejor novelista de la historia de la literatura.