Archivos para noviembre 2016

Memento de choznos

29 noviembre, 2016 — 1 Comentario

Buscamos por todas partes lo infinito, y no encontramos sino cosas. (Novalis).

tumba

Nuestra capacidad de vivir en el tiempo es un don trágico. Recordar lo que fue y vislumbrar lo que será; dolida nostalgia un día, temor ante el futuro al siguiente. Vivir en el tiempo nos faculta, además, para esa cosa devastadora que los animales, que viven en un eterno presente, no conocen: el aburrimiento.
A vueltas con esto de vivir en el tiempo andaba yo el otro día, dando barzones por senderos de la Sierra de las Nieves pespunteados por pinsapos, y caí en la cuenta de que en tal menester, los antecesores gozan de mucho más predicamento que los sucesores. Estos últimos apenas tienen cabida en nuestras vidas, salvo cuando algún político en horas bajas repica sus eslóganes de reserva (El mundo que dejaremos a nuestros hijos, patatín y patatán…). Civilizaciones enteras se han construido en torno al culto de los muertos, pero los futuros vivos apenas si tienen cuatro versos sueltos aquí y allá. Y bien pensado, igual de reales o irreales son unos y otros.
Hemos convenido que lo importante son los ancestros, y ya conocemos la enorme fuerza de estos acuerdos colectivos tácitos. Algunos aspectos de la semiactualidad política (tiempos vertiginosos en que todo se marchita en pocos días) parecen reflejar esa desigual atención que se concede a ambos extremos del río de la vida: aguas arriba, la ley de memoria histórica y aguas abajo, la ley del aborto, que es como ponerse tetas, según algunas productoras de símiles elegantes.
Mas  a poco que se piense, ¿cómo evitar una asombrada curiosidad por saber quiénes y cómo serán nuestros descendientes, los que esperan el turno de la vida, nietos, bisnietos, tataranietos, choznos e hijos de los choznos? ¿No son casi como nuestros hijos, solo que un poco más allá? Para ellos, genéricamente seremos objeto de recuerdo y quizás hasta de veneración como antepasados, pero individualmente, en dos o tres generaciones nada seremos ya. Ni una remota causa ni una leve sospecha. Con mucha suerte, polvo en algunos libros y cuatro o cinco cosas nuestras arrumbadas en un arcón.

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Tudor Arghezi

No te dejaré en herencia, a mi muerte, más que un nombre amontonado sobre un libro

decía el rumano Tudor Arghezi, supongo que con un caramillo poniendo música de fondo.

Quizás alguno de esos remotos descendientes nuestros sea poeta, como Arghezi, y un día, errabundo por el bosque que quede en pie tras el cambio climático que, al parecer, se nos echa encima, sienta treparle por las piernas un eco lejano. Será la melodía que incesantemente silba la ocarina de nuestros macilentos huesos, hasta dar con quien nos continúa en el futuro, aun sin saberlo.

ocarina
Hasta ese instante de pura magia blanca, ¿cómo honrar a nuestros sucesores? ¿Qué preces elevarles? ¿Qué hacer por ellos, además de evitar los renglones torcidos escribiendo el presente?
Tenemos mementos de difuntos, pero no de sucesores. Tal vez por eso nuestro vivir en el tiempo cojea de un pie, lastimeramente.

Ars moriendi

25 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 25 de noviembre de 2016.

Como morir es asunto con enjundia, la literatura no podía no ocuparse de él. Aquí, unas briznas.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

ARS MORIENDI

La literatura se ha ocupado mucho de la muerte y sus maneras. Moribundo y lacónico, Alonso Quijano reconoce lo que está por llegarle:

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte.

Saber cuándo llega la hora y obrar gallardamente. En Las tres muertes, de Tolstói, un mozo de postas agoniza en la cocina, ¡y sabe! Una mujer le pregunta con ternura qué le pasa y él responde:

La muerte está aquí, eso es lo que me pasa.

Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, cuenta la vida —y la muerte— de Franz Biberkopf:

Lo que había en él de animal corre ya por los campos. […] El alma de Franz está devolviendo sus semillas vegetales».

También Biberkopf sabe. Y para que no haya dudas, la Muerte remacha:

Estoy aquí y debo hacer constar que quien está aquí echado, ofreciendo su vida y su cuerpo, es Franz Biberkopf. Dónde está, lo sabe, y también adónde va y lo que quiere. 

La Muerte, luego, nos recuerda algo obvio, a menudo olvidado: …la vida sin mí no vale la pena.

El capítulo séptimo de El gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, es muy bello y eficaz. Con la maravillosa imagen de un reloj de arena, venimos a saber que Fabrizio ya presentía su muerte décadas antes de que fuera a acaecerle.

Hacía decenios que sentía cómo el fluido vital, la facultar de vivir, la vida en suma […] iban saliendo de él lenta pero continuamente, como los granitos se amontonan y desfilan uno tras otro sin prisa pero sin detenerse, ante el estrecho orificio de un reloj de arena.

Pasa el tiempo y el aleteo de la muerte se torna presencia cercana. Ya no es una lenta procesión:

advertía que la vida salía de él en grandes oleadas apremiantes, con un fragor espiritual comparable al de la cascada del Rin.

Asistimos a la sensación cenestésica del fin de la vida, de un gran vaciamiento. La vida se va a oleadas. Y es el sonido, ese fragor, el que logra no sólo que leamos, sino que sintamos lo que el moribundo siente. Lampedusa convierte los sonidos en vías de conocimiento. Ahora un fragor de cascada, pero antes:

…el rumor de los granitos de arena que se deslizaban…

Ya en los instantes postreros, el escritor recurre, con maestría apabullante, a otro sonido:

En la habitación se oía un silbido: era su estertor, pero no lo sabía…

La descripción se aviva a cada página. El enfermo empeora y llegan unas medicinas,

pero el ímpetu del tiempo que se le escapaba no disminuyó en su impulso.

Por fin se acerca al lecho del moribundo la seductora Muerte, abriéndose paso entre allegados, en una escena de exquisita filigrana (atención, cinéfilos, ¿cómo no recordar a la sensual Jessica Lange de All that jazz?).

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Era ella, la criatura deseada siempre, que acudía a llevárselo. […] le pareció más hermosa de como jamás la había entrevisto en los espacios estelares.

El fragor del mar se acalló del todo.

Cesa el sonido. Enmudece el mundo. La vida ha terminado.

Capulí

18 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 18 de noviembre de 2016.

Leamos un poema —y sus desvíos— de César Vallejo.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

CAPULÍ

Recítense despacio Idilio muerto, de César Vallejo:

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

 

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban las tardes blancuras por venir,

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

 

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de Mayo del lugar.

 

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando “Qué frío hay… Jesús!”

Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

Pongamos que la poesía sea un desvío: desviar la lengua desde sus declaraciones más simples y directas a otras más complejas, veladas por figuras retóricas donde la ambigüedad prospera. Pongamos, con los neorretóricos, que el proceso sea este: el poeta parte del llamado grado cero y enmaraña la lengua, la desvía, y al hacerlo aparece la poesía; el lector la lee, la desenmaraña y la devuelve a su sencillez inicial.

Si así fuera, el grado cero de junco y capulí, podría ser delgada y dulce; las cañas del verso undécimo regresarían también al dulzor. El pájaro salvaje sería el poeta doliente. Unas palabras ambiguas sustituyen a otras evidentes. Son los desvíos (metasememas, dicen los neorretóricos, pidiendo bofetada).

¿Pero es necesario saber lo que es un capulí para que el verso nos llegue?

No. Los nativos de una lengua acudimos, sin darnos cuenta, a la introspección lingüística y aunque ignoremos que un capulí es un fruto andino, entendemos la intención secreta. Capulí nos lleva al reino vegetal, a capullo o a alhelí, y la i del final, a un mundo de ternuras infantiles y diminutivos maternales; así conectamos con la delicadeza del verso. Sin diccionario.

Da igual que celaje esté ahí a trompicones para poder calzar el salvaje final y que algunos, al verlo, piensen en el cielo y otros, saliéndose del diccionario, en celosías o, más aún, en celos. Funciona de maravilla en cualquier caso, no seamos aguafiestas.

¿Bizancio? Es Lima, la urbe opresora que contrasta con los Andes del primer verso (creo que lo observó Iwasaki); su sonido tiene eco en la sangre del verso siguiente. Bizancio y sangre, dos suaves sílabas con an que, al ser tónicas, se alargan en la boca.

El poema es un prodigio de cadencia y compás (noto la huella sonora del gran Rubén Darío), y conjura la tristeza que lo impregna —la del amor lejano, inalcanzable— con una rítmica alegría campanillera.

Del ritmo y el donaire que un Vallejo de triste figura llevaba dentro, da cuenta la aliteración, con jotas, del último verso (tejas, pájaro, salvaje) o este, de Telúrica y magnética:

¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena!

Y de su capacidad para los desvíos, este otro:

Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor.

No hay más que añadir.

Tulipanes y delirios

17 noviembre, 2016 — Deja un comentario

Una lectora cualificada ha leído mi novela, “Tulipanes y delirios”, y explica por qué le ha gustado. Se lo agradezco mucho.

No me resigno. Blog de Carmen Álvarez Vela

    Luis Sanz Irles (@SanzIrles) ha sido uno de mis grandes descubrimientos en la red. A través de su artículo, Texto sentido,  que publica los viernes en Málaga Hoy (@malagahoy_es),  voy conociendo más en profundidad su forma de ver y vivir la literatura. Cada semana me sorprende con una aproximación diferente a distintos autores, libros, estilos o técnicas literarias. Es una columna absolutamente recomendable  para los amantes de la literatura y para todo aquél que quiera descubrir una nueva forma de leer.

    Tulipanes y Delirios, su última novela, es extraordinaria por muchos motivos, aunque lo primero que me cautivó fue el lenguaje que maneja y el estilo personalísimo del autor: descarnado, brutal, sentimental, violento, sexual, triste, cínico, irónico, divertido, amoral, nostálgico, desesperanzado y culto; plagado de matices escondidos entre palabras y expresiones llenas de intención que cada lector percibirá quizá de manera distinta.

     La novela, en tan solo…

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Vesuvius

13 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 11 de noviembre de 2016.

Tres grandísimos, Chateaubriand, Stendhal y Goethe, suben al Vesubio.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

VESUVIUS

El Vesubio ha fascinado siempre a los europeos. En el 79 d. C. arrasó Pompeya y creó su leyenda. Plinio el Joven fue testigo de la erupción y se la contó por carta a Tácito. Su tío, Plinio el Viejo, más atrevido, se acercó demasiado y murió.

Los siglos XVIII y XIX se infatuaron con el Vesubio. Erupciones horrísonas, estruendosas nubes, llamaradas del Averno, ¿cómo no iban a cautivar a los impetuosos del Sturm und Drang?

Grandes testigos vesubianos: Chateaubriand, Stendhal  y Goethe. Divido sus consignaciones en tres partes:

El fatigoso ascenso.

Chateaubriand primero y Goethe, años después, se sirven de sherpas locales:

…la cima del Vesubio permanece en la niebla. Hago un trato con un cicerone, para que me conduzca hasta el cráter del volcán. Llega con dos mulas…

Al pie de la abrupta pendiente nos recibieron dos guías. […] Nos arrastraron, repito. Puesto que estos guías se ciñen con un cinto de cuero, al que se aferra el viajero…

Para el francés, dos mulas; para el alemán, dos guías. Stendhal, mientras, anda enfurruñado:

Ayer subí al Vesubio: fue la experiencia más fatigosa que he tenido en toda mi vida. Lo endiablado es subir el cono de ceniza…

Goethe también atestigua las dificultades, pero, más esbelto y ágil que Stendhal, no se queja.

Ascendí al Vesubio, aun cuando el día no era claro y la cima aparecía envuelta en nubes. […] Más lejos aún se sube trabajosamente al monte de cenizas. […] Finalmente alcanzamos el viejo cráter […] en dirección al vapor, cuando este se hizo tan espeso que apenas me veía los zapatos.

El ermitaño.

Los tres se fijan en esta curiosa figura que vive en las laderas del infierno, aunque Goethe apenas se ocupa de él. Chateaubriand, sí:

El ermitaño ha salido a recibirme. […] es un hombre de buena facha y rostro franco. Me ha invitado a su celda; ha puesto la mesa y me ha ofrecido pan, manzanas y huevos…

Le pide que escriba algo en su libro de visitas y el chauvinismo francés aflora incontenible cuando, al hilo de los comentarios dejados por sus compatriotas, anota ese buen gusto consustancial a su país.

Stendhal es más lapidario y mordaz:

[…] el supuesto ermitaño suele ser un ladrón […] valiente banalidad se lee en su libro de visitas, firmada por Bigot de Préameneu. […] comemos la tortilla…

Tortilla para Stendhal; pan, manzanas y huevos para un Chateaubriand más conversable. Goethe, siempre más científico y observador, no está para tortillas.

Lo terrible.

La visión del monstruo sobrecoge a los tres: cenizas, lava, humo, vendavales y brumas.

La prosa, sonora, perfecta, de Chateaubriand es superior. El volcán se le antoja una metáfora de la vida y la muerte, y compara:

…el horror de este lugar. El Vesubio, separado por las nubes de las comarcas encantadas que hay abajo, parece situado en el más hondo desierto, y el terror que inspira no lo debilita el espectáculo de una floreciente ciudad a sus pies.

Goethe, el más científico, también siente la grandiosidad ominosa:

…y así fuimos rodeando el cono, que ruge sin cesar mientras escupe piedras y cenizas. […] espectáculo grande y sublime. Primero, un poderoso trueno, que resonaba de la más profunda sima; enseguida piedras miles, grandes y pequeñas, arrojadas al aire, envueltas en nubes de ceniza.

Pero la literatura puede, a veces, pedir auxilio a la pintura. Quizás habría que leer estos testimonios mientras se admira La erupción del Vesubio, de Turner, con esas llamas furiosas que iluminan asombrosamente el cielo antes de arrasarlo todo.