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Vetusta erótica

23 julio, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy, el viernes 22 de julio de 2016.
También disponible aquí.

 

La Regenta es una de las mejores novelas jamás escritas en lengua española. Y además de su gran calidad literaria, su lectura garantiza unos ratos divertidísimos. No es menester añadir más, aunque he querido, en mi artículo semanal, señalar dos de sus muchos aspectos notables: humor y erotismo:

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Leopoldo Alas, “Clarín”

 

 

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Si les interesa pensar sobre la literatura además de leerla, es probable que este libro les interese. Lo mejor será empezar por el final y así ya deciden ustedes si les apetece seguir.

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Terry Eagleton

Después de haberle dado mil y una vueltas (interesantes vueltas) al concepto de  «teoría de la literatura», su historia, evolución y temas esenciales (cuando tengo el día cursilón, esto de «esencial» me pone como una moto), Eagleton nos dice que, en el fondo, la teoría, toda teoría, no es más que una empresa condenada al fracaso, y eso por dos razones, que son las siguientes:

  1. La teoría es el momento en que las prácticas (culturales, sociales o las que sean) entran en crisis y se ponen a pensar en sí mismas, a «pensarse», para ver cómo salen del atolladero en el que se han metido. (Eso, por cierto, las convierte en algo bastante narcisista, como advierte el propio Eagleton).
  2. La teoría consiste en que una práctica X se curva sobre sí misma para escudriñarse, para escrutarse las entrañas, lo que le impide un análisis con las  imprescindibles dosis de desapego y distancia. Resultado: el fracaso inevitable.

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¡Un momento! ¡¿Por qué soy siempre yo quien se esconde en el armario, si soy el marido?!

 

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Duda repentina (Nanorrelato)

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Fred Vargas, aunque no lo parezca

 

Novela negra, novela policiaca, novela de detectives, novela de intriga… En la última década, el mercado editorial parece haber descubierto un filón inagotable (¡y cómo se agotan de rápido esos filones!) que yo sólo puedo contemplar con cierto escepticismo escasamente fundamentado porque, lo confieso, no soy ni creyente ni practicante habitual del género. Algo tendrá el agua de los glaciares narrativos escandinavos cuando la bendicen, pero las modas y los oportunismos editoriales (y mis propias querencias, cada vez más obsesivas y, por lo tanto, más exclusivas o excluyentes) me frenan la curiosidad. Tal vez también nutra mi escepticismo el haber vivido largos años en el norte de Europa; uno ya está curado de ciertos espejismos. Dejemos pasar unos años a ver qué sobrevive de esa nueva invasión vikinga (¿de verdad llevaban cuernos en los cascos?), años que yo voy dedicando mientras tanto a mis lecturas, ajenas a la actualidad de los suplementos literarios. (Mi agente me lo tiene dicho: «Con esa actitud no llegarás lejos en esto»).

Es sábado, qué diantre, así que me será permitida, digo yo, un poco de sociopolítica de andar por casa. Allá va: los estados del estado del bienestar se pueden permitir el lujo de un cómodo (por poco amenazante) malestar social, de la denuncia lúdica de la corrupción y la maldad a pequeña escala. Únase a esto la comodidad del bienestar interiorizada por el lector: nada más “entretenido” que un puzle con su intriga, su policía, su nudo y su desenlace… Una lectura, sí, fácil, golosa, sin riesgos. Lo que no quiere decir que el género en sí sea incompatible con la calidad literaria. Y como nada hay más excitante para un conversador que ese giro por donde asoma la contradicción, propongo algunos nombres de este género que me interesan y recomiendo, aunque maldita falta que les hacen a los recomendados mis recomendaciones.

John le Carré

El primero es John le Carré, cuyas obras me han acompañado a trompicones, sin grandes fidelidades, en las últimas décadas. Es la suya una escritura de gentleman, distante, impecable y exigente. No hay concesiones al lector, al que se le supone un conocimiento solvente de la historia que transcurre cotidianamente bajo nuestros ojos por los periódicos. De Le Carré me ha interesado siempre lo borroso de las tramas, esos enredos trufados de suposiciones, de datos no concretados, como si los personajes de sus obras vivieran en mundos o realidades que nunca nos son plenamente accesibles. ¿Es esto una metáfora del alma del otro o una constatación realista de nuestra ignorancia sobre los verdaderos entresijos donde se cuecen las noticias de la prensa? Probablemente, las dos cosas al mismo tiempo.

El segundo nombre es de mujer, aunque no lo parezca: Fred Vargas (seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau). A Fred Vargas se la ama o se la malinterpreta. Quienes vayan buscando en sus novelas las consabidas dosis de truculencia realista se toparán con un muro insalvable: su humor y la extravagancia «irreal» de sus tramas y caracteres. Gente seria, absténganse. En los artefactos detectivescos de Fred Vargas la intriga está al servicio de otros amos, lo que puede irritar a los más puristas. Bajo el histrionismo de sus personajes y los recovecos de la acción, Vargas practica un retorcido psicologismo de empatías donde encaja a la perfección la comicidad.

Digresión: Se me ocurre ahora que esta comicidad, que tiene buen pedigrí entre sus compatriotas (empezando por Montaigne), pudiera ser en el Juicio Final la base de la defensa de ese crimen tan genuinamente francés: el engolamiento.

Georges Simenon

Y luego, claro, queda el más grande de todo ellos: Georges Simenon (¡No sin mi pipa!). Es tan grande que hasta me cuesta meterlo en el cajón de este género,pues, como tengo dicho no sé dónde, para mí Simenon es, ante todo, un soberbio escritor metafísico.

Tengo sus obras completas en mis estanterías: son 27 volúmenes en fino papel misal, unas 35 mil páginas; un Lope de Vega moderno, vaya. La mera presencia de sus libros ahí, a mi disposición, me colma de tranquilidad: siempre habrá algo bueno que echarse al coleto cuando lleguen esos domingos tediosos, ese regreso aturdido de un viaje, ese hartazgo de otros temas y otros «géneros», y Simenon no defrauda.

Otro belga, como Hergé, al que estarle agradecido.

 

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“Mi” Simenon.

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Mi biblioteca (ala sur).

Adúlteras (2)

9 abril, 2014 — 2 comentarios

 

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En estos últimos dos meses me he leído, casi del tirón, tres novelas emblemáticas del siglo XIX ―de todos los tiempos, en verdad―, cuyo tema central es el adulterio o, por ser más preciso, la mujer adúltera. Ya había leído las tres hacía tiempo, en distintas épocas de la vida, pero leyéndolas seguidas parecen iluminarse con otra luz, esa con la que se escudriñan entre sí y que revela en cada una rincones que habían quedado en la sombra. Me refiero, claro, a Anna Karénina (Tolstói), Madame Bovary (Flaubert) y La Regenta (Clarín).

Tal vez habría debido volver a leer también Os Maias, del portugués Eça de Queiroz, que ofrece un retrato de la sociedad lisboeta de su tiempo hecho con una mirada similar a la que Clarín le echa a su celebérrima Vetusta (más que mirada, un mal de ojo, la verdad), pero no lo he hecho. Pelillos a la mar.

Me centraré más en nuestra Regenta, por ser la que he leído en último lugar, y desde ella haré algunas breves incursiones en las otras dos.

Como todas las novelas grandes, La Regenta es muchas cosas a la vez y yo voy a sostener que, antes que una novela costumbrista o filonaturalista o sociomoralizante o psicológica, es una novela humorística. No hay desdoro en este juicio. El humor, desde el que esboza la sonrisa cómplice al que provoca la carcajada hilarante, la atraviesa, incansable, de principio a fin, como un venero vivificador. Y ese humor, tan dinámico, a veces tan corrosivo, casi siempre tan inteligente, es uno de los elementos decisivos para hacer de esta una magnífica novela.

Yo había leído (mal) La Regenta cuando me acercaba a los catorce años, a hurtadillas, escondiéndome de mi madre, que la reputaba una lectura peligrosa para un joven flaco y nervioso. Tan mal debí leerla que esta vez ha sido como hacerlo por primera vez. Mis sonrisas, mis exclamaciones de hilaridad y mis carcajadas desacomplejadas han estado inundando la casa estos últimos días, pero impregnadas todas ellas, aun sin tener siempre conciencia de ello, de la herrumbre que va dejando tan ácida descripción de la mediocridad.

La combinación del humor con una descomunal galería de personajes estrambóticos e inolvidables, hacen de esta novela un page turner de primer orden. ¡Qué personajes!  ¡Y qué nombres! Frígilis, la jamona Obdulia Fandiño, Fortunato Camoirán, Carrapique, Cayetano Ripamilán… Ante semejante parada de freaks de provincias, los personajes principales casi palidecen de mediocridad. ¿Qué han de poder la propia Ana Ozores, el clérigo Fermín de Pas o el burlador Álvaro Mesía ante nombres como el del ateo oficial de Vestusta, Pompeyo Guimarán, el indiano Don Frutos Redondo, la marimacho Petronila Rianzares, alias el Gran Constantino, o el bardo local, Trifón Cármenes?

Cumpliendo mi maligno propósito de comparar las tres obras, lo primero que puede consignarse es el diferente grado de protagonismo que tienen nuestras tres adúlteras en cada una de ellas: Continuar leyendo…