Archivos para Goethe

Publicado en Málaga Hoy el viernes 5 de mayo de 2017.

El impacto que siempre ha tenido en mí la poesía (el más cosas) de Novalis, precede a cualquier análisis racional que pueda hacer de su obra, o de los motivos por los que me afecta tanto. Este artículo solo busca dar(me) (a mí mismo), unas mínimas pistas.

También, quién sabe, crear algún nuevo lector de su obra.

2017_05_05_Un vivo vino áureo

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

“UN VIVO VINO ÁUREO”

El verdadero romanticismo es el alemán; los otros son remedos de menor cuantía. De entre los románticos alemanes, siempre he tenido predilección —y supongo que especial afinidad— por Novalis (Federico Von Hardenberg para el siglo), un madrugador, el mejor representante del asombroso Círculo de Jena, del romanticismo temprano.

El traductor Alejandro Martín Navarro nos recuerda un milagro, a saber, la apabullante concentración de genio que se dio en Alemania a finales del XVIII: Kant, Fichte, Schlegel, Hölderlin, Schiller, Kleist, Lessing, Herder, Hegel, Tieck y, claro, por detrás o por encima o por las inmediaciones, la justificadamente inevitable figura de Goethe.

No hablo alemán, aunque mi conocimiento de otras lenguas germánicas me permite descifrar bastantes cosas; por eso procuro leer la literatura alemana en ediciones bilingües o, al menos, tener el texto original a la vista. Conozco sus reglas fonéticas y no me es ajena su prosodia, así que puedo disfrutar de la espectacular musicalidad de su poesía. (Digresión provocadora: la musicalidad del alemán es mayor y más profunda que la del parlero italiano, de fama cantarina).

novalis (1)

Novalis

La fascinante novela Enrique de Ofterdingen fue la respuesta de Novalis a la archifamosa Wilhelm Meister de Goethe. En la de Novalis se pone de manifiesto, de forma natural, maravillosamente natural, mucho de la esencia del romanticismo. Oigamos lo que el poeta, que también teorizaba con tino, decía en otro lugar:

El arte de extrañar de un modo agradable, de hacer un objeto extraño y a la vez conocido y atractivo, eso es la poesía romántica.

Pasarían aún muchos años antes de que empezáramos a hablar, en la teoría literaria, de la ostranenie, o sea, la técnica del extrañamiento, de la desfamiliarización.

No me es fácil pensar racionalmente en la literatura de Novalis, que me toca con hondura mucho antes de que pueda siquiera ponerme a pensar en ella o en lo que voy leyendo. Creo poder decir, sin traicionarme, que lo que más me atrae es, a partes iguales, su lirismo desnudo de artificios y su espiritualidad. Leer a Novalis induce a la introspección sincera y desacomplejada. En los Himnos a la noche (¡qué hermosura de título!), leemos:

Esta vida transcurre

hacia otra eterna ya.

Con un íntimo ardor

se transfigura el alma.

Las estrellas devienen

un vivo vino áureo

que habremos de beber

cambiados en estrellas.

¡Cambiados en estrellas! He ahí un destino con el que soñar.

La preocupación por lo celeste la vemos también en Enrique de Ofterdingen:

En los tiempos en que ahora vivimos ya no existe contacto directo entre los humanos y el cielo.

Y de esa queja deriva Novalis, clarividente, una anticipación de las teorías freudianas:

Pero, padre, ¿por qué sois tan contrario a los sueños? […] no hay duda de que sus extrañas transformaciones y su naturaleza frágil y liviana tienen que darnos que pensar.

En otro de los himnos dice el poeta:

Reinaba en otro tiempo

con un sordo poder

sobre las muy dispersas razas

de los hombres

un destino de hierro.

 

¡Quién sabe si cosas como esta habrán tenido que ver con otras soberbias exhibiciones de la literatura germana, como Los acantilados de mármol, de Jünger.

Novalis, ¿hay que decirlo?, murió joven. El eco de su nombre debe de andar por Orión o Casiopea.

schule

Vesuvius

13 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 11 de noviembre de 2016.

Tres grandísimos, Chateaubriand, Stendhal y Goethe, suben al Vesubio.

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2016_11_11_vesuvius

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

VESUVIUS

El Vesubio ha fascinado siempre a los europeos. En el 79 d. C. arrasó Pompeya y creó su leyenda. Plinio el Joven fue testigo de la erupción y se la contó por carta a Tácito. Su tío, Plinio el Viejo, más atrevido, se acercó demasiado y murió.

Los siglos XVIII y XIX se infatuaron con el Vesubio. Erupciones horrísonas, estruendosas nubes, llamaradas del Averno, ¿cómo no iban a cautivar a los impetuosos del Sturm und Drang?

Grandes testigos vesubianos: Chateaubriand, Stendhal  y Goethe. Divido sus consignaciones en tres partes:

El fatigoso ascenso.

Chateaubriand primero y Goethe, años después, se sirven de sherpas locales:

…la cima del Vesubio permanece en la niebla. Hago un trato con un cicerone, para que me conduzca hasta el cráter del volcán. Llega con dos mulas…

Al pie de la abrupta pendiente nos recibieron dos guías. […] Nos arrastraron, repito. Puesto que estos guías se ciñen con un cinto de cuero, al que se aferra el viajero…

Para el francés, dos mulas; para el alemán, dos guías. Stendhal, mientras, anda enfurruñado:

Ayer subí al Vesubio: fue la experiencia más fatigosa que he tenido en toda mi vida. Lo endiablado es subir el cono de ceniza…

Goethe también atestigua las dificultades, pero, más esbelto y ágil que Stendhal, no se queja.

Ascendí al Vesubio, aun cuando el día no era claro y la cima aparecía envuelta en nubes. […] Más lejos aún se sube trabajosamente al monte de cenizas. […] Finalmente alcanzamos el viejo cráter […] en dirección al vapor, cuando este se hizo tan espeso que apenas me veía los zapatos.

El ermitaño.

Los tres se fijan en esta curiosa figura que vive en las laderas del infierno, aunque Goethe apenas se ocupa de él. Chateaubriand, sí:

El ermitaño ha salido a recibirme. […] es un hombre de buena facha y rostro franco. Me ha invitado a su celda; ha puesto la mesa y me ha ofrecido pan, manzanas y huevos…

Le pide que escriba algo en su libro de visitas y el chauvinismo francés aflora incontenible cuando, al hilo de los comentarios dejados por sus compatriotas, anota ese buen gusto consustancial a su país.

Stendhal es más lapidario y mordaz:

[…] el supuesto ermitaño suele ser un ladrón […] valiente banalidad se lee en su libro de visitas, firmada por Bigot de Préameneu. […] comemos la tortilla…

Tortilla para Stendhal; pan, manzanas y huevos para un Chateaubriand más conversable. Goethe, siempre más científico y observador, no está para tortillas.

Lo terrible.

La visión del monstruo sobrecoge a los tres: cenizas, lava, humo, vendavales y brumas.

La prosa, sonora, perfecta, de Chateaubriand es superior. El volcán se le antoja una metáfora de la vida y la muerte, y compara:

…el horror de este lugar. El Vesubio, separado por las nubes de las comarcas encantadas que hay abajo, parece situado en el más hondo desierto, y el terror que inspira no lo debilita el espectáculo de una floreciente ciudad a sus pies.

Goethe, el más científico, también siente la grandiosidad ominosa:

…y así fuimos rodeando el cono, que ruge sin cesar mientras escupe piedras y cenizas. […] espectáculo grande y sublime. Primero, un poderoso trueno, que resonaba de la más profunda sima; enseguida piedras miles, grandes y pequeñas, arrojadas al aire, envueltas en nubes de ceniza.

Pero la literatura puede, a veces, pedir auxilio a la pintura. Quizás habría que leer estos testimonios mientras se admira La erupción del Vesubio, de Turner, con esas llamas furiosas que iluminan asombrosamente el cielo antes de arrasarlo todo.

Modus legens

4 noviembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 4 de noviembre de 2016.

Goethe, Proust y Jünger sobre lectura y lectores.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

MODUS LEGENS

En Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, Goethe presenta una volantinera forma de leer. Una joven pareja se ha retirado a una aislada heredad. Entre folganza y folganza, leían, pero el aburrimiento arremetía con furia.

Entonces Filina tuvo la idea ingeniosa de colocar todos los libros abiertos sobre una gran mesa; nos sentábamos uno frente al otro y leíamos en voz alta, mas no capítulos enteros, sino pasajes sueltos […] ora de un libro, ora de otro.

Variábamos nuestro sistema a cada paso, pero lo corriente era regular nuestras lecturas sometiendo su duración a la regla inflexiva de un reloj de arena […] Dábamos la vuelta al reloj y uno de nosotros principiaba a leer en un libro; cuando la arena había pasado al cuerpo inferior, lo invertíamos, y el otro continuaba en un libro distinto.

La imagen de esa lectura de saltimbanquis me divirtió mucho y enseguida caí en la cuenta de que difiere poco de mi propio método. Soy incapaz de concentrarme en un solo libro; siempre ando con tres o hasta cuatro a la vez. Eso sí, nunca del mismo género: novela, poesía, ensayo, filosofía… Un picaflor de biblioteca.

En eso me acordé de un maravilloso librito de Proust, Días de lectura:

Quizás no hayamos vivido días tan intensos en nuestra infancia como aquellos que creímos dejar correr sin haberlos vivido, los que pasamos con un libro amado.

Interesante: vida y lectura parecen excluirse. Después se queja, con hálito lírico, de cualquier distracción a su embebecimiento:

…la abeja o el rayo de sol molestos que nos obligaban a levantar la vista de la página…

(Y recordamos las voraces moscas machadianas sobre el librote cerrado). Acto seguido informa de su impaciencia lectora:

[…la cena] durante la que solo pensábamos en escapar a toda prisa para terminar el capítulo interrumpido…

Pero Proust, lector apasionado, insiste en la separación entre vida y lectura, y desmitifica:

…la lectura […] en absoluto puede sustituir a nuestra actividad personal. […] Se torna peligrosa cuando, por el contrario, en vez de despertarnos hacia la vida personal del espíritu, la lectura tiende a suplantarla…

Sin embargo, Jünger, mucho más hombre de acción que el adamado Proust, sugiere que la lectura lo es todo para el lector verdadero: aire, alimento, vida. En La Tijera leemos:

El lector es un ser que necesita de ocio igual que necesita de aire para respirar; vive alejado de los negocios […]

Ocio para leer, claro. Recordemos que negocio es la negación del ocio (nec otium). Y nos regala esta fabulosa idea, en la que algunos podemos entrevernos:

También cabe concebir la existencia del lector como un proceso de conversión en crisálida, como un estadio intermedio en el cual se introduce como si se encerrara en un capullo fabricado por el mismo […] que sólo abandona para ocuparse de las cosas más necesarias, pero prefiere pasar hambre a no leer. 

Cuando el lector es también escritor, todo se hace más enrevesado. Algunos, no obstante, aceptamos que lo primero nos define más que lo segundo. A fin de cuentas, leemos lo que queremos, pero solo escribimos lo que podemos.

Lolita de Tal

2 septiembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de septiembre de 2016.

Las lolitas (y sus menganos −pequeño homenaje al inolvidable Álvaro de Laiglesia−) son un venero que atraviesa, más o menos secretamente, la literatura desde tiempos antiguos.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

LOLITA DE TAL

Después de cuarenta años releo Lolita. Ahora el original. Soy verbólatra; el inglés virtuoso de Nabokov me entusiasma.

El lolitismo abunda en la literatura, pero con frecuencia de modo falsario. El asunto exige diferencia de edad entre las nínfulas y sus enfermizos admiradores.  Se es lolita por la mirada impúdica del hombre. Sin ella no hay lolitas; habrá niñas procaces, putillas pubescentes u ondinas que suliveyan con perjúmenes aún por llegar, pero no lolitas.

No es lolita la púber Annabel, con la que Humbert Humbert tuvo sus primeros tocamientos. Tenía las cualidades corporales y la edad para serlo, pero eran coetáneos.

No es lolita la inolvidable Ada, protagonista de la novela con la que Nabokov volvió al tema años después:

¿Era de veras hermosa, a los doce? ¿Deseaba —podría desear alguna vez— acariciarla? ¿Acariciarla realmente? Su negro pelo en cascada…

A diferencia de su predecesora, Ada no tiene un Humbert Humbert, sino un primo de parecida edad. Por eso no es, en lo fundamental, una lolita.

La salaz treceañera de Innocent World, de Ami Sakurai, tiene una relación sexual con su hermano de quince:

Takuya […] tenía una erección. Igual era culpa mía. Llevaba una camiseta muy escotada, sin sostén […] su cosa era sonrosada y límpida y me produjo una sensación extraña. Me la metí en la boca como si fuera lo más normal del mundo…

Aquí hay incesto y sexo puberal, pero falta la mirada de un hombre; no cualquiera, por cierto, pues, según Nabokov (que aquí miente):

Hay que ser un artista y un loco, una criatura de infinita melancolía […] para detectarlas a la primera…

¿Sería Fermín de Pas, de La Regenta, un hombre así? Allí sí hay un lolitismo que comenté hace poco:

…las niñas de ocho a diez años, anafroditas las más […] algunas rodeadas de precoces turgencias, que sin disimulo deja ver su traje de inocentes […] Mirando estos capullos de mujer, don Fermín recordaba el botón de rosa que acababa de mascar…

Escena que recuerda este fragmento de Lolita:

…orfelinatos y reformatorios donde se podía contemplar a pálidas pubescentes de pestañas legañosas con total impunidad…

Entre Wilhelm Meister y la pizpireta Mignon sí hay diferencia de edad:

Calculaba que tendría doce o trece años, su cuerpo estaba bien formado […] El maquillaje hacía que apenas pudiera distinguirse su broncíneo color de piel…

Pero tras un momento de ambigüedad, Goethe elimina de la historia estas posibles espinas. Lautréamont, en cambio, busca espinas y cenagales de putrefacción extrema:

Pasaba Maldoror con su perro de presa; ve a una chiquilla que duerme a la sombra de un plátano y cree, primero, que es una rosa […] Se desviste con rapidez […] Desnudo como una piedra se ha arrojado sobre el cuerpo de la muchacha…

No sigo, porque estamos en horario infantil.

Mircea Cartarescu da una curiosa razón de por qué a los hombres nos gustan las mujeres: Porque descienden de las niñas.

Quod erat demonstrandum, dirá el Humbert Humbert de turno. Ahora átenme esa mosca por el rabo.

Pagafantas del XVIII

19 agosto, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de agosto de 2016.

Último de esta pequeña serie que ha tenido en Goethe su eje principal. Hoy, un par de consideraciones sobre cuáles pueden ser las miradas de los lectores y cuáles son sus facultades, y unas breves anotaciones a la naturaleza del narrador.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PAGAFANTAS DEL XVIII

Madame Bovary se abre con un nosotros narrador: Estábamos en la hora del estudio… Alguien habla desde dentro de la escena, pero no es el protagonista, sino una voz anónima que cuenta lo que vio. Técnicamente es un narrador intradiegético-heterodiegético (¡sí, lo sé, qué le vamos a hacer!). Lo notable de él es que usa la primera persona del plural, como si hubiera un narrador colectivo.

Si tiro por aquí es porque me ha llamado la atención la estrategia narrativa de Goethe en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Me refiero, precisamente, al uso de un nosotros-narrador.

¿… quién sería capaz de expresar la alegría de dos amantes? […] nosotros también nos marchamos…

Y poco después: Ya es hora de que vayamos conociendo mejor a los padres de nuestros amigos…

¿Quiénes son nosotros? El que narra lo hace desde fuera de la historia; es omnisciente y, como tal, lo sabe todo de sus personajes; más que ellos mismos (la formulita narratológica es N>P).

**Digresión: Es el XVIII. La retórica clásica perdura. En ese ¿Quién se atrevería a describir…? reconocemos el archisabido tópico No encuentro palabras. Recordemos a Jorge de Montemayor:

Decir yo agora la vida que pasaba en su ausencia […] no sé si podré…

o los dos fabulosos versos del Orlando furioso de Ariosto, que casi supe de memoria:

 Chi mi darà la voce e le parole                                                                                                       convenienti a sì nobil suggetto…

Fin de la digresión.**

Ese nosotros de Goethe, a diferencia del de Flaubert/Bovary, se llama plural de modestia. Pura convención. Sin embargo, cuando leí esos pasajes fui presa de una súbita euforia porque, sin saber cómo, Goethe logra que su nosotros nos involucre. Más que de modestia, es de complicidad.

Como por ensalmo me sentí compinchado con ese narrador que acota las andanzas del joven Guillermo. Goethe nos secuestra de nuestro lugar de lectores y nos lleva con nosotros, o sea, con él, o sea, con su cuentacuentos, para que observemos juntos a Wilhelm Meister. Así, más que leer, vemos y contamos cómo

…dejó transcurrir las noches en el disfrute íntimo de su amor y dejó transcurrir los días a la espera de horas felices.

Y nos es dado oír en primera fila diálogos casi cervantinos:

—No encuentro que haya nada más útil en el mundo que sacar ventaja de las tonterías que hacen otros.

—Me pregunto si no sería un placer más noble salvar a los hombres de sus estupideces.

Y escuchamos a la vieja Bárbara enseñarle a Mariana cómo tener dos amantes:

Si amas a uno, que el otro pague; todo depende de lo hábiles que seamos para conservar a los dos.

¡Oh, las novelas de formación! ¡Ah, los cornamentados  pagafantas del dieciocho!

Estrambote: La sensación de ser un lector secuestrado ha sido un fugaz espejismo. Al empezar el Libro segundo, Goethe deshace el hechizo con un seco

Por eso no queremos detallar a nuestros lectores…

que nos pone de nuevo en nuestro sitio. Pero fue bonito mientras duró.