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Entonces dijo Gangleri

19 noviembre, 2017 — 1 Comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de noviembre de 2017.

Hay muchas formas de fragmentar los textos literarios: cantos, partes, volúmenes, estrofas. La novela escogió los capítulos como forma preferente de fragmentación. Pero ¿por qué se trocean las historias? ¿Hay una finalidad estética o narrativa además de la meramente funcional de facilitarle la vida al lector (y al novelista)?

La poética del capítulo es relativamente nueva. La lectura de La Voie aux châpitres, del canadiense Ugo Dionne, uno de los fundadores de la nueva disciplina, me llevó a llamar su atención sobre este asunto en mi brevería de cada viernes.

2017_11_17_Entonces dijo GangleriPara quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto: 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

ENTONCES DIJO GANGLERI

Acabo de leer las Memorias póstumas de Brás Cubas, de Machado de Assis, novela hecha de capítulos cortos.

A vueltas con los capítulos cortos recordé La alucinación de Gylfi, de Snorri Sturluson, tan amado por Borges. Rehojeé mi coqueta edición, leída hace tantos años, y ahí estaban, en efecto, esos cortos y brumosos fragmentos, muchos de los cuales empiezan con una fórmula que nunca he olvidado: Entonces dijo Gangleri.

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Gangleri, el Caminante, uno de los nombre de Odín

La fragmentación en capítulos es cómoda para los lectores y más aún para los novelistas, que con ella quedan dispensados de conseguir el continuum de la trama, algo que se corresponde más con la realidad que con la ficción. Eso, claro, no significa que construir una novela-mosaico con teselas, en vez de una novela-mastaba con grandes bloques (a lo Proust), sea tarea fácil. Es difícil, pero menos laborioso. Cuando los capítulos son largos, muchos novelistas recurren a la trampichuela de la fragmentación interior, mediante el doble espacio interlinear o el socorrido asterisco. Continuar leyendo…

Publicado en Málaga Hoy el viernes 13 de enero de 2017.

Baroja nunca fue un novelista de mi predilección, pero tiene su punto y cosas muy notables. Comento hoy una de ellas.

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2017_01_12_la-tinaja-de-dorotea

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

LA TINAJA DE DOROTEA

En El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, hay grandes momentos, como la escena en la que el atormentado protagonista —un joven Werther hispánico— se acuesta con su casera. Baroja logra que este pasaje nos sorprenda.

Ella también estaba turbada, palpitante. Andrés apagó la luz, y se acercó a ella.

Dorotea no resistió. […]

Al amanecer comenzó a brillar la luz del día…

Entre la luz que se apaga y la que nace, la elipsis que escamotea el coito. Pese a ello, la lectura de toda la escena produce tensión erótica.

Andrés no es un seductor Mañara. Ha comprendido tarde que se siente atraído por Dorotea y dispone ya de pocas horas para amarla y ser amado:

… está usted casada con un hombre que es un idiota… y a quien yo, como usted, engañaría con cualquiera.

—¡Jesús! […] ¡Qué cosas me está usted diciendo!

—Son las verdades de la despedida… Realmente, yo he sido un imbécil en no haberle hecho a usted el amor.

(En aquel tiempo, hacer el amor significaba cortejar). La respuesta de Dorotea, tiznada de reproche, revela que no se opondrá.

—¿Ahora se acuerda usted de eso, don Andrés? […]

—¿Qué me quiere usted? —dijo. […] soy una mujer honrada…

—Ya lo sé, una mujer honrada y buena, casada con un idiota. Estamos solos, nadie habría de saber que usted había sido mía.

(Digresión: tengo para mí que cuando se podían decir cosas como va usted a ser mía, follar daba más gusto). Sigue Andrés con una imagen algo convencional, pero hermosa y eficaz:

Mi corazón palpita ahora como un martillo de fragua.

Está permitido suponer que no era sólo el corazón lo que le palpitaba como un martillo.

La escena, brevísima, es poderosa por su impetuoso candor. Pero más interesante aún es su preparación. Una lectura rápida (y Baroja invita a ella, pues su desmayada sintaxis hace penosa una lectura atenta) nos puede hacer pensar que esa escena fue repentizada por el novelista.

No es así. Lo que pasa es que Baroja fue sutil al prepararla, es decir, al darle justificación novelística. Veinticinco páginas antes, Andrés observa a Dorotea coser cerca del pozo. Hay claveles y albahacas. Entonces piensa en su brutal marido:

«¡Que este bestia tenga una mujer tan guapa y tan simpática…!»

Una intimidad (que ni ellos mismos reconocían) había empezado a surgir aun antes, cuando él le pide una tinaja para poder tomar un baño diario; su diálogo puede leerse con doble sentido:

—¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?

—Sí, señor; ¿por qué no? […]

—¿Y de comer? […] ¿No quiere usted alguna cosa más?

Nada hace pensar que anide aquí una pulsión sexual, hasta que llegamos al momento en que, efectivamente, Dorotea le cede la tinaja. La escena es un tajamar que divide a los lectores. A este lado los ingenuos o los poco atentos; a este otro, los que atan cabos y recuerdan lo leído páginas antes.

He aquí lo que Andrés piensa de Dorotea, tras platicar de tinajas, baños y comidas:

La patrona era una mujer morena, de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante como el azabache.

Aunque la descripción sea anodina y convencional (¡ay, el azabache de marras!), justifica anticipadamente la posterior seducción y es, novelísticamente hablando, un acierto.

Lo mejor de todo esto: la sigilosa maestría con la que el novelista prepara la escena y nos conduce de puntillas hasta ella, muchas páginas después.