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Capulí

18 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 18 de noviembre de 2016.

Leamos un poema —y sus desvíos— de César Vallejo.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

CAPULÍ

Recítense despacio Idilio muerto, de César Vallejo:

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

 

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita

planchaban las tardes blancuras por venir,

ahora, en esta lluvia que me quita

las ganas de vivir.

 

Qué será de su falda de franela; de sus

afanes; de su andar;

de su sabor a cañas de Mayo del lugar.

 

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,

y al fin dirá temblando “Qué frío hay… Jesús!”

Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.

Pongamos que la poesía sea un desvío: desviar la lengua desde sus declaraciones más simples y directas a otras más complejas, veladas por figuras retóricas donde la ambigüedad prospera. Pongamos, con los neorretóricos, que el proceso sea este: el poeta parte del llamado grado cero y enmaraña la lengua, la desvía, y al hacerlo aparece la poesía; el lector la lee, la desenmaraña y la devuelve a su sencillez inicial.

Si así fuera, el grado cero de junco y capulí, podría ser delgada y dulce; las cañas del verso undécimo regresarían también al dulzor. El pájaro salvaje sería el poeta doliente. Unas palabras ambiguas sustituyen a otras evidentes. Son los desvíos (metasememas, dicen los neorretóricos, pidiendo bofetada).

¿Pero es necesario saber lo que es un capulí para que el verso nos llegue?

No. Los nativos de una lengua acudimos, sin darnos cuenta, a la introspección lingüística y aunque ignoremos que un capulí es un fruto andino, entendemos la intención secreta. Capulí nos lleva al reino vegetal, a capullo o a alhelí, y la i del final, a un mundo de ternuras infantiles y diminutivos maternales; así conectamos con la delicadeza del verso. Sin diccionario.

Da igual que celaje esté ahí a trompicones para poder calzar el salvaje final y que algunos, al verlo, piensen en el cielo y otros, saliéndose del diccionario, en celosías o, más aún, en celos. Funciona de maravilla en cualquier caso, no seamos aguafiestas.

¿Bizancio? Es Lima, la urbe opresora que contrasta con los Andes del primer verso (creo que lo observó Iwasaki); su sonido tiene eco en la sangre del verso siguiente. Bizancio y sangre, dos suaves sílabas con an que, al ser tónicas, se alargan en la boca.

El poema es un prodigio de cadencia y compás (noto la huella sonora del gran Rubén Darío), y conjura la tristeza que lo impregna —la del amor lejano, inalcanzable— con una rítmica alegría campanillera.

Del ritmo y el donaire que un Vallejo de triste figura llevaba dentro, da cuenta la aliteración, con jotas, del último verso (tejas, pájaro, salvaje) o este, de Telúrica y magnética:

¡Papales, cebadales, alfalfares, cosa buena!

Y de su capacidad para los desvíos, este otro:

Arriero, vas fabulosamente vidriado de sudor.

No hay más que añadir.

Enumeración

13 agosto, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy, el jueves 4 de agosto de 2016.

Un recurso retórico común. Bien empleado, puede sorprender.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

Enumeración

La retórica —uso persuasivo del lenguaje— ya no se estudia, pero sigue viva en libros y media, aunque los más no la vean, pues ignoran su rostro.

En Viaje a Italia, de Goethe, me he topado con ejemplos de una figura retórica común y fácil de reconocer: la enumeración, que consiste en desgranar una a una las partes de un todo. En literatura, claro, tiene un propósito distinto al del camarero que nos recita la lista de postres.

En un pasaje describe las artes y mañas de una jovencita amancebada —cabe suponer— con un viejo caballero inglés, a quien deleita posando sin cesar, con un peplo por toda vestidura, en mil y una insinuantes posturas:

En pie, de rodillas, sentada, acostada, seria, triste, burlona, extravagante, provocativa, contrita, amenazadora, temerosa…

Goethe logra que veamos y casi toquemos la salacidad de la situación entre la damita y el embobado vejancón (a quien después disculpa con el socorrido subterfugio del arte: Hamilton es un hombre de gusto sin fronteras, y, tras haber recorrido todos los reinos de la creación, ha llegado a una hermosa mujer, la obra maestra del gran artista). Ya. La inverecunda damita, por cierto, sería la famosa Lady Hamilton, de profesión dar que hablar y futura amante de Nelson.

La enumeración retórica tiene pedigrí. Así, el mismísimo Eclesiastés, que a la enumeración añade la anáfora:

Tiempo de nacer, y tiempo de morir; tiempo de plantar, y tiempo de arrancar lo plantado; tiempo de matar, y tiempo de curar; tiempo de destruir, y tiempo de edificar…

Las hay de muchos tipos. Entre las más vistosas están las llamadas enumeraciones caóticas. Borges, siguiendo a Whitman, las bordaba. En La suma concibe pintar:

…en la blanca pared el mundo entero:                                                                                               puertas, balanzas, tártaros, jacintos,                                                                                                  ángeles, bibliotecas, laberintos,                                                                                                              anclas, Uxmal, el infinito, el cero.

Cenit de la enumeración arbitraria (y desopilante), podría ser esta otra, también de Borges, donde se remeda la absurdidad del cosmos, en el que cualquier clasificación es conjetura:

Los animales se clasifican en a) pertenecientes al emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas.

Quiero probarme que se trata, como he dicho, de un recurso muy común. Abro al azar Opiniones de un payaso, que tengo junto a mí, y en poquísimos segundos, esto:

Hombres como mi padre deben tener siempre lo mejor: el mejor cardiólogo del mundo […]; el mejor crítico teatral […]; el mejor sastre, el mejor champán, el mejor hotel, el mejor escritor.

La enumeración es una respuesta al deseo que algunos tenemos de nombrarlo todo. Un vano intento, pero gozoso, de agotar el mundo. Soberbia de escritor que aspira a demiurgo.

 

 

Atroísmo

2 julio, 2016 — 3 comentarios
Publicado en Málaga Hoy, el viernes 1 de julio de 2016.

La novelista rusa Marina Palei no tiene miedo de meterse en un ortigal, porque sabe salir. La retórica, la vieja, desprestigiada y casi olvidada retórica, sigue ahí, a disposición de los escritores, tanto si conocen su teoría como si no, y acude en su rescate con sus figuras, sus mecanismos, sus recetas.

Da igual que el escritor no sepa qué figura ha usado, si es una antanagoge, una endíadis o un quiasmo. El buen escritor recurre a sus lecturas y a su oído y da con la clave salvadora.

Aquí, Palei se libra mediante un atroísmo (aunque sea un poco sui generis). La técnica de la escritora nos lleva al arte.

Leámoslo.

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AyestaMe topo, semiolvidado en mi librería, con Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, un breve relato (no llega ni a novela corta) que me depara media hora estupenda, seguida de otra media hora «dubitabunda».

No comparto el desmedido entusiasmo de los críticos seleccionados por la editorial para la contracubierta (Uno de los diez libros más importantes de la narrativa española del siglo XX, etc.), pero es, sí, un relato bonito (y he pensado bastante antes de elegir el adjetivo): original, fresco, sincera y hermosamente lírico, del gijonés Julián Ayesta, diplomático de carrera por otras señas. Se publicó en 1952 y, desde luego, en aquellos años fue una obra distinta y rara.

Se abre el libro con una evidente, casi enfática, «voluntad de estilo», soprendiéndonos con dos capítulos construidos sobre una extensísima —pero llevadera— polisíndeton (con perdón de la concurrencia). Estamos ante una narración en primera persona, pero una primera persona serpenteante y semicamuflada con la primera del plural y con un sujeto impersonal a veces. El narrador es un joven (muy joven, diríase) que narra vivencias familiares y sociales y un dulce primer amor que se desliza como de puntillas dentro de la historia, historia que no es, en realidad, tal, sino más bien una sucesión de descripciones y apuntes.

Toda la narración rezuma una visión queridamente naif, casi infantil, que a veces —hay que decirlo todo— resulta algo dulzona.

sorollaAyesta raya alto, con gran intensidad lírica y poética, en muchas descripciones de la naturaleza o de ciertas situaciones.He aquí un par de párrafos reseñables, con una técnica nerviosa que recuerda las pinceladas de los impresionistas:

Corriendo, entre viento, pasamos por zonas de sol amarillo, por sitios de sol más blanco, por calles de sombra azul y fresca, por sombra grisácea y caliente, por un olor a algas del mar, por olor a pinos, por olor a grasa de automóvil, por la calle de la señora de los perros con bata de lunares, por debajo del mirador del dependiente que canta ópera por las mañanas con el balcón abierto mientras se hace el nudo de la corbata…

Y algo más adelante:

El muelle estaba lleno de gaviotas. Los palos y las cuerdas de los barcos rebrillaban al sol de oro blancas, rojas, verdes. Hacía una brisa fresca y alegre. El cielo está azul, azul. Los cargadores dan gritos junto a las grúas. Un barco pintado de encarnado sale tocando la sirena.

O este pasaje a la vez visual y acústico:

Los cubiertos, entre el humo de los cigarros de los hombres, tintineaban como esquilas de un rebaño de cabras pastando vagorosas entre la bruma de la siesta. Era la siesta, toda mullida y tibia, toda desperezándose, adormilada a la sombra de los árboles en un bosque azul, en un país muy hondo, antes de Jesucristo. El comedor estaba en la penumbra y desde la oscuridad se oían las chicharras y los grillos que cantaban al sol y el ronrón del sol sobre los prados verdeamarillentos y el fragor fresquísimo de los robles cuando entraba una ráfaga de brisa azul y salada que venía del mar.

Hay muchas, muchas ráfagas de estilizado lirismo en este relato (El sol —¡el Sol!— roncaba sobre los manzanos), pero tanto esfuerzo de estilo parece que llega a fatigar al escritor, que cierra el relato con lo que se antoja ya casi un abuso de recursos retóricos y que nos deja en la boca un extraño y agridulce sabor después de tanta belleza:

chica playaNo hablamos más. Íbamos juntos, solos, entre el silencio del crepúsculo. Íbamos solos entre el silencio del mundo. Solos entre el silencio del tiempo. Solos para siempre. Juntos y solos, andando juntos y solos entre el silencio del mundo y del mar y del mundo, andando andando. Y todo era como un gran arco y nosotros lo íbamos pasando y al otro lado estaba nuestro mundo y nuestro tiempo y nuestro sol y nuestra luz y nuestra noche y estrellas y montes y pájaros y siempre…

Es entonces, al llegar al final, a ese final, tras haber recorrido 88 páginas que en ocasiones parecen un catálogo de figuras retóricas (epanáforas, anadiplosis, la mencionada polisíndeton…) cuando uno se empieza a preguntar si tanto lirismo no habrá llegado a volatilizar el relato en una columna de humo y de nada: azúcar impalpable, polvitos de la Madre Celestina. Puff… fuese y no hubo nada. ¿O sí hubo?

Con tanto, pero tanto, pero requetetanto estilo, estas cosas a veces pasan.