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Publicado en Málaga Hoy el viernes 24 de marzo de 2017.

Mi homenaje al gran Derek Walcott, recién fallecido.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

WALCOTT EL CARIBEÑO

El viernes pasado, 17 de marzo de 2017, murió el poeta y dramaturgo Derek Walcott a los 87 años. Era caribeño, de Santa Lucía (islas de Barlovento), hijo de británico, nieto de esclavos. Conozco esa parte del mundo, Aruba, Curazao, Bonaire, donde tuve amoríos y tragos de ron y amaneceres radiantes y amé a Marelva y me quiso Mirena. Quizás por eso sus versos resonaron en mí en cuanto los leí.

Lo primero que conocí de él fueron unos poemas sueltos de su libro The Arkansas Testament. Me impresionaron. Recuerdo (no tengo el libro) emocionantes imágenes de estrellas que punzan el firmamento y noches con aliento de ron blanco. Siempre entretejo aquellos versos con canciones de Belafonte, el dandi del Caribe.

Después leí Omeros, un largo poema épico de 400 páginas cuyo título reivindica la tradición de Aquiles y Ulises —a Santa Lucía se la conoce como la Helena de las Indias Occidentales, por la de veces que cambió de dueño—. Homero en el título, Dante en la composición —en una especie de tercetos— y en su lectura, sal marina, algas y yodo.

Me entristeció la muerte del poeta y al llegar a casa volví a ojear el libro, después de muchos años.

No es una reseña, lo que sigue, ni crítica ni análisis. Sólo un pequeño homenaje trenzado con algunos de los versos e imágenes que subrayé en mi edición bilingüe, con una magnífica versión española del mexicano José Luis Rivas.

Y una garceta pesca al acecho en los juncos con oxidado grito […]

Y el silencio es aserrado en dos por una libélula

[…]

Mientras anguilas trazan su firma por la clara arena del fondo,

Cuando la aurora aguza la memoria del río…

La naturaleza bulle ya en el primer capítulo. El chillido de la garceta es metálico; las anguilas y la libélula surgen en metáforas bellísimas. ¿Habíamos notado que el fuerte aleteo de una libélula en  la callada tarde suena, en efecto, como un serrucho? ¿Qué las anguilas son calígrafas?

Los mosquitos son escupidos dardos y cuando se los mata de un manotazo, se convierten en aplastados asteriscos. **. Qué imagen asombrosa, precisa, y cómo incorpora astutamente la tipografía a la naturaleza (muerta). Tengo en mis libracos varios de estos asteriscos, que ya no raspo de las páginas. Ahí se quedan hasta el fin de los días, honrando a Derek Walcott.

Una golondrina surca el oleaje de las nubes, por encima de las montañas azules de las olas.

…the swift crossing the cloud-surf […] confused by the waves of blue hills.

En el mundo isleño y oceánico de Walcott, la cólera de los gallos (la cólera del pelida Aquiles) es ondulante y sus:

…gritos crujían como tiza roja […] dibujando cerros en una pizarra

Hay una gran naturalidad poética y una envidiable facilidad en este recurso retórico a la sinestesia, donde los sonidos son colores y se convierten en artistas.

Las nubes se esponjaban como hogazas. La exuberante naturaleza no detiene su quehacer y dos mirlos reñían durante el desayuno. Después, un lagarto sobre el dique disparó la fecha de su pregunta.

Walcott nos regala infinidad de imágenes abiertas, para que las veamos a nuestro antojo. ¿Son los muelles los cuernos grises de un puerto?

Son horas de milagros y aventura las que pasamos, gozosamente arropados por estos miles de versos, junto a Aquiles y Filoctetes y Ma Kilman, la dueña del No Pain Café, y tantos otros caribeños que pueblan sus páginas.

Es un libro muy hermoso. Gracias, Derek Walcott.

Ai

18 febrero, 2017 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de febrero de 2017.

En japonés, Ai significa amor (aunque también existe la palabra koi con parecido significado). He aquí algunas notas sobre un maravilloso cuento de Yasushi Inoue, titulado Sekitei (Jardín de rocas), que se incluyó en una recopilación de tres relatos sobre las cosas del amor.

2017_02_17_ai

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

AI

El jardín de rocas es un cuento inquietante del japonés Inoue Yasushi, de belleza etérea y minuciosa técnica. Se incluyó en una recopilación titulada Amor Ai en japonés—y no me consta que lo tengamos traducido.

Unos recién casados van a Kioto en su luna de miel. Se aman y su ternura nos alcanza:

A cualquier cosa que dijese, Mitsuko respondía con pequeñas exclamaciones de alegría y sus ojos resplandecían de felicidad.

Uomi había estudiado en Kioto y quería enseñarle la ciudad a su joven esposa. Decide llevarla al jardín de rocas de Ryoanji. De camino, algo repentino sucede; Mitsuko habla…

Pero su voz apenas si rozó el oído de Uomi y fue a perderse en la lejanía.

Había pasado una semana desde que empezaron el viaje de novios y por primera vez el corazón de Uomi se alejaba de su adorable esposa.

Esta revelación llega por sorpresa, salvo si uno ha caído en la cuenta de un detalle: la distancia mutable. Poco antes

Uomi y Mitsuko caminaban uno al lado del otro…

Un párrafo después

Mitsuko […] andaba despacio unos pasos detrás de él.

Pronto vemos que no sólo las distancias cambian, sino también el tiempo. Primero hay una contracción: pensaban pasar cinco días en Kioto, pero su estancia se redujo a uno solo. Después, el autor encadena dos analepsis (flash backs, si prefieren el inglés al griego) para llevarnos a la juventud de Uomi. Desde la historia principal retrocedemos trece años para presenciar la disputa de dos amigos por el amor de Rumi y luego reculamos dos años más para ver cómo se conocieron los tres. Volvemos a saltar adelante esos dos años y nos metemos en una aceleración del relato, mediante una elipsis de tres años y, por fin, tras estos paseos temporales, regresamos a la historia principal. Meter quince años en una docena de páginas, sin que nada chirríe, requiere un gran virtuosismo narrativo.

También en esos saltos cronológicos ha habido mutaciones de la distancia entre Uomi y Rumi, en este mismo jardín de rocas en el que ahora están los recién casados:

…vagabundearon sin meta por el recinto del templo, donde aún no habían florecido los cerezos, manteniendo entre ellos casi un metro de distancia.

Ahora los sentimientos de Uomi por Rumi se habían enfriado…

Uomi recurre a la brutalidad de un insincero te odio, para cortar de una vez por todas con Rumi, y vemos —tremendo símil— que la sangre abandona los labios de la despechada joven, en los que aparece:

Un blancor siniestro que recordaba el vientre de un pez.

Pero que no haya malos entendidos: todas las tecniquerías y tretas, todas esas analepsis y elipsis, no le hurtan nada a la lectura; tan sólo hacen posible la admirable economía de un relato que nos habla del amor en nuestras vidas, de dudas, de confusiones, de perplejidad, de incertezas y de ciclos que se repiten, sin que sepamos cómo manejarlos. El propio cuento es pura incertidumbre y llegamos a su conclusión sin entender bien por qué ha pasado lo que ha pasado, pues todo gira en torno a Uomi, excepto el final. ¡El final es de Mitsuko!

Discúlpenme si no revelo nada más. Mis labios están sellados.

Queridos segundones

12 febrero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 10 de febrero de 2017.

A veces, los personajes secundarios de la literatura tienen mucho que decir.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

QUERIDOS SEGUNDONES

¿Qué les pasa a los personajes secundarios de la literatura cuando hacen mutis por el margen? ¿Qué va a ser de ellos? Un buen lector puede imaginar novelas enteras protagonizadas por estos comparsas fugaces.

Tolstói lleva lejos su cariño hacia los secundarios y pone su atención hasta en personajes que sólo aparecen para abrir una puerta o afilar una guadaña: uno era un buen bailarín, otro era diestro en aparejar caballerías, aquella se ocupaba con esmero de la educación de sus hijos. Ningún personaje es anónimo o sin alma, para Tolstói; de ellos siempre nos da detalles que sobrepasan la nimiedad de sus acciones o lo ancilar de sus funciones.

He aquí algunos de los personajes que revolotean a menudo por mi cabeza:

El enano Fajardo es un siniestro tipo que sale en La noche, novela corta y circense de Antonio Soler que nos hace pensar en la inolvidable película Freaks (La parada de los monstruos), de Tod Browning. En un texto que entrelaza la intensidad poética con la sordidez, destaca este malaje:

El enano Fajardo avanzó un paso más y se metió de lleno en el baño de luz. Tenía los ojos con más agua de lo acostumbrado […] un tipo como Fajardo, cicatriz y hiel, enano.

Desde que irrumpe en la historia no podemos zafarnos de su presencia maligna. Y, por cierto, su poder de seducción le debe mucho a su nombre (gran tema, este de los nombres novelescos) y al sintagma que nos coloca el escritor ante los ojos, el enano Fajardo, que se fragua enseguida como una yunta indestructible y enano como un epithetum constans (atención, gramáticos), sin el cual Fajardo no puede ya existir. Fajardo es el enano como Kautsky es el renegado (atención leninistas).

Celedonio es el repulsivo monaguillo que abre y cierra La Regenta. Dice Clarín, nada más empezar:

Celedonio, hombre de iglesia, acólito en funciones de campanero […] ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída […] escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela.

Sombría descripción que nos conduce de nuevo a él, novecientas páginas después, en la última escena. Con la hermosa Regenta desmayada en el suelo de la catedral, Clarín retuerce el cuento del príncipe convertido en rana y redimido por un beso:

Celedonio sintió un deseo miserable, […] inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba nauseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Clarín consigue que este tipejo se nos haga nauseabundamente inolvidable, aunque nunca me ha parecido que este final llegue a la altura de tan gran novela.

Y por fin déjenme hablarles del hada Campanilla. Me leyeron Peter Pan, del escocés J. M. Barrie, un par de años antes de ver la película. Los de Disney se inventaron una campanilla hipersexualizada que con su figurín de diminuta Lolita y sus polvitos mágicos ha excitado la lubricidad de más de cuatro adultos retorcidos que yo me sé. Barrie, más sutil (y con los cánones eróticos preanoréxicos de principios del XX), enmarca el erotismo edénico de un vestidito de hoja, en una figura rellenita (embonpoint, dice con gracia afrancesada en el original):

… Campanilla, primorosamente vestida con una hoja, de corte bajo y cuadrado, a través de la cual se podía ver muy bien su figura. Tenía una ligera tendencia a engordar.

Tintineando de aquí para allá, convirtiéndose en un símbolo travieso y alado de los celos (casi tan real como el mismísimo Otelo), el hada Campanilla entra en nosotros para no abandonarnos nunca más, así pasen los lustros y las décadas. Ellos y mil más son mis queridos, queridos segundones de la literatura.

Punto final

28 enero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 27 de enero de 2017.

Quien empiece a escribir una novela debe saber que habrá de terminarla. Que se lo piense dos veces.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

PUNTO FINAL

La diarrea de Yukiko duró todo el día veintiséis y fue un problema en el tren a Tokio.

Con este chaparrón de realidad acaba Las hermanas Makioka, de Junichiro Tanizaki.

Los principios de las novelas se trabajan con el ímpetu de lo nuevo, pero mantenerlo hasta el final no está al alcance de todo novelista. A veces el autor, agotado, no sabe sacudirse la araña de encima y zafarse de la tortura, cerrar la historia y dejar, por fin, de escribir.

Graham Greene apostrofa al Hacedor en el final de The End of the Affair, pero igual estaba pensando en la novela:

¡Oh, Señor! Ya has hecho bastante. Ya me has quitado bastante. Estoy demasiado viejo y cansado para aprender a amar; déjame en paz de una vez.

Del final de una novela no espero lecciones ejemplares ni resúmenes fulgurantes. Le exijo que no eche el cerrojo dejándome fuera, que la narración no termine con el punto final, sino que siga acompañándome mucho tiempo. Busco que me impida salir de la novela, si es que ha sido una obra de arte y no un expediente editorial.

En la colosal En busca del tiempo perdido, Proust remata la proeza de haber escrito siete volúmenes, con una increíble vuelta-a-empezar. ¿Qué leemos en las últimas páginas de una obra que tiene un millón y medio de palabras? Que por fin ha llegado el momento de ponerse a escribir. ¿Pero escribir qué? ¡Pues la obra misma que estamos terminando tras meses de lectura!  Es el movimiento circular más asombroso de la historia de la novela; la macropescadilla narrativa.

Y por fin realizaría lo que tanto había deseado en mis paseos por la parte de Guermantes […] acostumbrarme para siempre a la idea de acostarme sin besar a mi madre…

Con esas palabras volvemos al mismísimo comienzo de la novela. Además Proust no renuncia a ser Proust: el final no es aquí una frase brillante sino muchas páginas densas donde desmenuza el plan de la obra —que acabamos de leer, pero que va a ponerse a escribir, ¡abracadabra!—.

Pero hablamos de finales y hay que darle a John Steinbeck la última palabra. En Las uvas de la ira los Joad, azuzados por la Gran Depresión, han padecido mil penalidades en su migración a California. Rose of Sharon, quebradas sus esperanzas, ha perdido a su hijo en el parto; en un granero encuentra a otro desgraciado que agoniza de hambre, y entonces surge la literatura:

Se recostó a su lado lentamente. Él movió despacio la cabeza a un lado y otro. Rose of Sharon aflojó un lado de la manta y descubrió un pecho. «Hazlo», dijo. Se acercó más a él, contorsionándose, y atrajo hacia sí la cabeza. «Toma», dijo. «Así». Pasó la mano por detrás y le aguantó la cabeza. Los dedos se movían suavemente entre el pelo del hombre. Levanto la vista y contempló el granero, y sus labios se juntaron en una sonrisa misteriosa.

No sabemos si las tetas de Rose of Sharon eran aún pétreos cántaros u odres exangües, si su leche sabía al néctar de la cabra Amaltea o si se había agriado por la pena, si sus pezones eran pálidos y dulces como delicias turcas, o de esos otros, fieramente oscuros, que atraen con su altiva protuberancia la boca de los lactantes de cualquier edad. La fuerza rabiosamente humana de la escena se impone a cualquier ensoñación lasciva.

Qué grandeza literaria, concebir este final, que entre lo tremendo y lo escabroso nos lleva a pensar en el renacer de la vida y en la capacidad de la especie para la compasión y la ternura.

 

Más sobre Steinbeck aquí, aquí y aquí

Más sobre Proust, aquí. aquí, aquí y aquí

Reapariciones

22 enero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 20 de enero de 2017.

Cuando un personaje de una novela reaparece en otra, algo importante pasa en la psicología del lector. veamos qué:

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

REAPARICIONES

En las novelas los personajes aparecen; nos los van presentando los narradores o se presentan ellos mismos:

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.

Así quiso Cela que se nos apareciera Pascual Duarte.

Pero a algunos personajes les va la marcha y, no contentos con aparecer, reaparecen. Es un procedimiento novelístico —casi un truco de trilero, en verdad— de extraordinaria eficacia, que siempre me ha cautivado: la reaparición. Esa eficacia es, sobre todo, de orden emocional, como espero demostrar.

De entre los escritores que lo han utilizado, destaca el colosal Balzac. Muchos novelistas posteriores lo aprendieron de él. Vautrin, del que se dice que fue el primer personaje gay de la literatura francesa, sale en varias novelas de la Comedia humana: El tío Goriot (lo prefiero a Papá Goriot), Las ilusiones perdidas, Esplendor y miseria de las cortesanas; en otras no sale, pero se lo nombra, como en La prima Bette.

Roland Barthes dijo, atinadamente, que una de las cosas por las que Proust pudo escribir En busca del tiempo perdido fue el descubrimiento de este procedimiento balzaquiano.  También Galdós gusta de esta técnica: las Porreño, por ejemplo, aparecen en La fontana de oro y también en Un faccioso más y algunos frailes menos. Ernesto Sábato saca en Abaddón el exterminador a personajes que conocimos en Sobre héroes y tumbas. Hay ejemplos a docenas.

Este recurso novelístico, que trenza unas novelas con otras y crea vastos mundos, no se ha quedado recluido en la literatura. ¿Qué, si no, son los famosos spin offs, por los que un personaje secundario de una serie televisiva se convierte en el protagonista de otra? (Frasier Crane, psiquiatra con ínfulas de dandi, era un parroquiano del bar de Cheers).

La teoría subraya la importancia estructural del procedimiento, su influencia en la organización de las tramas y cosas así. Pero para mí, la importancia del invento es otra, a saber: el poderoso efecto que tiene en el lector y su psicología.

Descubrí de pequeño el impacto de esta técnica. El gran Hergé la utiliza profusamente en Tintín. No sólo Tornasol vuelve una y otra vez a las distintas historias (mas no a todas, y por eso es aún más eficaz), sino que lo hacen también muchos segundones inolvidables: el pelmazo Serafín Latón, el coronel Sponz, el malvado Müller, el pérfido Gorgonzola, el avieso Allen, el timorato Wolf o el entrañable carnicero Sanzot.

¡Qué emoción, encontrar en una novela a un personaje (por execrable que sea) que hemos conocido en otra! Es el júbilo del reconocimiento y la complicidad.

Desde mis queridos Tintines, siempre he tenido la misma sensación al leer a novelistas que usan esta formidable treta narrativa. Es como reencontrar a un viejo conocido. De pronto ya no somos simples lectores, sino compañeros de viaje; ya no somos unos advenedizos, sino que estamos en el ajo de las cosas. Su presencia nos agarra de las solapas y nos mete dentro de la novela: nos convertimos en lector/personaje, porque siempre hay un momento en que esos queridos reaparecidos interrumpen lo que están haciendo, se vuelven hacia nosotros y nos guiñan un ojo: ¿Se acuerda de mí? Yo sí me acuerdo de usted. Vamos, pase; sígame.