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Ai

18 febrero, 2017 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 17 de febrero de 2017.

En japonés, Ai significa amor (aunque también existe la palabra koi con parecido significado). He aquí algunas notas sobre un maravilloso cuento de Yasushi Inoue, titulado Sekitei (Jardín de rocas), que se incluyó en una recopilación de tres relatos sobre las cosas del amor.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

AI

El jardín de rocas es un cuento inquietante del japonés Inoue Yasushi, de belleza etérea y minuciosa técnica. Se incluyó en una recopilación titulada Amor Ai en japonés—y no me consta que lo tengamos traducido.

Unos recién casados van a Kioto en su luna de miel. Se aman y su ternura nos alcanza:

A cualquier cosa que dijese, Mitsuko respondía con pequeñas exclamaciones de alegría y sus ojos resplandecían de felicidad.

Uomi había estudiado en Kioto y quería enseñarle la ciudad a su joven esposa. Decide llevarla al jardín de rocas de Ryoanji. De camino, algo repentino sucede; Mitsuko habla…

Pero su voz apenas si rozó el oído de Uomi y fue a perderse en la lejanía.

Había pasado una semana desde que empezaron el viaje de novios y por primera vez el corazón de Uomi se alejaba de su adorable esposa.

Esta revelación llega por sorpresa, salvo si uno ha caído en la cuenta de un detalle: la distancia mutable. Poco antes

Uomi y Mitsuko caminaban uno al lado del otro…

Un párrafo después

Mitsuko […] andaba despacio unos pasos detrás de él.

Pronto vemos que no sólo las distancias cambian, sino también el tiempo. Primero hay una contracción: pensaban pasar cinco días en Kioto, pero su estancia se redujo a uno solo. Después, el autor encadena dos analepsis (flash backs, si prefieren el inglés al griego) para llevarnos a la juventud de Uomi. Desde la historia principal retrocedemos trece años para presenciar la disputa de dos amigos por el amor de Rumi y luego reculamos dos años más para ver cómo se conocieron los tres. Volvemos a saltar adelante esos dos años y nos metemos en una aceleración del relato, mediante una elipsis de tres años y, por fin, tras estos paseos temporales, regresamos a la historia principal. Meter quince años en una docena de páginas, sin que nada chirríe, requiere un gran virtuosismo narrativo.

También en esos saltos cronológicos ha habido mutaciones de la distancia entre Uomi y Rumi, en este mismo jardín de rocas en el que ahora están los recién casados:

…vagabundearon sin meta por el recinto del templo, donde aún no habían florecido los cerezos, manteniendo entre ellos casi un metro de distancia.

Ahora los sentimientos de Uomi por Rumi se habían enfriado…

Uomi recurre a la brutalidad de un insincero te odio, para cortar de una vez por todas con Rumi, y vemos —tremendo símil— que la sangre abandona los labios de la despechada joven, en los que aparece:

Un blancor siniestro que recordaba el vientre de un pez.

Pero que no haya malos entendidos: todas las tecniquerías y tretas, todas esas analepsis y elipsis, no le hurtan nada a la lectura; tan sólo hacen posible la admirable economía de un relato que nos habla del amor en nuestras vidas, de dudas, de confusiones, de perplejidad, de incertezas y de ciclos que se repiten, sin que sepamos cómo manejarlos. El propio cuento es pura incertidumbre y llegamos a su conclusión sin entender bien por qué ha pasado lo que ha pasado, pues todo gira en torno a Uomi, excepto el final. ¡El final es de Mitsuko!

Discúlpenme si no revelo nada más. Mis labios están sellados.

Carcassonne

31 diciembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de diciembre de 2016.

A propósito de un relato de William Faulkner y de algunas ideas de Derrida.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CARCASSONNE

A los escritores poderosos les bastan pocas páginas para imponerse. Lo hace Faulkner en todo lo que escribe y lo he revivido en Carcassonne, su relato más enigmático.

Sabemos por Derrida que un texto se entiende al establecer sus diferancias con otros textos. La diferancia es más que la diferencia; hace que un texto difiera de otros, pero además aplaza su significado: no sabemos lo que significa hasta verlo en relación con otros, o sea, en su contexto. El significado se posterga, expuesto a nuevos hallazgos que cambiarán nuestra interpretación. Derrida lo expresó con la formulita il n’y a pas de hors-texte (no existe lo fuera del texto).

Al recordar lo de diferancia, abandoné el propósito de tratar Carcasona como texto independiente y decidí conformarme con no ensayar una interpretación general de su sentido.

Empiezo por consignar que el extraño título aparece también en su novela Absalón, Absalón:

…crea dentro de su propio ataúd sus fabulosas y descomunales Carcasonas y Camelots…

(¿Cómo no relacionarlo con carcass, que en inglés es carcasa, cadáver en descomposición?).

Faulkner es un fastuoso estilista, como Nabokov; pero mientras que el ruso tiene una brillantísima voluntad de manierismo y linea serpentinata, el avasallador estilo de Faulkner no es una vestidura, sino su piel misma.

Carcasona es un diálogo entre el espíritu de un artista y su esqueleto. Cuento raro, pero sin salirse del tortuoso universo del autor.  Así, en el cuento Música negra estamos en la localidad de Rincón:

…allí donde cae la violencia de la sombra en pleno día y la violencia de las estrellas grandes en plena noche.

Cuatro relatos después, en Carcasona, seguimos ahí:

Rincón continuaba sus actividades fatales, secretas, nocturnas, con las que ventanas y puertas iluminadas se sucedían como manchurrones aceitosos que hubiesen dejado brochas anchas y demasiado cargadas.

¡Qué portentosa imagen! El pueblito en la oscuridad y las ventanas iluminadas por la luz eléctrica. Vistas de lejos son de un amarillo craso, como si alguien hubiera pasado a pintar rectángulos verticales en las paredes con brochazos de aceite. Tras las ventanas hay vidas de las que nada sabemos.

Además de las majestuosas metáforas, el recurso de estilo más llamativo es la repetición. Faulkner no tiene empacho en repetir imágenes que considera importantes. Dos veces vemos un peligroso deslizamiento:

El techo de la buhardilla caía por la ruinosa pendiente hasta el alero bajo.

Y poco después:

…la luz del día, con su grisura, caía por la pendiente hacia el ruinoso borde del alero.

Hay pasos furtivos:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies pequeñitos…

y otros más:

…tamborileo fantasmal de pasos de unos pies diminutos…

Por dos veces oímos al inquieto espíritu del poeta rebelarse contra el fatalismo de su esqueleto:

«Desearía hacer algo», dijo en la oscuridad, formando las palabras con los labios sin emitir sonidos…

Y de nuevo, con enfático polisíndeton: Deseo hacer algo osado y trágico y austero…

(Aquí me vino a la memoria lo del Rey Lear: Voy a hacer cosas terribles, aún no sé cuáles…).

Ese juego especular de imágenes, que le da al texto un ritmo grave y metafísico, es anunciado desde el fabuloso comienzo, que se repite al final:

Y yo sobre un bayo con ojos de electricidad azul y crines como fuego enmarañado, galopando cuesta arriba y raudo hacia el alto cielo.

Carcasona es como todo lo de Faulkner: grandioso, afilado… y difícil. Conviene saberlo.

Colorín colorado

26 diciembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 23 de diciembre de 2016.

«¡Menudo cuentista!», decimos de quien se muestra prolijo en explicaciones e innecesariamente palabrero. Decimos mal. Antes habría que tildarlos de novelistas. El cuento, justamente, es economía, rumbo firme y derecho, poda de lo prescindible.

Así lo demuestra Hans Christian Andersen en una pequeña joya, El Abeto, que comento hoy.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

COLORÍN COLORADO

Andersen fue un danés muy alto que tiene una estatua en Málaga y que escribía cuentos.

Es el género de la difícil brevedad. Mientras la novela se bifurca y rebifurca, el cuento marcha derechito hacia su predestinado final, sin tiempo de enredarse. En seis páginas, El abeto nos presenta la historia de un arbolito quejicoso que anhelaba otro destino. Le fue concedido.

…el pequeño abeto estaba muy ansioso por crecer […] este abeto que nunca estaba satisfecho y que estaba siempre queriendo marcharse.

Como muchos cuentos, El abeto se articula mediante una conocida figura retórica: la prosopopeya, o sea, atribuir cualidades humanas a lo no humano. Oiremos hablar a pinos, abetos y abedules, a liebres, golondrinas y cigüeñas, a los rayos del sol, al viento, al rocío, a unos ratoncitos y a la doliente corteza de los árboles. Así soñaba nuestro ingenuo abeto, cuando era tierno y ansiaba crecer:

Los pájaros construirían nidos entre mis ramas y cuando soplara el viento me inclinaría aristocráticamente…

El arbolillo no sabía (porque John Lennon aún no lo había dicho) que la vida es eso que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes. El despliegue de la trama es admirable por su sencillez y, aunque resabiados como somos, adivinemos adónde irá a parar todo, leemos la historia con ese arrobo que, por unos momentos, nos hace mejores de lo que somos.

A su manera, Andersen se sale de la estructura de muchos cuentos folklóricos (étnicos, en jerga hodierna). Si la prosopopeya lo engarza con la tradición, la ausencia de un villano lo singulariza. Aquí no hay un malvado que cause la desdicha del protagonista; esta llega por su propia candidez.

Andersen conoce la importancia de los detalles; así, mientras que los abetos grandes caían con estruendo y crujidos al ser talados, nuestro protagonista:

…cayó con un suspiro sobre la tierra,…

Caer con el suspiro de la inocencia nos dice más del arbolillo que un tratado de botánica.

Andersen sabe exhibir una maestría a lo Flaubert, como en esta descripción de un hogar navideño, lograda mediante una mimada enumeración:

…llevaron al abeto a una sala grande y bonita. Por las paredes colgaban retratos y en la gran chimenea de azulejos había grandes jarrones chinos con leones en las asas. Había mecedoras, sofás de seda, grandes mesas llenas de libros ilustrados y de juguetes que valían muchos táleros…

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H. C. Andersen en Málaga

 

Con una prosa casi pictórica y unos pocos elementos, Andersen nos hace ver la sala y comprenderla, a ella y a sus dueños.

Cuando empiezan a decorarlo —cien velitas rojas azules y blancas quedaron sujetas en las ramas, parecían vivas como personas—, nuestro inquieto abetito se pone nervioso, excitado, y Andersen nos lo transmite con esta portentosa imagen:

…la corteza le dolía de pura ansia, y el dolor de corteza es tan malo para un árbol como el dolor de cabeza para nosotros.

El final no nos sorprende, pero eso nada estropea: terminadas las fiestas, el hacha lo convirtió en leña.

Antes que te derribe, olmo del Duero // con su hacha el leñador […] antes que rojo en el hogar, mañana // ardas de alguna mísera caseta…

…recelaba Machado. Y cuando ya el abetito ardía debajo del caldero:

Suspiró profundamente […] Y el árbol se quemó por completo. Ahora se había acabado todo, y el árbol se había acabado, y también el cuento.

Felices los que pueden elegir en qué hoguera crepitar por última vez.

 

EIL

2 octubre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 30 de septiembre de 2016.

Elegir quién cuenta una historia es una de las primerísimas tareas del escritor. Una vez elegido el narrador o los narradores, hay que decidir de qué manera la cuentan.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

EIL

Así empieza El violín de Rothschild, de Chejov. (La numeración es mía):

(1) Érase un pequeño pueblo, menos que una aldea, habitado mayormente por viejos; (2) estos se morían tan de tarde en tarde que resultaba un verdadero fastidio. (3) El hospital y la cárcel necesitaban muy pocos ataúdes. (4) En una palabra: el negocio iba mal.

El cuento es tan rico como breve. Un viejo carpintero odia a los judíos, toca el violín y vive lamentando sus pérdidas económicas —después intuiremos que son también de otra especie—. Al morir su mujer recupera el recuerdo de una hijita muerta que había apartado de su memoria para protegerse del dolor. Antes de morir él regala su violín a un flautista judío. Entre esa escueta osamenta de sucesos, todo lo demás.

Estoy con Amos Oz: lo asombroso del cuento es su milimétrico equilibrio entre lo ridículo y lo desgarrador. Si lo leen, lo verán enseguida.

Este llamativo comienzo es interesante por representar una forma extrema del llamado estilo indirecto libre (EIL). En esta manera de contar historias, el narrador se zambulle dentro del personaje y usurpa su voz. Otra forma de verlo es al revés: más que ser poseído, el personaje se rebela y destierra al narrador tradicional. Pero esa distinción entre voces (focalizaciones, si nos ponemos estupendos) no es siempre evidente; no siempre hay certeza de quién habla; la voz que cuenta la historia va y viene de uno a otro; hay pelea entre narradores, un quítate tú para ponerme yo.

He dividido el párrafo en cuatro partes. En la primera habla un narrador externo. En la segunda y la cuarta oímos al viejo cascarrabias quejándose de su suerte; esas valoraciones de lo contado —un verdadero fastidio y el negocio iba mal— nos chivan el cambio de voz. En la tercera parte podemos oír a quien nos dé la gana. Los vaivenes entre narrador y personaje se producen sin previo aviso.

Flaubert nos da un ejemplo más claro de este recurso en Madame Bovary. Las partes en naranja son la voz de la protagonista:

Dejó la música. ¿Para qué tocar? ¿Quién iba a escucharla? Ya que nunca iba a poder dar un concierto en un piano de Erard vestida con un traje de terciopelo con manga corta dejando correr los dedos ligeros sobre las teclas de marfil […] no valía la pena molestarse en estudiar. Metió en el armario las carpetas de dibujo y su labor de tapicería. ¿Para qué? ¿A santo de qué? La costura la ponía nerviosa.

Las minúsculas podrían ser la voz de un narrador externo, pero impregnada del personaje, que parece articular sus pensamientos. Oímos a uno, a otro y hasta a los dos a la vez de manera maravillosamente difusa. La narración flota, fluctúa, es todo menos plana y lineal. Andamos cerca del monólogo interior y del flujo de conciencia. Otras técnicas, otro asunto.

El estilo indirecto libre nos recuerda que un novelista trabaja, al menos, con tres lenguajes: el suyo, el de los personajes y el del mundo, que prefigura la historia antes de ser escrita. El buen novelista hace con ellos juegos malabares, sin que ninguno se le caiga.

Minucias

7 enero, 2015 — Deja un comentario

Un reciente tuit en mi TL me ha recordado un breve cuentecillo que escribí en una nevada mañana danesa, de hace un par de años, y que evoca una situación que podríamos estar viviendo nosotros, sin darnos cuenta. 

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MINUCIAS

La insufrible de doña Ludmila volvió a importunarlo de buena mañana con sus gritos destemplados y sus histerias de vieja. Ahora había subido a quejársele de la ropa tendida, que goteaba demasiado y mojaba la suya cuando ya estaba casi seca; ayer, venga golpear el techo con el palo de la escoba, gritando enfurecida por el ruido que hacía al mover las sillas. ¡Pero qué ruido ni qué ruido! ¡Estúpida vieja! Qué ganas de encontrar otro apartamento para no tener que aguantar más a esa tarasca.

Y si no, el malasangre del casero. «Hágame el favor de no volver a retrasarse en el pago de la renta, don Vladimiro, o aténgase a las consecuencias. Ya van tres meses que…».

Bueno, mejor sería apartar todas esas molestias de la cabeza. Hoy tenía mucho que hacer. Lo primero, terminar la correspondencia pendiente, que ya empezaba a amontonársele más de la cuenta. ¡Qué se le iba a hacer! Era perezoso con eso de escribir y encima el cartero solía retrasarse, con lo que las cartas destinadas a él también le llegaban a destiempo. Siempre tenía una excusa, el haragán: las heladas, el barro, su mujer, la tosferina del niño. ¡Lo que tenía era vaguitis! Nada más que eso. Holgazanería y una estupefaciente falta del sentido del deber. Ah, y la nariz roja de empinar el codo.

Después de las cartas se prepararía una buena taza de té y la saborearía despacio, leyéndose el periódico de cabo a rabo. Se iba a leer hasta las esquelas y se había jurado no permitir que nada ni nadie interrumpiera su lectura hasta que hubiese terminado.

¡Ay! Otra vez la maldita muela, caramba. ¡Qué pinchazo! Cambiaría el té por una infusión de corteza de sauce, a ver si se le pasaba. Ya no podría aplazar más una visita al sacamuelas, con lo poco que le gustaba. ¿No había sido Voltaire quien dijo aquello de que trocaría gustoso cien años de su gloria inmortal por no tener dolor de muelas? Y si no lo dijo podría haberlo hecho, que lo suscribiría gustoso. Cien y hasta mil años daría él. ¡Qué dolor, maldita sea!

Estaba calentándose el agua cuando llamaron a la puerta. «¿Ahora qué?», pensó irritado. Y su mujer durmiendo, sin enterarse de nada. Menuda marmota feliz. A esa no la despertaba ni un cañonazo en el mismísimo dormitorio. Era el vecino del entresuelo. Que si su niña tenía mucha fiebre, que si su señora estaba muy preocupada.

—¿Pero cómo tengo que decirle que yo no soy médico, buen hombre?

—Ya, pero como tiene usted estudios, mi mujer dice que…

—Estudios de leyes, oiga. No sé nada de fiebres ni de sarampiones, llame a usted a un médico, caramba.

¿Qué iba a hacer con toda esta gente tan ignorante? ¡Señor, Señor!

La correspondencia, sí. No quería dejar eso pendiente. Nada importante, pero le gustaba ser ordenado y últimamente se había descuidado. Luego se pasaría por donde el casero, a pagarle, a ver si lo dejaba en paz. Qué hombre tan desagradable y tan mezquino.

«¡Mira!» —se sonrió—. «Ya están aquí los gorriones». Desmigó un trozo de pan y abrió la puerta que daba a la terraza con mucho cuidado para no espantarlos, y arrojó un puñado de miguitas para ver como los pajarillos se abalanzaban sobre ellas con saltitos cortos y pequeños revuelos. Entonces levantó la vista y vio a su joven vecinita a través de los visillos de su dormitorio. Vaya, estaba de rodillas encima de la cama, quitándose el camisón y contoneándose. Ah, ya entendía. Ahora entrevió al marido. Recién casados, claro, y con ganas de jugar. La verdad es que era guapa, la condenada. Delgaducha y algo huesuda, seguramente con una infancia malnutrida, pero guapa. Y esos pechitos… dos botones apenas… palomitas juguetonas, gorrioncillos… pío, pío. Caderas no tenía casi, la pobre. ¿Cómo podría parir, así tan estrechita? Él parecía un gañán vigoroso; si no tenía cuidado le haría daño al penetrarla. Cuidado que me la partes, mancebo. ¿Era rubia? No se veía muy bien; con los visillos era difícil distinguir colores. Sí, sí que parecía rubia. Una rubita delgada y con gana de jarana. Una rubita con la piel muy blanquita. Una gata de nata. Miau. Linda carita, vaya que sí, con esa boca ancha y esos labios jugosos. Su forma de ladear la cabeza y sacar la punta de la lengua denotaba que ya sabía lo que se hacía. Vaya con la zorrita. ¡Cuidado, no me vayan a ver ahora; si no, a saber lo que pensarán!

¡Ah, el agua!

Saca un cuenco de la alacena y se prepara con mimo la infusión de corteza de sauce. ¡Jodida muela!

¿Dónde diablos había dejado el periódico? Ah, sí, ya recordaba. «¡Qué memoria la mía!», se dijo. Tenía cuarenta y siete años. No eran demasiados, pero ya sentía la vejez encima. Aquellos años de inhóspito destierro tenían la culpa.

Se sentó a la mesa camilla, junto a la ventana que daba a un angosto y mugriento patio de luces. Camisas y enaguas gastadas y grises en los tendederos, sin blancura, sin inocencia. Banderolas de la vulgaridad. Nublado día de octubre. Si todo iba bien no tardaría ya mucho en tener un apartamento grande y cómodo para vivir. ¡Y leña! Toda la que quisiera. Se lo merecía, después de las privaciones que había pasado en su vida.

Bebe a pequeños sorbos la infusión y empieza a hojear el periódico, pero un crujido de la madera lo distrae. Perece venir de detrás de la estantería. Un ratón, seguro. Le había dicho mil veces a su mujer que pusiera cepos, pero se le olvidaba siempre o le daba asco y lo dejaba pasar. Al final le tocaría hacerlo a él, como siempre, como pasaba con todo. Si él no se ocupaba de las cosas, nunca se hacía nada. ¡Qué desidia endémica! Y así todo. Pero ya verían. Se iban a enterar más de cuatro que él se sabía; vaya que si se iban a enterar. Se acabó lo que se daba.

¡Maldita sea! Se le había vuelto a olvidar pasarse a recoger las cortinas nuevas del dormitorio. No había manera de que se acordara. Vaya, su mujer se iba a poner hecha un basilisco y no había quien la aguantara cuando se ponía así. Lo que le faltaba: una muela y su mujer jodiéndole la vida de consuno. «Bonito día te espera, Vladimir, bonito día».

¡Agh! ¡La muela del demonio! No dolía tanto como antes pero aún… Y encima tenía el estómago revuelto. La cena de anoche no…, la mantequilla tal vez; ya le parecía que estaba algo rancia. Pero tenía que estar en forma hoy. Mejor se volvía a acostar. Se saltaría el almuerzo, dormiría hasta las cuatro y luego comería algo de fruta y listo. ¿Qué hora era? Bah, el reloj de péndulo vuelve a atrasarse, pero claro, es un trasto viejo, no podía esperarse otra cosa. ¿Y si no volvía a ponerlo en hora? Total, tendría que hacer la misma operación dos veces al día, por lo menos. ¿Para qué molestarse? Le bastaba con oír su grave tic tac. Bueno, tac, toc en realidad. Era un reloj serio y grave; casi funerario, como de popes. Esos popes con esas voces litúrgicas de barítono y de bajo, qué imponentes, caray. Pues eso, tac toc. Ese ruido a compás y el fantasmal retumbar metálico de los carrillones al dar la hora le hacían compañía, aunque a su mujer le daban escalofríos. «¡Llévate ese trasto, por lo que más quieras!». Pero ahí no había cedido ni pensaba ceder: el reloj seguiría donde estaba, faltaría más.

Aún le quedaba más de medio periódico por leer, pero se sentía cansado. Había dormido mal. Mejor volver a la cama y reponer fuerzas.

Durmió de un tirón y ni se dio cuenta de cuando su mujer se levantó armando ruido y subiendo las persianas desconsideradamente.

Se despertó a las cuatro, con su despertador infalible, se aseó con esmero y se cepilló la perilla. Después se vistió. Nada de florituras ni ropas de petimetre; un simple y digno atuendo de trabajo, como todos los días.

Había llegado la hora. Se colocó cuidadosamente la peluca que le habían conseguido para pasar desapercibido y tras recoger gorro, abrigo y cartera bajo apresuradamente la escalera. Abajo lo esperaban tres camaradas para acompañarlo a la sede del sóviet.

—Salud, camarada Lenin.

—Salud, camaradas. Vámonos rápido que tenemos faena por delante. Hay que derribar a Kerenski y asaltar el Palacio de Invierno. Los bolcheviques vamos a cambiar el mundo.

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© 2012. Luis Sanz Irles. Todos los derechos reservados