Archivos para Conrad

Kurtz

15 abril, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 13 de abril de 2018.

Marlon Brando fue un Kurtz a su manera, pero el Kurtz Kurtz era este.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

KURTZ

Una forma de captar en qué consiste el género novela, es verlo como una invención que se ocupa de reflejar el paso de un estado de inocencia a otro de experiencia, de la ignorancia al conocimiento de los verdaderos modos de la vida y del mundo. Lionel Trilling, explica esto mismo con los términos apariencia y realidad.

El romance, género literario anterior a la novela, es otra cosa. El protagonista del romance, de los libros de caballerías, es un verdadero héroe y siempre acaba por demostrárnoslo. El de la novela es más un héroe sin heroísmo, y si no tiene un final desastrosamente trágico o infeliz, es porque acabó por rendirse a la evidencia del mundo, por dejar atrás sus ilusiones de grandeza y avenirse a la roma realidad. Ese fue el final de nuestro inolvidable Alonso Quijano, que deja la adarga para morir en su lecho, o de Pierre Bezujov, casado con Natasha, en Guerra y paz.

De ese viaje que tantas novelas cuentan, desde la libre ignorancia a la resignada aceptación, o desde una salvaje libertad a los grises yugos de la sociedad, la inolvidable novela de Conrad, En el corazón de las tinieblas, es un ejemplo especial.

En las primeras páginas de la novela sabemos de un viejo hipopótamo al que muchos hombres querían darle caza, sin lograrlo:

Ese animal tiene una vida encantada, y eso sólo se puede decir de las bestias de este país. Ningún hombre, ¿me entiende usted?, ningún hombre tiene aquí el mismo privilegio

Esa libérrima bestia que entra y sale del agua cuando quiere, derrochando su poderío, parece anunciar al gran personaje Kurtz:

… me pareció ver por primera vez a Kurtz. Fue un vislumbre preciso: la canoa, cuatro remeros salvajes; el blanco solitario que de pronto le daba la espalda a las oficinas principales, al descanso, tal vez a la idea del hogar, y volvía en cambio el rostro hacia lo más profundo de la selva, hacia su campamento vacío y desolado.

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El buana solitario, la vista puesta en lo más hondo de la selva, de espaldas a cualquier idea de civilización… Kurtz es un tirano que no conoce ley; se convierte en tal en cuanto prueba la embriaguez del poder absoluto. Kurtz busca ser Dios. Kurtz deja atrás, pronto, su pasado de hombre civilizado. Kurtz representa el lado salvaje, el mundo tenebroso al que el título de la novela alude.

Kurtz peroraba. ¡Qué voz! ¡Qué voz! Resonó profundamente hasta el mismo fin. Su fortaleza sobrevivió para ocultar entre los magníficos pliegues de su elocuencia la estéril oscuridad de su corazón.

Incluso después de muerto, ese mítico Kurtz lancea como Mío Cid, a través de testimonios de terceros:

…pero, ¡cielos!, qué manera de hablar la de aquel hombre. Electrizaba a las multitudes. Tenía fe, ¿ve usted?, tenía fe. Podía convencerse y llegar a creer cualquier cosa, cualquier cosa. Hubiera podido ser un espléndido dirigente para un partido extremista.

Pero después de ese extraño y terrible mundo onírico y sin normas, ¿a dónde llegamos?

Aunque el peso y el grave tono de la tragedia llegan hasta el final, aunque al aura mítica del personaje Kurtz se mantiene, el escenario en el que acaba la novela es justo el opuesto al que conocimos al principio. De la brutal jungla hemos regresado al mundo de las convenciones y las normas, un mundo de muebles dorados, chimeneas de mármol y pianos de cola. Adiós, Congo proceloso. Bon jour, tristesse.

Caía el crepúsculo. Tuve que esperar en un amplio salón con tres grandes ventanas, que iban del suelo al techo, semejantes a tres columnas luminosas y acortinadas. Las patas curvas y doradas y los respaldos de los muebles brillaban bajo el reflejo de la luz. La alta chimenea de mármol ostentaba una blancura fría y monumental. Un gran piano hacía su aparición masiva en una esquina…

Taminah

31 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de enero de 2018.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

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Joseph Conrad

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

TAMINAH

La locura de Almayer, capítulo 8: ¡qué alarde de talento novelístico!

Con una inesperada maniobra, Conrad guía nuestra atención hacia un personaje insignificante y lo agranda hasta convertirlo en memorable.

Doce páginas de exquisita marquetería literaria y una doble proeza: primero, elevar al estrellato, por el puro arte novelístico, a un actor de reparto; segundo, permitirnos contemplar las peripecias de la trama desde un ángulo completamente distinto. El narrador abandona su balcón habitual y pasa a observarla —y nosotros con él— desde la trastienda. Estábamos tan acostumbrados a ver la historia con los ojos de los protagonistas que, cuando Conrad elige los ojos de Taminah, dejamos de ser espectadores de primera fila y nos convertimos en túrbidos voyeurs; la experiencia es embriagadora.

Taminah es una joven esclava que vende tortitas. Aparece, fugazmente, en el capítulo 3 y enseguida desaparece, hasta cinco capítulos más tarde, cuando, en primer lugar, se nos hace ver su irrelevancia:

Reconoció a Taminah, la esclavita de Bulangi […] una irrupción cotidiana carente de importancia.

Pero de pronto, el artista Conrad da un volantazo a la narración y nos la muestra de esta forma tan maravillosa y psicológicamente impúdica:

Al ver su paso ligero, su figura erguida y su rostro velado por la habitual expresión de apática indiferencia, nadie habría podido adivinar el gran peso que sobrellevaba […] En aquella dúctil figura, enhiesta como una flecha, de andares libres y llenos de gracia, en aquellos ojos dulces que solo mostraban inconsciente resignación, dormían los sentimientos y las pasiones, las esperanzas y los temores, la maldición de la vida y el consuelo de la muerte.

Vemos a la chiquilla por fuera y por dentro (prosopografía y etopeya, con perdón), de la mano maestra de Conrad. Taminah es un alma cándida que deja pronto de serlo:

Vivía como las altas palmeras junto a las que pasaba, buscando la luz, anhelando el sol, temiendo la tormenta, pero inconsciente de todo eso. La esclava no tenía esperanzas ni imaginaba otra vida. Nada deseaba ni esperaba ni amaba ni temía, excepto los golpes […] La ausencia de dolor y de hambre era su felicidad…

Conrad abandona la historia troncal y se entrega a Taminah, la reivindica, la enaltece, la estudia y los lectores se lo agradecemos. En su deambular vendiendo pastelillos, la chiquilla se cruza con un hombre, uno de los protagonistas, y queda prendada de él:

Con frecuencia el hombre al que llamaban amo se cruzaba ante ella, caminando altivo e indiferente, con el orgullo de la juventud, […] Un día la vio y preguntó: «¿Quién es esa chica?».

Almayers_Folly_BS_largeTaminah, azorada, se aleja con premura, pero él la llama, le levanta la cara por la barbilla y le habla con dulzura. «No tengas miedo», le dijo.  Ella empieza a tener esperanzas de que algo maravilloso está por sucederle, pero Conrad da un hachazo estremecedor: Nunca más volvió a hablarle. Alguien lo llamó desde la orilla del río; él dio media vuelta, se alejó y se olvidó de su existencia.

Tres palabras amables que dejan a Taminah turbada y alterada y después, el brutal olvido.

Al usar la mirada de Taminah, tan distinta de las otras, Conrad enriquece la historia colosalmente, pues en esas doce páginas inolvidables nos enteramos de cosas capitales, que no debo ni quiero revelar. Pero esta maniobra novelística solo era posible si antes se le daba a Taminah una personalidad y un alma impropias de un personaje secundario. Hacer esto bien sólo está al alcance de los grandes.

El primer Conrad

20 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de enero de 2018.

La locura de Almayer (aunque yo habría preferido traducir Almayer’s Folly −a la vista de la historia− como Los delirios de Almayer) es el comienzo de una prodigiosa trayectoria de novelista: la del irrepetible Joseph Conrad.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

EL PRIMER CONRAD

El Conrad de La locura de Almayer, su primera novela, está lejos aún del gran artista que llegó a ser. Ni la arquitectura narrativa ni el lenguaje se acercan a la calidad de sus grandes monumentos literarios. Hay en el Almayer vaniloquios prescindibles como: Un aspecto general de escuálido abandono invadía el lugar, o fragmentos de prosa torpe e hipervitaminada como: El brillante sol de la despejada mañana, tras la tormentosa noche, inundaba el camino principal del poblado.

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Pero su calidad, aun sin la maravillosa técnica y el estilo único que desplegaría en novelas posteriores, ya es detectable en muchos aspectos y hace de su lectura una delicia próxima a la fascinación. Algo que me ha llamado la atención y en cuyo uso muestra Conrad, creo que instintivamente, una maestría especial, es la personificación, o sea, la atribución de cualidades humanas a lo no humano. Este conocido y antiguo recurso retórico tiene en Conrad una profundidad que va mucho más allá del adorno descriptivo o de la mera ambientación. La naturaleza, tal como él la personifica, tiene valor estructural, cimentador, y explica mucho de los personajes, sus decisiones y conductas. De forma sorprendentemente eficaz —y a su manera, terrible— la naturaleza se convierte en un personaje más.

Ya en la nota prologal del autor leemos:

Sólo en la cruel serenidad del cielo, bajo el despiadado brillo del sol…

El río Pantai, tan central en la novela, tiene reacciones emocionales como esta:

Nina miraba el colérico río avanzar arrolladoramente hacia el mar bajo los latigazos de la tormenta.

Y cuando llegan las inundaciones, los lugareños tienen una explicación inequívoca:

«Menuda riada», gritó Babalatchi al oído de Dain. «El río está muy enfadado. ¡Mira, mira los troncos a la deriva!».

almayer6Esos troncos arrastrados por la poderosa corriente poseen una libertad que Almayer envidia; así, tras quedarse a observar cómo uno de ellos se libraba de un obstáculo que detenía su camino, piensa:

Lo logró; entonces se retiró y pensó que ahora tenía vía libre hasta el mar y envidió el destino de aquella cosa inanimada que se iba haciendo pequeña e indistinta en la cada vez más profunda oscuridad.

La fecunda naturalidad de Conrad con la naturaleza y sus manifestaciones le permite recurrir a ella, ya no personificándola, sino, simplemente, como dinámico y memorable telón de fondo:

Al poco, la piragua cruzó rauda la veta de luz que corría sobre el río desde una gran hoguera en la orilla opuesta, y reveló la silueta de dos hombres remando doblados y una tercera figura en la popa manejando con caprichosas florituras el remo timón…

Sus formidables progresos como novelista desde La locura de Almayer se entienden mejor si recordamos sus enérgicas palabras en el prefacio de El negro del Narcisus:

Toda obra que aspira {…] a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea.

El Conrad de su primera novela no es el de Nostromo o de El corazón de las tinieblas, pero no anda muy lejos.

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Joseph Conrad

Lenguas prestadas

1 octubre, 2017 — 1 Comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 29 de septiembre de 2017.

Escribir gran literatura en una lengua que no se mamó desde la cuna, me parece algo milagroso. Hablo aquí de tres de ellos, uno bueno (Kosinski) y dos, grandísimos. Hay más (Cioran, por ejemplo), pero estos tres cubren mi propósito.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

LENGUAS PRESTADAS

Cruzaremos Francia en un 2CV y leeremos a Conrad. Fue una propuesta de mi amigo Willy, cuando éramos bohemios y comíamos perdices. El polaco Conrad creó su grandiosa literatura en una lengua adoptada. Milagroso. Otros pocos también lo han hecho, entre ellos dos eslavos como él.

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Jerzy Kosinski

Jerzy Kosinski, extravagante polaco judío, alcanzó la fama en los 70. Escribió Desde el jardín, (Bienvenido Mr. Chance, en el cine) y otras novelas, como Pasos:

En la columna reinaba un pandemonio; varios soldados habían roto filas y otros gritaban y me hacían señas. Vi a un abanderado del regimiento y un reflejo me llevó a hacerle el saludo militar. Un grito burlón surgió de los labios de los soldados más próximos; un trompeta alzó su instrumento y ejecutó un llamado de caza…

 

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