Archivos para pesimismo

Iván y Albertine

19 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay autores hipertróficos al igual que los hay anémicos.

Proust es sin duda uno de ellos, de los hipertróficos,  como un atlante que cargara sobre sus hombros  la tradición de la novela occidental para ponderar el peso narrativo que una obra puede resistir. Escribir A la búsqueda del tiempo perdido  fue una tarea (vámonos de mitos) ciclópea, tantálica y prometeica: a Proust le consumió la vida, encerrado en su laberinto como un minotauro sin más ariadnas que cientos de páginas en blanco.

Ventajas de la hipertrofia: la posibilidad de acercarse a lo inefable a fuerza de atosigar la escritura hasta sus últimas consecuencias.

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Habitantes del universo Proust

Habitantes del universo Proust

 

Todos los conocemos, aunque no nos hayamos detenido a ponerles un nombre: son esos momentos, mágicos de verdad (¡por una vez!), en los que, de improviso, un recuerdo no buscado nos toma por asalto y se mete en nuestras cabezas sin que lo hayamos llamado y sin pedirnos permiso. Cualquier cosa puede liberarlos —son un genio en su lámpara—, sobre todo los impactos sensoriales (un olor, un sabor, un sonido…).

Entoces el pasado regresa, pero con tal furia, con tal ímpetu, con tal viveza, que se funde, indistinguible, con el presente: no recordamos, sino que revivimos. Con esa magia grandiosa e inexplicable, algunos grandes escritores han construido asombrosos edificios. Están ahí, con las puertas entornadas para que entremos en ellos cuando queramos. O cuando nos atrevamos. Continuar leyendo…

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El libro de la discordia

Esta mañana me he llegado a una céntrica librería de una capital andaluza, a comprar el quinto volumen de En busca del tiempo perdido, que está publicando RBA con la traducción de Carlos Manzano, y que, como dije en otra entrada del blog, pienso leer este verano, confrontándolo con el original. Tengo el vívido recuerdo de la traducción de Salinas / Bergés, y disponer de una nueva, es el mejor pretexto para renovar el gozo, indescriptible, inmenso, de leer a Proust.

En esa librería, los mancebos y las dependientas van uniformados con una especie de chaleco verde, son jóvenes (algunas de ellas, las más aguerridas, incluso «jóvenas»), alegres y bien dispuestos, y retozan, cual alborozados rebecos, entre los estantes repletos de libros (prietas las filas), con aire de estar muy, pero que muy, atareados.

Le pregunté por el libro al mozo que había tras el mostrador.

—¿En busca de qué? —repuso, perplejo.

Fue la primera señal. Le repetí el título y el autor, esta vez pronunciándolo a la española. Consultó el ordenador, su Oráculo de Delfos, y me indicó la sección donde lo hallaría.

Luego, mientras pagaba, le pregunté al amable doncel si me permitía sugerirle algo, pidiéndole por adelantado que no se sintiera ofendido. Me miró con preocupación, pero me dio permiso, y entonces le dije que, trabajando en una librería, era conveniente enterarse un poco de, al menos, un puñadito de obras imprescindibles, y que no haber oído hablar de En busca del tiempo perdido era como sí un auxiliar de farmacia no hubiese oído ni nombrar la aspirina.

Cuando, con expresión azorada, iba a responder algo, intervino al rescate, rebosando dignidad y suficiencia, una de sus compañeras:

—Eso depende, «señor» —y sentí la hoja helada de la navaja abrirme, pérfida, las carnes del abdomen, mientras decía ese «señor» de vinagre y hiel—. Si él es más de lo de ciencias (sic) no tiene por qué saber esas cosas.

—Yo soy menos de lo de ciencias y he oído hablar de la teoría de la relatividad de Einstein —rebatí—. Es más, hasta sé cuáles son sus principales postulados. En busca del tiempo perdido es, a la literatura moderna, lo que la teoría de la relatividad a la ciencia.

—Eso lo dice usted —dijo, ya en plan chulapona de verbena.

—Sí, «guapa» —le respondí, devolviéndole su «señor»—. Tienes razón; lo digo yo.

Y me fui, con mi libro y un poquito menos de esperanza.

To die, to sleep, la LOGSE;
To sleep: perchance to dream;…

Publicado en : “La Opinión de Málaga”, el 15 de julio de 2011

Las malas noticias no nos dan tregua últimamente. Es una pena. Son tantas ya, y se suceden en lacerante cascada desde hace tanto tiempo, que solo los superhombres o los optimistas patológicos logran sobreponerse. Los demás vamos viendo con una aturdida mezcla de estupor y espanto como crece el mefítico cenagal en que se ha convertido el país.

La arrasadora crisis económica ­­es sin duda la tragedia más perentoria y la que más dolor les trae a tantos compatriotas nuestros que ni tienen trabajo, ni esperanzas de hallarlo. Pero no es lo peor. La crisis política y del Estado y la crisis moral de la sociedad son en realidad más graves porque, impidiéndonos mirar hacia al futuro, nos encierran en este pútrido presente en el que estamos metidos. Continuar leyendo…