Black al cubo… y una estupenda novela de Marta Sanz

4 septiembre, 2013 — 2 comentarios

En este post hablo de técnicas literarias, de género y metagénero (¿mande?), de clítoris eréctiles y ojos zarcos, comparo unas novelas con otras… y hago algunas cosas más.

Acabo de leer Black, black, black, una novela… sí, negra (¿pero cómo han podido adivinarlo?) de Marta Sanz, novelista y poetisa:black-black-black-9788433972071

Bajo los pétalos de flores, / contra los pistilos, / en el lecho de corola, / dos diminutas nínfulas / restriegan sus pubis rubios / contra los pistilos.

(Marta Sanz, «Hardcore», Bartleby Editores).

(Igual ella prefiere ser «poeta», pero a mí me gusta lo de poetisa). Ningún parentesco nos relaciona a Marta y a mí pese al apellido compartido, que yo sepa, y ni siquiera tengo el gusto de conocerla, pero en mis anaqueles, que obedecen al alfabeto, sus escritos figuran junto a los míos.

Por si esta entrada se hace más larga de la cuenta, me apresuro a declarar lo importante: la novela es magnífica, y además tiene la virtud de ir creciendo a medida que uno se adentra en la historia: crece en interés de trama, pero sobre todo en densidad literaria.

¿Por qué me compré este libro? ¿Por qué se compra uno un libro y no otro? En algún artículo tengo contado, no hace mucho, que yo ya he dejado, con raras excepciones, de comprar libros siguiendo los consejos de críticos o amigos, porque cada día soy más raro y mis gustos divergen más y más de los suyos, y porque ya no estamos en edad de delegar responsabilidades. Para elegir qué libros comprar, sigo dos sistemas que suelen darme buenos resultados:

1. Los autores de mis autores, son mis autores. En muchas de mis lecturas hallo referencias, directas o no, a otros autores y obras, y esas referencias de mis autores preferidos me sirven de perro lazarillo en la busca de nuevos libros en los que gastarme la pasta.

2. El arranque de un libro suele ser un indicio muy fiable de si me va a gustar. Si  el primer párrafo o la primera frase me gustan, me lo compro. Por eso voy por las librerías como alma en pena, abriendo libros, nerviosamente, uno tras otro –zahorí de palabras– hasta dar con la emoción, generalmente estética, pero no sólo, que me lleva a comprarlo.

¿Y la novela de Marta Sanz? ¿Cómo empieza? Pues así:

–¿Paula?

–¿Sí, Zarco?, ¿qué me cuentas?

Ayer me puse mis pantalones con la raya perfectamente definida, mi pulóver más elegante, mi chaqueta cruzada, y salí a la calle con los ojos ocultos tras unas gafas de sol. Me perfumé con una colonia que huela a madera y a musgo. Como un refinadísimo Philo Vance…

Dejando a un lado el hecho previsible (¿por mi deformación de escritor?) de qué ese improbable apellido, Zarco, parece elegido para poder hacer luego un jueguecito con el color de los ojos del personaje (y, efectivamente, el jueguecito llega pocas páginas después, a cuenta de los ojos claros y azules, o sea, zarcos, del detective), esas pocas líneas nos enseñan ya una prosa liviana, estilizada –aunque Marta no va de estilista– y punzante, con guiños sutiles a la inteligencia del lector, que, a poco avezado que sea, capta rápidamente algunas de las características esenciales del primer narrador (uno de los protagonistas, o sea, lo que los pesados narratólogos estructuralistas llaman un «narrador intradiegético», es decir, que cuenta las cosas en primera persona y, claro, desde dentro de la historia misma). Digamos ya quién es: se trata de un detective homosexual, que ha salido del armario, claro, lo cual empieza a parecer, en cierto tipo de narraciones, literarias o cinematográficas, un tópico de obligado cumplimiento.

En las primeras páginas de la novela se pone ya de manifiesto algo que merece reseñarse: Cuando, como es el caso aquí, con el pretexto de describir a los personajes y mostrarnos todas sus aristas y contexto, se sobreabunda en referencias culturales, es muy difícil, por no decir, imposible, que se mantenga nítida la esencial diferencia que hay entre autor y narrador. Cuando los guiños y referencias son tan frecuentes, los esfuerzos (tampoco tantos, la verdad) de Marta Sanz por hacernos creer que quien habla y piensa es Zarco, fallan, de modo que allá por la página 50 ya sabemos que a la escritora le interesan –y quiere que lo sepamos– las historias de detectives (Marlowe, Philo Vance, Mike Hammer), el expresionismo alemán y los cuadros del judío bielorruso Chaim Soutine, los relatos de Bram Stoker, Bogart y Bacall y el sudafricano J. M. Coetzee.

Tan clara debe quedar la admiración por el género negro, que llegamos hasta el metagénero, cuando un detective de ficción, el Zarco de nuestra novela, habla de otro detective de ficción, Montalbano, al que podría ayudar.

Black al cubo paga algunos pequeños tributos a su género con pequeñas incursiones que aspiran a la transcendencia metafísica, como cuando, rondando el tema de la muerte, como falenas alborotando alrededor de una bombilla, los personajes se hacen preguntas diz que audaces: ¿Mataría la escritora para escribir? ¿Mataría a Zarco su ex mujer? ¿Mataría Olmo –el efebo daltónico que vuelve tarumba al detective sarasa y que despide un aroma lejano, muy muy lejano, a «Muerte en Venecia»– por poder ver el color rojo? Es verdad que la autora (ni un pelo de tonta) se cura en salud y nos advierte, por boca del narrador, que algunas de estas preguntitas tienen truco y voluntad juguetona, pero pese a eso, al final se nos queda un saborcillo de metafísica  de andar por casa, aunque sospecho que más que culpa de la novelista, forma parte de las convenciones –las fáciles, eso sí– del género black.

En el segundo black, o sea, en la segunda parte, cambia el narrador:

Al principio, comparado con la primera parte, parece que el ritmo de la narración se remansa; y se nota: como cuando uno se ha habituado a una determinada velocidad de crucero y de repente el conductor levanta el pie del acelerador. Pero resulta fácil adaptarse a la nueva marcha porque se adecua bien al sesgo que la historia toma, contada ahora por otro protagonista, la madre del efebo, que, a través de su diario nos introduce en sus obsesiones, sus sueños, sus miedos. La voz que narra parece ahora más natural –pese a una atmósfera onírica y una turbadora violencia soterrada– y más sincera que la del detective marica de la primera parte, que no logra desprenderse de una cierta impostura. ¿Será que la autora, mujer, es más competente o más creíble hablando por boca de otra mujer? Chi lo sa. Yo no lo sé, pero no lo descarto.

Ah, y para los coleccionista de datos y amantes del detalle, en esta parte hay asesinato, fisioterapia, clítoris agitados y una reivindicación del hermoso nombre de Leonor –que yo adoro: suelo enamorarme de todas las Leonores que voy conociendo– entre otras cosas.

En la tercera parte aparece una nueva narradora, la ex mujer del detective, que nos conducirá, con mano muy hábil, al desenlace de la historia.

Ninguna de las pequeñas pegas que le he puesto hasta aquí me ha impedido disfrutar de la novela, por varias razones, y por una sobre todo: Marta Sanz escribe bien. No creo que haya mayor elogio que pueda hacerse de un escritor.

Su escritura tiene una especial flexibilidad, una tensión que crece y se afloja a voluntad de la escritora, y que acompasa el devenir de la historia narrada. Aquí te sorprende con imágenes frescas y eficaces:

[.. .] nos mira con dos ojos que me recuerdan los botones del abrigo de mi madre: pueden descosérsele de la cara en cualquier momento.

Y allí con una descripción erótica escrita con espléndido pulso:

[…] la silueta del muchacho menudo y moreno que olía a vasos de leche y a lápices: su imagen con el cuello en tensión, ladeado, con la boca semiabierta, recibiendo un beso de mi lengua o dándome la suya. Al principio solo nos rozamos con los labios, humedeciendo la superficie de la piel, y luego, poco a poco, el beso recoge la boca entera, se hace reptiliano y se marca la mandíbula, se estiran las venas…

 Cuando un novelista lee a otro, siempre resulta inquietante y fascinante descubrir similitudes con la propia escritura, formas parecidas de entender y describir ciertas cosas, una sensibilidad afín a la de uno, ante determinados fenómenos. Tal me ha pasado con esta novela, como cuando, por ejemplo, reflejamos nuestra percepción de un vecindario:

Así lo ve Marta Sanz:

Lo demás es silencio o esa superposición de sonidos que, como el tictac de los despertadores, anulamos del umbral de la conciencia para poder dormir: pitorros de la olla que giran mientras se cuecen las legumbres, radios encendidas, conversaciones y timbres, motores de batidoras eléctricas que ligan la mayonesa o trituran el puré para los niños o viejos desdentados, alguna musiquilla de un programa matutino de la televisión…

Marta Sanz, «Black, black, black», (Ed. Anagrama)

Así lo vi yo:

Daría cualquier cosa por subir a la azotea, aunque solo fuera media hora, o aun menos ¡Seguro que hay colada tendida! Enormes sábanas impúdicas y descaradas, meciéndose con el aire, tremolando a veces, inmaculadas y lisas excepto por la gruesa cicatriz de alguna burda costura en las esquinas; cuando el aire arrecia, sus faldones ondulan bruscamente con un ruido hueco como el estallido de una descomunal pompa. ¿Renunciáis a Satanás y a todas sus pompas? ¡Renuncio a ti, serpiente astuta y sutilísima! Y toallas. También habría toallas. Toallas rosa, azul pálido, verdemar, todas con el maternal aroma del suavizante. Sábanas y toallas; velamen de la intimidad del vecindario; medias y faldas, camisas, gavias, foques y cangrejas. Las cuerdas de tender y el bosque de antenas, botavaras y arboladura. Singladuras familiares. El proceloso ponto.

Sanz Irles, «Una callada sombra», (Ed. Alfar)

Detalles distintos pero paralelos que desembocan en lo mismo: en dar una visión de una determinada forma de vida, de un ambiente, a través de objetos, casi fetiches, que los representan.

La mente y las sensaciones de un asesino no son cosa baladí. Marta Sanz hace reflexionar así a un personaje:

A lo mejor la acción de matar genera ese triste efecto: uno se siente por encima de la media.

En mi caso:

[…] él no era como los demás. […] Mientras ellos iban a sus quehaceres de cada día, […]  no podían ni sospechar su inmenso poder, […] Estaba allí, sentado en la barra de un bar como uno cualquiera de los demás clientes, y sin embargo iba a matar a un hombre. Si lo hubieran sabido, lo habrían mirado sobrecogidos y se le habrían apartado con el temor que infunden las fuerzas que no se entienden ni se controlan. […] Pensando en todo eso no podía evitar sentirse por momentos un semidiós por encima del mundo.

El pulso de escritora de Marta Sanz se pone de manifiesto en muchas ocasiones –en toda la novela, en realidad– pero con especial resalte en algunos pasajes, como cuando nos habla de unas viejas cafeterías, espejo de una ciudad en vías de extinción, y que no me resisto a copiar parcialmente:

…una cafetería de las de siempre. En Madrid ya van quedando pocas. La barra con bordes metálicos. Taburetes altos con reposapiés. Las bandejas redondas y brillantes […] Ceniceros de vidrio basto, arañado, y los palillos en el palillero cilíndrico. Cajas registradoras de los años setenta. Suelo de sintasol con quemaduras. La televisión encendida. Echan deportes […] Tazas y platillos de loza blanca con un filo azul o rojo donde se escribe el nombre de la cafetería. Posavasos […]

Y así una página entera de culto al detalle, con una prosa templada, precisa, que actúa como el bisturí del cirujano y donde ese «echar» ejemplar, («Echan deportes»), resume a la perfección la vestustez descrita. Un fragmento magnífico al que sólo cabe ponerle una pega (no todo van a ser elogios): la descripción es, tal vez, demasiado larga, y habría sido igual de eficaz con algunas palabras menos. Pero a todos se nos va la mano, a veces.

Más preciosidades, como esta descripción vívida, plástica, poética, de una mujer que se corta las venas en la bañera:

Una mujer con las venas rasgadas se adormece en el agua tibia de la bañera. Lentamente, la sangre se mezcla con el agua formando originales dibujos para el estampado de un vestido de noche. Para una tapicería o para unas hermosísimas cortinas de terciopelo que impiden que la luz penetre y estropee los muebles de caoba.

Y aquí otra curiosa coincidencia de gustos e intereses que Marta Sanz y yo compartimos. Escribe Marta:

[…] Alida Valli es una mujer muy mayor que ya no está enamorada de un estraperlista que mata niños con medicamentos caducados y después muere en las alcantarillas […]

Por mi parte tengo esto:

El malévolo Santos, sin llegar a tanto, sí proclamaba que de Holanda se podía decir lo que Orson Welles (haciendo de Harry Lime) le dijo a Joseph Cotten (haciendo de Holly Martins) sobre Suiza, mientras sonaba la cítara de Anton Karas (haciendo de Anton Karas): que quinientos años de sosiego y amor fraternal habían dado, como gran resultado de su civilización… el reloj de cuco, y en Holanda… ¡el queso de bola!

Sanz Irles, «Tulipanes y delirios». (En proceso de revisión).

Ambos hemos querido dar cabida, en nuestras respectivas historias, a la inolvidable versión cinematográfica de El tercer hombre.

La novela de Marta Sanz está llena de detalles, de buenos detalles, de recovecos, de guiños, culturales, metaliterarios… qué se yo… las frecuentes alusiones a Svengali, por poner un ejemplo, pero ya no entro a esos trapos, porque necesitaría muchos posts para asuntos así y ya no tengo tiempo, y ni siquiera ganas. Otro día, quizás.

Ah, bueno, y queda, claro está, la pregunta clásica del género: ¿Quién mató a la víctima? La autora y sus narradores son muy hábiles en ocultar la identidad del asesino hasta casi el final, y en revelarla en el momento más oportuno. Yo, por mi parte, creo estar autorizado a revelar esto: el asesino no es el mayordomo.

Marta Sanz: «Black, black, black». Ed. Anagrama – Narrativas hispánicas- (332 pgs.)

2 comentarios para Black al cubo… y una estupenda novela de Marta Sanz

  1. 

    Clases magistrales. Gracias otra vez, maestro.

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