Horace Walpole, “The Castle of Otranto”

8 mayo, 2013 — Deja un comentario

51IMtc9WXELMe temo que mi sensibilidad de hombre del siglo XX (lo soy mucho más que del XXI) no me haya permitido gozar de esta obra, curiosa, sin duda, del XVIII y fundadora –he aquí su mayor mérito– de la novela gótica, que tanto predicamento tuvo, y aún tiene, aunque “aggiornata” bajo otras formas, como la ciencia ficción, por ejemplo.

Tanto portento sobrenatural, tanta ingenuidad y tanto trasfondo místico han podido conmigo.

Cabe reconocerle a Walpole, no obstante, varios hallazgos, entre ellos el de una prosa muy dinámica y que va derecha al grano, a lo que se añade el colorido inglés de su época.

Tal vez el personaje más interesante sea el del franco y valiente campesino Theodore, capaz de plantarle cara, a fuerza de puro orgullo, al príncipe de Otranto, el temible Manfred. Claro que, en esos juegos de identidades tan propios del género, Theodore resulta no ser en verdad un campesino, sino el heredero del siciliano conde de Falconara (quien, por cierto, se ha hecho fraile en el ínterin. ¿Alguien da más dosis de folletín?).

Hablaba de prosa dinámica y del color del lenguaje arcaizante. He aquí un ejemplo, en un chispeante diálogo:

“Traitor!” said Manfred; “how camest thou here? I thought thee in durance above in the court.”

“I am no traitor,” replied the young man boldly, “nor am I answerable for your thoughts.”

“Presumptuous villain!” cried Manfred; “dost thou provoke my wrath?” `[…]

El fraile Jerome (en realidad el conde de Falconara) se despacha a gusto con esto (que traduzco a vuelapluma):

“Mi Señor”, dijo el hombre santo […] “mi quehacer es promover la paz, sanar divisiones, predicar el arrepentimiento y enseñarle al género humano a domeñar sus tercas pasiones.”

Ni Zapatero se habría expresado mejor.

Pero tal vez lo mejor sea el final:

There he became enamoured of a fair virgin named Victoria […] y añade que “era demasiado piadoso para tentarla con placeres prohibidos”.

Repensando la lectura de esta novela, tal vez deba ser más indulgente con ella. Solo hay que ponerse en la disposición adecuada (dejando a un lado los excesos de positivismo) para poder disfrutar de ella con alborozo juvenil.

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