Contra toda esperanza

22 mayo, 2013 — 2 comentarios

Ni una palabra más alta que otra.

Este puede ser el resumen de las 600 admirables e impresionantes páginas en las que Nadiezhda Maldelstam, la mujer del gran poeta ruso Osip Mandelstam, cuenta sus últimos años bajo el horror estalinista, antes de la muerte de su marido.

Acantilado presenta una cuidada edición con una fotografía en portada que suscita mis primeras emociones: una mujer enjuta y pesarosa, pero conservando un aire de altiva indiferencia y un hermoso pudor de anciana que preserva su dignidad ante la cámara y ante el inmenso sufrimiento que fue su vida.

En el prólogo, Joseph Brodsky nos habla del enorme orgullo, casi altanería, de Nadiezhda (que en ruso, por cierto, significa “esperanza”). Y las palabras de Brodsky iluminan el texto, porque lo que de él se trasluce es firmeza en sus ideas y una extraña y elegante mezcla de fatalismo y dignidad.

El relato de esos años terribles se hace con un comedimiento asombroso que, además de elegante, acaba siendo eficaz.

Las memorias de la época soviética ya son un género en sí mismas (Solzhenitsyn, Ivan Bunin, etc.) y este libro es otro sobrecogedor y conmovedor ejemplo.

En el prólogo leemos:

mandelstam

Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción la que confiere significado a la realidad. Hay una jerarquía en las percepciones (y por consiguiente entre los significados) en la que aquellas adquiridas mediante los prismas más refinados y sensibles ocupan la cima. Es la cultura, única fuente de suministro, la que aporta a dichos prismas el refinamiento y la sensibilidad; es la civilización, cuya principal herramienta es el lenguaje.

A lo largo de todo el libro, la escritora lamenta el estado de postración fatalista de la sociedad rusa ante el horror (otro denominador común del género “memorias de la época soviética”).

[…] habíamos enmudecido y aparecieron los primeros síntomas del letargo.

[…] estaba prohibido comparar los designios con las realidades […] dirigentes prácticos […] que prohibieron audazmente todo estudio de la realidad.

Nadiezhda Mandelstam acusa a la intelectualidad rusa de una capitulación masiva ante el estalinismo, y luego añade:

Los vencedores tendrían que haberse sorprendido de la facilidad con que obtuvieron la victoria, pero la aceptaron como algo que les era debido, porque creían en su razón. Ellos traían la dicha del género humano.

La autora cita, aquí y allá, palabras de su marido, casi siempre tan certeras como amargas, como cuando le dijo: ¿Por qué se te ha metido en la cabeza que debes ser feliz?

Y a partir de ellas, ahonda Nadiezhda:

¿Quién sabe lo que es la felicidad? La plenitud y la intensidad de la vida quizás sean una noción más concreta que la tan decantada felicidad.

El interés del libro se ve incrementado por las abundantes referencias (a veces crueles, y siempre inteligentes) a muchos amigos del matrimonio y a personajes célebres de la intelectualidad rusa de la época: Ajmátova, Pasternak, Gumiliev…

Otra sorpresa, y no la menor, es la intrínseca calidad de la prosa de Nadiezhda Mandelstam, que ofrece pasajes de una intensidad verdaderamente admirable.

Un libro único y grandioso. Una de mis mejores lecturas en mucho tiempo.

2 comentarios para Contra toda esperanza

  1. 

    Hace tiempo que no leo literatura rusa. Me empaché. Y luego leí “El maestro y Margarita”. Y es un libro tan impresionante que he dejado a los rusos por muco tiempo. Y ahora me convencen de nuevo. Gracias por la reseña. Me quedo de momento con la frase del prólogo, “Por sí misma, la realidad no vale un centavo. Es la percepción la que confiere significado a la realidad”.

    • 

      Me bebí (casi literalmente) “El Maestro y Margarita” hace muchos muchos años.
      En la inconmensurable literatura rusa hay dos nombres por encima de todos: Pushkin y, antes que nadie, Tolstoi. Los demás les siguen a la distancia (incluyendo al magnífico -pero sobrevalorado- Dostoievski).
      Otros nombres imprescindibles: Goncharov y su “Oblomov”, la difícil pero hermosísima poesía de Osip Mandelstam, Lermontov, las memorias de Ivan Bunin, Gogol y, claro está, los cuentos de Chejov. (De Gorki, huir a toda prisa).

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