Durero sin su gota de rocío

3 junio, 2014 — 3 comentarios

Durero rinoDurero liebre2

Me han enseñado un libro sobre Durero, editado por Treviana, encuadernado en seda negra italiana, con unas reproducciones excepcionales y un CD con música de la época (Peñalosa, Després, Anchieta…) y de otros compositores. Me entretuve con su lectura y con su contemplación, cada vez que lograba desembarazarme del atenazador tedio de la campaña, la semana previa a las elecciones para el Parlamento europeo. Entre esa música, la presencia de los cuadros y el relato de los viajes de Durero, me pareció que Europa era un viejo proyecto con sustancia, con sus cismas y tiranteces, pero con un espíritu común que recorría las naciones y los siglos: una especie de centón que a la postre resultaba armonioso e incluso cálido y acogedor.

¿O era solo una idea, un sueño endulzado por la belleza de los pinceles y los buriles de Durero, lo que resultaba acogedor?

Ahí estaban los autorretratos, de una soberbia más que justificada por la genialidad: el de la adolescencia, tan seguro; los de la juventud, narcisistas y elegantes; el frontal, ya en la madurez (de 1500, tenía 28 años, se crecía pronto entonces…), ese “aquí estoy yo” que no precisa de la bravuconería de un Enrique VIII pintado por Holbein: a Durero le basta con mirarnos cara a cara, sin más adorno que la profundidad de su mirar.

Están también los retratos, los de sus seres más queridos: su padre, su madre, sus maestros, su mecenas emperador con una granada en la mano, Erasmo…; los encargos eclesiásticos de tema religioso, que hoy nos dejan más bien fríos, pero cuya observación detenida siempre depara alguna sorpresa. Por ejemplo, el centro de El martirio de los diez mil no es Diocleciano, sino dos personajillos vestidos de negro (por supuesto, Durero y un amigo suyo) comentando probablemente el salvajismo de las torturas o los nuevos aires reformistas que se presagiaban por el norte europeo.

Más cercanos resultan sus animales: esa ardilla o esa liebre intemporales por su hiperrealismo o un rinoceronte igual de intemporal… por lo fantasioso. Los primeros sitúan a Durero en la más estricta modernidad estética (la de la mirada a lo real-no-humano), que tardaría un siglo en inaugurarse en los Países Bajos; el segundo, el rinoceronte, es un grabado casi medieval y “de oídas”, una muestra de la curiosidad y el embelesamiento que despertaban las noticias venidas de lejos, allende los mares, allende lo conocido. Durero, cuentan, acudió (pero llegó tarde) a ver una ballena varada en Zelanda tras entrevistarse con un recién coronado Carlos I, en 1520. En Zelanda, qué cosas, contrajo la malaria que acabaría con él ocho años más tarde. Antes de su fallecimiento, Europa ya se había inundado de las copias de sus magistrales grabados, para mí ya barrocos avant la lettre: esa melancolía coronada de verbena para espantar la locura, ese caballero asediado por la Muerte y el Diablo…

Durero adanyeva

Pero de entre todas las imágenes, me quedó con Adán y Eva, dos desnudos grandeur nature. Y entre la belleza de estas dos tablas hermanas, que es la añorada belleza del paraíso antes de la caída, me quedo con el vientre nacarado y sin pecado (aún) de la mujer. Es Durero, por lo tanto, quien la cubre con pudor: cuatro hojas de manzano nos roban a la vista decorosamente su pubis. Y en la hoja central, una gota de rocío. Busco, por mera glotonería visual, esa gota tras la reciente reparación que han llevado a cabo en el Museo del Prado. ¡La gota de rocío ha desaparecido! ¿¡Cómo puede ser!?

Duero rocio

Esta es la explicación: algún desalmado bienintencionado, en algún momento de los dos últimos siglos, añadió unos travesaños atornillados para evitar el alabeo del soporte. Uno de esos tornillos coincidió con la hoja central de la púdica Eva, perforó la capa de pintura y destruyó la gota de rocío. Los restauradores de la última reparación, hace cuatro años, optaron por “prescindir” (¿por qué?, ¿por qué?) del detalle en este último remozado. La hoja del manzano muestra ahora una superficie de un verde inmaculado, sin lágrima vegetal.

Esto también es Europa: demasiada historia a sus espaldas, demasiados restauradores, demasiados borrones y cuentas nuevas. Ay, Europa, la de los anchos ojos, cuna de Occidente: te sobra un tornillo y te falta una gota de rocío. Mas deja de sufrir. Acabamos de elegirlos y te mandamos a nuestros mejores y más capaces tribunos para que te devuelvan tu perdido esplendor.

3 comentarios para Durero sin su gota de rocío

  1. 

    Me alegra tu comentario. Gracias.

  2. 

    ¡Precioso e ilustrativo artículo! Y muy certero.

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