Los dogos del infierno. (A propósito de “Sobre los acantilados de mármol”)

28 diciembre, 2014 — 1 Comentario

Jünger Ernst Jünger no deja indiferente a nadie. A nadie que lo haya leído, claro. Luego están los membrillos habituales que hablan de oídas y repiten, cual cacatúas, que «Jünger es un autor reaccionario» o, en un alarde de ingenio y originalidad, que «Júnger es un facha». No es infrecuente hallar entre estos a los que ignoran que la u de Jünger se escribe con crema. Murió a los 103 años, edad longeva y más que suficiente para haber tenido tiempo de cometer errores graves y de enmendarlos, y, sobre todo, de haber escrito una obra densa, rica, inquietante, lúcida (aún en sus momentos más oscuros) que no permite sobrevolarla sin pensar. He terminado de releer Sobre los acantilados de mármol, una de sus obras más emblemáticas, que echaba de menos al haberla prestado (o regalado, ya no lo recuerdo bien) a un amigo. Sabedora de mi añoranza, mi mujer me lo ha regalado estas Navidades y me he abalanzado sobre él con voracidad. Ha sido, otra vez, una lectura llameante, aunque, sabiendo lo que me esperaba, las llamas han estado ahora algo domesticadas por el conocimiento. Jünger, con razón, rechazó siempre la lectura unidireccional de su alegoría como una crítica al nazismo. Lo era, lo es, pero también a cualquier forma de totalitarismo y por eso, a quienes le decían que era una obra contra Hitler, solía responderles: «O contra Stalin». La descripción de cómo el horror totalitario se va acercando a unas tierras civilizadas, tiene hoy tanto interés, y podría resultar tan profética, como lo fue en 1939, particularmente en esta España aturdida y acobardada de 2014.

Para escalar puestos en aquella Orden no nos habrían faltado sin duda ni coraje ni talento, pero se nos había negado el don de contemplar con desdén los padecimientos de las personas débiles y anónimas […] ¿Qué hacer, sin embargo, cuando son los propios débiles los que ignoran la ley y son ellos mismos lo que en su ceguera descorren con sus manos los cerrojos que han sido puestos para protegerlos? […] El tiempo estaba maduro para los hombres terribles.

Frente al horror se yergue el humanismo en el que Jünger tuvo una fe inconmovible:

La norma por la que él se regía era la siguiente: tratar a todos los seres humanos que se nos acercasen como hallazgos raros descubiertos en una caminata. Le gustaba calificar a los humanos de «optimates», palabra con la cual quería indicar que a todos es preciso contarlos entre la nobleza genuina de este mundo y que cada uno de ellos puede obsequiarnos con las dádivas más excelsas.

Dejando de lado algunos fragmentos en los que Jünger da rienda suelta a su pasión por la botánica y la herboristería —aunque estos pasajes distan de ser gratuitos, pues cumplen una función gnóstica, o casi, en la interpretación de los sucesos que urden la mitológica trama—, el relato (pues su estructura es más de relato que de novela) es fascinante, hipnótico y terrible, por lo que anticipa, por lo que cuenta y por cómo lo cuenta: el miedo, la decadencia, la impotencia ante el mal y, pese a todo, la fe en las fuerzas del espiritu y el intelecto. dogoLa catástrofe final ocurre con el magistral combate entre los dogos de los bandos contendientes. Las mandíbulas despiadadas de los grandes perros de presa trazan el nuevo rumbo de la historia, ante la que, pese a todo, hay una última esperanza, representada por el bergantín que conduce al exilio a quienes, tal vez, puedan un día regresar para doblegar al tirano y hacer renacer la civilización. He leído la traducción, muy solvente, de Andrés Sánchez Pascual, que también ha escrito el interesante prólogo, en el que nos hace partícipes de su amistad con el autor. acantilados

Ernst Jünger. Sobre los acantilados de mármol. Tusquets editores - colección andanzas. 2008. ISBN: 978-84-8383-081-9

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  1. Un vivo vino áureo « Lapsus calami – Blog de Sanz Irles - mayo 6, 2017

    […] como esta habrán tenido que ver con otras soberbias exhibiciones de la literatura germana, como Los acantilados de mármol, de […]

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