Minucias

7 enero, 2015 — Deja un comentario

Un reciente tuit en mi TL me ha recordado un breve cuentecillo que escribí en una nevada mañana danesa, de hace un par de años, y que evoca una situación que podríamos estar viviendo nosotros, sin darnos cuenta. 

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MINUCIAS

La insufrible de doña Ludmila volvió a importunarlo de buena mañana con sus gritos destemplados y sus histerias de vieja. Ahora había subido a quejársele de la ropa tendida, que goteaba demasiado y mojaba la suya cuando ya estaba casi seca; ayer, venga golpear el techo con el palo de la escoba, gritando enfurecida por el ruido que hacía al mover las sillas. ¡Pero qué ruido ni qué ruido! ¡Estúpida vieja! Qué ganas de encontrar otro apartamento para no tener que aguantar más a esa tarasca.

Y si no, el malasangre del casero. «Hágame el favor de no volver a retrasarse en el pago de la renta, don Vladimiro, o aténgase a las consecuencias. Ya van tres meses que…».

Bueno, mejor sería apartar todas esas molestias de la cabeza. Hoy tenía mucho que hacer. Lo primero, terminar la correspondencia pendiente, que ya empezaba a amontonársele más de la cuenta. ¡Qué se le iba a hacer! Era perezoso con eso de escribir y encima el cartero solía retrasarse, con lo que las cartas destinadas a él también le llegaban a destiempo. Siempre tenía una excusa, el haragán: las heladas, el barro, su mujer, la tosferina del niño. ¡Lo que tenía era vaguitis! Nada más que eso. Holgazanería y una estupefaciente falta del sentido del deber. Ah, y la nariz roja de empinar el codo.

Después de las cartas se prepararía una buena taza de té y la saborearía despacio, leyéndose el periódico de cabo a rabo. Se iba a leer hasta las esquelas y se había jurado no permitir que nada ni nadie interrumpiera su lectura hasta que hubiese terminado.

¡Ay! Otra vez la maldita muela, caramba. ¡Qué pinchazo! Cambiaría el té por una infusión de corteza de sauce, a ver si se le pasaba. Ya no podría aplazar más una visita al sacamuelas, con lo poco que le gustaba. ¿No había sido Voltaire quien dijo aquello de que trocaría gustoso cien años de su gloria inmortal por no tener dolor de muelas? Y si no lo dijo podría haberlo hecho, que lo suscribiría gustoso. Cien y hasta mil años daría él. ¡Qué dolor, maldita sea!

Estaba calentándose el agua cuando llamaron a la puerta. «¿Ahora qué?», pensó irritado. Y su mujer durmiendo, sin enterarse de nada. Menuda marmota feliz. A esa no la despertaba ni un cañonazo en el mismísimo dormitorio. Era el vecino del entresuelo. Que si su niña tenía mucha fiebre, que si su señora estaba muy preocupada.

—¿Pero cómo tengo que decirle que yo no soy médico, buen hombre?

—Ya, pero como tiene usted estudios, mi mujer dice que…

—Estudios de leyes, oiga. No sé nada de fiebres ni de sarampiones, llame a usted a un médico, caramba.

¿Qué iba a hacer con toda esta gente tan ignorante? ¡Señor, Señor!

La correspondencia, sí. No quería dejar eso pendiente. Nada importante, pero le gustaba ser ordenado y últimamente se había descuidado. Luego se pasaría por donde el casero, a pagarle, a ver si lo dejaba en paz. Qué hombre tan desagradable y tan mezquino.

«¡Mira!» —se sonrió—. «Ya están aquí los gorriones». Desmigó un trozo de pan y abrió la puerta que daba a la terraza con mucho cuidado para no espantarlos, y arrojó un puñado de miguitas para ver como los pajarillos se abalanzaban sobre ellas con saltitos cortos y pequeños revuelos. Entonces levantó la vista y vio a su joven vecinita a través de los visillos de su dormitorio. Vaya, estaba de rodillas encima de la cama, quitándose el camisón y contoneándose. Ah, ya entendía. Ahora entrevió al marido. Recién casados, claro, y con ganas de jugar. La verdad es que era guapa, la condenada. Delgaducha y algo huesuda, seguramente con una infancia malnutrida, pero guapa. Y esos pechitos… dos botones apenas… palomitas juguetonas, gorrioncillos… pío, pío. Caderas no tenía casi, la pobre. ¿Cómo podría parir, así tan estrechita? Él parecía un gañán vigoroso; si no tenía cuidado le haría daño al penetrarla. Cuidado que me la partes, mancebo. ¿Era rubia? No se veía muy bien; con los visillos era difícil distinguir colores. Sí, sí que parecía rubia. Una rubita delgada y con gana de jarana. Una rubita con la piel muy blanquita. Una gata de nata. Miau. Linda carita, vaya que sí, con esa boca ancha y esos labios jugosos. Su forma de ladear la cabeza y sacar la punta de la lengua denotaba que ya sabía lo que se hacía. Vaya con la zorrita. ¡Cuidado, no me vayan a ver ahora; si no, a saber lo que pensarán!

¡Ah, el agua!

Saca un cuenco de la alacena y se prepara con mimo la infusión de corteza de sauce. ¡Jodida muela!

¿Dónde diablos había dejado el periódico? Ah, sí, ya recordaba. «¡Qué memoria la mía!», se dijo. Tenía cuarenta y siete años. No eran demasiados, pero ya sentía la vejez encima. Aquellos años de inhóspito destierro tenían la culpa.

Se sentó a la mesa camilla, junto a la ventana que daba a un angosto y mugriento patio de luces. Camisas y enaguas gastadas y grises en los tendederos, sin blancura, sin inocencia. Banderolas de la vulgaridad. Nublado día de octubre. Si todo iba bien no tardaría ya mucho en tener un apartamento grande y cómodo para vivir. ¡Y leña! Toda la que quisiera. Se lo merecía, después de las privaciones que había pasado en su vida.

Bebe a pequeños sorbos la infusión y empieza a hojear el periódico, pero un crujido de la madera lo distrae. Perece venir de detrás de la estantería. Un ratón, seguro. Le había dicho mil veces a su mujer que pusiera cepos, pero se le olvidaba siempre o le daba asco y lo dejaba pasar. Al final le tocaría hacerlo a él, como siempre, como pasaba con todo. Si él no se ocupaba de las cosas, nunca se hacía nada. ¡Qué desidia endémica! Y así todo. Pero ya verían. Se iban a enterar más de cuatro que él se sabía; vaya que si se iban a enterar. Se acabó lo que se daba.

¡Maldita sea! Se le había vuelto a olvidar pasarse a recoger las cortinas nuevas del dormitorio. No había manera de que se acordara. Vaya, su mujer se iba a poner hecha un basilisco y no había quien la aguantara cuando se ponía así. Lo que le faltaba: una muela y su mujer jodiéndole la vida de consuno. «Bonito día te espera, Vladimir, bonito día».

¡Agh! ¡La muela del demonio! No dolía tanto como antes pero aún… Y encima tenía el estómago revuelto. La cena de anoche no…, la mantequilla tal vez; ya le parecía que estaba algo rancia. Pero tenía que estar en forma hoy. Mejor se volvía a acostar. Se saltaría el almuerzo, dormiría hasta las cuatro y luego comería algo de fruta y listo. ¿Qué hora era? Bah, el reloj de péndulo vuelve a atrasarse, pero claro, es un trasto viejo, no podía esperarse otra cosa. ¿Y si no volvía a ponerlo en hora? Total, tendría que hacer la misma operación dos veces al día, por lo menos. ¿Para qué molestarse? Le bastaba con oír su grave tic tac. Bueno, tac, toc en realidad. Era un reloj serio y grave; casi funerario, como de popes. Esos popes con esas voces litúrgicas de barítono y de bajo, qué imponentes, caray. Pues eso, tac toc. Ese ruido a compás y el fantasmal retumbar metálico de los carrillones al dar la hora le hacían compañía, aunque a su mujer le daban escalofríos. «¡Llévate ese trasto, por lo que más quieras!». Pero ahí no había cedido ni pensaba ceder: el reloj seguiría donde estaba, faltaría más.

Aún le quedaba más de medio periódico por leer, pero se sentía cansado. Había dormido mal. Mejor volver a la cama y reponer fuerzas.

Durmió de un tirón y ni se dio cuenta de cuando su mujer se levantó armando ruido y subiendo las persianas desconsideradamente.

Se despertó a las cuatro, con su despertador infalible, se aseó con esmero y se cepilló la perilla. Después se vistió. Nada de florituras ni ropas de petimetre; un simple y digno atuendo de trabajo, como todos los días.

Había llegado la hora. Se colocó cuidadosamente la peluca que le habían conseguido para pasar desapercibido y tras recoger gorro, abrigo y cartera bajo apresuradamente la escalera. Abajo lo esperaban tres camaradas para acompañarlo a la sede del sóviet.

—Salud, camarada Lenin.

—Salud, camaradas. Vámonos rápido que tenemos faena por delante. Hay que derribar a Kerenski y asaltar el Palacio de Invierno. Los bolcheviques vamos a cambiar el mundo.

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© 2012. Luis Sanz Irles. Todos los derechos reservados

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