Alas y plumas

14 octubre, 2016 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 14 de octubre de 2016.

Escribir, volar, leer.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

ALAS Y PLUMAS

No creo que la aeroliteratura tenga que ver con las soflamas futuristas de Marinetti:

Nosotros queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad… Queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo… Queremos glorificar la guerra, única higiene del mundo.

Más bien se debe a impulsos líricos y épicos encadenados al vuelo desde lo de Ícaro; cuando el escritor es aviador, también hay estremecimientos técnicos. Lírica, épica y técnica aparecen en el sobrevalorado Vuelo nocturno, de Saint-Exupéry:

Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el oro del atardecer. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inagotable…

Los ocasos dorados pronto dejan entrever un venero épico:

Al descender sobre San Julián, con el motor al ralentí […] parecía un conquistador que, en el crepúsculo de sus andanzas, se asoma a las tierras del imperio y descubre la humilde felicidad de los hombres.

Y por fin lo técnico, casi —ahora sí— futurista y mucho mejor que lo del oro vespertino:

Los quinientos caballos del motor engendraban en la materia un fluido muy suave, que cambiaba su hielo en carne aterciopelada.

Recordemos lo de Gómez de la Serna y las grandes máquinas:

¿Qué caracol es comparable, joyeleros poéticos y ruines sensibleros […] a una gran turbina que es un maravilloso caracol del artificio…?

Hay en los aviadores un arrobamiento poético ante la técnica, nacido del júbilo de saberse con los conocimientos para realizar un acto que violenta la condición humana: volar. En Despegando la sombra del suelo, Daniele del Giudice habla con una tensión que un piloto reconoce de inmediato:

La carrera de despegue es una metamorfosis; he ahí una porción de metal que se transforma en aeroplano merced al aire; cada carrera de despegue es el nacimiento de un aeroplano.

Otro ángulo de ataque (jerga aeronáutica, ya puestos) nos lo da James Salter, piloto de combate, en The Hunters:

Y entonces fue todo embriagador. El suave despegue y el sentimiento de libertad de ver el mundo desprenderse y alejarse. Poco después de abandonar la tierra, cruzamos parches de estratos, pesados y blancos como glaciares, que se extendían por los valles.

Mas no solo los pilotos escriben de aviones. Saúl Bellow, un titipuchal de estilo, escribe en El viejo sistema:

… cuando vio el suelo inclinarse y el avión elevarse desde la pista, se dijo a sí mismo con palabras claras: Shema Yisrael. ¡Escucha, oh Israel, sólo Dios es Dios! Por la derecha Nueva York se escoraba colosalmente hacia el mar y el avión, con una sacudida de sus ruedas retráctiles, viró hacia el río.

James Wood sospecha, y ya es sospechar, que las recurrentes menciones de sus vuelos querían poner de manifiesto lo que él, Bellow, veía como su gran ventaja sobre los maestros del pasado —Tolstoi, Melville—, que nunca vieron el mundo desde el cielo. No doy un duro por la interpretación de Wood, pero la consigno por su originalidad.

Muchos aviadores han dejado escritas sus historias. Yo mismo tengo empezada una novelita corta sobre las peripecias de un instructor de vuelo en un aeroclub, pero esa es otra historia.

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