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Los partidarios

2 julio, 2013 — Deja un comentario

partidarios¿Tolstói o Dostoievski? Hay dilemas imposibles, pero algunos lo tienen muy claro. Este relato fue publicado en varios diarios andaluces, hace unos cuantos años.

Cinco y media de la mañana. Es aún de noche y en los cristales se amontonan asteriscos de escarcha. Ha dormido pocas horas, pero no le ha costado levantarse y ha entreabierto las hojas de la ventana para que el aire helado de febrero acabe de espantarle el sueño. Después se ha lavado la cara con enérgicas abluciones y se ha afeitado con esmero.

Se mueve de puntillas por la casa, intentando no despertar a su mujer, y mientras se prepara un frugal desayuno piensa en Sánchez. A esta hora debe de andar haciendo más o menos lo mismo que él, al otro lado de la ciudad, en su escuálido apartamento de los suburbios; un lugar desagradable, acorde con sus gustos sombríos. ¡Estúpido Sánchez! Habría preferido no tener que llegar a esto, pero él se lo había buscado.

Media manzana y una delgada tostada con miel de azahar para acompañar la taza de té. Es todo. Para estas cosas es mejor ir con el estómago ligero. Se lo había oído decir a su abuelo muchas veces.

Empieza a clarear, y una tenue luz lechosa desciende con timidez sobre las calles.

¡Qué extraña era la vida! También él habría podido elegir rumbos azarosos y libérrimos, como Sánchez, pero escogió la rectitud y la responsabilidad. Había en ello mucho más heroísmo que en lo contrario: siempre lo había pensado y hoy, después de treinta años de intachable carrera como secretario judicial, lo seguía pensando. Y ahora…

¡No! ¡Fuera dudas! La honra debe anteponerse a la comodidad y a la conveniencia personal, y si es preciso hasta al código civil. Si se pierde, o peor aún, si dejamos que nos la arrebaten, no se puede seguir viviendo. ¡Y pensar que él y Sánchez habían sido compañeros de colegio en la borrosa infancia! Nunca fueron íntimos, es cierto; eran demasiado distintos para eso; pero hubo un tiempo en que llegaron a tenerse una secreta simpatía, aunque mantuvieran la apariencia de una irreductible hostilidad. Militaban en bandas enemigas y con el mismo rango: eran los lugartenientes de sus respectivos caudillos, los más fuertes de la clase, pero necesitados de la inteligencia que Sánchez y él ponían a su servicio, sobre todo con los deberes y los exámenes. En algún recreo habían incluso departido, casi escondiéndose de los demás, sobre los libros que leían, y en esas secretas revelaciones habían entrevisto la valía del rival.

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Un primer párrafo arrebatador suele preceder un buen libro.

He estado revisando mis cuadernos de lecturas para reunir unos pocos de esos arranques inolvidables que me impresionaron. (Los reproduzco en la lengua en que los leí, junto a su traducción cuando es el caso):

Léon Bloy, Méditations d’un solitaire en 1916. Ed. La part commun, 2010.

Oui, Elisabeth ton parrain est un solitaire et même un corbeau de nuit au sens de l’affreux mot grec nycticorax.

Cela signifie que je parle ou que je croasse dans les ténèbres au fond d’un dessert où ne viendront m’entendre que ceux qui se sont éloignés de tous les chemins de la multitude.

«Sí, Elisabeth, tu padrino es un solitario, y hasta un cuervo nocturno, en el sentido de la terrible palabra griega nycticorax.

Eso quiere decir que hablo o que grazno en las tinieblas, desde el fondo de un desierto al que solo vendrán a escucharme los que se han apartado de todos los caminos de las multitudes». (Traducción propia). 

Otro grito, casi una imprecación, del marginal, enfurecido y sarcástico Bloy.

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