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Artículo publicado en Jot Down sobre un interesante símil utilizado por Isabel García Adánez en su soberbia traducción de La montaña mágica. Su traducción de ese símil es arriesgada, pero fresca y brillante.
Thomas Mann

En la relectura de La montaña mágica, en la que ando maravillándome estos días, me he topado con una imagen de las que te echa el alto de inmediato, por su salvaje frescura y por su eficacia descriptiva. También me admiró su originalidad, que luego resultó no ser tal, sin que esto merme las cualidades señaladas.

Los sitúo:

Capítulo V, subcapítulo «Humaniora», (pg. 330 en la edición de Edhasa, 2005. Traducción de Isabel García Adánez).

Los lectores ya sabemos que Hans Castorp se ha enamorado trepidantemente de Clavdia Chauchat, una rusa que anuncia sus apariciones con estrepitosos portazos que irritan sobremanera a Hans (hasta que dejan de hacerlo, claro). Madame Chauchat, joven, pese a ser Madame, nos ha sido descrita fragmentariamente, a lo largo de muchas páginas, con una maestría narrativa sobresaliente, sobre todo por la estupenda gradación con la que nos van llegando esas noticias. Cuando se produce la escena de la que voy a ocuparme, de Clavdia Chauchat tenemos ya un largo rosario de datos y comentarios, que van entremezclando el retrato físico y el psicológico (o más pedantemente, la prosopografía y la etopeya. ¡Qué le vamos a hacer!). Sabemos, por ejemplo, que:

  • es maleducada;
  • de cabello rubio rojizo;
  • con manos no muy femeninas;
  • dedos cortos que no conocen la manicura;
  • de modales horribles y se deja caer en la silla como un fardo.

Pero también hemos venido a saber que:

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Elogié por tuíter hace poco un interesante símil que se inventa Thomas Mann en La montaña mágica. Es este:

«En los muelles del puerto las imponentes grúas de vapor imitaban la tranquilidad, inteligencia y fuerza gigantesca de elefantes domesticados transportando toneladas de sacos, fardos, cajas, toneles…».

Una amable seguidora (o fologüeresa) me hizo algunas preguntas y me pidió algunas aclaraciones al respecto. Le respondo con gusto y gratitud.

En primer lugar reitero que estamos ante un símil, aunque se haya desviado de la estricta fórmula que nos enseñaron a algunos, según la cual un símil dice que A es como B. Mann no dice «las grúas son como elefantes», sino «las grúas imitan a los elefantes». Es verdad que los dos términos del símil quedan más alejados entre sí unirse con imitan en vez de mediante son como, pues en este último caso vemos que las naturalezas de ambas cosas están muy cerca por su propia constitución, es decir, que siempre están muy cerca, mientras que la imitación puede indicar sólo una aproximación temporal y dependiente de la voluntad del imitador, no de su propia constitución o esencia. Pero esta diferencia, aunque no sea baladí, no impide afirmar que estamos, en efecto, ante un símil.

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Bucólica

4 abril, 2021 — Deja un comentario

La primavera me saca a empujones de la casa: al huertecillo, al olivar, a mi pequeño trozo de monte penibético.

Hay que asear arriates y quitar hierbas importunas y exuberantes que, con su derecho a la vida, amenazan las lechugas que ya han salido, generosas este año, y los tomates que despuntan. El monte se desborda y me desborda; hay herbazales que me sacan dos cabezas. Hay que desbrozar, de lo contrario, cuando el sol de agosto les robe la última gota de agua, toda la ladera será yesca, amarilla como el sol mismo, fuego agazapado. Pondré buena parte de todos los tallos y ramas y hojas que tumba la desbrozadora en una hondonada y la inundaré de agua: se pudrirán los rastrojos y servirán de abono para los olivos.

Desbrozar monte es fatigoso. Todo trabajo de campo es fatigoso. Será una semana de trabajo. Cuatro o cinco horas diarias. Lavorare stanca, decía Pavese. La segadora pesa y el suelo, desigual, pedregoso y en pendiente, obliga a un gran esfuerzo continuo para mantenerse de pie, en equilibrio y al mismo tiempo controlando con firmeza la herramienta. El sol calienta la ropa enseguida, pero hay que vencer la tentación de ir desnudándose, porque el suelo escupe sin cesar una metralla de chinas y ramas secas que serían cuchillas sobre el cuerpo, si no estuviera protegido. Camisa recia, peto, guantes; botas, pantalón de pana, espinilleras; sombrero y la cara toda cubierta por visera protectora. Solo los apicultores se protegen más.

De vez en cuando me detengo a beber agua de una vieja cantimplora. En la loma de al lado brincan y ramonean cabras. Todo adquiere un tono pastoril, y es que va con ellas un pastor con tres perros. No lleva caramillo, pero ha dejado atada, muy cerca, una mula (un burdégano, en realidad, pues es hijo de caballo y burra). La soga es larga y puede llegarse hasta donde la espesa madreselva separa mi olivar del camino.

Mirar hacia arriba es una fiesta: hay alcaudones, mirlos, chochines, estorninos, palomas bravías, reyezuelos, vencejos como arpones en lo alto, halcones y señoriales águilas —qué majestad en su dejarse mecer por las corrientes, qué señorío, qué altivez admirable y hermosa — y al atardecer vienen dos mochuelos a los que ya no asusto. Están en su casa. También están llegando las avispas y ante ellas, lo confieso, adormezco mi espíritu franciscano y hago fechorías contrarias a la vida.

En previsión de las lluvias otoñales y de alguna gota fría aún en verano, he preparado una torrentera, encauzando mejor un pequeño ramblazo natural y empedrando su lecho. El agua correrá rápida y sin embarrarse.

Una mariposa blanca, volitando alocada, acaba de posarse sobre el rodrigón que endereza un pequeño madroño.

Virgilio habló de lo felices que serían los campesinos, si supieran lo felices que son. Aunque el bondadoso Virgilio, el precristiano, el inmenso poeta, pecara de un cierto optimismo antropológico cuando dijo eso, algo de razón sí tenía. Cuando trabajo en el monte, lo sé.

Historieta publicada en Jot Down n. 33

Diciembre 2020

No nos consta que Joyce, que estuvo en Trieste y París y Zúrich y en otros Santos Lugares,

  • yo he seguido devotamente sus huellas por esas ciudades; yo he mojado mi croissant en el café con leche, exactamente en la silla en la que Joyce se tomaba una grappa después de comer,

estuviese jamás en Buenos Aires; pero aun sin haber estado, tiene allí un gran predicamento. (¿Estaba en lo cierto Borges cuando nos advirtió de que el esnobismo es la más sincera de las pasiones argentinas?).

De allí llegó la primera traducción al español de Ulysses, confeccionada con laboriosidad por Salas Subirat, un caballero que también escribió libros de autoayuda y de seguros. En un principio ponderó el título de ¡Che, Ulises!, pero desistió. Salas entró en la selva joyceana machete en mano y consiguió salir por el otro lado sin demasiados arañazos ni acribillado por jejenes. Digamos que podría haber salido peor parado. También de allí llega la última, por ahora, traducción a nuestra lengua de la Odisea dublinesa, hecha por Rolando Costa Picazo (llamarse Rolando obliga a las gestas) en dos voluminosos tomos editados por Edhasa en 2017. Poco antes había aparecido otra versión argentina más, la de Marcelo Zabaloy, que sacó la diligente editorial El cuenco de plata. Allá donde Salas empezaba con «Imponente, el rollizo Buck Mulligan», Zabaloy ve a un caballero majestuoso, pero rechoncho, y Costa Picazo evita (¿Evita?) lo imponente y lo majestuoso y prefiere lo solemne. Los traductores son así: si tú ves rojo, yo encarnado; si tú alegre, yo jacarandoso.

Zabaloy, por cierto, es también el intrépido traductor al español de Finnegans Wake, el libro indispensable más dispensado, como tengo escrito en algún sitio. Ahí es nada: 600 páginas de «lamés gatólica a su candydado de musgococo, un pregusto de curliflor arrepollado de su cerebro. ¡Athiacaro!».

El mexicano Elizondo tradujo una parte del extraordinario galimatías, pero se arrugó prontito, el cuate, y  lo dejó estar. ¡Pinche Finnegans!

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Un artículo mío publicado en Jot Down: https://www.jotdown.es/2021/03/el-traductor-en-su-trastienda/https://www.jotdown.es/2021/03/el-traductor-en-su-trastienda/