Ménage à trois: Borges, Cervantes y Ménard

24 mayo, 2014 — Deja un comentario

quijoteNo quisiera empezar este post (ni ningún otro) con una perogrullada de este tipo: el Quijote es una obra muy compleja. Para disimular, voy a escribir que el Quijote es una novela que versa sobre la complejidad, y no tanto sobre la complejidad del alma humana (¿¿lo qué??) como sobre las posibilidades de complejidad que ofrece la narrativa, la escritura, la praxis literaria. El Quijote, la obra de un gran coñón en estado de gracia, nos desvirga de una pueril ingenuidad, la de creer con fe ciega en ciertos puntos fijos, sólidos, con los que armar una narración satisfactoria y sin dobleces: el autor, los hechos, la interpretación, la verdad, la ilusión… Cervantes nos ofrece un artefacto narrativo que es ante todo un reto para el lector, una especie de cubo de Rubik a lo bestia que carece de solución final. Su lectura, tanto la individual como las de generaciones pasadas,  es precisamente un manoseo textual obsesivo que delata a partes iguales nuestro goce y nuestro desconcierto. Goce y desconcierto: ¡lo que deberíamos pedirle siempre al arte!

Si tuviera que quedarme con uno solo de todos los homenajes explícitos a las hazañas del hidalgo de la Mancha (o a la hazaña de Cervantes, tanto da), me quedaría con «Pierre Ménard, autor del Quijote», el celebérrimo cuento de Borges incluido en Ficciones (1944). El argumento no puede ser más delirante, más ficcional: un tal Ménard, simbolista y nihilista francés, se propone la tarea de reescribir el Quijote letra por letra…, pero sin copiarlo, sino optando espontáneamente por ciertas soluciones textuales que descarten otras variantes ajenas a la novela cervantina; es decir, obviando el azar que inspiró y del que disfrutó Cervantes.

No quería componer otro Quijote ―lo cual es fácil― sino «el Quijote». Inútil agregar que no encaró nunca una transcripción mecánica del original; no se proponía copiarlo. Su admirable ambición era producir unas páginas que coincidieran ―palabra por palabra y línea por línea― con las de Miguel de Cervantes.

Borges nos informa de que tal empresa condujo a la escritura de “los capítulos noveno y trigésimo octavo de la primera parte del Don Quijote y de un fragmento del capítulo veintidós”, con la firma indiscutible de Ménard. A partir de este planteamiento, Borges (o más bien el innominado narrador del relato, amigo personal de Ménard) realiza un pequeño cotejo entre esos fragmentos de Ménard y los especulares mismos fragmentos de Cervantes. Tales especulaciones concluyen con la insoslayable distancia interpretativa entre unos y otros:

El texto de Cervantes y el de Menard son verbalmente idénticos, pero el segundo es casi infinitamente más rico. (Más ambiguo, dirán sus detractores; pero la ambigüedad es una riqueza.)

CervantesO sea: versión gamberrista elevada al cubo (de Rubik) de la estética de la recepción. Sirva todo este delicioso delirio borgiano para  matizar mi primera perogrullada: el Quijote es una novela que versa sobre la inestabilidad de la lectura, que inevitablemente se empantana y chapotea en la ambigüedad. Después de ella, ya no es concebible un lector ingenuo. (Otras de las asombrosas innovaciones de Cervantes, como también lo fue, por ejemplo, tomar un loser como protagonista). Y aquí es cuando Borges, en su ancianidad, da el triple salto mortal.

En  1979 el premio Cervantes se concedió, ex aequo, a Gerardo Diego («¿En qué quedamos, Gerardo o Diego?») y a Jorge Luis Borges. Ese mismo año el autor argentino se había colgado también la medalla de oro de la Academia Francesa, la Cruz Islandesa del Halcón en el grado de Comendador con estrella y la Orden al Mérito de la República Federal Alemana. Era un anciano cubierto de gloria y de muletillas.

En su discurso de entrega del premio Cervantes, nos recuerda:

 

El héroe no es don Quijote, el héroe es aquel hidalgo manchego, o señor provinciano que diríamos ahora, que a fuerza de leer la materia de Bretaña, la materia de Francia, la materia de Roma la Grande, quiere ser un paladín, quiere ser un Amadís de Gaula, por ejemplo, o Palmerín o quien fuera, ese hidalgo que se impone esa tarea que algunas veces consigue: ser don Quijote, y que al final comprueba que no lo es; al final vuelve a ser Alonso Quijano, es decir, que hay realmente ese protagonista que suele olvidarse, este Alonso Quijano.

¿No es este párrafo, que parece extraído de la experiencia lectora de un niño de 10 años, de una torpeza conmovedora? Después de todas las especulaciones, las inestabilidades y los desconciertos, parece Borges reclamar una inusitada dosis de ingenuidad. ¿No será acaso el goce, incluido el goce lector, siempre una forma de inocencia?

Tal vez el propio Borges nos da pistas para entender esto cuando, en el prólogo a una edición de sus obras completas, dice:

En aquel tiempo buscaba los atardeceres, los arrabales y la desdicha; ahora, las mañanas, el centro y la serenidad.

Borges

Borges

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