¡Sombra terrible de Facundo…!

19 enero, 2015 — Deja un comentario

Facundo1

El Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, se cruzó conmigo en los alborotados tiempos de la universidad. Oí decir que era un gran libro y recuerdo que pensé: “Lo será, sin duda, pero que lo lea otro”.

Porque, para empezar, ¿qué cabe esperarse de todos esos nombres absurdos? ¿Facundo? Va Facundo moribundo por el mundo con un gesto tremebundo… ¡Por favor! ¿Faustino? ¿¡Sarmiento!? María Sarmiento, te voy a contar un cuento. ¿Quién puede llamarse Faustino Sarmiento y salir sin taras de la ordalía?

Después, pasados muchos años, porque el azar lo ha querido ha vuelto a cruzárseme. Desfilaba yo, despaciosamente, ante mis estanterías, intentando decidir qué me apetecía leer, cuando de ellas saltó Facundo, dominador, altivo y exigiendo ser leído. Acerté haciéndole caso.

 gaucho2Facundo es como ha venido en llamarse, andando el tiempo desde su primera aparición en 1845, el que en verdad se llama Facundo. Civilización y barbarie, que ya es una completa declaración de intenciones, pero que también ha conocido otras variantes, como, por ejemplo, Civilización y barbarie. Vida de Juan Facundo Quiroga, y aspecto físico, costumbres y ábitos (sic) de la República Argentina.

 He pasado con él tres días de placer y voy a contar por qué. Principiemos con el principio. ¿Cómo no extasiarse con este clamoroso arranque, que pasa desde ahora a mi galería de primeros párrafos inolvidables?

 ¡Sombra terrible de Facundo voy a evocarte, para que sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: revélanoslo.

No hay análisis sociológico ni texto historiográfico que mejore, ¡ni por pienso!, este gótico párrafo.

No menciono la sociología o la historiografía por casualidad ni capricho, pues el Facundo quiere ser ante todo un texto de historia social y política. Sin embargo trasciende con mucho esa intención y se convierte, quizás sin plena conciencia de su autor, en una obra literaria suntuosa e inolvidable. Adelanto, pues, que es su lado literario el que me parece superior y el que más me ha interesado, aunque también resulte arrebatadora su otra alma, la del análisis histórico y de retrato de un mundo que no te deja abandonarlo en cuanto te adentras en él.

Leer Facundo hace pensar en esos libros de historia ―Herodoto, Tácito…―  que son, a la vez, literatura grande y fascinante. Es una de esas sorprendentes manifestaciones de la no-ficción creativa; añadiré que una de las mejores que conozco. Las ideas historiográficas que lo constituyen son, sin duda, antiguas, aquejadas de romanticismo y entretejidas con simplificaciones demasiado radicales, pero también rezuman intuiciones brillantes y claves utilísimas para entender no solo la historia argentina, sino también la del mundo, en muchas de sus encrucijadas.

sarmiento

Domingo Faustino Sarmiento

La vida del autor, Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) estuvo siempre marcada por una fuerte inclinación hacia la res publica. Fue un ferviente “unitario” (el libro nos explica con pelos y señales lo que esto significó en Argentina), activista, propagandista, exiliado, educador, reformador, embajador y, por fin, presidente el país entre 1868 y 1874. Su obsesión, el objeto de su odio y su furia, su enemigo mortal, hasta el punto de parecer que combatirlo constituyó el sentido de su vida, fue Juan Manuel Rosas, el singular dictador que gobernó Argentina (asueló, según Sarmiento) en la década de los 30 del siglo XIX.

 Si lo que Sarmiento cuenta de él es cierto, el estanciero Rosas, descendiente de cántabros, habría sido un tirano mucho más brutal, pero también mucho más astuto, que la mayoría de sus colegas, en América y en el mundo. Astuto porque ha resultado ser mucho menos conocido, y por ende menos vituperado por la historia, que, pongamos por caso, un doctor Francia, el alucinado dictador paraguayo, o un brutal Trujillo, tirano de la República Dominicana, muchos años después.

 ¡Quién sabe si esto podría deberse a la literatura! José Gaspar Rodríguez de Francia y Leónidas Trujillo han tenido sus bardos para inmortalizar su innoble recuerdo. Francia lo tuvo en Augusto Roa Bastos, autor del inolvidable Yo, el Supremo, y Trujillo, en Vargas Llosa y su Fiesta del chivo. (Estas dos obras engrosan el subgénero de “novela de dictador”, que inaugura Facundo, precisamente, aun sin ser novela verdadera, y que tiene en Tirano Banderas de Valle Inclán una de sus cimas).

Rosas, que yo sepa, no ha tenido un gran libro “en su honor”. Ha tenido el Facundo, sí, pero, en primer lugar, no es solo para él, sino que lo comparte con otro malvado, el “gaucho malo” Facundo Quiroga, quien da su nombre al libro, y en segundo lugar no es enteramente una obra literaria, como he dicho. Esa ambigüedad bien puede haber entorpecido su difusión y su fama y diluido, análogamente, la notoriedad de sus protagonistas, quod erat demonstrandum.

Conviene mencionar, ya que he hablado de malvados, que el odio de Sarmiento hacia Rosas es tal que se apresura a marcar sus diferencias con Facundo. Este último ha cometido crímenes horrendos, robos, estupros y toda suerte de salvajadas y crueldades, pero

Quiroga […] era bárbaro, avaro y lúbrico, y se entregaba a sus pasiones sin embozo; su sucesor [o sea, Rosas, aclaro yo] no saquea los pueblos, es verdad, no ultraja el pudor de las mujeres, no tiene más que una pasión, una necesidad, la sed de sangre, la sed de “sangre humana”, y la de despotismo.

gauchoLa frialdad calculadora al hacer el mal es uno de los rasgos que Sarmiento más recrimina a Rosas. Como insinué hace no mucho en un tuit, a los conceptos kantiano de “mal radical” y arendtiano de “mal banal”, Sarmiento agrega la idea, de estirpe térmica, del “mal frío”.

 He aquí otra perla contra el detestado Rosas:

 La montonera, tal como apareció en los primeros días de la República bajo las órdenes de Artigas [otro nota de armas tomar, añado de mi cosecha], presentó ya ese carácter de ferocidad brutal, y ese espíritu terrorista que al inmortal bandido, al estanciero de Buenos Aires, estaba reservado convertir en un sistema de legislación aplicado a la sociedad culta, y presentarlo en nombre de la América avergonzada a la contemplación de la Europa. Rosas no ha inventado nada; su talento ha consistido sólo en plagiar a sus antecesores, y hacer de los instintos brutales de las masas ignorantes un sistema meditado y coordinado fríamente.

Facundo tiene tres partes. La primera es un estudio, de fuerte inspiración romántica, sobre la génesis del  “carácter nacional argentino”, formado, según el autor, por la influencia en los hombres de las grandes llanuras, que, imponiendo grandes distancias que desembocan en largas soledades, determina también una actitud hacia el trabajo, no muy positiva, y, consiguientemente, un tipo de economía y de formas de vida.

En la segunda parte se narra la vida fabulosa, tremenda, del gaucho Facundo Quiroga, que se convirtió en uno de los principales caudillos y figura clave de la guerra civil argentina, tras la independencia.

 La tercera parte está dedicada, “con todo cariño” a Rosas y su tiempo.

Sus tesis históricas y sociológicas son, claro, discutibles y en buena medida tenidas hoy por obsoletas. Pero son atractivas e interesantes porque la pasión y el lenguaje del autor las hace fascinantes.

Pero lo mejor del libro no es su parte histórica, sino su parte narrativa, literaria, que se manifiesta en dos cosas: una grandiosa capacidad narrativa, que mantiene al lector pegado al libro, y una conciencia clara del poder de las palabras, que maneja con maestría envidiable.

 La soberbia prosa, el estilo, la voz personalísima (aun cuando pese lo suyo la retórica de la época) hacen de Facundo una obra maestra de nuestra literatura. Me recuerda un amigo que Unamuno se refería al Facundo como a la mejor prosa española del todo el XIX y estoy por darle la razón.

 Es Tucumán un país tropical en donde la naturaleza ha hecho ostentación de sus más pomposas galas; es el edén de América, sin rival en toda la redondez de la tierra. Imaginaos los Andes cubiertos de un manto verdinegro de vegetación colosal, dejando escapar por debajo de la orla de ese vestido, doce ríos que corren a distancias iguales en dirección paralela, hasta que empiezan a inclinarse todos hacia un rumbo, y formando reunidos un canal navegable que se aventura en el corazón de la América. El país comprendido entre los afluentes y el canal tiene a lo más cincuenta leguas. Los bosques que encubren la superficie del país son primitivos, pero en ellos las pompas de la India están revestidas con las gracias de la Grecia.

El nogal entreteje su anchuroso ramaje con el caoba y el ébano; el cedro deja crecer a su lado el clásico laurel, que a su vez resguarda bajo su follaje el mirto consagrado a Venus; dejando todavía espacio para que alcen sus varas el nardo balsámico y la azucena de los campos.

No es este, con su encendido espíritu lírico y bucólico, el párrafo más representativo del libro, pero es uno de los que más me ha gustado. Quien no haya disfrutado leyéndolo hará bien, seguramente, en olvidarse de Facundo y leer otras cosas, pues hay donde elegir.

Si no por otras razones, hay que leer Facundo para reaprender español, que buena falta hace (aunque a algunos mucho más que a otros, naturalmente).

No hay comentarios

¡Se el primero en comenzar la conversación!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s