Los números de una biblioteca

20 marzo, 2015 — Deja un comentario

caos

En el principio era el caos

 

Cualquiera que tenga unas pocas docenas de libros descubre pronto la verdad de aquellas palabras que Borges escribió en Los Teólogos, una de las narraciones de El Aleph.

Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de no conocerla hasta el fin.

Nunca he olvidado ese lamento desde que lo leí, hace ya eones.

(Recuerdo bien Los Teólogos, ese relato que arranca con unos dramáticos ablativos absolutos: Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras… Pero esa es otra historia).

Hay, empero, otra oración posible, parafraseando la de Borges, como he podido comprobar estos días. Es esta:

«Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se sabía culpable de hospedar algunos libros indignos».

Pronto serán purgados, arrojados a las tinieblas o al fuego purificador de la estufa, que aún arde, en vista del veleidoso marzo.

Esto va de libros y bibliotecas y bibliofilia, esa manía de la que no tengo ningún interés en curarme. Mejor dicho, va de unos libros, una biblioteca y una bibliofilia particulares: los míos. Quién sabe si aireando mis anaqueles y sacudiéndoles el polvo a montones de volúmenes que han ido creciendo, casi inadvertidamente, a lo largo de muchos años, acompañándome por muchos países y muchas casas en las que he vivido, no rescataré del olvido vivencias, casos, personas, amoríos, desgarros y remiendos, retazos, en fin, de mi vida, que merecen mejor suerte que la de permanecer arrumbados en un inhóspito e invisible baúl. Los libros, como la música, tienen gran poder de evocación y de entre sus páginas saltan a veces trozos de pasado y se echan a volitar por la estancia, como mariposas, o se nos agarran a la piel como garrapatas; nos lo asegura Borges (otra vez él, y no me lo había propuesto) en su poema Las cosas.

Un libro y en sus páginas la ajada
Violeta, monumento de una tarde
Sin duda inolvidable y ya olvidada

Abriendo libros, librillos y libracos que habían estado cerrados por lustros han salido, es verdad, muchas cosas:

  • La consabida hoja quebradiza de quién sabe qué árbol,
  • mosquitos que fueron aplastados entre las dos pesadas mitades del libro y convertidos en asteriscos, según la hermosa y tétrica imagen del poeta antillano Derek Walcott, mosquitoes […] flattened to asterisks, en su asombroso Omeros
  • un billete de tren entre dos ciudades húngaras,
  • un Gauloise sin filtro y sin fumar, aplastado pero íntegro,
  • un trozo de servilleta manchado de carmín,
  • una mancha de sangre que dejé, sin querer, con mis dedos, porque yo, cuando enardezco de lujuria, trazo en mi cara pinturas de guerra, como Sitting Bull, con la sangre menstrual de mis amantes y adquiero un aspecto fiero y amenazador.
  • una nota de despedida que nunca debí conservar, pero que conservé, llevado por mi vicio de los regustos amargos,
  • un librillo, casi agotado, de papel de fumar, que debió de tener un buen uso que ya no recuerdo.

La cosa empezó cuando hace unos días me decidí, por fin, a comprar unas estanterías (blancas, Ikea, funcionales, minimalistas, montaje fácil, proyecto largamente acariciado) para el semisótano, donde tengo mi estudio, y poder así ganar espacio para reordenar la biblioteca y liberar mis libros de sus intolerables apreturas. De ese trabajo, que me ha llevado varios días y una lumbalgia, salen estas líneas que coquetean con la estadística, porque lo de los libros es una de las pocas cosas, por no decir la única, que guarda un cierto orden en mi vida. Lo demás, un desastre: olvidos, pérdidas, despistes, busca incesante de objetos que nunca están en su lugar, objetos que sí lo están pero que no logro recordar cuál es, objetos que no tienen lugar alguno y deambulan por la casa sin propósito fijo…

Ese milagroso orden que sí consigo preservar para los libros raya en lo maniático (recuerden, por favor, que estoy hablando de bibliofilia, —la lectofilia, que también me aflige, es otra cosa—) y tiene como subproducto una hoja de cálculo donde registro los datos principales de mi biblioteca. Jugueteando con ella —con la hoja de cálculo, digo— me han ido saliendo unos cuántos números y relaciones que hoy quiero compartir desde aquí:

Mi biblioteca se aloja a lo largo de 71m de anaqueles, lo cual está bien, pues 71 es el vigésimo número primo y el número atómico del lutecio, y 71 metros es la milésima parte de la distancia entre las ciudades ucranianas de Dnipropetrovsk y Zaporizzhya.

Tengo registrados un total de 2 748 libros, lo que significa que su grosor promedio es de 2,6cm. (A ojo de buen cubero, el más rollizo de mis volúmenes debe ser un vetusto The Complete Works of William Shakespeare, que ya empieza a amarillear más de la cuenta y que tiene casi 15cm de grosor, algo más que la longitud media del pene de los españoles, que, según la Asociación Española de Andrología, es de 13,58 miserables centímetros, muy lejos de los mitificados y fementidos 20 envidiables centimetrazos con los que muchos mienten ir por el mundo estragando doncellas y hasta rabizas).

Me pone contento esa cifra de 2 748 libros. Ya sólo me faltan dos para llegar a otro número primo.

El 57,6% de mis libros están en español. El resto, o sea, casi la mitad, están en otros idiomas, según la siguiente distribución:

Idioma

%

ESPAÑOL

1 581

57,6

INGLÉS

560

20,4

DANÉS

225

8,2

FRANCÉS

174

6,3

ITALIANO

134

4,9

NEERLANDÉS

12

0,4

Completan la cosa algunos libros en portugués, alemán, catalán, latín y alguna otra rareza como el rumano, por ejemplo, en el que logro mantenerme a flote y leer a mi admirado Mihail Sebastian, cuyos impresionantes diarios hay que leer velis nolis (antes muerto que decir «sí o sí»).

Estas cifras incluyen, junto a los libros originalmente escritos en esas lenguas, los que han sido traducidos a ellas. Sin embargo, al contar los libros según la lengua en que fueron escritos originalmente, es decir, sin tener en cuenta si los tengo traducidos o en el original, el predominio del español desaparece y cede el primer puesto al inglés (26,8%). Siguen el español (25%) y el francés (12,8%).

Mis conocimientos de biblioteconomía son rudimentarios y, consiguientemente, la ordenación de mis libros sigue criterios poco sofisticados, a saber, una primera división por grandes temas y dentro de cada uno, un vulgar orden alfabético de autores, incluidas la A de Anónimos y la socorrida V de Varios. Tras la reorganización se me quedan 24 grupos, que incluyen literatura (o sea, creación literaria), historia de la literatura, crítica y teoría literaria, lingüística, sociopolítica, diccionarios, historia, filosofía, historia de las ideas, música, etc. Los doce principales son estos:

 

TEMA

%

Literatura

1695

61,8

Sociopolítica

137

5,0

Crítica y teoría literaria

116

4,2

Filosofía

103

3,8

Ensayo

91

3,3

Diccionarios

89

3,2

Historia

67

2,4

Varios

58

2,1

Idiomas

42

1,5

Comunicación y media

37

1,3

Aviación/aeronáutica

35

1,3

Hª de la literatura

30

1,1

 

Esos 89 diccionarios (muchos, en verdad) dan cuenta de la intensa actividad de traductor y de intérprete que realicé en un pasado ya remoto. Los hay de todo tipo, incluyendo tesauros y léxicos especializados en varios idiomas y en campos muy dispares (calzado, numismática, arquitectura medieval, maquinaria agrícola…). Como intérprete jurado he trabajado, ocasionalmente, para la justicia, traduciendo delirantes interrogatorios de jueces a mafiosos de toda laya; dejé de hacerlo por la insoportable e injusta lentitud con la que la administración judicial paga a sus proveedores. También he pasado muchas horas encerrado en angostas cabinas de muchos países, con los auriculares puestos, aislado del mundo, haciendo interpretación simultánea, labor difícil y agotadora en la que uno habla y habla sin llegar a escucharse a sí mismo, sino a otro, que perora a toda velocidad, sin caer casi nunca en la cuenta de que hay alguien ahí arriba, invisible, que debe hacer entendible su verborrea y su sintaxis, pobre y desmayada en muchas ocasiones. La juventud de entonces podía con todo.

La tabla anterior no permite dudas sobre cuál es mi mayor interés: la literatura. Si a los libros de creación literaria (novela, poesía, etc.), se suma los de teoría, crítica e historia de la literatura, sale un 67% de mi biblioteca dedicada a ella. No obstante, la sociología, ciencia política, filosofía y el ensayo (pequeño cajón de sastre que exigiría más finura de la que le dedico) también tienen su modesta, pero no desdeñable, presencia.

Yendo a los autores, me ha picado la curiosidad de saber cuáles aportan más libros a mis estantes. Son estos:

AUTOR

Nº libros

Simenon

35

P Galdós

29

Proust

23

Tolstoi

21

Borges

19

Dostoievski

17

Isaac Asimov

16

Balzac, Jünger, Cortázar

13

Cervantes, Coetzee, H. Hesse, P.Auster, P. Roth

12

Joyce, Sandor Márai

11

Dante, H. James, Y. Mishima, Nabokov

10

J. Banville, Chateaubriand, Conrad, Dickens, Dumas, Kafka

9

Leon Bloy, Gide, Tanizaki

8

 

photo 2

El estante “Simenon”

 

La primacía de Simenon, el formidable novelista belga, se explica primero porque me encanta (tengo dicho que más que un escritor de género policiaco, es un metafísico de fuste) y segundo, porque escribía como un poseso y me dio por comprarme sus obras completas: 27 importantes volúmenes en papel misal. Casi un metro de Simenon. Es una alegría saber que todavía me quedan muchas de sus novelas por leer; son perfectas para días grises y lluviosos.

Galdós, interesante, ocuparía, no obstante, un lugar de menor rango en esta clasificación, si no fuera por lo monumental de sus Episodios nacionales, que también tengo en su totalidad, que me he leído solo en parte y que nunca terminaré.

photo 1

Rincón “Joyce”

Tolstói está ahí arriba porque sí. Es, con Joyce, mi novelista favorito. El alfabeto ha dispuesto que él y Dostoievski, el otro “gran ruso” (con permiso de Pushkin), estén en anaqueles separados, aunque enfrentados; desde ellos creo que se vigilan de cerca, a veces con simpatía y a veces con torvedad (sustantivo que no existe, pero debería existir).

Lo de Proust es más aparatoso de lo que sería normal, pues en verdad sólo tengo su grandiosa Recherche… y un par de cositas más, pero la Recherche son siete volúmenes y tengo tres versiones: la original francesa y dos traducciones al español. 7×3=21. Voilà.

Además de los enumerados, también andan por ahí con buena representación, Flaubert, Víctor Hugo, Goethe, Ishiguro, Kenzaburo Oe, Stendhal, Camus, Svevo, Quevedo, Thomas Mann, Zola, Faulkner y tantos otros.

 

 

Ha sido laborioso, pero grato, darle nuevos aires a mi biblioteca, y quiero despedirme mencionando un libro muy especial para mí. Una de las lecturas más arrebatadoras que he tenido en los últimos diez años. No me atrevo a recomendarlo. No, al menos, indiscriminadamente (es un libro, creo, para los «muy cafeteros»), pero dejo constancia de mi devoción y gratitud hacia él, por si alguien se atreve:

Adalbert Stifter, Verano tardío (Ed. Pretextos), cuyas 883 páginas terminan así:

photo 4photo 5

photo 3

 

Concluyo, a petición de Álvaro Quintana @Alvaroquinn, con una breve lista de hallazgos reencontrados que pienso leer o releer pronto. Tal vez aporten ideas:

  • Mihail Sebastian, Journal 1935-1944. Ivan R. Dee (Chicago).
  • Marc Fumaroli, La diplomacia del ingenio: de Montaigne a La Fontaine. Acantilado.
  • Claude Simon, La route de Flandres. Les Éditions de Minuit.
  • Derek Walcott, Omeros. Anagrama (Edición bilingüe).
  • Italo Svevo, La coscienza di Zeno. Einaudi

 

 

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