Quimo – Döblin

30 mayo, 2016 — Deja un comentario

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Los viernes publico una sección en las páginas de cultura del diario Málaga Hoy.

En ellas pongo una lupa sobre textos literarios, intentando escarbar, arañar la superficie, mirar debajo de ellos y examinar qué puede haber que tal vez no se vea a simple vista.

Este se fija en un pasaje de la primera parte de una trilogía del grandísimo, pero no demasiado conocido, escritor Alfred Döblin, titulada Noviembre de 1918.

Quimo Döblin

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

QUIMO-DÖBLIN

Alfred Döblin, conocido sobre todo por Berlín Alexanderplatz, también era médico. Su lado científico aflora en lo que escribe.

En Burgueses y soldados —1ª parte de una novela sobre el fracaso de la revolución socialista alemana de 1918 y el surgimiento de la República de Weimar— esa faceta aparece pronto, al narrar la muerte de un piloto herido de bala en el vientre.

El plomo […] salió al mundo para entrar en ese cuerpo tierno como la raíz de una planta entra en la tierra fértil […] Los largos y finos intestinos se movían, no se contrajeron cuando llegó la bala, iba demasiado rápida, se abrió paso a través de ellos y probó al pasar el diluido quimo que allí se encontraba desde el desayuno…

La insólita aparición del quimo nos abre la puerta a unas entrañas violadas e inquietantes. La bala sigue su camino hasta incrustarse en un hueso y luego:

El enfermo se fue apagando solo. Las finas plantitas que la bala de plomo había llevado a su cuerpo desde el aire y desde su guerrera proliferaban en el vientre. Recubrían los intestinos con un soplo turbio […] Los hongos habían recorrido las venas del hombre dejándose arrastrar alegremente por la cálida corriente de la sangre […] Y ahora el humano se había convertido en una enorme bóveda hueca…

Por las paredes de la bóveda reptan plantas trepadoras […] monstruos de cuellos atrofiados salen del fango, los colibríes zumban con sus curvados picos, las flores les tienden sus chillonas corolas y les sacan estrechas lenguas rojas.

Las enfermeras lo palpan, lo incorporan, lo llaman…

Pero la selva virgen lo ha engullido.

La dulce naturaleza de flores y colibríes se ha convertido, sibilinamente, en ponzoña y muerte. La bala ha inoculado otra vida, que coloniza el cuerpo. El soplo turbio nos pone en guardia ante el lado traicionero de las finas plantitas; el cálido torrente transporta maderadas de ominosos hongos; otras plantas no crecen, sino que reptan; «proliferar» es aquí un verbo aterrador.

Así prepara Döblin el párrafo en el que unas chillonas corolas o unas burlescas lenguas rojas pierden toda inocencia. Ya sólo las podemos ver como deformes monstruosidades que han eviscerado al hombre hasta matarlo. La ciencia presta lúgubres recursos al escritor.

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