Archivos para El arte de leer

Asinus Aureus

21 febrero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 16 de febrero de 2017.

Original, pionera y descacharrante novela latina.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

 

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

ASINUS AUREUS

El asno de oro, de Apuleyo. Gran literatura que no me recato de llamar novela, sin anteponerle el socorrido proto. También es divertida y hasta hilarante. Tiene dos mil años y una frescura que encandila

La obra cuenta las aventuras de Lucio, un curioso impertinente que acaba convertido en borrico por la acción de un ungüento mágico que habría debido transformarlo en ave. Como asno, Lucio conoce mil y una desgracias, yendo de amo en amo, hasta que recobra forma humana mediante la ingestión de una rosa.

¡Qué maestría, la de Apuleyo, para combinar el humor y la ironía con los ambientes oníricos que aparecen en torno a embrujos y encantamientos! La obra exhibe, rodeando ese humor, un curioso libertinaje costumbrista y literario. Pero no es mi propósito resumirla; sólo hablarles un poco de sus inagotables recursos retóricos y astutas técnicas narrativas. He seleccionado algunos ejemplos sabrosos.

La modernura de la obra se manifiesta, nada más empezar, interpelando al lector para aclararle el manido asunto del narrador:

¿Quién te habla? Muy brevemente, entérate.

El ático Himeto, el itsmo de Efirea y el espartano Ténaro […] tierras felices, celebradas para siempre por una literatura todavía más feliz, son la antigua cuna de mi raza. Continuar leyendo…

Himnos a la noche

15 febrero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 9 de febrero de 2017.

Novalis, y no hay nada que añadir.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

HIMNOS A LA NOCHE

El discreto deseo, la jovial esperanza de este artículo es que aquellos de ustedes que no conozcan a Novalis, lo lean, y quienes lo conozcan, no lo olviden. Aún es legal soñar.

Novalis era lírico y metafísico. No es raro que ambas cosas vayan de la mano, pero en Novalis tal coyunda tiene rasgos muy especiales. Su idealismo mágico, expresión que siempre sale cuando se habla de su obra, y yo no quiero ser menos, tiene que ver con la unión del hombre con el cosmos: ¡ahí es nada!

LÁPIDA

En 1797 murió, a los precoces 15 años, su amadísima Sophie von Kühn. Fue el punto de partida de los inolvidables Himnos a la noche y, por ende, del romanticismo alemán: el verdadero romanticismo, a cuyo lado los demás son pálidas funciones de colegio.

Novalis empieza cantándole a la luz, como hacen casi todos los hombres:

 

…la gratísima luz

[…] un mundo gigantesco

de infatigables astros

que sobrenadan en su mar azul;

la fulgurante piedra

y la planta tranquila;

y la fuerza agitada

Pero pronto nos descubre hacia dónde dirige en verdad la mirada:

Yo, sin embargo, vuelvo

hacia la misteriosa, inexpresable

noche sagrada.

Dije que lírica y metafísica —transmutable en mística— suelen ir juntas. Enseguida nos llegan ecos de Fray Luis de León, que se alejó del mundanal ruido por la escondida senda:

Muy lejos queda el mundo, como si sepultado en honda fosa.

[…]

Los breves goces,

las ilusiones vanas, toda una larga vida

aparece con vestiduras grises,

cuando ya el sol inicia

su desaparición…

 

Era, pues, de esperarse este lamento:

¿Ha de volver siempre la mañana? / ¿El poder de la tierra nunca terminará?

Y esas preguntas son el hontanar del que brotan unos versos cuya belleza asombra:

¡Sueño sagrado! […]

Sólo el necio te ignora

no sabe de otro sueño

que la sombra

con la que, compasiva, nos recubres […]

No te siente

en el caudal dorado de las uvas

ni en el aceite milagroso del almendro

ni en la savia oscura de las amapolas.

No sabe que eres tú

quien flota en derredor sobre los pechos

de la tierna doncella, transformando

en cielo su regazo…

T.S. Eliot bien podría haber conocido, antes de escribir La tierra baldía (o La tierra desolada, que eso queda por verse), estos versos de Novalis:

Huyó la fe,

la todopoderosa,

y su celeste compañera,

la imaginación

que todo lo transforma

y fraterniza.

Desde el norte

un viento frío y áspero sopló

sobre los campos gélidos

y la maravillosa patria

se disipó en el éter…

Himno a himno, Novalis dicta la gramática del romanticismo literario, que sobrevive en muchos de nosotros, fluyendo despacio por veneros muy hondos y secretos, a la espera de otros tiempos y otros vientos. Todos, hasta los más aguerridos, tenemos derecho, cuando nadie nos ve, a momentos de puro lirismo. Que no degenere en cursilería es responsabilidad nuestra, estética e intransferible.

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Jünger y la escritura

7 febrero, 2018 — 1 Comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de febrero de 2017.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

JÜNGER Y LA ESCRITURA

Escritor brillante, filósofo atrevido e intelectual emblemático, Ernst Jünger fue también un teórico de la escritura y un original crítico literario. Sus pensamientos al respecto aparecen dispersos en su obra, sobre todo en las formidables Radiaciones y en un libro titulado, de manera explícita, El autor y la escritura.

Tal vez sea el Jünger que reflexiona sobre su quehacer literario aquel del que me siento más cercano, tanto que bien podría haber escrito yo estas palabras:

…para mí es jornada de caza cada día; quiero decir que me paso la mañana dando forma a frases y desechándolas, cual alfarero que rompe sus cacharros.

Luego añade con tino:

…lo mismo cabe decir de la inversión del orden de las palabras dentro de la frase por motivos de equilibrio, de exacta distribución de pesos […]. La labor rítmica realizada en la prosa no habrá de dejar tras de sí rastro ninguno; hacer ese esfuerzo es algo que merece la pena, tanto más cuanto menos se lo perciba.

Borrar el esfuerzo que la ha precedido: he ahí una señal de la gran prosa. Siempre lo he creído.

Jünger no escatima mordacidad, como cuando habla de las cosas que distinguen al escritor novel del experimentado. Es también una señal de impotencia el desenfreno en los superlativos, dice burlón. Un no rotundo al despliegue de plumajes multicolores, aparatosas paradas nupciales o pirotecnias verbosas.

Jünger me ha llevado hacia algunos de los que hoy son mis autores favoritos y descubierto libros que jamás habría leído sin él; entre estos últimos quiero citar la fascinante y recomendabilísima Historia de los naufragios, de Deperthes. Sobre algunos de sus escritores de cabecera, me gustó leer estas palabras:

Poe, Melville, Hölderlin, Tocqueville, Dostoievski, Burckhardt, Nietzsche, Rimbaud, Conrad, a todos ellos se los encontrará conjurados con frecuencia en estas páginas como augures de las profundidades del Maelstrom al que hemos descendido. Entre estos espíritus están también Léon Bloy y Kierkegaard.

Y me admiró leer estas otras:

Las obras de un Scott y Dickens, Hugo y Dumas, Tolstoi y Dostoievski se asemejan a imperios, que fundan colonias o a torrentes que desencadenan aluviones.

El autor —escribió vigorosamente— tiene que satisfacer a la lengua, no a la crítica; por consiguiente, no al juicio, sino a la ley. La mayoría de las reseñas no pertenecen hoy al terreno del arte, sino al de la política.

Él fue y es víctima de estas anteojeras, al ser frecuentemente juzgado a la luz de fosilizados presupuestos ideológicos.

Voy terminando. He aquí una de las descripciones más certeras que conozco de lo que es la lectura para un lector verdadero, y aunque han de ser ustedes quienes interpreten el adjetivo, aventuro que verdaderos lo son quienes se reconozcan en estas tajantes palabras:

Goce común espiritual en el pleno aislamiento. El mundo externo se convierte en decorado, sea en un vagón de ferrocarril o en un avión en medio de los pasajeros, en los refugios de la Primera Guerra Mundial o en los bunkers de la Segunda, en los juegos de naipes durante una pausa en el combate o en los trópicos, debajo del mosquitero.

El diálogo perfecto con un interlocutor invisible, que murió quizás hace más de mil años; ningún otro medio proporciona este rédito no compartido.

Por último doy las gracias a mi admirado Ernst Jünger por haberme escrito este artículo.

Taminah

31 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 26 de enero de 2017.

He aquí un personaje inolvidable que surge de la nada.

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CONRAD1

Joseph Conrad

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

TAMINAH

La locura de Almayer, capítulo 8: ¡qué alarde de talento novelístico!

Con una inesperada maniobra, Conrad guía nuestra atención hacia un personaje insignificante y lo agranda hasta convertirlo en memorable.

Doce páginas de exquisita marquetería literaria y una doble proeza: primero, elevar al estrellato, por el puro arte novelístico, a un actor de reparto; segundo, permitirnos contemplar las peripecias de la trama desde un ángulo completamente distinto. El narrador abandona su balcón habitual y pasa a observarla —y nosotros con él— desde la trastienda. Estábamos tan acostumbrados a ver la historia con los ojos de los protagonistas que, cuando Conrad elige los ojos de Taminah, dejamos de ser espectadores de primera fila y nos convertimos en túrbidos voyeurs; la experiencia es embriagadora.

Taminah es una joven esclava que vende tortitas. Aparece, fugazmente, en el capítulo 3 y enseguida desaparece, hasta cinco capítulos más tarde, cuando, en primer lugar, se nos hace ver su irrelevancia:

Reconoció a Taminah, la esclavita de Bulangi […] una irrupción cotidiana carente de importancia.

Pero de pronto, el artista Conrad da un volantazo a la narración y nos la muestra de esta forma tan maravillosa y psicológicamente impúdica:

Al ver su paso ligero, su figura erguida y su rostro velado por la habitual expresión de apática indiferencia, nadie habría podido adivinar el gran peso que sobrellevaba […] En aquella dúctil figura, enhiesta como una flecha, de andares libres y llenos de gracia, en aquellos ojos dulces que solo mostraban inconsciente resignación, dormían los sentimientos y las pasiones, las esperanzas y los temores, la maldición de la vida y el consuelo de la muerte.

Vemos a la chiquilla por fuera y por dentro (prosopografía y etopeya, con perdón), de la mano maestra de Conrad. Taminah es un alma cándida que deja pronto de serlo:

Vivía como las altas palmeras junto a las que pasaba, buscando la luz, anhelando el sol, temiendo la tormenta, pero inconsciente de todo eso. La esclava no tenía esperanzas ni imaginaba otra vida. Nada deseaba ni esperaba ni amaba ni temía, excepto los golpes […] La ausencia de dolor y de hambre era su felicidad…

Conrad abandona la historia troncal y se entrega a Taminah, la reivindica, la enaltece, la estudia y los lectores se lo agradecemos. En su deambular vendiendo pastelillos, la chiquilla se cruza con un hombre, uno de los protagonistas, y queda prendada de él:

Con frecuencia el hombre al que llamaban amo se cruzaba ante ella, caminando altivo e indiferente, con el orgullo de la juventud, […] Un día la vio y preguntó: «¿Quién es esa chica?».

Almayers_Folly_BS_largeTaminah, azorada, se aleja con premura, pero él la llama, le levanta la cara por la barbilla y le habla con dulzura. «No tengas miedo», le dijo.  Ella empieza a tener esperanzas de que algo maravilloso está por sucederle, pero Conrad da un hachazo estremecedor: Nunca más volvió a hablarle. Alguien lo llamó desde la orilla del río; él dio media vuelta, se alejó y se olvidó de su existencia.

Tres palabras amables que dejan a Taminah turbada y alterada y después, el brutal olvido.

Al usar la mirada de Taminah, tan distinta de las otras, Conrad enriquece la historia colosalmente, pues en esas doce páginas inolvidables nos enteramos de cosas capitales, que no debo ni quiero revelar. Pero esta maniobra novelística solo era posible si antes se le daba a Taminah una personalidad y un alma impropias de un personaje secundario. Hacer esto bien sólo está al alcance de los grandes.

El primer Conrad

20 enero, 2018 — Deja un comentario

Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de enero de 2017.

La locura de Almayer (aunque yo habría preferido traducir Almayer’s Folly −a la vista de la historia− como Los delirios de Almayer) es el comienzo de una prodigiosa trayectoria de novelista: la del irrepetible Joseph Conrad.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

EL PRIMER CONRAD

El Conrad de La locura de Almayer, su primera novela, está lejos aún del gran artista que llegó a ser. Ni la arquitectura narrativa ni el lenguaje se acercan a la calidad de sus grandes monumentos literarios. Hay en el Almayer vaniloquios prescindibles como: Un aspecto general de escuálido abandono invadía el lugar, o fragmentos de prosa torpe e hipervitaminada como: El brillante sol de la despejada mañana, tras la tormentosa noche, inundaba el camino principal del poblado.

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Pero su calidad, aun sin la maravillosa técnica y el estilo único que desplegaría en novelas posteriores, ya es detectable en muchos aspectos y hace de su lectura una delicia próxima a la fascinación. Algo que me ha llamado la atención y en cuyo uso muestra Conrad, creo que instintivamente, una maestría especial, es la personificación, o sea, la atribución de cualidades humanas a lo no humano. Este conocido y antiguo recurso retórico tiene en Conrad una profundidad que va mucho más allá del adorno descriptivo o de la mera ambientación. La naturaleza, tal como él la personifica, tiene valor estructural, cimentador, y explica mucho de los personajes, sus decisiones y conductas. De forma sorprendentemente eficaz —y a su manera, terrible— la naturaleza se convierte en un personaje más.

Ya en la nota prologal del autor leemos:

Sólo en la cruel serenidad del cielo, bajo el despiadado brillo del sol…

El río Pantai, tan central en la novela, tiene reacciones emocionales como esta:

Nina miraba el colérico río avanzar arrolladoramente hacia el mar bajo los latigazos de la tormenta.

Y cuando llegan las inundaciones, los lugareños tienen una explicación inequívoca:

«Menuda riada», gritó Babalatchi al oído de Dain. «El río está muy enfadado. ¡Mira, mira los troncos a la deriva!».

almayer6Esos troncos arrastrados por la poderosa corriente poseen una libertad que Almayer envidia; así, tras quedarse a observar cómo uno de ellos se libraba de un obstáculo que detenía su camino, piensa:

Lo logró; entonces se retiró y pensó que ahora tenía vía libre hasta el mar y envidió el destino de aquella cosa inanimada que se iba haciendo pequeña e indistinta en la cada vez más profunda oscuridad.

La fecunda naturalidad de Conrad con la naturaleza y sus manifestaciones le permite recurrir a ella, ya no personificándola, sino, simplemente, como dinámico y memorable telón de fondo:

Al poco, la piragua cruzó rauda la veta de luz que corría sobre el río desde una gran hoguera en la orilla opuesta, y reveló la silueta de dos hombres remando doblados y una tercera figura en la popa manejando con caprichosas florituras el remo timón…

Sus formidables progresos como novelista desde La locura de Almayer se entienden mejor si recordamos sus enérgicas palabras en el prefacio de El negro del Narcisus:

Toda obra que aspira {…] a elevarse a la altura del arte debe justificar su existencia en cada línea.

El Conrad de su primera novela no es el de Nostromo o de El corazón de las tinieblas, pero no anda muy lejos.

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Joseph Conrad