Miradas paralelas: A. Soler y Sanz Irles

5 mayo, 2016 — Deja un comentario

Acabo de empezar a leer la última novela del escritor malagueño Antonio Soler, Apóstoles y asesinos, aún calentita en los anaqueles de las librerías.  El arranque, in ultimas res, o sea, por el final —así lo parece a primera vista, pero habrá que confirmarlo más adelante— es prometedor: una apetitosa mezcla de densidad literaria, drama personal e historia patria que se anuncia violenta y convulsa desde las primeras líneas.

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Antonio Soler y su novela

Tal vez escriba sobre la novela una vez la termine; ahora sólo quiero señalar un paralelismo narrativo que me ha llamado la atención.

Nada más abrirse la novela de Soler, se nos presenta la escena de un asesinato, en la calle, con brutal premeditación. El vigoroso cuadro es este:

Esperaba a su amigo casi en medio de la calzada de adoquines cuando la marea de gente tuvo una sacudida, un movimiento raro. Un niño, surgido de ninguna parte, corrió agitando los brazos, dos mujeres se apartaron precipitadamente de su lado y el Noi del Sucre se giró sobre sí mismo.

En ese momento es de suponer que no acudirían a su mente el campo tintado de amarillo ni tampoco la atmósfera turbia del café Español. Si hubo alguna sensación aparte de la mera reacción por la supervivencia, seguramente estaría relacionada con aquella que lo había envuelto a lo largo de la madrugada. Y, probablemente, una confirmación.

Eso es lo que en última instancia debió de cruzar por su cabeza en aquel instante sin tiempo. Una vulgar confirmación. Sencilla y transcendente.

Después, o tal vez al mismo tiempo, también Seguí hundió su mano en el bolsillo de la chaqueta, tocó el cañón de la browning. Consiguió incluso sacarla del bolsillo, así lo atestiguaron algunos de los presentes y así lo confirmó la policía al recoger el arma del suelo minutos después. Pero ya se oían los primeros disparos. Alguien, a su espalda, disparaba al aire, quizás también sobre Perones. Llegaban gritos desde algún lugar lejano, la gente se movía en un tiovivo con el eje roto, los edificios se convertían en el telón de un teatro que se levantaba hacia el cielo y el Noi del Sucre caía muerto sobre los adoquines con los ojos entornados y cara de borracho.

(A. Soler, Apóstoles y asesinos. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2016. Pg. 8)

En mi novela Una callada sombra (Ed. Alfar, Sevilla 2012), hay dos escenas distintas y hasta con diferentes protagonistas, que he recordado nada más ponerme a leer estos párrafos copiados aquí arriba de Apóstoles y asesinos. Son las siguientes:

(Durante la dictadura franquista, un militante de un partido clandestino advierte de repente que ha sido descubierto por la calle y que pronto lo rodearán para detenerlo. Improvisa un plan de fuga, mentalmente y a toda velocidad, que se ve imprevistamente favorecido por el estallido de una manifestación, justo en ese lugar y momento):

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Alguien de la repentina, pero bien organizada manifestación los ve y, a los pocos instantes, un piquete de defensa se encara con ellos. ¡Viva la república popular! Varios brazos casi sincronizados surcan el aire describiendo un arco y la salvación providencial de Aníbal Coloma vuela, silenciosa y apagada, hacia su objetivo. Después se oyen crujidos de vidrios que se rompen estrellándose contra el coche, la pasta de clorato potásico entra en contacto con el sulfúrico y la  gasolina y surgen regueros de fuego que se desparraman por la carrocería del 1500 y por el asfalto. Hay llamaradas amarillas y rojizas que a momentos se avivan despidiendo fogonazos blancos, y menguan luego en tonos de oscuro cinabrio. Llega otra andanada de molotovs que al estallar detonan sordamente, como los antiguos flashes de magnesio. Los viandantes corren desordenadamente en todas direcciones, algunos se arrojan al suelo y otros se aplastan amendrentados contra las paredes. Todos gritan.

(Sanz Irles. Una callada sombra. Ediciones Alfar. Sevilla 2012. Pg. 54-55)

Port. Diecinueve1En primer lugar creo advertir un pulso, un latido similar en la descripción de ambas escenas, una construcción de las oraciones que parece obedecer a un mismo propósito o buscar un efecto igual en el lector. Que el narrador de Apóstoles y asesinos utilice el pretérito perfecto simple y el de Una callada sombra relate en presente, no elimina esta similitud. Hay que decir también que, en el caso de Una callada…, el lector sabe ya quién es el narrador de la escena en cuestión, mientras que en Apóstoles…  aún lo ignora (solo estamos en la 4ª página de la historia).

Sin duda hay otras similitudes, externas ahora, que han podido inducir un parecido estado de ánimo y una parecida «focalización» en los dos narradores: ambas escenas ocurren en la calle, ante un numeroso público, y ambas, también, se enfrentan a la violencia.

la marea de gente tuvo una sacudida, un movimiento raro. Un niño, surgido de ninguna parte, corrió agitando los brazos, dos mujeres se apartaron precipitadamente… leemos en Apóstoles y asesinos.

En Una callada sombra vemos que los viandantes corren desordenadamente en todas direcciones, algunos se arrojan al suelo y otros se aplastan amendrentados contra las paredes. Todos gritan.

La violencia asusta, inquieta y no deja indiferente a casi nadie, incluso en épocas, como sucede en la historia de Soler, en las que era omnipresente.

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Pero hay más parecidos. En otra parte de Una callada sombra se describe el asesinato de alguien, también en plena calle (aunque ahora en París), también con pistola.

Había llegado la hora. Empezó a sacar la pistola y de repente sus sentidos parecieron experimentar un extraño adormecimiento […] Y más adentro aún, las palabras de Aneiros: «Blasco nos ha traicionado y Blasco muere». Sacó el arma y alargó el brazo apuntándole a la espalda. Pensaba llamarlo para dispararle al pecho mirándolo a los ojos, pero no hizo falta; a unos pocos metros una mujer, llevándose las manos a la boca, gritó un angustiado mon Dieu.

Entonces Blasco se giró, vio la pistola y lo miró a los ojos con miedo y asombro.

[…]

…abrió un poco los brazos como preguntándose por qué, y se lo dijo. «¡Por traidor! ¡Por chivato!». Se lo escupió con asco y con rabia […] Blasco levantó una mano a la altura del corazón, como protegiéndolo de la bala que estaba a punto de llegar, pero enseguida bajó el brazo y se quedó quieto y entregado, […] Después bajó la cabeza. Y entonces resplandeció un fogonazo y se oyó el estallido seco y metálico que anunciaba su fin. Mientras se guardaba de nuevo la pistola en el bolsillo, Blasco dobló las rodillas y luego cayó para atrás. Puede oler la sangre caliente. La mancha roja empapa la camisa y se extiende con rapidez por el pecho y la mano que lo palpa, como queriendo taponar el agujero por donde se la ve escapando la vida.

(Ibid, pg.106)

Que el suceso narrado es parecido, salta a la vista.

En Apóstoles… —y esta es la máyor diferencia— llama la atención el hecho de que el narrador decida, en mitad del climax, inmiscuirse sin rubor para explicarnos lo que le pasaba por la cabeza al Noi del Sucre en aquellos instantes dramáticos. (No obstante, en un prurito de contención y para esquivar la posible acusación de ser un narrador omnisciente, nos revela, con humildad, que eso no son sino sus propias conclusiones: es de suponer…, seguramente…).

En ese momento es de suponer que no acudirían a su mente… y poco después: Si hubo alguna sensación […] seguramente estaría…

Ya veremos, cuando hayan pasado más páginas, cómo es el narrador elegido por Soler.

El narrador en la escena de Una callada sombra es el propio verdugo, que en ese capítulo recurre con frecuencia al estilo indirecto libre, aunque la focalización narrativa sea, adrede, algo fluctuante. Pese a todo, también aquí el narrador cae momentáneamente en la tentación de una cierta omnisciencia, igualmente contenida, cuando dice que Blasco abrió un poco los brazos como preguntándose por qué.

Por lo demás, ambas víctimas se giran sobre sí mismas para enfrentarse a sus verdugos: Entonces Blasco se giró, vio la pistola y lo miró a los ojos el Noi del Sucre se giró sobre sí mismo.

Ambos caen para atrás. La breve descripción de los últimos segundos de vida del Noi del Sucre, en Apóstoles y asesinos, pareciera evocar la inolvidable escena de Guerra y Paz, en la que Andrei Volkonsky, yaciendo herido boca arriba sobre el campo de batalla de Austerlitz, contempla el cielo azul con arrobo (aunque, a diferencia del Noi, no llega a morir —aún—). Aquí, empero, no son los ojos del Noi los que miran hacia arriba, sino los edificios, que toman su lugar:

…los edificios se convertían en el telón de un teatro que se levantaba hacia el cielo…

Dos escenas. Una que, supuestamente (no soy especialista en la historia del anarquismo español) reproduce, convertida en literatura, la muerte real del Noi del Sucre. Otra, ficticia de cabo a rabo, que cuenta la muerte de un personaje inventado. Dos novelistas que parecen haber captado la esencia de esas acciones de manera muy parecida: gestos, ritmo del lenguaje, escenografía y tensión dramática.

Pensándolo bien, tampoco es raro: Antonio Soler y yo somos casi de la misma generación y hemos, por tanto, vivido el mismo país, escuchado las mismas historias y quién sabe si participado en las mismas algaradas.

 

 

 

 

 

 

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