El Golem. (Notas de lectura)

30 julio, 2017 — Deja un comentario

el_golem_gustav_meyrinkA principios del siglo XX Alemania es una marmita intelectual en la que hierven ideas a borbotones. A los románticos alemanes (los verdaderos románticos, por otra parte) se les había ido la mano, pensaron muchos, y para poner orden llegaron los realistas con su antídoto. Luego también estos empezaron a ser tenidos por insuficientes y romos, y llegó el expresionismo, que arremetió con furia contra románticos y realistas a la vez, haciendo esfuerzos titánicos por echarlos del pueblo o, al menos, reventarles las costuras y hasta el orgullo. De todos estos fragores, algunos reductos fantásticos pudieron sobrevivir agazapados aquí y allá, como en el caso de Gustav Meyrink (Austria, 1886-1932).

El atractivo de su novela El Golem está en su hábil mezcolanza de un estilo ágil, con dosis de visión poética, misterio, mito, personajes que cautivan, a la vez que repelen y, dulcis in fundo, un erotismo maravillosamente medido y salpimentado,una procacidad muy literaria. Sepamos ya algo de la salaz Rosina:

…al llegar a mi puerta vi que se trataba de Rosina, la hija del buhonero […] una pelirroja de catorce años.

Debí rozarla al pasar, y ella se echó hacia atrás voluptuosamente, la espalda arqueada contra la baranda de la escalera. […]

Mi corazón se agitaba ante la vista de esa sonrisa desvergonzada. […]

Sus pestañas de pelirroja me dan asco, como las de los conejos.

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Gustav Meyrink

La primera descarga erótica de la novela es innegable; la nínfula provoca atracción y rechazo, y aunque este sea uno de esos casos en los que habríamos preferido que el narrador «mostrase» en vez de que «dijese», la escena es eficaz. Me refiero a que el adverbio voluptuosamente nos dice cómo era la actitud y la postura de Rosina, sin «mostrarla», cosa que empieza a esbozarse justo después, al hablarnos del arqueamiento de su espalda. El erotismo podría haber ganado intensidad si Meyrink se hubiera extendido algo más en la mostración, en hacernos ver el cuerpo de Rosina y su voluntad de exhibicionismo y provocación, más que saber de ello por boca del narrador. No obstante, comprendemos la prisa del autor, su deseo de no demorarse ahora en descripciones que frenarían la narración, y aceptamos su tópico voluptuosamente como un mal que conlleva unos cuantos bienes.

(En la ya decaída polémica de mostrar frente a decir nunca he sido doctrinario. Ambas cosas son necesarias en la novela. El escritor-artista sabe cuándo toca lo uno o lo otro y en qué grado. El plumífero, por su parte, suele marrar en la elección o en las dosis).

Esta pelirroja, (a su silente modo, una Lolita avant la lettre) que no habla, que se limita a entrar y salir de escena de forma a menudo inesperada, resulta cada vez más fascinante y su procacidad y crueldad nos mesmerizan. Juguetea con dos adolescentes gemelos; uno de ellos, sordomudo, la desea y se muere de celos ante su indiferencia. Ella se da cuenta y coquetea con el otro hermano para embravecer al sordomudo todavía más:

Jaromir, el sordomudo, cuyo ser no es sino un loco deseo de Rosina, merodea como una bestia por la casa, y los rugidos inarticulados que lanza, enloquecido por los celos y la rabia, son tan horrorosos…

Y pienso que es precisamente ese tormento incesante del enfermo que impulsa a Rosina a unirse siempre con el otro.

Pero la crueldad de Rosina es artera e ilimitada, y urdirá una treta diabólica para zaherir más aún a su victima. (Tal vez el célebre Aníbal Lécter leyó esta novela, quién sabe):

Bruscamente, cambia de actitud hacia Jaromir y hace como si le resultara agradable.

Con su cara siempre sonriente, cuenta rápidamente cosas al enfermo que le producen un estado de excitación casi demencial; ha inventado para esto un lenguaje de signos, semiincomprensible, que hace caer al desgraciado en una red inextricable de incertidumbres y esperanzas ardientes. […]

El sudor le corría por el rostro, tantos eran los esfuerzos sobrehumanos que hacía por comprender el sentido del mensaje deliberadamente tan oscuro como precipitado.

El Golem copiaLa novela despliega uno de esos estilos que andan con paso firme y que abundan —pero sin ostentación— en imágenes sugerentes y poderosas. Se nos habla, por ejemplo de ciegos rencorosos (y nuestra mente caprichosa recuerda a Sábato y su Informe sobre ciegos):

…esa unanimidad sin grietas hace pensar en ciegos rencorosos cogidos a una sucia cuerda: uno con ambas manos, el otro de mala gana, con un solo dedo, pero todos ellos obsesionados por el terror supersticioso de perderse si se sueltan y se separan unos de otros.

Imágenes de gran fuerza las encontramos a menudo en las descripciones de personajes. Sobre el repugnante buhonero Wassertrum, uno de los antagonistas de la novela, Meyrink escribe estas eficaces y certeras líneas:

Como si hubiera sentido mi mirada, Aaron Wassertrum levantó repentinamente hacia mí su rostro. Su rostro rígido y horroroso, con sus redondos ojos de pescado y el labio superior leporino y entreabierto.

Me hizo pensar en una araña humana, que siente el más ligero roce en su tela, por más que pareciera totalmente desinteresada.

Ciegos, sordomudos, viejos de rostros repulsivos: también hay en El golem un tono esperpéntico y valleinclanesco.

Una de las claves de la novela es su constante ir y venir por una tenue frontera entre lo onírico y lo real

 

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Una de las claves de la novela es su constante deambular por una tenue frontera entre lo onírico y lo real, la vigilia, el sueño y la pesadilla. Esta dimensión sinuosa, confusa, se palpa a lo largo de la historia, sin necesidad de que el narrador lo diga de forma explícita, aunque en ocasiones lo hace sin recato, y entonces hay sueños y palabras que volitan como mariposas:

El libro me hablaba como en sueños […]

Las palabras fluían en torrente de una boca invisible, cobraban vida y se me acercaban, revoloteando y girando sobre sí mismas […] Muchas pasaban pavoneándose en suntuosos atavíos […]

Algunas como reinas, pero envejecidas y decrépitas, las párpados pintados, con bocas de puta…

Es esta una novela de judíos; la madre de Gustav Meyrink parece que lo fue; lo del Golem es una leyenda judía; casi todos los personajes lo son también y la acción transcurre en el gueto de Praga. No puede, pues, extrañar que las palabras, su valor y su esencia, sean centrales en esta historia, como lo son en la cultura judía, que, al girar en torno al comentario incesante de la Torá, ha desarrollado una pasión febril por la discusión, una oralidad desmesurada. Por eso es una obsesión repetida en esta obra:

El misterio de la formación de las palabras, que yo jamás había sospechado, se me revelaba en toda su desnudez.

 

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El gueto de Praga

Parece, a veces, que Meyrink escribiera torrencialmente; por eso puede pasar, en tan sólo cuatro líneas, de la banalidad lacrimógena a la genialidad de la gelatina, como vemos aquí:

La lluvia […] caía sobre la fachada de las casas como ríos de lágrimas.

[…] tan mojada por la lluvia que los vidrios parecían haberse fundido opacos y grumosos como cola de pescado.

Esa misma lluvia le permite al escritor regalarnos la sutil observación de un detalle muy revelador: un ramillete de novia arrastrado por la fangosa corriente, calle abajo.

…señalando un ramo de mirtos mustios que pasaba arrastrado por el agua sucia.

Una fugaz imagen que nos revela la desesperanza y la desolación que el autor quería hacernos ver.

La riqueza de una novela también se mide por sus conexiones, visibles o subterráneas, con otras obras literarias y con otras artes, tanto anteriores —en las que puede haber bebido o no—, como posteriores —a las que puede, o no, haber inspirado—. Si ha habido tal inspiración, recibida de unos o transmitida a otros, tiene interés para los historiadores de la literatura y los biógrafos. Para los lectores, bastante menos. Lo importante, o mejor, lo emocionante, es detectar, descubrir esos lazos secretos, confirmando así aquella idea de Harold Bloom de que la crítica es el arte de conocer los caminos secretos que van de un poema a otro y, por extensión, de una obra a otra y de una forma de arte a otra.

En El Golem, los descubrimientos de estas conexiones son incesantes. Ya he mencionado el Informe sobre ciegos, que se inventó Ernesto Sábato en Sobre héroes y tumbas y el esperpento que inaugura Valle Inclán con Luces de bohemia. Hay mucho más. ¿Quién no recuerda la escena de la bolsa de papel arremolinada entre hojas secas por el viento, en American Beauty, de Sam Mendes? Pues aquí la tienen:

…es tan extraño cuando el viento hace mover cosas sin vida […] Nos causa una impresión extraordinaria cuando vemos levantarse y flotar objetos que yacían hasta ese instante como muertos […] Un día vi como en una plaza desierta grandes trozos de papel giraban en redondo con furia loca […] persiguiéndose como si hubieran jurado exterminarse. Un poco más tarde parecían calmados, pero bruscamente les volvía una inquietud insensata…

Meyrink no se contiene en adentrarse, fugazmente pero con mucha pericia, en la más pura ficción de terror, como cuando alguien regresa a su casa y de pronto empieza a angustiarse:

¿Había alguien entrado en mi ausencia?  […] Miré detrás de las cortinas, abrí el armario, eché un vistazo en el cuarto contiguo: nadie. […] ¿Había echado el cerrojo a la puerta? […] ¿Por qué esta angustia repentina? […] Una idea absurda se apoderó de pronto de mi mente: rápido, rápido, subir a la mesa, coger una silla y descargarla sobre la «cosa» que se arrastraba por el suelo…

Yo me apuesto doble contra sencillo (¿se dice así?) a que Alfonso Sastre leyó esto poco antes de escribir una de sus historias para sus Noches lúgubres, que es calcadita de lo que acaban de leer (y con muy poco recato por su parte, debo decir).

El Golem, recuerden, es la leyenda de un hombre artificial, creado por un rabino, y que en un descuido se escapa a su control. O sea, el Frankenstein de Mary Shelley. (Pero añado enseguida, para que no haya confusión, que este asunto, pese al título, es tangencial en esta historia).

Hacia el final de la novela, el largo encierro del protagonista en unas inhumanas mazmorras nos lleva, sin que podamos evitarlo, a pensar en dos cosas muy dispares entre si y, no obstante, misteriosamente acomunadas: El conde de Montecristo y las pesadillas de Kafka. Muchos de ustedes conocen El Aleph, de Borges; pues sí, también mucho de esa historia ronda por estas páginas que estoy comentando.

Y después, saliéndose un poco de la literatura, nos topamos con observaciones puntillosamente freudianas, como esta que subraya la importancia de lo particular, lo íntimo y lo contingente, frente a las supuestas grandes universalidades necesarias de la vida exterior:

…el encadenamiento de los sucesos de la vida es un callejón sin salida […] Los pequeños senderos ocultos son los que conducen a la patria perdida; los mensajes grabados en nuestros cuerpos con letra microscópica, apenas visibles, y no las horribles cicatrices dejadas por los roces de la vida exterior, son los que contienen la solución de los misterios últimos.

La lectura de esta novela es un deleite sin pausa, por cómo pasa, con ingravidez de bailarina, de la tensión de las acciones a la turbadora explicación psicológica o a la más delicada poesía:

Los faroles me observaban con ojos parpadeantes de sorpresa, y de los macizos de abetos surgían mil pequeñas voces que hablaban de oropeles, de nueces plateadas y de la Navidad cercana.

Seguramente el autor no habría necesitado decir, de forma explícita, que la soledad es uno de los grandes temas de la novela, pero tampoco quiere dejar hueco para ninguna duda al respecto y por eso venimos a saber lo que le pasó al protagonista y narrador:

…de golpe cobré conciencia de la soledad profunda, gigantesca, que me separaba de mis semejantes.

Esa soledad, sin embargo, no es pura metafísica. Tiene causas más explicables (hasta cierto punto). Aquí nos encontramos ante un fascinante caso de amnesia, de alguien a quien se ha vedado el acceso a su pasado, a su juventud.

…me había enterado de que en otra época la locura se había adueñado de mí y que el recuerdo de mi pasado me había sido arrancado.

Las mujeres con las que Pernath se relaciona a lo largo de la historia —la salaz Rosina, la mística y hermosa Miriam, la carnal y mundana Angelina— son muy distintas entre sí, pero en cada una de ellas ve, nuestro aturdido tallador de joyas, asideros para la vida, que ha desfilado ante nosotros a lo largo de 200 maravillosas página. Le agradecemos también al autor que haya querido dejarnos, pese a todo, un buen sabor de boca, con la fantástica humorada, a santo de un sombrero, que cierra la novela.

Se la encarezco.

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