Archivos para 30 November, 1999

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Alexander Herzen

Mi comentario anterior iba de adúlteras. Las lecturas de Anna Karénina y Madame Bovary me han hecho recordar las impresionantes páginas que leí, hace años, en las  memorias de Alexander Herzen (ruso, a pesar de su nombre) que se titulan, en inglés, My past and thoughts. Son unos cuantos volúmenes y en uno de ellos, que fue el primero que abrí, al azar, cuando me compré la obra, me di de bruces con una extraordinaria narración de su dolorosa cornificación, de cómo y por qué (pero en esto último, ¡ay y mil veces ay!, se engañaba a sí mismo) su amada esposa se lio con un poetastro (creo recordar) y lo coronó, no de espinas, sino de astas.

La narración -un largo mugido literario, como preso de un extraño síndrome de Estocolmo- que hace Herzen me tuvo en vela toda la noche, sin poder dejar la lectura hasta que la terminé. Voy a releerla estos próximos días y espero dar más cumplida cuenta de ella. Creo que interesará a muchos.

Es más tarde de lo que crees.

Inscripción en un reloj de sol, recogida por Ernst Jünger en sus memorias (Radiaciones II. 1943-48).

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Robert Louis Stevenson

El azar y sus cosas.

Acabo de terminar el prolijo ensayo de Marc Fumaroli París-New York-París, en el que el ocio, o más exactamente, el otium clásico, romano, fecundo y creativo, es uno de los principales asuntos.

Pues bien, al día siguiente de terminar la lectura, hete aquí que entro en una de mis librerías de cabecera y, por casualidad (aceptemos que por casualidad), me topo con un delicioso librillo de R. L. Stevenson: En defensa de los ociosos. ¿Cómo resistirse a semejante título, si es el enunciado de una pura provocación? Así pues, me lo compro, llego a casa, y me lo leo de una sentada. (No todo en Stevenson son islas caribeñas, guacamayos al hombro y patas de palo).

En un tiempo en el que la ética protestante, puritana, del trabajo, se impone, Stevenson vuelve sus ojos y su sensibilidad a ese otro sentido de la vida para el que el trabajo no lo es todo. Solo que Stevenson está muy lejos, pero que muy muy lejos, de la idea de ocio que campea a sus anchas, fea, roma, vulgar, bastarda, soez, en cada vez más ámbitos de la vida que nos rodea (que nos asedia, hay que decir). Stevenson, un artista, mira más a lo clásico que a lo moderno, cuando piensa en el ocio. Veamos:

En estos tiempos en los que, por un decreto ley que condena los delitos de «lesa respetabilidad», todos están forzados a entrar en una profesión lucrativa y trabajar en ella con un mínimo de entusiasmo, las quejas de la parte opuesta, la que se contenta con tener suficiente y que entretanto, gusta de mirar y disfrutar, tiene un ligero gusto a bravuconada […]

La así llamada ociosidad, que no consiste en no hacer nada sino en hacer muchas cosas no reconocidas en los dogmáticos formularios de las clases dirigentes, tiene tanto derecho a mantener su lugar como la laboriosidad misma.

[…] en mi época asistí a un buen número de clases. Todavía recuerdo que el giro de una peonza es un ejemplo de estabilidad cinética. Todavía, que la enfiteusis no es una enfermedad, ni el estilicidio un crimen. Pero aunque no me separaría voluntariamente de tales migajas de ciencia, no las tengo en la misma estima que a ciertas rarezas que aprendí en la calle mientras hacía novillos.

Creo saber de qué habla Stevenson. En mi última novela, Tulipanes y delirios, un personaje se lamenta de que nunca aprendió a silbar metiéndose dos dedos en la boca ni a escupir con soltura y puntería por el colmillo.

Cito, para acabar, otras palabras de Stevenson que dan mucho que pensar:

Estar extremadamente ocupado, ya sea en la escuela o en la universidad, ya en la iglesia o en el mercado, es un síntoma de deficiencia de vitalidad; una facilidad para mantenerse ocioso implica un variado apetito y un fuerte sentido de la identidad personal.

Eso sí, conviene tener muy presente esa fértil idea del ocio de los viejos romanos, que no consiste en rebozarse en la arena de la playa como croquetas («cocretas», suelen decir la mayoría de los rebozados), sino en trabajar duro cultivando la mente y el espíritu. (O sea, ver los reality shows, mismamente).

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El libro de la discordia

Esta mañana me he llegado a una céntrica librería de una capital andaluza, a comprar el quinto volumen de En busca del tiempo perdido, que está publicando RBA con la traducción de Carlos Manzano, y que, como dije en otra entrada del blog, pienso leer este verano, confrontándolo con el original. Tengo el vívido recuerdo de la traducción de Salinas / Bergés, y disponer de una nueva, es el mejor pretexto para renovar el gozo, indescriptible, inmenso, de leer a Proust.

En esa librería, los mancebos y las dependientas van uniformados con una especie de chaleco verde, son jóvenes (algunas de ellas, las más aguerridas, incluso «jóvenas»), alegres y bien dispuestos, y retozan, cual alborozados rebecos, entre los estantes repletos de libros (prietas las filas), con aire de estar muy, pero que muy, atareados.

Le pregunté por el libro al mozo que había tras el mostrador.

—¿En busca de qué? —repuso, perplejo.

Fue la primera señal. Le repetí el título y el autor, esta vez pronunciándolo a la española. Consultó el ordenador, su Oráculo de Delfos, y me indicó la sección donde lo hallaría.

Luego, mientras pagaba, le pregunté al amable doncel si me permitía sugerirle algo, pidiéndole por adelantado que no se sintiera ofendido. Me miró con preocupación, pero me dio permiso, y entonces le dije que, trabajando en una librería, era conveniente enterarse un poco de, al menos, un puñadito de obras imprescindibles, y que no haber oído hablar de En busca del tiempo perdido era como sí un auxiliar de farmacia no hubiese oído ni nombrar la aspirina.

Cuando, con expresión azorada, iba a responder algo, intervino al rescate, rebosando dignidad y suficiencia, una de sus compañeras:

—Eso depende, «señor» —y sentí la hoja helada de la navaja abrirme, pérfida, las carnes del abdomen, mientras decía ese «señor» de vinagre y hiel—. Si él es más de lo de ciencias (sic) no tiene por qué saber esas cosas.

—Yo soy menos de lo de ciencias y he oído hablar de la teoría de la relatividad de Einstein —rebatí—. Es más, hasta sé cuáles son sus principales postulados. En busca del tiempo perdido es, a la literatura moderna, lo que la teoría de la relatividad a la ciencia.

—Eso lo dice usted —dijo, ya en plan chulapona de verbena.

—Sí, «guapa» —le respondí, devolviéndole su «señor»—. Tienes razón; lo digo yo.

Y me fui, con mi libro y un poquito menos de esperanza.

To die, to sleep, la LOGSE;
To sleep: perchance to dream;…

Sería fascinante trazar, o mejor, recorrer, las mil y una formas en las que la literatura se ha ocupado de la muerte. Además, seguro que alguien lo ha hecho ya. Si, como nos dijeron los Beatles, alguien tuvo la estúpida paciencia de contar los cuatro mil agujeros que había en Blackburn, Lancashire,…

I read the news today, oh boy / four thousand holes in Blackburn, Lancashire,

…¿cómo no iba a haber alguien que se interesara por algo así? La muerte y la literatura. Ahí es nada. Bagatelas. (Una vez, en la barra de un bar, alguien discutía desaforadamente con otro parroquiano sobre la justeza de no sé que tarjeta roja en no sé qué partido, y, encendido de furia, me pidió opinión, a mí, que solo pasaba por allí. «Pura bagatela», dije, por decir algo. «Eso es, ¡vaya tela!», soltó el agraviado hincha, recorfortado por haber obtenido apoyo).

Mi anterior entrada ya mencionaba la muerte de Don Quijote (esa que Nabokov vio como una rendición y una apostasía). Lo cierto es que nuestro inolvidable hidalgo no intentó escapar de ella.

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte.

Así de lacónico reconoce Don Quijote lo que está por llegarle, y es el telúrico Sancho Panza quien, no comprendiendo que alguien en su sano juicio pueda dejarse morir, lo exhorta:

—Ay […] No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie lo mate…

Saber, y aceptar. Saber cuándo llega la hora, y acatar la orden. De esto, la literatura, la buena, está llena. En Las tres muertes, del genial Tolstói, un mozo de postas agoniza en la cocina, ¡y sabe!. Una mujer le pregunta con ternura si le pasa algo, y él responde: «La muerte está aquí, eso es lo que me pasa».

Acabo de terminar la lectura de Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin. La historia de la vida de Franz Biberkopf, termina (¿alguien lo dudaba?) con su muerte, y Döblin se emplea a fondo en esas páginas (las negritas son mías):

Está echado en la cama, en el pabellón de vigilancia especial, llegan los médicos y mantienen su cuerpo; entretanto, ha palidecido más aún […] Lo que había en él de animal corre ya por los campos. […] El alma de Franz está devolviendo sus semillas vegetales».

La Muerte ha empezado su lenta, lenta canción. […] canta la Muerte. «Ha llegado el momento de aparecer a tu lado».

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Alfred Döblin

O sea, que Franz Biberkopf sabe. Y para que no haya dudas, el narrador, haciendo hablar a la Muerte, remacha:

«Estoy aquí y debo hacer constar que quien está aquí echado, ofreciendo su vida y su cuerpo, es Franz Biberkopf. Dónde está, lo sabe, y tambien adónde va y lo que quiere». 

Pero la muerte no es una mecánica cumplidora de órdenes ni un ciego destino. Tiene razones. Filosofa. Explica:

«Sí, tienes razón, Franz, al querer venir conmigo. ¿Cómo puede prosperar un hombre si no busca a la muerte? […] Toda tu vida te has preservado. Preservar, preservar, ese es el temeroso deseo del hombre, y por eso se queda en el sitio y no avanza. […] Yo soy la vida y la verdadera fuerza, y por fin, por fin no tendrás que preservarte».

Y cierra sus admoniciones recordándonos algo obvio, pero a menudo olvidado:

«[…] la vida sin mí no vale la pena».

En mi novela Una callada sombra, también hay algunas muertes. En una de ellas, la víctima se encuentra frente a frente con su victimario, y de repente sabe, y comprende, y acepta:

Sí, lo recordaba todo hasta el más mínimo detalle. Blasco levantó una mano hasta la altura del corazón, como protegiéndolo de la bala que estaba a punto de llegar, pero enseguida bajó el brazo y se quedó quieto y entregado, como entendiendo la inutilidad de cualquier defensa. En sus ojos había un brillo húmedo y cansado. Después bajó la cabeza. Y entonces resplandeció un fogonazo y se oyó el estallido seco y metálico que anunciaba su fin. Mientras se guardaba de nuevo la pistola en el bolsillo, Blasco dobló las rodillas y luego cayó para atrás. Puede oler la sangre caliente. La mancha roja empapa la camisa y se extiende con rapidez por el pecho y la mano que lo palpa, como queriendo taponar el agujero por donde se le va escapando la vida.

¿Qué por qué me ha dado hoy por hablar de la muerte? Bueno, siempre es menos penoso que hablar de Bárcenas o de los ERE de Andalucía, que son otras formas de muerte, pero menos heroicas y nada memorables.