Archivos para 30 November, 1999

Mi traducción de un breve poema de Isabella Gardner, publicado en The New Yorker en 1952, seguido de algunas notas sobre el texto y la traducción.

Mujer menuda y vaciada, aquí yaces mil años muerta,

las manos sobre tu exhausto bajo vientre, en tu lecho final yerta,

los dientes sobresalen en tu rostro desvendado, tus huesos especiados, negros, secos.

¿Quién te conoció y besó y cuidó y lloró tu muerte?

¿Moriste joven? ¿Hubo en ti gracia? Risus sardónicus por respuesta.

Entonces, velozmente, cogí la mano de mi esposo, mientras él contemplaba a su novia.

Isabella Gardner, 1915-1981

La voz poética se encuentra frente a una momia en un museo.

Predomina en primera instancia la degradación física: diminished loins. Polisémico «loins», siempre difícil de llevar al español, por sus connotaciones a la vez anatómicas y sexuales, incluso lúbricas. ¿Cómo no acordarse del arranque de Lolita, de Nabokov, con ese inolvidable Lolita, light of my life, fire of my loins… traducido normalmente como fuego de mis entrañas. Y sí, entrañas está bien, aunque se pierde algo del erotismo que Nabokov quiere inyectarle a la novela desde la primera página y que logra, precisamente, con ese fuego que igual podría ser del bajo vientre, de las ingles… Loins es también ijares, pero no aquí

La degradación física que llega con la muerte se refuerza con los jutting teeth, los dientes que sobresalen.

Las imágenes funéreas se acentúan con los spiced bones. Para un anglohablante, ese spiced remite con facilidad al ámbito de la preparación de los cadáveres, a las labores de embalsamamiento, cosa que no sucede en español; entre nosotros, esas imagenes van más asociadas a palabras como bálsamos, ungüentos, mirra, aceites… mientras que las especias se reservan más para lo culinario. La duda para el traductor estaba, pues, servida. Al final opté por el literal especiados, porque juzgué bueno aprovechar la oportunidad para asegurar un cierto distanciamiento en el lenguaje, un grado algo mayos de extrañamiento, cosa que con especiados se consigue mejor que con, por ejemplo, huesos embalsamados (además de que la autora habría podido usar embalmed y no lo hizo).

Por cierto, además de recordar a Nabokov, este poema evoca, inevitablemente, a T. S. Eliot en dos ocasiones al menos. La primera con el final del primer verso, a thousand years dead, que en la parte 4 de La tierra baldía de Eliot dice Phlebas the Phoenician, a fortnight dead. La segunda con la espectacular imagen en The Love Song of J. Alfred Prufrock: Like a patient etherized upon a table. ¡Poesía llama a poesía!

Gardner rima, con ironía, con acierto, con sentido. Dead/bed/head, dried/died/replied/bride. He guardado la rima en los dos primeros versos nada más (muerta/yerta). Intentar reproducirlas todas habría supuesto perder otras muchas cosas en el camino. Una pena. Ya lo avisó el gran poeta Robert Frost: «La poesía es lo que se pierde en la traducción».

Y ese Died you young?, con sintaxis arcaizante, en vez del cotidiano Did you die young?¿Qué hacer con él? He preferido dar el toque arcaizante y hasta un poco bíblico en la oración que sigue, con el buscadamente extraño ¿Hubo en ti gracia?

Otra pequeña dificultad para el traductor, la polisemia de bride, que acota los significados tanto de novia como de esposa, pues pueden ser ambas, pero sólo en el corto espacio del día de la boda y, como mucho, la víspera, es decir, la mujer recién casada o a punto de casarse. En inglés, una mujer no es bride durante años, sino uno o dos días como mucho. En español, la novia lo es desde el inicio de la relación hasta que se casa, y esposa desde que se casa hasta que dure la cosa, incluyendo en ambos casos el día de la boda. En inglés, si se dice bride se sabe enseguida que se trata de la recién casada o de la novia ante el altar, pero en español hay que adivinar, y en este poema el contexto complica la adivinanza, pero nos apañamos con novia y el que venga detrás que arree. Es verdad que tenemos la palabra desposado/a, que significa, precisamente, recién casado, pero habría trastocado demasiado el tono del verso, aparte de que se trata de una voz muy desusada, lo que no es el caso con bride, por lo que habría sido una traición al original, a causa, precisamente, de querer pegarse demasiado a él.

Y por fin, el poema nos pone ante temas eternos, claro: la fragilidad de la vida, la mortalidad… pero también la soledad, la muerte, no sólo del cuerpo, sino del amor. Porque cuando el marido «contempla a su novia», ¿a quién contempla? No a su mujer, que acaba de agarrarle la mano, sino a la momia. ¿Ve en ella a su mujer cuando muera? ¿Anticipa?

Lo que ustedes vean, bien visto estará.

Este sencillo y sentido poema, escrito en 1977, lo leí en el libro A Century of Poetry in the New Yoker 1925-2025, editado por Kevin Young.

Se lo dejo aquí, debajo de mi traducción.

Gary Soto

Cuando la niebla

llega a tocar las hierbas

y el cielo

es del color

de viejas sábanas,

Molina y yo,

en cuclillas bajo un roble

en un banco de raíces,

quemamos papeles

y hojas

para calentarnos.

Nos soplamos

en las manos

y el blanco

que sale

fluye hacia lo alto

a donde no

llega el calor.

Nos brillan los ojos

ante el fuego.

Y dice Molina

los gorriones,

en este árbol,

los pequeñitos,

encuentran su paraíso

donde cielo

y tierra se tocan.

Días y días

se encararán

al frío

hasta que el frío

se haga lo oscuro

que atraviesa

sus ojos.

Sabrán

del sur

cuando masas

de humo avancen

contra el viento

y los campos

se lleven

mil años de lluvias.

THE LITTLE ONES

When fog

Stands weed-high

And sky

Is the color

Of old bedsheets,

Molina and I

Squat under an oak

On a bench of roots,

Burning paper

And leaves

To keep warm.

We blow into

Our hands

And the white

That comes out

Drifts upward

Where heat

Does not reach.

Our eyes glow

Before the fire.

And Molina says

The sparrows

In this tree

The little ones,

Find their heaven

Where the sky

Meets the earth.

For days

They will point

Far into coldness

Until that cold

Becomes the dark

Blowing across

Their eyes

They will know

The south

When a bundle

Of smoke moves

Against the wind

And fields

Lift the rains

Of a thousand years.

Artículo publicado en El Español, el 29 de abril de 2023. https://www.elespanol.com/opinion/tribunas/20230429/celine-odiador-odiado/759794019_12.html

¿Debe uno privarse de leer a Céline porque
fue un antisemita despreciable y un
ser humano lleno de odio?

En mayo del año pasado, Gallimard publicó Guerre, de Céline, cuyo manuscrito había aparecido rocambolescamente tras décadas de ocultamiento. Un año después, en marzo de este año, Anagrama publica la encomiable traducción de Emilio Manzano, a cuya calidad intrínseca se suma el mérito de haber lidiado con la dificultad de traducir a Céline, cuya convulsa naturalidad convierte su erizada y formidable prosa en tortura para un traductor serio.

Han aparecido más manuscritos, que el editor irá publicando con calculada dosificación comercial. Cuando no es Houellebecq es Céline: la industria editorial francesa hace sus renovados agostos gracias a sus inmensos escritores escandalosos, y cuando no puede fabricar su suerte, se la encuentra. La industria editorial francesa lleva una gran flor en el ojal más recóndito.

Las 136 páginas de Guerra son una sacudida, una agresión al lector, como las demás novelas del doctor Destouches, nombre verdadero del autor, célebre y denostado.

Céline escribió esta novela, cuya acción transcurre durante la Primera Guerra Mundial, en 1934, o sea, dos años después de que apareciera su fulgurante Viaje al fin de la noche, que lo encumbró. Es un vitriólico alegato contra la guerra y sus horrores, pero el odio que Céline siente por la guerra va mucho más allá: odia todo lo que ha permitido que estallara la guerra, y eso, claro, acaba siendo un extensísimo catálogo de culpables, a poco que se tire del hilo: los estados, los gobiernos, las familias, la sociedad entera y, al cabo, la especie humana en su totalidad.

«Nunca he visto u oído nada más asqueroso que mi padre y mi madre».

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Ética oceánica

13 octubre, 2022 — Deja un comentario

Las tempestades en las novelas de Conrad no son atmosféricas, sino éticas.
Por eso amedrantan. Por eso hay que leerlas.

Artículo publicado en The Objective el 15 de septiembre de 2022. https://theobjective.com/cultura/2022-09-15/conrad-etica-oceanica/

Featuring: Joseph Conrad, Iris Murdoch, T. S. Eliot y la izquierda pueril.

Conrad (Józef Teodor Konrad Korzeniowski), el noble polaco que aprendió inglés tardíamente, nació en 1857, murió en 1924 y navegó como oficial y después como capitán de barco en la marina mercante británica. No sabría decirles, por miedo a hacerle entuerto, si fue un marino que escribía o un escritor que navegaba.

Jospeh Conrad

Los grandes escritores hacen su literatura para superar el carácter caótico del mundo, imponiendo formas a lo que de otro modo sólo serían restos sin sentido. La idea es de Iris Murdoch,que parece reformular el verso de Eliot: «Con estos fragmentos apuntalé mis ruinas».

Hay relación entre forma y ética. Se puede vencer la ausencia de sentido, de valor de un material, imponiéndole una forma. Hablo de materiales vitales, biográficos, que son la materia prima de las novelas.

La línea de sombra es una novela corta de Joseph Conrad que ejemplifica eso con una brillantez apabullante y por eso digo que leer a Conrad debería formar parte de la educación obligatoria. Su literatura es moral y formativa. Sus historias dan temple, si se las lee con la generosidad y la apertura mental propias de los lectores listos y decentes. Los obtusos, indecentes y feos por el mero hecho de serlo, viven en su rencoroso mundo aparte y sólo interesan a los psiquiatras.

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De Weimar a Auschwitz

19 septiembre, 2022 — 2 comentarios

Artículo publicado en The Objective el 1 de septiembre de 2022. https://theobjective.com/cultura/2022-09-01/alfred-doblin-weimar-auschwitz/

Salen: Alfred Döblin, Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Fassbinder, Satanás y los viejos espartaquistas.

El formidable Döblin habría sido otro buen título para este artículo, que está impulsado por el entusiasmo, así que debo empezar por pedir disculpas: el entusiasmo del articulista puede ser un insulto a sus lectores. He de andar con pies de plomo.

Aun a sabiendas de que los consejos sólo suelen servir a quien los da, recomiendo la lectura de una novela que leí hace ya mucho, pero que sigue conmigo desde entonces: Noviembre de 1918, de Alfred Döblin. Su título original lleva un subtítulo añadido, Una revolución alemana, y consta de tres partes:

1 – Burgueses y soldados

2 – A) El pueblo traicionado y B) El regreso de las tropas del frente

3 – Karl y Rosa

La 2ª parte suele presentarse en dos tomos, de modo que la obra se presenta como tetralogía. Así está en la edición española de Edhasa, con una magnífica traducción de Carlos Fortea. Son 2 528 páginas, un número que impone respeto en cualquier época y que infunde pánico en nuestros medrosos tiempos de Tuíter. Los animo a que no se desanimen: su colosal extensión es pareja a su grandiosidad artística y a la incomparable experiencia lectora que regala. Imagínense poner en la mesa los cuatro gruesos tomos, contemplarlos un rato y deleitarse anticipando las semanas de placer que tienen por delante. Porque las novelas largas (para mí a partir de 600 páginas) tienen una cualidad toda suya que permite validar la existencia de un género determinado por la cantidad de horas de lectura que necesitan: los novelones. El lector de Guerra y Paz, de En busca del tiempo perdido o de El hombre sin atributos sabe que va a sumergirse en un mundo paralelo, un universo con otras leyes y códigos, en otro tiempo y en otras vidas, por mor de las horas y horas que voluntariamente pasará en él. Los buenos «novelones» secuestran y el buen lector es alguien que se deja secuestrar.

Notas biográficas.

 Alfred Döblin era alemán y judío. Del judaísmo y de ser judío se ocupó en muchos de sus escritos, y su identidad judía fue motivo de agudos conflictos internos. Su posterior conversión al catolicismo atestigua lo tempestuoso de su vida interior en las dimensiones religiosa y cultural. En los años treinta, cuando llegaron los nazis al poder, emigró a Francia y después a los Estados Unidos. Salió de su país siendo un escritor célebre y regresó en 1945, oscurecido por las sombras del desinterés público. Fue prolífico, aunque su novela más conocida, hasta casi eclipsar las demás fue Berlin Alexanderplatz, versionada como serie televisiva por Fassbinder. Además de escritor, Döblin fue médico neurólogo.

Personajes.

Cumplido este expediente, llega la hora del entusiasmo controlado.

Noviembre de 1918 es, de cabo a rabo, una novela histórica, pero a diferencia de la mayoría de las novelas de ese género, no es la Historia la protagonista última, sino la que permite que afloren quienes sí lo son. (Pero, en garde!, porque acabo de decir una verdad a medias).

Hay unos cuantos personajes históricos con mucho peso en la novela, entre los que destacan algunos de los dirigentes políticos de la época y, muy especialmente, la celebérrima Rosa Luxemburgo y su compañero Karl Liebknecht, a quienes se consagra el cuarto volumen. Döblin hace un retrato estremecido y harto original de ambos personajes históricos, ambiguo, complejo, que oscila entre la admiración y la simpatía iniciales y el desencanto y la desaprobación posteriores. El zarandeo intelectual  y emocional al que el propio Döblin se enfrentó al tratar de entender (o justificar) a los camaradas Karl y Rosa, se advierte en la naturaleza fantástica y sobrenatural que surge en distintas páginas de ese cuarto volumen, con momentos oníricos y hasta fantasmales en los que llegan a aparecer el místico medieval Johannes Tauler y hasta el mismísimo Satanás. He aquí, por ejemplo, lo que este último le dice a Rosa sobre Dios:

Rosa Luvemburgo y Karl Liebknecht, el inflexible.

«¿Qué puede hacer el otro? Mírame. Yo… me lanzo a través del Universo. Estoy en la guerra, en la política, en la fresca y libre vida del mundo. Él… tiene que esconderse en las iglesias y dejar que las viejas y los curas le cuchicheen cosas».

No es un gran argumento (es una bobada), pero en la novela cumple su función. Sin embargo la grandiosa obra de Döblin es arte novelística y no manual de historia, porque cuenta las vicisitudes de personajes inventados en un marco espacio-temporal real: la Alemania tras la Gran Guerra y la subsiguiente revolución socialista-espartaquista que estuvo a punto de triunfar, lo que habría cambiado radicalmente la historia moderna de Europa, convirtiéndola en algo bastante siniestro, como lo fueron la URSS y sus satélites y como de hecho fue, tras la segunda guerra mundial, media Alemania: la ominosa RDA.

«―Rusia se ha esforzado desde hace siglos en aprender de Alemania. Sigue sin haberlo conseguido del todo. Pero quizá lo haga. Sus fusilamientos masivos son prometedores».

El avispero alemán.

La imagen que el escritor nos hace ver, casi como una fata morgana, de manera ejemplar y magistral, con técnica novelística admirable, es la de una Alemania que, tras la humillante derrota militar, parecía un avispero gigantesco violentamente apedreado: las avispas, aturdidas, salen en desbandada y en mil direcciones buscando a dónde ir y a quién acribillar a aguijonazos. Los personajes están aturdidos y el neurólogo Döblin raya muy alto en la descripción de este aturdimiento, que nos muestra con veracidad sobrecogedora, pero a la vez con la suficiente distancia para percibir que estamos ante un importante artefacto artístico. Saltamos con rapidez de unos personajes a otros, de unos escenarios a otros; ninguno es protagonista y todos lo son; Alemania lo es; la revolución espartaquista es un avispero dentro de otro avispero: para muchos el infierno, para muchos otros, una esperanza que pronto se derrumbó ante sus propios horrores y desquiciamientos.

Humor.

Dentro del drama que fueron aquellos años desquiciados para tantas personas, Döblin inventa momentos de un humor desternillante, incluso vodevilesco, pero a la vez inteligente. En ese aspecto recuerda a veces a La Regenta y hace que los lectores soltemos carcajadas sonoras y liberadoras que se agradecen.

Historia y mucho más.

La novela, al cabo, la hacen todos esos personajes que, más allá de su dimensión coral, son individuos; individuos que hubieron de sobrevivir en una época atroz (que la veamos también como fascinante, con una mirada cándidamente ex post, no la hace menos atroz), una época que va de la República de Weimar a los campos de concentración nazis, el otro gran horror del siglo XX. La parte histórica de la novela es la gran excusa que permite la fabulación de esos dramas humanos de cada uno de los personajes.

Con todo, quien quiera leerla pensando que es la Historia, con gran H, lo que verdaderamente importa en Noviembre de 1918, puede hacerlo sin desdoro. Yo enarco una ceja, pero no me meto. A fin de cuentas, he aquí lo que se dice ya casi al final:

«El país, con el veneno que la revolución no había podido extirpar metido en los huesos, se recuperó lentamente de la guerra…, rumbo a una nueva guerra».

Tengo mis cuatro volúmenes llenos de notas, signos, escolios y diagramas, hasta el punto de que a veces parece la partitura de alguna febril melodía hecha únicamente de garrapateas. Darían pie a un artículo interminable, pero sería una descortesía.

Consideren leerse esta obra tremenda y formidable: serán semanas de placer y de gran aprovechamiento.