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Estuve en Valencia, de paso, hace cosa de un mes. Fui de trabajo y también de nostalgias −el poco tiempo libre que sobró−, incluyendo una visita solitaria a mi viejo colegio de muros ciclópeos y centenarios, techos altos, artesonados eternos, capilla ebria de inciensos y largos pasillos por los que un día, asombrosamente lejano, corrieron, despreocupadas, mi ágil infancia y mi insolente adolescencia.

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Antes me había pasado por la feria del libro, donde me entretuve casi una hora fisgando en cajones atestados de tebeos, pilas de novelas innombrables, reproducciones de mapas o biografías de santos. No vi en caseta ninguna aquellas Vidas ejemplares de la infancia, que los curas de mi colegio tanto encarecían, pero si me topé con cuatro grandes cajas repletas de los archifamosos bolsilibros de Bruguera, que a principios de los 80 se vendían a 60 ptas. (que es la abreviatura de «pesetas», o sea, algo así como 35 céntimos de euro). Archifamosos eran, no me desdigo, aunque yo nunca leí ninguno, pero los veía con frecuencia en tranvías y autobuses, devorados por ojos ávidos e impacientes.

Spitfire

Spitfire

Como he sido aviador antes que fraile, me fijé, inevitablemente, en uno en cuya dinámica portada vuelan dos Zero japoneses que atacan a un poderoso acorazado. Los Zero son, por diseño y características de vuelo, mis cazas favoritos, solo precedidos por los inimitables Spitfire ingleses. Además, el bolsilibro en cuestión pertenecía a la «Colección Metralla, publicación semanal».

¿Cómo resistirse?

Así que, concluida la visita nostálgica a las viejas aulas, fui a comerme una paellita y a zamparme De un infierno a otro, que así se titula la novelita de Elliot Dooley, a quien quiero homenajear sentidamente.

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Contracubierta de los bolsilibros de Bruguera

He averiguado que Dooley era uno de los innumerables noms de plume de Enrique Martínez Fariña, un Lope de Vega contemporáneo (murió en 1985). Además de como Dooley, este desaforado novelista firmó como E. M. Fariñas, Henry D’Oray, Ivonne Bel, Jack King, Adam Nebles, Young Lassiter, Don Carter, Chantal Fleury, Helmuth Von Sohel, Enrico Farinacci, Al Barton, Ram Parrot, Raóul Artz, Richard War, Cliff Maxwell, Irving Smutty, Giovanni Casanova, Master Space, Ralph Benchmark, o Lew Spencer y sus títulos publicados se acercan, según mis informaciones, a los 500. Tocó todos los géneros más populares: oeste, bélico, ciencia ficción, erótico, rosa, histórico, biográfico, etc. Entre sus títulos, para que se hagan ya una idea, están La tortuga agradecida, Historia de la aviación, Sexy-stop, un heideggeriano Quiero ser, El síndrome de Thanatos (¿un guiño high brow?), Cornudo sin compasión o Severa de día, puta de noche.

Ante tamaña producción se le caen a uno las cartolas. Un coloso de la novela, el amigo Martínez Fariña. Continuar leyendo…

Origen: Qué vemos cuando leemos

El horror, según Cioran

1 diciembre, 2015 — 2 comentarios
Hace poco estuve revisando mis cuadernos de notas de hace unos años y me topé con unas anotaciones sobre los “Cahiers” de Emil Cioran.  Recordé la impresión que me causó una anécdota (verdadera o falsa poco importa). Escribí entonces este breve cuento, que titulé Une histoire désobligeante. Lo es. Los espíritus más sensibles tal vez deban detenerse aquí.
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Emil Cioran

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Une histoire désobligeante

 

Un viejo y casi olvidado amigo de juventud me ha enviado una carta que, como hiciera Drácula para reunirse con Mina, ha cruzado océanos de tiempo hasta llegar a mí.

Impresionado por una historia que leyó en los Cahiers de Ciorán durante sus vejatorias noches de insomnio, mi antiguo compañero la reescribió a su manera y después, por razones que no me explica y que yo no quiero intuir, decidió remitírmela.

«Es la única copia que he hecho —me escribe— y ahora la tienes tú. Haz con ella lo que te plazca». He decidido transcribirla:

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Un joven que cursaba su primer año de universidad, volvió a su casa un domingo por la mañana, después de un paseo matutino, a tiempo de acompañar a su piadosa madre a misa de once, como hacía siempre. El día era radiante, el aire límpido y la temperatura suave.

Cuando llegó, se encontró con que sus ancianos padres se habían enzarzado en una discusión por una nimiedad. Al principio parecía cosa de poca importancia, pero el tono de ambos se fue enardeciendo y las voces se destemplaban. Mientras terminaba de anudarse la corbata, salió de su cuarto con la intención de apaciguarlos y se encontró con su madre, flaca, huesuda, con el pelo encanecido recogido en un estricto moño y vestida de negro de los pies a la cabeza, quien, inmóvil en el centro del salón, tenía la vista clavada en su marido, mientras su rostro se congestionaba y los ojos parecían pugnar por escaparse de las cuencas.

Cioran2De repente se puso a gritar como una posesa. Eran chillidos agudos y rítmicamente entrecortados, pero a tal velocidad que pronto amenazaron con ahogarla. A los pocos segundos empezó a retorcer su cuerpo, su cuello, sus extremidades, con movimientos espasmódicos, pero que se acompasaban al frenético ritmo que imponían sus alaridos. Levantaba grotescamente una pierna hacia un lado y después la otra; saltaba con los pies juntos, mientras los brazos parecían descoyuntarse cada uno por su cuenta, sin coordinación alguna; los huesos de su descarnado cuerpo parecían astillarse y sonaban como la cola de un crótalo enfurecido, y después giraba y giraba como una peonza: reencarnación endiablada de un derviche.

Luego, mientras su padre y él se pegaban inconscientemente a la pared, mirándola atónitos y atenazados por un creciente pavor, empezó a quitarse la ropa, sin dejar de agitarse como atravesada por unas despiadadas corrientes eléctricas, y se quedó completamente desnuda. Se soltó el moño y unas greñas blanquecinas y lacias cayeron sobre su demacrado rostro mientras iniciaba una danza lasciva ante ellos, estirándose los flácidos pechos, simulando lamerse los negros y agrietados pezones, agarrándose la vulva casi desprovista de vello con ambas manos y abriéndose los labios resecos, mientras agitaba las caderas adelante y atrás con una procacidad de ultratumba.

De pronto, al fin, cesó aquel espectáculo atroz y se derrumbó en el diván mientras se tapaba el rostro con las manos y rompía en sollozos.

La loca murió pocos días después. Marido e hijo, avergonzados, se despidieron en el cementerio y ya nunca volvieron a verse».

© 2012. Sanz Irles.

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El pensamiento fragmentario permanece libre, Emil Cioran.

Pues eso mismo.

Patrulla de salvación

Uno de nuestros infiltrados en las líneas enemigas, nuestro “deep throat” en EL PAÍS, nos cuenta descojonado de risa que este concurso “Demuestra tus dotes como crítico literario” está siendo, a la fecha, un fracaso total: sólo se han apuntado, de momento, 5 concursantes. Hace un mes se publicó en la página de Babelia este llamamiento a los aficionados a la crítica literaria para que mandasen sus reseñas con un máximo de 500 caracteres. Para los veinte mejores, el premio consiste –agárrense- en una suscripción digital por un año a EL PAÍS y en ver tu reseña publicada en Babelia. Te cagas. La fecha límite para la recepción es el 29 de enero.

-¿Y no te regalan nada más, mi sargento?

-Nada más, Daphne.

-¿Ni una novelilla de Alfaguara; una de esas que se quedan –tras las devoluciones- en el almacén y terminan engrosando el costoso “stock”?

-¿No…

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