Archivos para Narratología

Publicado en Málaga Hoy el viernes 8 de diciembre de 2017.

Este artículo sobre el imposible Finnegans Wake no pretende aconsejarles que lo lean; ni siquiera defenderlo. Creo que, como al don Pedro Girón que ensalzaba Quevedo (Faltar pudo su patria al grande Osuna / mas no a su defensa sus hazañas…), le bastan sus propios méritos para cabalgar, mientras le ladra.

Es un libro que me hace feliz, y quería decirlo.

Queridos segundones

12 febrero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 10 de febrero de 2017.

A veces, los personajes secundarios de la literatura tienen mucho que decir.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

QUERIDOS SEGUNDONES

¿Qué les pasa a los personajes secundarios de la literatura cuando hacen mutis por el margen? ¿Qué va a ser de ellos? Un buen lector puede imaginar novelas enteras protagonizadas por estos comparsas fugaces.

Tolstói lleva lejos su cariño hacia los secundarios y pone su atención hasta en personajes que sólo aparecen para abrir una puerta o afilar una guadaña: uno era un buen bailarín, otro era diestro en aparejar caballerías, aquella se ocupaba con esmero de la educación de sus hijos. Ningún personaje es anónimo o sin alma, para Tolstói; de ellos siempre nos da detalles que sobrepasan la nimiedad de sus acciones o lo ancilar de sus funciones.

He aquí algunos de los personajes que revolotean a menudo por mi cabeza:

El enano Fajardo es un siniestro tipo que sale en La noche, novela corta y circense de Antonio Soler que nos hace pensar en la inolvidable película Freaks (La parada de los monstruos), de Tod Browning. En un texto que entrelaza la intensidad poética con la sordidez, destaca este malaje:

El enano Fajardo avanzó un paso más y se metió de lleno en el baño de luz. Tenía los ojos con más agua de lo acostumbrado […] un tipo como Fajardo, cicatriz y hiel, enano.

Desde que irrumpe en la historia no podemos zafarnos de su presencia maligna. Y, por cierto, su poder de seducción le debe mucho a su nombre (gran tema, este de los nombres novelescos) y al sintagma que nos coloca el escritor ante los ojos, el enano Fajardo, que se fragua enseguida como una yunta indestructible y enano como un epithetum constans (atención, gramáticos), sin el cual Fajardo no puede ya existir. Fajardo es el enano como Kautsky es el renegado (atención leninistas).

Celedonio es el repulsivo monaguillo que abre y cierra La Regenta. Dice Clarín, nada más empezar:

Celedonio, hombre de iglesia, acólito en funciones de campanero […] ceñida al cuerpo la sotana negra, sucia y raída […] escupía con desdén y por el colmillo a la plazuela.

Sombría descripción que nos conduce de nuevo a él, novecientas páginas después, en la última escena. Con la hermosa Regenta desmayada en el suelo de la catedral, Clarín retuerce el cuento del príncipe convertido en rana y redimido por un beso:

Celedonio sintió un deseo miserable, […] inclinó el rostro asqueroso sobre el de la Regenta y le besó los labios.

Ana volvió a la vida rasgando las tinieblas de un delirio que le causaba nauseas.

Había creído sentir sobre la boca el vientre viscoso y frío de un sapo.

Clarín consigue que este tipejo se nos haga nauseabundamente inolvidable, aunque nunca me ha parecido que este final llegue a la altura de tan gran novela.

Y por fin déjenme hablarles del hada Campanilla. Me leyeron Peter Pan, del escocés J. M. Barrie, un par de años antes de ver la película. Los de Disney se inventaron una campanilla hipersexualizada que con su figurín de diminuta Lolita y sus polvitos mágicos ha excitado la lubricidad de más de cuatro adultos retorcidos que yo me sé. Barrie, más sutil (y con los cánones eróticos preanoréxicos de principios del XX), enmarca el erotismo edénico de un vestidito de hoja, en una figura rellenita (embonpoint, dice con gracia afrancesada en el original):

… Campanilla, primorosamente vestida con una hoja, de corte bajo y cuadrado, a través de la cual se podía ver muy bien su figura. Tenía una ligera tendencia a engordar.

Tintineando de aquí para allá, convirtiéndose en un símbolo travieso y alado de los celos (casi tan real como el mismísimo Otelo), el hada Campanilla entra en nosotros para no abandonarnos nunca más, así pasen los lustros y las décadas. Ellos y mil más son mis queridos, queridos segundones de la literatura.

Reapariciones

22 enero, 2017 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 20 de enero de 2017.

Cuando un personaje de una novela reaparece en otra, algo importante pasa en la psicología del lector. veamos qué:

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

REAPARICIONES

En las novelas los personajes aparecen; nos los van presentando los narradores o se presentan ellos mismos:

Yo, señor, no soy malo, aunque no me faltarían motivos para serlo.

Así quiso Cela que se nos apareciera Pascual Duarte.

Pero a algunos personajes les va la marcha y, no contentos con aparecer, reaparecen. Es un procedimiento novelístico —casi un truco de trilero, en verdad— de extraordinaria eficacia, que siempre me ha cautivado: la reaparición. Esa eficacia es, sobre todo, de orden emocional, como espero demostrar.

De entre los escritores que lo han utilizado, destaca el colosal Balzac. Muchos novelistas posteriores lo aprendieron de él. Vautrin, del que se dice que fue el primer personaje gay de la literatura francesa, sale en varias novelas de la Comedia humana: El tío Goriot (lo prefiero a Papá Goriot), Las ilusiones perdidas, Esplendor y miseria de las cortesanas; en otras no sale, pero se lo nombra, como en La prima Bette.

Roland Barthes dijo, atinadamente, que una de las cosas por las que Proust pudo escribir En busca del tiempo perdido fue el descubrimiento de este procedimiento balzaquiano.  También Galdós gusta de esta técnica: las Porreño, por ejemplo, aparecen en La fontana de oro y también en Un faccioso más y algunos frailes menos. Ernesto Sábato saca en Abaddón el exterminador a personajes que conocimos en Sobre héroes y tumbas. Hay ejemplos a docenas.

Este recurso novelístico, que trenza unas novelas con otras y crea vastos mundos, no se ha quedado recluido en la literatura. ¿Qué, si no, son los famosos spin offs, por los que un personaje secundario de una serie televisiva se convierte en el protagonista de otra? (Frasier Crane, psiquiatra con ínfulas de dandi, era un parroquiano del bar de Cheers).

La teoría subraya la importancia estructural del procedimiento, su influencia en la organización de las tramas y cosas así. Pero para mí, la importancia del invento es otra, a saber: el poderoso efecto que tiene en el lector y su psicología.

Descubrí de pequeño el impacto de esta técnica. El gran Hergé la utiliza profusamente en Tintín. No sólo Tornasol vuelve una y otra vez a las distintas historias (mas no a todas, y por eso es aún más eficaz), sino que lo hacen también muchos segundones inolvidables: el pelmazo Serafín Latón, el coronel Sponz, el malvado Müller, el pérfido Gorgonzola, el avieso Allen, el timorato Wolf o el entrañable carnicero Sanzot.

¡Qué emoción, encontrar en una novela a un personaje (por execrable que sea) que hemos conocido en otra! Es el júbilo del reconocimiento y la complicidad.

Desde mis queridos Tintines, siempre he tenido la misma sensación al leer a novelistas que usan esta formidable treta narrativa. Es como reencontrar a un viejo conocido. De pronto ya no somos simples lectores, sino compañeros de viaje; ya no somos unos advenedizos, sino que estamos en el ajo de las cosas. Su presencia nos agarra de las solapas y nos mete dentro de la novela: nos convertimos en lector/personaje, porque siempre hay un momento en que esos queridos reaparecidos interrumpen lo que están haciendo, se vuelven hacia nosotros y nos guiñan un ojo: ¿Se acuerda de mí? Yo sí me acuerdo de usted. Vamos, pase; sígame.

Capítulo primero

2 diciembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 2 de diciembre de 2016.

Al empezar una novela hay que abandonar un mundo para entrar en otro.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

CAPÍTULO PRIMERO

El comienzo de una novela es un umbral. Lo cruzamos para abandonar el mundo real y entrar en el inventado. Transición. Alea iacta est. Para empezar hay que familiarizarse con la voz, el léxico y la catadura sintáctica del escritor; adaptación a un mundo nuevo.

En Karnaval, de Juan Francisco Ferré, el narrador nos previene desde el principio:

…adoptaré muchas formas, pero me reconocerán enseguida. Mi voz será mi contraseña…

Su astuta estrategia para introducirnos en la novela es metanarrativa y malévola. Matanarrativa, porque empieza planteándonos un problema —El Problema— de técnica novelística: ¿quién narra? Malévola, porque el narrador esparce a sabiendas confusión sobre sí mismo:

¿Quién soy yo? En una buena pregunta para empezar. Ni yo mismo lo sé, pero tampoco importa mucho.

Podemos llegar a creer en su modestia tras este arranque y compadecernos de su identidad zozobrante, pero sobrevienen las dudas cuando el narrador insiste:

Yo no soy importante. A quién le importa quién habla aquí […] quién pueda ser yo, quién pueda decir que soy, importa mucho menos…

Demasiada porfía para no ser sospechosa. El propio narrador refuerza la sospecha al señalarnos, certero, la gran frontera entre realidad y relato: lo que soy y lo que digo que soy, bien pudieran no ser la misma cosa.

He tenido muchas vidas. Muchos nombres

…añade, dándole la vuelta a San Marcos 5:9 –Mi nombre es Legión, pues somos muchos. Después remata significativamente: Soy ahora un principio de perplejidad, que subraya su voluntad de seguir entre neblinas, pero que nos permite entrever algo, un fanal en la bruma: estamos ante un narrador intelectual; los ordenanzas o los taxistas no son perplejidades, simplemente dudan. Karnaval comienza suscitando preguntas sobre la fiabilidad del narrador y sobre el grado de credulidad que vamos a concederle. Nos recibe en su historia como Drácula recibió a Harker en su castillo: Bienvenido a mi casa. Entre libremente, por su propia voluntad. Luego vinieron las hemorragias.

Rafael García Maldonado adopta en La guarida otra estrategia y nos propone tres comienzos, porque para qué cicatear.

Empieza recurriendo a un cronista, un transcriptor, un Cide Hamete Benengeli, que —nos dice— va a presentarnos el relato autobiográfico de Martín, quien, a su vez, nos contará la historia de otros dos personajes. El laberinto narrativo está servido. Te digo que dicen que han dicho… Alguien va a escribir lo que otro escribió sobre otros. El novelista rehúsa darnos papilla. Es menester masticar si queremos sacarle el mucho jugo que tiene la novela.

Este transcriptor ya nos advierte de que no será sólo eso:

Este relato, aderezado en parte por mis notas…

Después, un segundo comienzo donde ya escribe el transcripto (¡vivan las consonantes dobles!). Este preámbulo acaba con un asomo de prolepsis (flash-forward en moderno) que nos anticipa el futuro de la historia:

…ignora que tiene por delante casi cinco años de encierro.

Por fin, arrastrados por el pescuezo al laberinto, llegamos al tercer comienzo, el de la historia que justifica la novela, del que consigno esto:

Todo el mundo debería morirse […] en el sillón donde tanto se ha leído.

Un novelista, ya lo vemos, es también un estratega, quod erat demonstrandum.

Pagafantas del XVIII

19 agosto, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy el viernes 19 de agosto de 2016.

Último de esta pequeña serie que ha tenido en Goethe su eje principal. Hoy, un par de consideraciones sobre cuáles pueden ser las miradas de los lectores y cuáles son sus facultades, y unas breves anotaciones a la naturaleza del narrador.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PAGAFANTAS DEL XVIII

Madame Bovary se abre con un nosotros narrador: Estábamos en la hora del estudio… Alguien habla desde dentro de la escena, pero no es el protagonista, sino una voz anónima que cuenta lo que vio. Técnicamente es un narrador intradiegético-heterodiegético (¡sí, lo sé, qué le vamos a hacer!). Lo notable de él es que usa la primera persona del plural, como si hubiera un narrador colectivo.

Si tiro por aquí es porque me ha llamado la atención la estrategia narrativa de Goethe en Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister. Me refiero, precisamente, al uso de un nosotros-narrador.

¿… quién sería capaz de expresar la alegría de dos amantes? […] nosotros también nos marchamos…

Y poco después: Ya es hora de que vayamos conociendo mejor a los padres de nuestros amigos…

¿Quiénes son nosotros? El que narra lo hace desde fuera de la historia; es omnisciente y, como tal, lo sabe todo de sus personajes; más que ellos mismos (la formulita narratológica es N>P).

**Digresión: Es el XVIII. La retórica clásica perdura. En ese ¿Quién se atrevería a describir…? reconocemos el archisabido tópico No encuentro palabras. Recordemos a Jorge de Montemayor:

Decir yo agora la vida que pasaba en su ausencia […] no sé si podré…

o los dos fabulosos versos del Orlando furioso de Ariosto, que casi supe de memoria:

 Chi mi darà la voce e le parole                                                                                                       convenienti a sì nobil suggetto…

Fin de la digresión.**

Ese nosotros de Goethe, a diferencia del de Flaubert/Bovary, se llama plural de modestia. Pura convención. Sin embargo, cuando leí esos pasajes fui presa de una súbita euforia porque, sin saber cómo, Goethe logra que su nosotros nos involucre. Más que de modestia, es de complicidad.

Como por ensalmo me sentí compinchado con ese narrador que acota las andanzas del joven Guillermo. Goethe nos secuestra de nuestro lugar de lectores y nos lleva con nosotros, o sea, con él, o sea, con su cuentacuentos, para que observemos juntos a Wilhelm Meister. Así, más que leer, vemos y contamos cómo

…dejó transcurrir las noches en el disfrute íntimo de su amor y dejó transcurrir los días a la espera de horas felices.

Y nos es dado oír en primera fila diálogos casi cervantinos:

—No encuentro que haya nada más útil en el mundo que sacar ventaja de las tonterías que hacen otros.

—Me pregunto si no sería un placer más noble salvar a los hombres de sus estupideces.

Y escuchamos a la vieja Bárbara enseñarle a Mariana cómo tener dos amantes:

Si amas a uno, que el otro pague; todo depende de lo hábiles que seamos para conservar a los dos.

¡Oh, las novelas de formación! ¡Ah, los cornamentados  pagafantas del dieciocho!

Estrambote: La sensación de ser un lector secuestrado ha sido un fugaz espejismo. Al empezar el Libro segundo, Goethe deshace el hechizo con un seco

Por eso no queremos detallar a nuestros lectores…

que nos pone de nuevo en nuestro sitio. Pero fue bonito mientras duró.