Colección “Metralla”

17 marzo, 2016 — Deja un comentario

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Estuve en Valencia, de paso, hace cosa de un mes. Fui de trabajo y también de nostalgias −el poco tiempo libre que sobró−, incluyendo una visita solitaria a mi viejo colegio de muros ciclópeos y centenarios, techos altos, artesonados eternos, capilla ebria de inciensos y largos pasillos por los que un día, asombrosamente lejano, corrieron, despreocupadas, mi ágil infancia y mi insolente adolescencia.

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Antes me había pasado por la feria del libro, donde me entretuve casi una hora fisgando en cajones atestados de tebeos, pilas de novelas innombrables, reproducciones de mapas o biografías de santos. No vi en caseta ninguna aquellas Vidas ejemplares de la infancia, que los curas de mi colegio tanto encarecían, pero si me topé con cuatro grandes cajas repletas de los archifamosos bolsilibros de Bruguera, que a principios de los 80 se vendían a 60 ptas. (que es la abreviatura de «pesetas», o sea, algo así como 35 céntimos de euro). Archifamosos eran, no me desdigo, aunque yo nunca leí ninguno, pero los veía con frecuencia en tranvías y autobuses, devorados por ojos ávidos e impacientes.

Spitfire

Spitfire

Como he sido aviador antes que fraile, me fijé, inevitablemente, en uno en cuya dinámica portada vuelan dos Zero japoneses que atacan a un poderoso acorazado. Los Zero son, por diseño y características de vuelo, mis cazas favoritos, solo precedidos por los inimitables Spitfire ingleses. Además, el bolsilibro en cuestión pertenecía a la «Colección Metralla, publicación semanal».

¿Cómo resistirse?

Así que, concluida la visita nostálgica a las viejas aulas, fui a comerme una paellita y a zamparme De un infierno a otro, que así se titula la novelita de Elliot Dooley, a quien quiero homenajear sentidamente.

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Contracubierta de los bolsilibros de Bruguera

He averiguado que Dooley era uno de los innumerables noms de plume de Enrique Martínez Fariña, un Lope de Vega contemporáneo (murió en 1985). Además de como Dooley, este desaforado novelista firmó como E. M. Fariñas, Henry D’Oray, Ivonne Bel, Jack King, Adam Nebles, Young Lassiter, Don Carter, Chantal Fleury, Helmuth Von Sohel, Enrico Farinacci, Al Barton, Ram Parrot, Raóul Artz, Richard War, Cliff Maxwell, Irving Smutty, Giovanni Casanova, Master Space, Ralph Benchmark, o Lew Spencer y sus títulos publicados se acercan, según mis informaciones, a los 500. Tocó todos los géneros más populares: oeste, bélico, ciencia ficción, erótico, rosa, histórico, biográfico, etc. Entre sus títulos, para que se hagan ya una idea, están La tortuga agradecida, Historia de la aviación, Sexy-stop, un heideggeriano Quiero ser, El síndrome de Thanatos (¿un guiño high brow?), Cornudo sin compasión o Severa de día, puta de noche.

Ante tamaña producción se le caen a uno las cartolas. Un coloso de la novela, el amigo Martínez Fariña.

Me leí las casi 100 diminutas páginas en lo que me duró la tapa de sepia, la paella, la cerveza y el café, confieso que con interés decreciente, pero siempre con la sonrisa benevolente en la boca.

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La novelita está estructurada, astuta y eficazmente, con un repetitivo patrón que definiré como de «vicisitudes convergentes». Cada capítulo tiene tres secciones que se repiten siempre en el mismo orden, y cada una de ellas está protagonizada por un personaje. La primera sección de cada capítulo nos cuenta las aventuras guerreras del oficial japonés Keisuke Mihashi (adelanto que Dooley es un hacha para bautizar a sus personajes); la segunda corre a cargo de Ruth Bauermann, una enfermera judía que huye de la persecución nazi en su Alemania natal; la tercera la protagoniza Don Walton, un estafador de Filadelfia que pone pies en polvorosa al descubrirse su desfalco. Un japonés, una judía alemana y un americano. No puede sorprendernos que la acción transcurra a primeros de los años 40 del siglo pasado: la guerra del Pacífico.

Estos tres personajes se mantienen ignaros los unos de los otros hasta pasada la mitad de la novela, pero desde el primer capítulo se ponen todos en movimiento, Mihashi desplazándose por los escenarios de la guerra y los otros dos, Ruth y Don, huyendo de sus respectivas némesis. En sus viajes y peripecias emerge enseguida un patrón: los dos se dirigen hacia el Pacífico, Ruth alistada como abnegada enfermera de los aliados y Don enrolado en el ejército americano bajo nombre falso, huyendo de la justicia. Así pues, el lector, incluso el menos avezado, adivina pronto que están destinados a encontrarse. ¿Pero cómo?

Ese cómo constituye el intríngulis de la novela y lo que el lector desea saber, en cuanto se percata de que el encuentro es inevitable.

Les puedo revelar el misterio, porque es poco probable que vayan a leerla. Tras unas cuantas peripecias rocambolescas, pero contadas con un desparpajo y concisión que no podían no captar la atención de su público lector, Mihashi muere en combate (al final, Dooley abandona una inicial y aparente neutralidad y nos muestra la fanática maldad del militar nipón), Ruth atiende a un Don Walton malherido, y entre venda y venda se enamoran y acaban juntos. Un fuerte punto de tensión surge cuando entra en escena un soldado americano que reconoce a nuestro estafador, pues fue el auditor que descubrió su desfalco. Walton planea su muerte, ya que está seguro de que el recién aparecido lo delatará, pero entonces, casi como en un Deus ex machina, el auditor le dice a Walton que no piensa delatarlo pues es el hijo de alguien a quien el padre de Walton había salvado la vida. Eliminado así el último obstáculo, la novela termina con esta inolvidable oración:

Habían encontrado la felicidad en el mismo umbral de la muerte.

Es indudable que Dooley escribía sus novelitas a gran velocidad, y no me extrañaría descubrir que en muchas de ellas podría haber usado una misma o muy parecida estructura narrativa. Los sucesos se unen en microsecuencias que a su vez se engarzan en macrosecuencias, de manera muy directa y sin artificios complicados. Esas macrosecuencias dan lugar a tres líneas argumentales, una por cada protagonista, que terminan convergiendo en un fatal y final escenario común, donde cada uno «encuentra su destino». Hasta ese momento, misterio, fugas, guerras, violencia, muertes, historia, estafas, enfermeras descocadas (no Ruth) y, aunque breve y pasajera, una velada procacidad.

La prosa de Dooley/Mtnez. Fariña no es preciosista ni artística, pero tampoco es torpe. Tiene un objetivo y avanza hacia él a gran velocidad y sin distracciones. Sabe quiénes son sus lectores y los conduce con mimo y tino, gracias a un lenguaje adaptado a ellos. Con relativa frecuencia se permite recurrir a lugares comunes que, aun burdos e intolerables en una novela «no popular» (artística, high brow, elijan lo que prefieran), aquí cumplen una misión clara: recordarle a sus lectores, de nivel cultural medio-bajo o bajo por lo general, que están leyendo literatura, que tienen en las manos un producto culto, serio,  y que con su lectura acceden a un «plano superior» que les es extraño, pero no prohibido. Son clichés que el lector medio de Dooley no usaría casi nunca, pero que  los percibe como signos de un lenguaje elevado y respetable. Veamos algunos ejemplos:

Las mujeres se identificaban con la protagonista, una hermosa enfermera francesa, y admiraban la apostura del galán…

El fragor de la batalla sonaba como un retumbar de truenos lejanos… una unidad naval había sido alcanzada y era pasto de las llamas.

Una verdadera oleada de plomo y metralla.

No obstante, no hay que dejarse engañar, pues a veces Dooley nos sorprende con párrafos e imágenes de un dinamismo y eficacia más que elogiables:

Al tableteo de la primera ametralladora se unieron varios más. Formaban un concierto sincopado, interrumpido por el sordo retumbar de los morteros.

Las sombras habían invadido las calles de Hamburgo. La luna rielaba con quietud en las aguas del puerto. A sus destellos le hacían eco los reflejos irisados de las luces de situación de los barcos anclados en los muelles.

(¿Ven cómo, más allá de las peripecias y de la trama, el lenguaje nos hace desesperadas señas para que nos fijemos en él?)

En aquel que fue un verdadero océano de «bolsilibros» tuvo que haber de todo; también muchas novelas cortas que, como De un infierno a otro, llegaron a los kioskos con una dignidad merecedora de nuestra simpatía y nuestra sonrisa.

Vivan los bolsilibros, y cómprenlos si los encuentran.

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