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«Un amor», de Sara Mesa

14 septiembre, 2020 — 4 comentarios

Un amor, de Sara Mesa, es lo primero que leo de esta interesante e intensa novelista («intensa» en el sentido primigenio y más noble de la palabra, no en la acepción despectiva que va adquiriendo hoy). Superadas unas primeras páginas algo desvaídas en propósito y tensión, que no auguraban grandes cosas, la narración se afina, se agudiza, adquiere un ritmo vivo y vivificador y conduce de un tirón hasta su final, con una eficacia admirable; un ritmo que la escritora lleva dentro —talento innato—, porque una velocidad de crucero tan adecuada a lo que está contando y tan titánicamente mantenida, no se adquiere sólo con aplicación y técnica.

La arquitectura de la novela no nos depara ninguna complejidad y avanza derechita a su meta. Es lineal y sencilla, y en realidad tan solo nos presenta dos puntos de viraje, esos en los que la acción o la evolución del protagonista cambian de rumbo y hacen que la narración avance: la sorprendente (y aceptadamente soez) “entrada” de un hombre en la vida de Nat (una mujer) y su posterior salida. Tras esa salida, caminamos junto a la protagonista como testigos de su agonía y su perplejidad para lograr digerir la pérdida.

Esa linealidad de la trama, su relativa brevedad y la limitada polifonía acercan bastante Un amor al cuento, pero esto no le quita nada de valor. La limitada polifonía se debe a que no hay muchos personajes que tengan un peso importante en la narración, y salvo la propia Nat y tal vez el “entrador” (nada más puedo revelar de él: mis labios están sellados), no están muy ambiciosamente desarrollados.

Hay un cierto grado de decepcionada sorpresa con el final, que consiste (el final) en la aceptación de que todo ha sucedido porque tenía que suceder y de que el acontecimiento del pasado que parece haberlo desencadenado todo, ineluctablemente había de traer a Nat hasta este final y a ningún otro. En realidad, la impresión que (me) produce es la de que la novelista no sabe bien como sacar a Nat del laberinto en el que la ha metido y lo resuelve con una faena que, sin ser desastrosa, es tan solo de aliño.

El asunto, la inventio que permite la novela, es interesante y en otros tiempos habría sido muy provocador. Hoy, curados de muchos espantos, no lo es mucho, —aunque sí nos presenta reflexiones de gran interés en el marco de la omnipresente batalla por la identidad de género, quiero consignar— de modo que su lectura va provocando sorpresa, sí, curiosidad, sí, simpatía (sentimiento en horas bajas, avasallado por la omnipresente empatía), rechazo, también… pero no desazón ni verdadera turbación creativa (sí, hay creatividad en la lectura bien hecha): el asunto no nos hace incómoda la lectura, y su escritura tampoco. Y con esto voy a otro asunto.

Un amor es una buena novela convencional, porque la historia se nos cuenta con un lenguaje y una sintaxis correctos, sin duda eficaces, pero convencionales. También es convencional la presencia de un narrador externo que todo lo sabe y que sólo se permite fugaces pinceladas de algo más o menos parecido al estilo indirecto libre para revestirse de un poco de modernidad; por suerte para él, la ligereza y concisión de su lenguaje hace que se lo perdonemos. (Además, nada de esto le impide lograr algunas expresiones e imágenes de mucho interés y belleza, como: En el sueño hay una placidez aceitosa en la que ella se sumerge para nadar. O cuando alude a una extraña suerte de memoria cutánea: La piel le arde de desesperación, incapaz de admitir que ha perdido a…)

Pero no hay (¡ay!) ni la más mínima ambición de utilizar el lenguaje, además de la propia historia, para sacudirnos, para sacarnos de la placidez de los códigos culturales más o menos main stream. No hay ni un gramo de ambición en esta prosa, ni de innovación ni de ruptura ni de grandeza. Ninguna ambición más allá de ser eficaz y correcta.

Es este planteamiento (que la mercadotecnia ha convertido tramposamente en virtud estilística), el de hacerle la vida fácil al lector, no provocarlo, darle su papilla narrativa, el que triunfa en la industria editorial y el que permite que en solapas y cubiertas traseras abunde la hipérbole y el ditirambo crítico (verdarera revelación, literatura del alto voltaje, pequeña obra maestra) y todas esas lisonjeras complacencias que tanto bien le hacen a la industria del libro y tan poco a la literatura. Pero bueno, todos sabemos para qué están las solapas y las cubiertas traseras).

Uno es como es, así que no se me pueden librar ustedes, salvo que interrumpan la lectura aquí mismo, de unas gotitas de pedantería narratológica: en Un amor, lo simbólico, lo definible, lo racional, lo que está en el plano de la comunicación, o sea, el fenotexto (se lo advertí, amigos) no está perturbado ni alterado ni porculeado por esa otra dimensión, la semiótica, que emana del inconsciente y se plasma en cosas como la entonación, los ritmos, las melodías,  la organización temporal de la narración, un léxico forzado o dislocado… o sea, por un genotexto potente y en condiciones.

Fenotexto 3, Genotexto 0, es el marcador de Un amor tras los noventa minutos reglamentarios.

Las ambiciones de Un amor parecen ser dos: «contar una historia» (ese desiderátum de escritores y cineastas actuales, que parece justificar cualquier cosita que hagan) y vender. Ambas son ambiciones legítimas, deseables e insuficientes para hacer arte. Arte literario, en este caso.

Pero, entonces,  ¿nos desaconseja usted la lectura de la última novela de Sara Mesa?

No. No se lo desaconsejo. Harán bien en leerla. Un amor es una buena novela y si la leen se lo pasarán estupendamente. Tras acabarla pensarán un poquito y con un leve estremecimiento (erótico y todo, a veces) en algunas de las cosas sucedidas, su semblante se pondrá serio al recordar  la perturbación de la protagonista, torcerán un pelín el gesto ante el pequeño gatillazo del final y después seguirán con su vida como si tal cosa.

No sé si me explico, pero creo que sí.