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Sin alharacas

17 junio, 2013 — 2 comentarios

alamosHay que ir siempre con los ojos bien abiertos y no desfallecer en el deseo de la busca, sobre todo cuando se entra en una librería, como hice yo el otro día, y mis ojos y mis dedos, fueron a caer sobre un librito de poesía, y lo abrí al azar, y volví a comprobar que la poesía anida en los lugares más insospechados e improbables. (¿Qué tiene de improbable, dirá alguno, que haya poesía en un libro de poesía? No responderé ahora a esta pregunta).

Ni un paso más sin confesar mi culpa: no había oído hablar nunca de esa escritora, de nombre llano, franco, sin dobleces: Dionisia García. Sí, eso mismo, Dionisia García, natural de Albacete, do las navajas y el azafrán, y el nacimiento del río Mundo y el castillo de Almansa y el penal de Chinchilla y un frío que se muestra inmisericorde.

He aquí un poema tímido, frugal, sin alharacas, de la señá Dionisia, que desde entonces se ha convertido en una buena amiga. Sé su lugar exacto en mis anaqueles y mis dedos la encuentran a veces al pasar:

Como alamo cumplido

La casa esta vacía:

él ya dijo su última palabra.

Calle abajo

el silencio se adensa

y los hombres musitan

una plegaria

apenas perceptible.

Tiemblan las flores

al abrazar el túmulo

que avanza con el sol

de una tarde de julio.

Quema la tierra;

la misma que él amó

durante tantos años,

y a la que regresaba

para caer, al fin,

como álamo cumplido.

La plaza, el altozano,

los balcones abiertos,

ofrecen su mudez en homenaje,

mientras pasa la lenta comitiva.

Dionisia García. «Cordialmente suya». (Ed. Renacimiento).

roth everymanVuelvo a Roth tras casi un año, y veo que sigue siendo el hipocondríaco de siempre. Su fascinación por la enfermedad y el dolor, en cuya descripción gusta demorarse –tanto que hasta llegan a ser los cimientos de su narración–, sigue intacta.

Phoebe knew plenty about physical misery… Pues eso.

Este libro es una sombría descripción de la vida como un largo y penoso camino hacia la muerte (¿quién decía que la vida era el camino flanqueado por cipreses que va de la cuna al cementerio?) y un rosario de enfermedades y hospitalizaciones, pero el pesimismo de Roth tiene siempre algo de terrorífica verdad que te obliga a seguir leyendo. Y para que no haya dudas, la historia comienza con el funeral del protagonista, desde donde retrocedemos en su vida para volver después a avanzar hasta su muerte, o sea, hasta el final de la fiesta, donde, abandonado por sus falsos amigos, el hombre se queda solo.

Como además de la muerte, el sexo (en su variante más lasciva) también anda de por medio –cosa inevitable, tratándose de Roth–, la tentación de liarse a hablar de Eros y Tanatos está servida, así que me contendré y la dejaré pasar, porque, en verdad, el tema central y obsesivo de Everyman es la muerte; la muerte y lo que la precede, la prepara, la anuncia. Puro Roth el que escribe:

…la vejez no es una batalla, la vejez es una masacre.

Y por si todo eso no fuera lo bastante incómodo, más incomodidades: junto a la muerte, otro gran tema del libro es el de la responsabilidad individual, de nuestra vida, de nuestros actos, que no pueden ser endosados a otras instancias (ya sabéis: la culpa es de «la sociedad», o de «mi mamá, que no me quería lo bastante»), y al que le pique que se rasque.

Lo dicho, un libro para adictos (a Roth y a sus cosas), pero que no deja indiferente.