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Ars moriendi

25 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 25 de noviembre de 2016.

Como morir es asunto con enjundia, la literatura no podía no ocuparse de él. Aquí, unas briznas.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles 

ARS MORIENDI

La literatura se ha ocupado mucho de la muerte y sus maneras. Moribundo y lacónico, Alonso Quijano reconoce lo que está por llegarle:

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte.

Saber cuándo llega la hora y obrar gallardamente. En Las tres muertes, de Tolstói, un mozo de postas agoniza en la cocina, ¡y sabe! Una mujer le pregunta con ternura qué le pasa y él responde:

La muerte está aquí, eso es lo que me pasa.

Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, cuenta la vida —y la muerte— de Franz Biberkopf:

Lo que había en él de animal corre ya por los campos. […] El alma de Franz está devolviendo sus semillas vegetales».

También Biberkopf sabe. Y para que no haya dudas, la Muerte remacha:

Estoy aquí y debo hacer constar que quien está aquí echado, ofreciendo su vida y su cuerpo, es Franz Biberkopf. Dónde está, lo sabe, y también adónde va y lo que quiere. 

La Muerte, luego, nos recuerda algo obvio, a menudo olvidado: …la vida sin mí no vale la pena.

El capítulo séptimo de El gatopardo, de Tomasi di Lampedusa, es muy bello y eficaz. Con la maravillosa imagen de un reloj de arena, venimos a saber que Fabrizio ya presentía su muerte décadas antes de que fuera a acaecerle.

Hacía decenios que sentía cómo el fluido vital, la facultar de vivir, la vida en suma […] iban saliendo de él lenta pero continuamente, como los granitos se amontonan y desfilan uno tras otro sin prisa pero sin detenerse, ante el estrecho orificio de un reloj de arena.

Pasa el tiempo y el aleteo de la muerte se torna presencia cercana. Ya no es una lenta procesión:

advertía que la vida salía de él en grandes oleadas apremiantes, con un fragor espiritual comparable al de la cascada del Rin.

Asistimos a la sensación cenestésica del fin de la vida, de un gran vaciamiento. La vida se va a oleadas. Y es el sonido, ese fragor, el que logra no sólo que leamos, sino que sintamos lo que el moribundo siente. Lampedusa convierte los sonidos en vías de conocimiento. Ahora un fragor de cascada, pero antes:

…el rumor de los granitos de arena que se deslizaban…

Ya en los instantes postreros, el escritor recurre, con maestría apabullante, a otro sonido:

En la habitación se oía un silbido: era su estertor, pero no lo sabía…

La descripción se aviva a cada página. El enfermo empeora y llegan unas medicinas,

pero el ímpetu del tiempo que se le escapaba no disminuyó en su impulso.

Por fin se acerca al lecho del moribundo la seductora Muerte, abriéndose paso entre allegados, en una escena de exquisita filigrana (atención, cinéfilos, ¿cómo no recordar a la sensual Jessica Lange de All that jazz?).

death2

Era ella, la criatura deseada siempre, que acudía a llevárselo. […] le pareció más hermosa de como jamás la había entrevisto en los espacios estelares.

El fragor del mar se acalló del todo.

Cesa el sonido. Enmudece el mundo. La vida ha terminado.

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Los viernes publico una sección en las páginas de cultura del diario Málaga Hoy.

En ellas pongo una lupa sobre textos literarios, intentando escarbar, arañar la superficie, mirar debajo de ellos y examinar qué puede haber que tal vez no se vea a simple vista.

Este se fija en un pasaje de la primera parte de una trilogía del grandísimo, pero no demasiado conocido, escritor Alfred Döblin, titulada Noviembre de 1918.

Quimo Döblin

Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

QUIMO-DÖBLIN

Alfred Döblin, conocido sobre todo por Berlín Alexanderplatz, también era médico. Su lado científico aflora en lo que escribe.

En Burgueses y soldados —1ª parte de una novela sobre el fracaso de la revolución socialista alemana de 1918 y el surgimiento de la República de Weimar— esa faceta aparece pronto, al narrar la muerte de un piloto herido de bala en el vientre.

El plomo […] salió al mundo para entrar en ese cuerpo tierno como la raíz de una planta entra en la tierra fértil […] Los largos y finos intestinos se movían, no se contrajeron cuando llegó la bala, iba demasiado rápida, se abrió paso a través de ellos y probó al pasar el diluido quimo que allí se encontraba desde el desayuno…

La insólita aparición del quimo nos abre la puerta a unas entrañas violadas e inquietantes. La bala sigue su camino hasta incrustarse en un hueso y luego:

El enfermo se fue apagando solo. Las finas plantitas que la bala de plomo había llevado a su cuerpo desde el aire y desde su guerrera proliferaban en el vientre. Recubrían los intestinos con un soplo turbio […] Los hongos habían recorrido las venas del hombre dejándose arrastrar alegremente por la cálida corriente de la sangre […] Y ahora el humano se había convertido en una enorme bóveda hueca…

Por las paredes de la bóveda reptan plantas trepadoras […] monstruos de cuellos atrofiados salen del fango, los colibríes zumban con sus curvados picos, las flores les tienden sus chillonas corolas y les sacan estrechas lenguas rojas.

Las enfermeras lo palpan, lo incorporan, lo llaman…

Pero la selva virgen lo ha engullido.

La dulce naturaleza de flores y colibríes se ha convertido, sibilinamente, en ponzoña y muerte. La bala ha inoculado otra vida, que coloniza el cuerpo. El soplo turbio nos pone en guardia ante el lado traicionero de las finas plantitas; el cálido torrente transporta maderadas de ominosos hongos; otras plantas no crecen, sino que reptan; «proliferar» es aquí un verbo aterrador.

Así prepara Döblin el párrafo en el que unas chillonas corolas o unas burlescas lenguas rojas pierden toda inocencia. Ya sólo las podemos ver como deformes monstruosidades que han eviscerado al hombre hasta matarlo. La ciencia presta lúgubres recursos al escritor.

Acabo de empezar a leer la última novela del escritor malagueño Antonio Soler, Apóstoles y asesinos, aún calentita en los anaqueles de las librerías.  El arranque, in ultimas res, o sea, por el final —así lo parece a primera vista, pero habrá que confirmarlo más adelante— es prometedor: una apetitosa mezcla de densidad literaria, drama personal e historia patria que se anuncia violenta y convulsa desde las primeras líneas.

antonio-soler-apostoles-asesinos

Antonio Soler y su novela

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Iván y Albertine

19 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay autores hipertróficos al igual que los hay anémicos.

Proust es sin duda uno de ellos, de los hipertróficos,  como un atlante que cargara sobre sus hombros  la tradición de la novela occidental para ponderar el peso narrativo que una obra puede resistir. Escribir A la búsqueda del tiempo perdido  fue una tarea (vámonos de mitos) ciclópea, tantálica y prometeica: a Proust le consumió la vida, encerrado en su laberinto como un minotauro sin más ariadnas que cientos de páginas en blanco.

Ventajas de la hipertrofia: la posibilidad de acercarse a lo inefable a fuerza de atosigar la escritura hasta sus últimas consecuencias.

Albertineprousttimes Continuar leyendo…

Sería fascinante trazar, o mejor, recorrer, las mil y una formas en las que la literatura se ha ocupado de la muerte. Además, seguro que alguien lo ha hecho ya. Si, como nos dijeron los Beatles, alguien tuvo la estúpida paciencia de contar los cuatro mil agujeros que había en Blackburn, Lancashire,…

I read the news today, oh boy / four thousand holes in Blackburn, Lancashire,

…¿cómo no iba a haber alguien que se interesara por algo así? La muerte y la literatura. Ahí es nada. Bagatelas. (Una vez, en la barra de un bar, alguien discutía desaforadamente con otro parroquiano sobre la justeza de no sé que tarjeta roja en no sé qué partido, y, encendido de furia, me pidió opinión, a mí, que solo pasaba por allí. «Pura bagatela», dije, por decir algo. «Eso es, ¡vaya tela!», soltó el agraviado hincha, recorfortado por haber obtenido apoyo).

Mi anterior entrada ya mencionaba la muerte de Don Quijote (esa que Nabokov vio como una rendición y una apostasía). Lo cierto es que nuestro inolvidable hidalgo no intentó escapar de ella.

Yo me siento, sobrina, a punto de muerte.

Así de lacónico reconoce Don Quijote lo que está por llegarle, y es el telúrico Sancho Panza quien, no comprendiendo que alguien en su sano juicio pueda dejarse morir, lo exhorta:

—Ay […] No se muera vuesa merced, señor mío, sino tome mi consejo, y viva muchos años; porque la mayor locura que puede hacer un hombre en esta vida es dejarse morir, sin más ni más, sin que nadie lo mate…

Saber, y aceptar. Saber cuándo llega la hora, y acatar la orden. De esto, la literatura, la buena, está llena. En Las tres muertes, del genial Tolstói, un mozo de postas agoniza en la cocina, ¡y sabe!. Una mujer le pregunta con ternura si le pasa algo, y él responde: «La muerte está aquí, eso es lo que me pasa».

Acabo de terminar la lectura de Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin. La historia de la vida de Franz Biberkopf, termina (¿alguien lo dudaba?) con su muerte, y Döblin se emplea a fondo en esas páginas (las negritas son mías):

Está echado en la cama, en el pabellón de vigilancia especial, llegan los médicos y mantienen su cuerpo; entretanto, ha palidecido más aún […] Lo que había en él de animal corre ya por los campos. […] El alma de Franz está devolviendo sus semillas vegetales».

La Muerte ha empezado su lenta, lenta canción. […] canta la Muerte. «Ha llegado el momento de aparecer a tu lado».

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Alfred Döblin

O sea, que Franz Biberkopf sabe. Y para que no haya dudas, el narrador, haciendo hablar a la Muerte, remacha:

«Estoy aquí y debo hacer constar que quien está aquí echado, ofreciendo su vida y su cuerpo, es Franz Biberkopf. Dónde está, lo sabe, y tambien adónde va y lo que quiere». 

Pero la muerte no es una mecánica cumplidora de órdenes ni un ciego destino. Tiene razones. Filosofa. Explica:

«Sí, tienes razón, Franz, al querer venir conmigo. ¿Cómo puede prosperar un hombre si no busca a la muerte? […] Toda tu vida te has preservado. Preservar, preservar, ese es el temeroso deseo del hombre, y por eso se queda en el sitio y no avanza. […] Yo soy la vida y la verdadera fuerza, y por fin, por fin no tendrás que preservarte».

Y cierra sus admoniciones recordándonos algo obvio, pero a menudo olvidado:

«[…] la vida sin mí no vale la pena».

En mi novela Una callada sombra, también hay algunas muertes. En una de ellas, la víctima se encuentra frente a frente con su victimario, y de repente sabe, y comprende, y acepta:

Sí, lo recordaba todo hasta el más mínimo detalle. Blasco levantó una mano hasta la altura del corazón, como protegiéndolo de la bala que estaba a punto de llegar, pero enseguida bajó el brazo y se quedó quieto y entregado, como entendiendo la inutilidad de cualquier defensa. En sus ojos había un brillo húmedo y cansado. Después bajó la cabeza. Y entonces resplandeció un fogonazo y se oyó el estallido seco y metálico que anunciaba su fin. Mientras se guardaba de nuevo la pistola en el bolsillo, Blasco dobló las rodillas y luego cayó para atrás. Puede oler la sangre caliente. La mancha roja empapa la camisa y se extiende con rapidez por el pecho y la mano que lo palpa, como queriendo taponar el agujero por donde se le va escapando la vida.

¿Qué por qué me ha dado hoy por hablar de la muerte? Bueno, siempre es menos penoso que hablar de Bárcenas o de los ERE de Andalucía, que son otras formas de muerte, pero menos heroicas y nada memorables.