Novela concluida

28 junio, 2013 — Deja un comentario

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Algunos, amablemente, os habéis interesado por la marcha de mi último trabajo. Ahora puedo deciros, por fin, que mi novela Tulipanes y delirios, está terminada, y hoy mismo la he inscrito en el Registro de la propiedad intelectual, como es aconsejable.

Ahora, como tengo por costumbre, la dejaré reposar un tiempo, digamos que el verano, macerándose en el cajón, para ver cómo resiste la prueba del alejamiento: allá por septiembre la volveré a leer, y si sigue gustándome, empezaré la guerra para su publicación.

Como no escribo novelas de tesis, no me es fácil responder a la típica pregunta de qué es lo que quiero decir con ella: no estoy seguro. Tal vez no quiera “decir” nada, y desde luego, si sé que no pretendo convencer de nada a nadie. Quería narrar, de forma literaria, es decir, haciendo al lenguaje protagonista, desautomatizándolo, buscándole sus vueltas, dándole la mayor temperatura posible a su expresividad (y a su esencia de puerta de acceso a lo íntimo, tambien) una historia.

En este caso, la de un grupo de españoles emigrados a Holanda. Caídos en un país extraño, en los años 70, como lanzados allí con paracaídas, se buscan unos a otros, gregariamente, para brindarse apoyo y protección mútuos, pero acaban constituyendo un microcosmos viciado y vacío, girando ciegamente, como los burros alrededor de la noria, intentando que los cangilones saquen agua de donde ya apenas la hay.

Hay emigrantes económicos, o sea, trabajadores, y otros intelectuales (profesionales universitarios…) pero todos caen en las mismas trampas existenciales. No obstante, como cada cual, también algunos son capaces de emitir destellos de grandeza, aunque sea en contadas ocasiones. Una crónica de la decepción y la amoralidad, en suma, pero narrada a través de abundantes corrientes de humor… amargo, sí, pero humor, y donde el sexo es para algunos la única tabla de salvación, o al menos, de autojustificación.

Aqui van unos fragmentos:

Del capítulo 1:

«Solemne, el rollizo Santos Quiles acallaba con su vozarrón al grupo de ociosos habituales, sentado a horcajadas sobre la banqueta con la cabeza erguida, como ofrendando el garguero a quien quisiera rebanárselo, y el antebrazo izquierdo apoyado con desparpajo sobre el largo mostrador del Relicario, un nombre de tronío aunque su dueño fuera gallego».

Así empezaba mi relato de lo que pasó aquel día, un día cualquiera de la vida que llevábamos en Ámsterdam, remedando el arranque del Ulises de Joyce, porque siempre me ha encandilado la rotundidad burlona de su primera frase, «Stately, plump Buck Mulligan…», y lo estrafalario de un gordinflas en camisola con un cuenco de barbero y una brocha, jugando a ser un cura oficiando la misa, y porque eso, precisamente eso, era lo que hacía Santos Quiles: “oficiar” a la menor ocasión: de sumo sacerdote, de gobernador de Barataria o de archipámpano de las Indias, qué más daba. Estoy usando sus palabras: «¡sacerdote de las ideas, sacerdote de las ideas!» aullaba de sí mismo; otras veces ululaba hinchando las venas del cuello: «¡Os convido a mi casa a un festín de conceptos, hijos de la gran puta!», pero nunca pasaba nada, ni se movía de la banqueta, ni nadie le hacía caso.

Del capítulo 2:

Lo mejor de Mirena era su risa, que en su punto álgido recordaba el trino del abejaruco, y después sus nalgas, redondas, inmensas, semovientes, y su vulva, reventona como su boca, prieta y abultada, color tarta de moka por fuera y de un fuerte y casi sangriento rojo oscuro por dentro. Cuando se daba la vuelta y se ponía a cuatro patas, culo en pompa, esa vulva caribeña y ensortijada quedaba aprisionada entre sus fuertes muslos de bailarina profesional, y parecía una raja de jugosa y rezumante sandía aprisionada entre ellos, empujando hacia atrás para escapar de la tenaza. A veces me parecía el corcho de una botella de champagne a punto de salir despedido, pop, y darme en el ojo. Era un soberbio espectáculo culinario, como un bodegón de Arcimboldo. ¡Todo de comer!

Del capítulo 3:

Y vaya protectores. Puro sarcasmo llamar así a semejantes desaprensivos, dos canallas incapacitados para el bien: Santos, el intelectual alcoholizado con una indigestión crónica de malditismo, y el chulo Jerulo, para quien trabajaba. Sí, ¡yo trabajo para un chuloputas! Cada vez que me paro a pensarlo me parece imposible de creer, pero es cierto. Con qué facilidad suceden a veces las cosas, y cómo ruedan cuesta abajo hasta llegar a donde uno nunca imaginó. Todo empezó ayudando a Jerulo en su restaurante, que iba viento en popa y necesitaba de una especie de administrador. Tuve que aprender algo de contabilidad, cosa que jamás había entrado en mis planes, y sobre todo de “doble contabilidad”, porque Jerulo pensaba que pagar impuestos era inaceptable. Trabajé bien, y poco a poco depositó en mí su confianza y su aprecio, aunque no recuerdo haberme esforzado nunca en conseguirlos. De lo de las putas me enteré algo después, y eso que era su principal negocio y que lo sabía toda la colonia, pero yo era entonces bastante ingenuo aún. Ahora también me ocupo de llevarle las opacas cuentas de su rufianería. Tuve que violentarme un poco, pero no es fácil decirle que no a Jerulo. 

Del capítulo 7:

Y así fue. Ángel le pidió a Bea que demostrara lo que valía, y Bea bailó, primero al compás de una rumbita del casete que me había estado torturando durante toda la cena, y luego poniendo los ojos en blanco con una música “insinuante” que puso por indicación de Ángel. «Pon la música insinuante, Bea. Desátate, cariño».

Todas las Beas del mundo bailan igual: una grotesca mezcla de danza del vientre y de hula hoop sin aro, aunque admito que Bea tiene un plus de sensualidad respecto a lo que suele ser habitual.

Sus caderas sinusoidales aumentaban paulatinamente la longitud de onda del bamboleo, mientras todos habíamos enmudecido.

Angelona, con una sonrisa de oreja a oreja, se levantó dando un traspiés y se puso detrás de su novia, pegándole la abombada bragueta al culo, contoneándose con ella, y pasando los brazos por delante con las manos abiertas a la altura de los rebosantes pechos, como a punto de agarrárselos, pero esperando a que el ansioso público se lo pidiera. Y se lo pidió. «Cógeselas, cógeselas».

Bea se reía y echaba la cabeza hacia atrás, diciéndole que no con la cabeza, pero sin hacer nada para impedirlo, y Ángel asió los pechos a manos llenas y jugó a levantarlos, a separarlos y a pellizcarle los pezones. Después le fue desabrochando la blusa lentamente, y al soltar el botón de más abajo tiró con fuerza sacándola del pantalón y abriéndola con violencia, dejando a la vista el ombligo y el blanco sujetador, del tipo balconcito, cuyas copas semiesféricas (talla D, seguro) dejaban ya visible casi medio pezón. Hubo un murmullo de admiración, aunque la Nosequé empezaba a agitarse incómoda en la silla.

Ángel le dijo algo al oído y luego soltó el broche del sostén y deslizó los tirantes por los hombros y los brazos, hasta dejar desnudas las altivas cumbres, las gloriosas cúpulas, las ubérrimas mamas. ¡Cuán grandes son las tetas de Bea Dijkma! Son dos esferoides perfectos, túrgidos, aerostatos de helio a punto de levantar vuelo, y es incomprensible que se sostengan erguidas como lo hacen, en un jubiloso desafío gravitatorio. Son tres planos claramente marcados: la teta misma, blanca y cremosa, la areola café con leche –toffee de primera– hinchada y en relieve, y el pezón marrón oscuro, tieso y lanzado hacia delante, como el hocico de una zarigüeya que todo lo husmea. Sniff sniff.

Y mucho, mucho más: un asesinato brutal, un atraco a mano armada, una pasión volcánica por una ciega que regentaba un burdel, un rufián de Paramaribo, un torero fracasado, una ganster de Belgrado… un río, en fin, de personajes que, aunque dispares y a veces delirantes, urden una compleja trama que tiene su secreta unidad.

Igual tengo suerte, y va y os gusta… cuando llegue el momento. Mientras tanto, ahí sigue mi anterior novela, Una callada sombra, haciendo su camino.

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