“Les corps étrangers”, de Jean Cayrol: ¡Levántate y anda!

22 octubre, 2015 — Deja un comentario

cayrol leds corps

En la historia de la novela francesa, los 50 se nos aparecen como años de zozobra y desconcierto.

Entre las dos guerras mundiales la literatura en Francia se siente dueña de su destino y no se cuestiona a sí misma, sino que, simplemente, se hace. Es la época de Valéry, Gide, Claudel, (Proust es caso aparte) y acto seguido de los ensoberbecidos Céline, Aragon, Malraux y Bernanos. La atormentada pregunta «¿Qué es la literatura?», que Sartre hace en 1947 y que tanto ha dado de sí, no inquietaba demasiado a esos novelistas.

Después, en la década de los 60, la obsesión por «el texto» devolverá, a su manera, un centro de gravedad preciso y reconocible al quehacer novelístico.

Entre ambos periodos, los novelistas franceses de los años 50, con la pregunta sartriana dominando ya buena parte del panorama intelectual y literario, parecen andar buscando una nueva legitimidad de la novela, de su trabajo. Para algunos, aun rechazando la vieja doxa, la literatura engagée propugnada por Sartre —la literatura del compromiso, la literatura no inocente— no bastaba para tranquilizar las conciencias.

Robbe Grillet

Robbe Grillet

A finales de esos años y principios de los 60 aparece la archifamosa «Nueva novela» (Nouveau Roman), de los Butor, Sarraute, Robbe-Grillet y Duras, que traslada sus picores intelectuales al hecho mismo de escribir; que reniega de la intriga y del argumento; que elimina los personajes y se obsesiona con los objetos, a los que dedica descripciones interminables —y, según muchos, insoportables—; que, en la acertada, aunque pedante, fórmula de Ricardou, el teórico oficial de la cosa, era la aventura de una escritura, más que la escritura de una aventura. En fin, amigo Sancho, cosas veredes.

Raymond Queneau

Raymond Queneau

Georges Perec

Georges Perec

En ese mismo periodo también andaban los del Oulipo (Ouvroir de littérature potentielle), con Queneau, Perec y compañía, haciendo de las suyas, c’est à dire, proponiendo una escritura que obedeciera a procedimientos preestablecidos, cuasimatemáticos, reglados, y aceptando las limitaciones derivadas de tales principios mecánicos. (Es interesante notar que ya muchos años antes, Schönberg había postulado, con el dodecafonismo, una idea similar para la música. Queneau y sus colegas llegaban, la verdad, un poco tarde).

Pero por aquellos años había también otros francotiradores. Uno de los más interesantes fue Jean Cayrol, poeta y novelista, de quien Barthes sostiene que es precursor directo del Nouveau Roman. No me lo ha parecido en la novela que acabo de leer, Les corps étrangers, pero es la única de sus obras de ficción que conozco. Insuficiente, pues, para formarme una opinión sobre el asunto.

Jean Cayrol

Jean Cayrol

Jean Cayrol nació en 1911 y murió en 2005, ambas cosas en Burdeos.

La idea de ir a morir donde uno nació siempre me ha parecido subyugante; algo así como un tributo a la aventura de la vida y, a la vez, un acto de una cierta humildad.

Fue poeta, novelista, editor y también anduvo mezclado en aventuras cinematográticas, la más conocida de las cuales fue, probablemente, su colaboración con Alain Resnais en el documental Noche y niebla. Durante la segunda gran guerra padeció los campos de concentración nazis, hecho biográfico que debe reseñarse al hablar de su literatura, pues la afectó en grandísima medida.

En 1950 publica un ensayo, Lázaro entre nosotros, (que reputo bastante más interesante que Pour un nouveau roman de Robbe-Grillet, que dio carta de naturaleza al Nouveau Roman). En él se formulan ideas que luego han servido a otros para hablar de literatura «lazariana» o «lazarena» y a otros más de literatura «postconcentracional», o algo así, en la que también se incluiría a Primo Levi, por ejemplo.

Esta literatura lazarena pone el acento (muta d’acento, mas no di pensier’), ya no en el genocidio, sino en lo que vino después: la perpetuación de esos horrores en las vidas de quienes los conocieron. Testimonia lo que pasó, pero no dejando que se quede en un pasado consumado, sino haciéndolo presente, pues el mundo sigue espantosamente impregnado por una imborrable obsesión con todo aquello. El Lázaro evangélico, que tras haber conocido la muerte regresa a la vida, lo hace sin aspavientos, con una impasibilidad y una lucidez que sobrecogen. Cayrol se identifica con esa actitud y escribe sobre aquellos años y aquellas vidas de una manera extrañamente púdica, sin alharacas, sin desvergonzado pathos, sin procacidad, sin exhibicionismo.

Esa forma de entender la escritura está manifestada con nitidez en Les corps étrangers, que salió en 1959. (Podemos traducir el título como «Los cuerpos extraños». Curiosamente hay una novela de Lorenzo Silva titulada así, que también son ganas. No sé, en verdad, cómo se ha traducido al español la novela de Cayrol, si es que acaso se ha hecho). Sobre ella conviene empezar diciendo que no es una novela cómoda. Hay un deseo evidente del autor —casi un plan diabólico— de impedir a toda costa que el lector se instale confortablemente en la narración y (un poco a la manera del mexicano Rulfo en Pedro Páramo) no es fácil distinguir entre sueño y realidad. Como diría mi amiga la doctora en letras Ana Palomo, que pasa frío en León, no hay aquí una papilla narrativa fácil de deglutir. La novela es un laberinto y pronto nos perdemos en él. Cuando creemos haber encontrado un hilo de Ariadna, puff, se desvanece, no era tal. No sabemos en qué época estamos, y a veces ni siquiera en qué escenario. Además, tardamos muy poco en descubrir la única cosa verdadera: al narrador no le importa mentir.

Descubrirlo pronto es fundamental, pues solo sabiéndolo —y aceptándolo— se soporta la lectura.

Toda novela genera en el lector, aun antes de empezar a leerla, lo que los narratólogos han dado en llamar un «horizonte de expectativas» (horizon d’attente). En Les corps étrangers, Cayrol se dedica a dinamitarlo página tras página. Al final, su protagonista-narrador, Gaspard, casi desaparece como personaje y se convierte tan sólo en una voz, una voz que habla y habla y habla con una incontenible verborrea, intentando encontrar una justificación a su reprobable conducta de estraperlo y colaboracionismo durante la ocupación nazi de Francia.

Pero tengo que admitir que mi opinión general de esta novela habría sido menos favorable, de no haber leído el citado ensayo de Cayrol, Lazare parmi nous, donde están muchas de las claves para entender lo que escribió y la forma en que lo escribió.

Tal vez sea esta novela uno de los últimos coletazos, tardío, sin duda, de lo que Henri Godard, en Roman, modes d’emploi, llamaba «novela existencial» (distinta, ojo, de la «existencialista», que se engloba en la anterior). La novela existencial, que agrupa un conjunto heteróclito de novelistas de los años 30 y 40, como Malraux, Céline, Bernanos, Bataille, Sartre o Camus, rechaza la psicología, lo que los aleja de Proust, cuestiona metafísicamente la vida y sus enigmas, introduce la dimensión histórica y política, lo que implica un juicio sobre la sociedad, y se ocupa, con fascinación, de la omnipresencia de la muerte.

Reseño, para terminar, algunos fragmentos que me han llamado la atención. (La traducción es mía).

Je suis tenace dans le ressentiment.Soy tenaz en el resentimiento

On n’a jamais la vie qu’il faudrait avoir. / Nunca se tiene la vida que debería tenerse.

Un precioso detalle, el del amante que abandona, sigiloso, para no despertarla, el dormitorio de la amada, pero antes le lustra los zapatos en un gesto de ternura:

Je ne partis qu’au petit matin, après avoir fait la surprise à Claudette de lui cirer ses souliers.Me fui de madrugada, tras haberle preparado a Claudette la sorpresa de lustrarle los zapatos.

…il y a toujours eu de la pluie quand je suis été hereux…Siempre llovía cuando era feliz.

… à trente-huit ans, ma foi, on n’a que l’ombre qu’on mérite, pas plus, pas moins…a los treinta y ocho años, vaya que sí, sólo tenemos la sombra que nos merecemos, ni más ni menos.

Je n’étais pas dangereux. Je pouvais rentrer dans la paix, dans les jours heureux, seulement maudit par moi-même, hargneux, pauvre, avec une femme que la folie comblait. […] J’étais dans l’honnête moyenne.Yo no era peligroso. Podía regresar a la paz, a los días felices, maldecido únicamente por mí mismo, huraño, pobre, con una mujer colmada de locura. Formaba parte de la honrada mayoría.

Je n’avais plus peur. Pour avoir peur, il faut se prendre au sérieux. / Ya no tenía miedo, Para tener miedo hay que tomarse en serio.

La novela se cierra con una manifestación más, llena de triste ironía, de esa irrefrenable necesidad del narrador por hablar, y amaga con volver a contarnos su vida, empezando otra vez desde el principio, invalidando todo lo contado antes, cancelando, en suma, toda la novela.

Je vais tout te dire. Je te jure que je ne vais pas arranger ma petite vie. Tout. Je suis né dans un petit village de Seine-et-Marne, un soir d’hiver, dans une famille d’une grande noblesse. Mon père qui avait servi… /  Te lo voy a contar todo. Te juro que no voy a inventarme mi pobre vida. Todo. Nací en un pueblecito de Seine-et-Marne una tarde de invierno, en una familia de gran nobleza. Mi padre, quien había servido… FIN.

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