Archivos para 30 November, 1999

Goostman

Con tanto cerebrito precoz suelto, que Eugene Goostman, un ucraniano de 13 años, pase a los anales de la informática no debería extrañarnos si no fuera porque Eugene Goostman no existe. Ese fue el nombre, y no sé si decir la personalidad, que adoptó el programa informático (un chatter-bot, un «robot de chatear») que acaba de pasar el test de Turing.

Allá por los años cuarenta del siglo pasado, a Alan Turing, el portentoso matemático pionero de la computación, se le ocurrió la siguiente idea: pongamos a unos cuantos jueces a «conversar» con unos cuantos individuos; los jueces no pueden saber a priori si su interlocutor en esos chats a ciegas es un programa o un ser humano. Si un programa informático consigue convencer a más del 30% de los jueces de que es una persona y no un programa, entonces puede decirse que ese programa es «inteligente».

Alan Turing

Alan Turing

En 2012 Eugene Goostman consiguió engañar al 29% de los jueces. Tuvo que ser un golpe duro para el orgullo del ucraniano, pero no se desanimó (el orgullo y el desánimo, ¿serán rasgos de inteligencia o todo lo contrario?). Este mes de junio de 2014, Goostman le acaba de ganar el pulso al 33% de sus 30 jueces. A pesar de sus supuestos 13 añitos, me puedo imaginar a Eugene brindando (metafóricamente) a la salud de Turing, de quien este año se conmemora el 60 aniversario de su muerte. Es, por cierto, un aniversario lleno de vergüenza: a Turing lo mató el acoso legal y social por su homosexualidad, lo que le condujo al suicidio. Hace unos meses la reina Isabel II lo indultó de toda culpa. Uno de esos tristes indultos a destiempo que testimonian nuestra impotencia ante la injusticia. Y una pregunta más: ¿no será el delirio, con su corte de culpas, vergüenzas e injusticias, lo específicamente humano y no la así llamada «inteligencia»? La digresión no nos ha alejado de Goostman, pero volvamos a sus habilidades.

El test de Turing se basa en la competencia comunicativa y tiene el encanto de que, a pesar de haber sido concebido por un lógico-matemático, recurre a la pura intuición, al olfato de los jueces. Cualquiera podría jugar a ser ahí abogado del diablo, a adivinar qué es el interlocutor, chips o neuronas. Las respuestas de Goostman sobre temas no pactados previamente parecen humanas porque son creativas, bromistas, controvertidas… Le gustan los Rolling Stones y opina, por ejemplo, que los Who en su última etapa se volvieron grandilocuentes. A Lucas, dijo en el test, deberían haberlo fusilado antes de hacer algunas precuelas de Star Wars.

La reacción de la comunidad científica no se ha hecho esperar. Algunos opinan que el test de Turing es poco consistente; otros, que lo medido aquí es un «simulacro» de inteligencia; hay también quien dice que su niño (digo, su programa) es más listo y que ya lo demostró antes. Al leer la noticia, me he acordado de otra del mes pasado, un artículo en The Independent firmado, entre otros, por Stephen Hawking y el nobel de Física Frank Wilczek. Advertían allí, con cierto tono apocalíptico, del peligro del desarrollo incontrolado de la inteligencia artificial. ¿Armas de guerra a las que se está programando para tomar decisiones sin supervisión de un humano? ¿Es esto lo que hay? Hawking, por ejemplo, se ha apuntado al Cambridge Project for Existential Risk (sic), una iniciativa que arrancó a finales de 2012 y analiza los peligros del desarrollo de la inteligencia artificial aplicada sin control a ámbitos como la guerra o la biotecnología. Lo que nos debe preocupar, y esto hay que leerlo entre líneas para no tergiversar todo el planteamiento, es la estupidez de la inteligencia natural aplicada a esos y a cualesquiera otros campos.

No faltará hoy quien, al acabar de leer estos párrafos, se quede pensando que, ya, ya, mucha inteligencia artificial, pero a ver cuándo llega la máquina que escribe un soneto de Garcilaso o que compone un nocturno de Chopin. Es un viejo argumento cargado de ingenuidad. (¿No será la ingenuidad, como el delirio, uno de los últimos reductos estrictamente humanos, nuestra aldea gala que las perversas máquinas no podrán conquistar?). Al respecto comentaba Aurel David en La cibernética y lo humano (1966): «Es absurdo argumentar que las máquinas no lograrán jamás componer una sonata o escribir una tragedia. En realidad, la mayor parte de los individuos tampoco lo han hecho nunca y, sin embargo, se tienen por humanos».

 

 

Pigmeos

12 abril, 2014 — 1 Comentario

Hay libros clásicos en el mundo anglosajón que incomprensiblemente tardan décadas en traspasar la barrera invisible de la traducción al castellano. Es el caso de La gente de la selva de Colin Turnbull, que me recomendó una amiga y que me ha encantado. Os copio su reseña.   pigmeo1

Por la puerta de atrás del Edén

Carmen Palomo

Se cuenta de los pigmeos, como dato casi inverosímil, que son tribus de cazadores-recolectores desconocedoras de la técnica de hacer fuego. Tampoco debería asombrarnos tanto: ¿quién entre nosotros, los hombres blancos, sabe hacer fuego? De asombros y pigmeos, y de quiénes somos en el fondo todos nosotros, trata La gente de la selva de Colin Turnbull, un clásico de la antropología editado por primera vez hace 50 años —medio siglo que ha añadido lustre y profundidad a un libro excepcional— publicado en español por la editorial milrazones (trad. de Bianca Southwood). A su autor cabe tildarlo de aprendiz de antropólogo pues, para nuestro regocijo, se saltó la primera ley de la ciencia, que es la de considerar su objeto de estudio como tal: como un objeto. Con una pasión algo suicida, Turnbull se fue a vivir a la selva de Ituri, en el entonces Congo Belga, con los pigmeos bambuti… y se pigmeizó. Su libro relata cómo vive y qué piensa y siente un pigmeo. Y lo hace con tan rendida admiración que no es de extrañar que a Turnbull se le acusara de idealizar la experiencia vital de estas «pobres gentes» que, por no tener, no tienen ni propiedad privada. Y es que el asunto va por ahí, justamente por lo que no tienen los pigmeos. Sus núcleos tribales son tan pequeños, y con tales lazos de interdependencia (la caza es colectiva), que no necesitan jefe ni brujo. Los mayores ejercen un tutelaje pacificador, pero los conflictos —siempre según el relato de Turnbull— suelen resolverse con rapidez, a gritos o a risas. Más fascinante aún resulta la idea de que no tengan deidades, ni siquiera malignas. Saben para qué sirven —para asustar, claro— y las inventan y las utilizan contra sus vecinos naturales (otras tribus bantús o sudánicas), pero no creen en ningún espíritu inicuo ensañado contra ellos ni contra nadie. Sencillamente, en su cosmogonía, no existe ninguna entidad amenazante…, luego no existe el miedo. ¿Cómo interpretan, cómo resuelven, entonces, la desgracia? Creen los pigmeos bambuti que el mundo, su mundo, la selva, está bien hecho: la selva húmeda y penumbrosa nutre, acoge, vela por los suyos… Cuando la desgracia llega (la enfermedad, la falta de caza…), piensan los bambuti que la selva se ha dormido. Un ritual, el molimo, se encargará de despertarla para que todo vuelva al equilibrio pacífico y natural de lo cotidiano. Se trata de un diálogo entre tribu y selva (esta última, representada por el sonido de unas primitivas trompetas): los bambuti, en una especie de curiosa contra-nana metafísica, despiertan a la selva de ese letargo con canciones que dicen que «la selva es buena, la selva es buena». pigmeos2Es verdad, Turnbull no hizo en este libro una fría descripción científica de las costumbres pigmeas: hizo pura poesía. Durante la lectura respiramos selva, escuchamos selva y conocemos además a cada uno de los miembros de la tribu, debidamente individualizados: Kenge, Akidinimba (la chica de los grandes pechos), Manyalibo, Masisi (cuya foto aparece en la portada)…  El lector no puede evitar reírse a carcajadas cuando acaba descubriendo el pigmeo que lleva dentro (los bambuti ríen con todo el cuerpo, como los niños, palmeándose los costados y rodando literalmente por los suelos). Bajo esa risa benéfica como la selva misma, La gente de la selva se lee con una admiración no exenta de nostalgia por esa humanidad ajena a nuestras locuras consumistas y teológicas. No es que los pigmeos sean ángeles (no lo son, Turnbull también retrata su astucia, su orgullo y su gusto por la burla), pero parece que, cuando todos fuimos expulsados del Paraíso y entregados a la derelicción metafísica, ellos arrendaron las tierras colindantes al Edén. Y allí siguen. Para saber más sobre este apasionante libro y sobre la increíble vida de su autor: http://blogs.milrazon.es/Colin-Turnbull-el-nino-que-queria-que-lo-robaran.aspx

En la anterior entrada hablaba de la aceleración del tempo social como rasgo dominante de la modernidad y de su temible consecuencia: la reducción de nuestro propio tiempo, saqueado por el nuevo orden de cosas.

Me topo ahora, en la lectura de Cyrill Connolly que me agita estos días, con este párrafo estremecedor en el que, avant la lettre, ya alertaba de más consecuncias nefastas de la denunciada y enloquecida aceleración. (La traducción es mía):

Huty1595013«El poeta chino se nos presenta como un amigo, el poeta occidental como un amante», escribe Arthur Waley; pero el prosista occidental también solía presentarse como amigo […] En los círculos de Johnson, de Walpole y de Madame du Deffand o de los Enciclopedistas nadie podía vivir sin su amigo. Los amaban, y hasta un filósofo misántropo como La Bruyère podía ponerse sentimental con el asunto.

[…] Hoy la industrialización del mundo, el Estado totalitario y el egoísmo materialista han terminado con la amistad. Primero por acelerar el tempo de las comunicaciones hasta el punto de que ya nadie es indispensable; luego por imponerle tales exigencias al individuo, que la camaradería ya sólo puede darse entre colegas y únicamente durante el tiempo que dure su colaboración; finalmente, por realzar aquello que es, esencialmente, egoísta y malo en la gente […] Hemos desarrollado la simpatía a expensas de la lealtad.

Para completar el sombrío cuadro, Connolly dice también algo terrible sobre la fraternidad, una de las tres palabras mágicas de la Revolución francesa, hoy caída en el olvido, suplantada por la ubicua «solidaridad» (ayer, en una tienda, vi una gran cesta con «calcetines solidarios» (sic). Habla Connolly:

La Fraternidad es el soborno que el Estado le hace al individuo. Es la única virtud que puede proporcionar valentía a los miembros de una sociedad materialista. Toda la propaganda estatal exalta la camaradería porque es el sentido gregario y el olor de rebaño lo que mantiene a la gente sin pensar y la lleva a aceptar la destrucción de sus vidas privadas. Problema para los escritores orgánicos o para los artistas en sus cementerios de guerra: ¿Cómo convertir la Fraternidad en emoción estética?

Dejando a un lado el sarcasmo de la pregunta final, el párrafo es aterrador. Me armo de valor y sigo leyendo.

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NPG P722; Cyril Connolly by Henri Cartier-Bresson

by Henri Cartier-Bresson, bromide print, 1939

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Un conocido tertulio radiofónico se quejaba amargamente del reciente cambio horario. La queja, que comparto, se repite ritualmente cada año. «¡Nos roban una hora!», se dice. Pues sí. Nos la roban.

Pero es mucho más que eso: la modernidad (y su secuela: la post-eso-mismo), nos roba el tiempo a mansalva. Se refería a ello Manuel Arias, en su blog Torre de marfil (en «Revista de libros»), hablando de la polémica entre aceleracionistas y deceleracionistas (o lentificadores, si preferimos). Harmut Rosa

La aceleración es el meollo que explica la modernidad y, a la vez, la gangrena que amenaza con destruirla. De eso va el libro del sociólogo alemán Harmut Rosa, Social acceleration. A new theory of modernity. La sensación,  ya universal, de vivir en una carrera sin fin que no puede ganarse. El control del tiempo como clave de la organización social y también de poder y dominio. (¿Dónde se regula el tiempo más rígidamente que en las cárceles, los ejércitos y las escuelas?).

La necesidad de gestionar y coordinar varias cosas a la vez (y no estar loco): (i) nuestro tiempo cotidiano,

¿Cómo me organizo para terminar el informe para el cliente, llegar a tiempo al dentista, revisar mi muro de Facebook (¿el de las lamentaciones, tal vez?) y no perder mi hora de gimnasio?  Agobio. Continuar leyendo…

Herznpensive

Herzen doliente

Como la primera vez que los leí, los capítulos titulados Un drama familiar, del cuarto volumen de las memorias de Alexánder Herzen,  han vuelto a estremecerme. Buena parte de este volumen ―su vida entre 1848 y 1855― lo consagra Herzen a explicarle al mundo, pero sobre todo a sí mismo, por qué su amantísima esposa se entregó a una sórdida aventura con Georg Herwegh, un poeta alemán, dizque condottiero fracasado (eran años de revoluciones), al que Herzen, con una saña que sólo los cornudos que han descubierto su condición consiguen destilar con tan prístina pureza, despedaza una y otra vez, página tras página, mordisco tras mordisco, vituperio tras vituperio. A fe mía que consigue dibujar un retrato demoledor de su ofensor. Tanta es su vileza, tamaña su iniquidad, su bellaquería, su infamia, su infantil egolatría, azuzada, arropada y encubierta por la de la propia Frau Herwegh, quien no sólo conoce su frenético idilio con Natalia (la mujer de Herzen), sino que lo ampara y estimula (al decir del burlado), que no es posible no tomar partido, compadecerse del pobre marido de tan cruel manera vilipendiado y desearle a Herwegh la más horripilante de las muertes, qué sé yo, por inmersión lenta en una tinaja de sulfúrico, por ejemplo, o  devorado en vida por un ejército de escarabajos de la patata.

Natalia Herzen2

Natalia Herzen

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