Archivos para 30 November, 1999

Vesuvius

13 noviembre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 11 de noviembre de 2016.

Tres grandísimos, Chateaubriand, Stendhal y Goethe, suben al Vesubio.

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Para quien pueda tener dificultad de lectura con la foto del artículo, aquí va el texto:

TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

VESUVIUS

El Vesubio ha fascinado siempre a los europeos. En el 79 d. C. arrasó Pompeya y creó su leyenda. Plinio el Joven fue testigo de la erupción y se la contó por carta a Tácito. Su tío, Plinio el Viejo, más atrevido, se acercó demasiado y murió.

Los siglos XVIII y XIX se infatuaron con el Vesubio. Erupciones horrísonas, estruendosas nubes, llamaradas del Averno, ¿cómo no iban a cautivar a los impetuosos del Sturm und Drang?

Grandes testigos vesubianos: Chateaubriand, Stendhal  y Goethe. Divido sus consignaciones en tres partes:

El fatigoso ascenso.

Chateaubriand primero y Goethe, años después, se sirven de sherpas locales:

…la cima del Vesubio permanece en la niebla. Hago un trato con un cicerone, para que me conduzca hasta el cráter del volcán. Llega con dos mulas…

Al pie de la abrupta pendiente nos recibieron dos guías. […] Nos arrastraron, repito. Puesto que estos guías se ciñen con un cinto de cuero, al que se aferra el viajero…

Para el francés, dos mulas; para el alemán, dos guías. Stendhal, mientras, anda enfurruñado:

Ayer subí al Vesubio: fue la experiencia más fatigosa que he tenido en toda mi vida. Lo endiablado es subir el cono de ceniza…

Goethe también atestigua las dificultades, pero, más esbelto y ágil que Stendhal, no se queja.

Ascendí al Vesubio, aun cuando el día no era claro y la cima aparecía envuelta en nubes. […] Más lejos aún se sube trabajosamente al monte de cenizas. […] Finalmente alcanzamos el viejo cráter […] en dirección al vapor, cuando este se hizo tan espeso que apenas me veía los zapatos.

El ermitaño.

Los tres se fijan en esta curiosa figura que vive en las laderas del infierno, aunque Goethe apenas se ocupa de él. Chateaubriand, sí:

El ermitaño ha salido a recibirme. […] es un hombre de buena facha y rostro franco. Me ha invitado a su celda; ha puesto la mesa y me ha ofrecido pan, manzanas y huevos…

Le pide que escriba algo en su libro de visitas y el chauvinismo francés aflora incontenible cuando, al hilo de los comentarios dejados por sus compatriotas, anota ese buen gusto consustancial a su país.

Stendhal es más lapidario y mordaz:

[…] el supuesto ermitaño suele ser un ladrón […] valiente banalidad se lee en su libro de visitas, firmada por Bigot de Préameneu. […] comemos la tortilla…

Tortilla para Stendhal; pan, manzanas y huevos para un Chateaubriand más conversable. Goethe, siempre más científico y observador, no está para tortillas.

Lo terrible.

La visión del monstruo sobrecoge a los tres: cenizas, lava, humo, vendavales y brumas.

La prosa, sonora, perfecta, de Chateaubriand es superior. El volcán se le antoja una metáfora de la vida y la muerte, y compara:

…el horror de este lugar. El Vesubio, separado por las nubes de las comarcas encantadas que hay abajo, parece situado en el más hondo desierto, y el terror que inspira no lo debilita el espectáculo de una floreciente ciudad a sus pies.

Goethe, el más científico, también siente la grandiosidad ominosa:

…y así fuimos rodeando el cono, que ruge sin cesar mientras escupe piedras y cenizas. […] espectáculo grande y sublime. Primero, un poderoso trueno, que resonaba de la más profunda sima; enseguida piedras miles, grandes y pequeñas, arrojadas al aire, envueltas en nubes de ceniza.

Pero la literatura puede, a veces, pedir auxilio a la pintura. Quizás habría que leer estos testimonios mientras se admira La erupción del Vesubio, de Turner, con esas llamas furiosas que iluminan asombrosamente el cielo antes de arrasarlo todo.

Modus legens

4 noviembre, 2016 — 1 Comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 4 de noviembre de 2016.

Goethe, Proust y Jünger sobre lectura y lectores.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

MODUS LEGENS

En Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister, Goethe presenta una volantinera forma de leer. Una joven pareja se ha retirado a una aislada heredad. Entre folganza y folganza, leían, pero el aburrimiento arremetía con furia.

Entonces Filina tuvo la idea ingeniosa de colocar todos los libros abiertos sobre una gran mesa; nos sentábamos uno frente al otro y leíamos en voz alta, mas no capítulos enteros, sino pasajes sueltos […] ora de un libro, ora de otro.

Variábamos nuestro sistema a cada paso, pero lo corriente era regular nuestras lecturas sometiendo su duración a la regla inflexiva de un reloj de arena […] Dábamos la vuelta al reloj y uno de nosotros principiaba a leer en un libro; cuando la arena había pasado al cuerpo inferior, lo invertíamos, y el otro continuaba en un libro distinto.

La imagen de esa lectura de saltimbanquis me divirtió mucho y enseguida caí en la cuenta de que difiere poco de mi propio método. Soy incapaz de concentrarme en un solo libro; siempre ando con tres o hasta cuatro a la vez. Eso sí, nunca del mismo género: novela, poesía, ensayo, filosofía… Un picaflor de biblioteca.

En eso me acordé de un maravilloso librito de Proust, Días de lectura:

Quizás no hayamos vivido días tan intensos en nuestra infancia como aquellos que creímos dejar correr sin haberlos vivido, los que pasamos con un libro amado.

Interesante: vida y lectura parecen excluirse. Después se queja, con hálito lírico, de cualquier distracción a su embebecimiento:

…la abeja o el rayo de sol molestos que nos obligaban a levantar la vista de la página…

(Y recordamos las voraces moscas machadianas sobre el librote cerrado). Acto seguido informa de su impaciencia lectora:

[…la cena] durante la que solo pensábamos en escapar a toda prisa para terminar el capítulo interrumpido…

Pero Proust, lector apasionado, insiste en la separación entre vida y lectura, y desmitifica:

…la lectura […] en absoluto puede sustituir a nuestra actividad personal. […] Se torna peligrosa cuando, por el contrario, en vez de despertarnos hacia la vida personal del espíritu, la lectura tiende a suplantarla…

Sin embargo, Jünger, mucho más hombre de acción que el adamado Proust, sugiere que la lectura lo es todo para el lector verdadero: aire, alimento, vida. En La Tijera leemos:

El lector es un ser que necesita de ocio igual que necesita de aire para respirar; vive alejado de los negocios […]

Ocio para leer, claro. Recordemos que negocio es la negación del ocio (nec otium). Y nos regala esta fabulosa idea, en la que algunos podemos entrevernos:

También cabe concebir la existencia del lector como un proceso de conversión en crisálida, como un estadio intermedio en el cual se introduce como si se encerrara en un capullo fabricado por el mismo […] que sólo abandona para ocuparse de las cosas más necesarias, pero prefiere pasar hambre a no leer. 

Cuando el lector es también escritor, todo se hace más enrevesado. Algunos, no obstante, aceptamos que lo primero nos define más que lo segundo. A fin de cuentas, leemos lo que queremos, pero solo escribimos lo que podemos.

Bisturí

29 octubre, 2016 — 2 comentarios
Publicado en Málaga Hoy el viernes 28 de octubre de 2016.

Leer catorce versos en tres horas. Explicación de una lectura.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

BISTURÍ

Hace poco hablé de un poema. Dije que había estado con él tres horas y me han preguntado cómo se tarda tanto en leer catorce versos. He aquí la explicación:

Al primer vistazo el poema me gustó y cuando esto ocurre me vuelvo minucioso. Primero lo leí unas cuantas veces más, puede que hasta quince, siempre en voz alta, deambulando por la casa con el libro en la mano, como un orate; declamándolo con mucha variedad de tonos, como un actor que ensaya y a veces sobreactúa. Ya intimista, ya histriónico, ya épico, ya Actor’s Studio (rascándome la oreja y tal). Se trata de amasar el sonido, de que la voz materialice la poesía: es mi obrador fónico. De pronto hay dos poemas: uno, en el papel; otro, en el aire. La lectura —su ritmo, cesuras, énfasis— le va dando distintos visos, sin que deje de ser el mismo. En esos paseos vociferantes, que inquietan a los perros, memorizo el poema sin proponérmelo.

Me gusta la métrica —pizca de autocontrol en la libérrima creación— y siempre miro los poemas también por ese lado. Dominaban los versos alejandrinos (catorce sílabas), pero quise saber más y consulté mi Manual de métrica española de Varela, Moíno y Jauralde, pues del alejandrino hay mucho que decir. ¿Qué cadena rítmica? ¿Enfático o melódico? ¿Heroico, sáfico, vacío, pleno, puro…(se cuentan hasta 59 variaciones). También me fijé —en realidad ya lo había hecho durante las repetidas lecturas— en las sinalefas, hiatos y otros recursos para la escansión.

Poco sabía del autor, Cobos Wilkins, y aunque no leo literatura biográficamente (para leer no suele importarme la vida del escritor) quise saber más, así que dediqué unos minutos a escrutar Internet y husmear en su perfil público.

Lo que el poema dice (no el autor, repito), es decir, las ideas que expresa, las sensaciones que pretende transmitir, las que en realidad transmite, las referencias, guiños, claves culturales, paraliterarias y metaliterarias… todo eso llovizna sobre uno a medida que lee, pero le presto más atención tras haber realizado las operaciones anteriores.

Ya el primer verso (El mundo se derrumba y tú escribes poemas) me cogió por las solapas. Un déjà vu que no pude concretar hasta que llegué al verso duodécimo (Este no es el comienzo de una hermosa amistad) y se hizo evidente la referencia: la escena final de Casablanca. Para recordarla con detalle busqué ese fragmento en Youtube y después toqueteé con el saxo algo de la inolvidable As time goes by (que muchos conocen por Play it again, Sam).

Hurgué luego en mis estantes, para encontrar otros poetas españoles vivos que se ocupen del cine. El dandi Luis Alberto de Cuenca, por ejemplo.

Estos versos limitan al Norte con el cine

de gángsters…

La referencia culta a La pietà me llevó a refrescar las hermosas imágenes de las varias que se conservan por el mundo. Pasé cerca de media hora mirando, ensimismado, láminas y fotos. Por último me eché en el sofá y, con los versos en la cabeza, me dediqué a pensar, como el propio poema, en el arte y el tiempo y la impotencia y la ira, hasta que mi telúrica mujer me trajo de vuelta al mundo.

 

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Pietá Rondanini

 

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Pietà del Vaticano

Procaces albornoces

25 octubre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 21 de octubre de 2016.

Es muy centroeuropea y muy especial y muy morbosa y muy médica y muy burguesa y muy nostálgica y muy sensual. Es la novela de balneario.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

PROCACES ALBORNOCES

Los lugares de veraneo y su extensión morbosa, los sanatorios de aguas salutíferas, tienen su propio subgénero: la novela de balneario. La dama del perrito (Chejov), El jugador (Dostoievski), Verano en Baden-Baden (Tsypkin) y, claro, Thomas Mann, que con La montaña mágica y La muerte en Venecia es el rey del mambo del subgénero. Hors catégorie, Proust. De las nuestras recuerdo Un viaje de novios (naturalismo pacato), de Pardo Bazán, y Pabellón de reposo, de Cela, que no son gran cosa.

Mihail Sebastian fue un escritor rumano y judío que admiro. Vivió en un Bucarest convulso y compartió veladas y amistad —luego truncada— con Cioran (pronúnciese Chorán) y con Mircea (pronúnciese Mircha) Eliade. Su Diario de los años fascistas es atronador y debe leerse. En 1933 escribió Mujeres. La he vuelto a hojear y advierto que la primera de sus cuatro historias pertenece al subgénero.

Las relecturas permiten mayor atención a los detalles y he disfrutado con las piruetas de la novela, que salta de la metafísica irónica:

Y si, por casualidad, la eternidad tuviera el sabor de esta sobremesa

a la psicología galante:

—No cabe duda, señora Bonneau: es muy hermosa.

—No, querido amigo. Solo muy serena.

Los balnearios propician amoríos ilícitos. No debe haber novela de balneario sin un adulterio, soñado o consumado, entre caldas u hontanares, playas desiertas o terrazas donde vortiginosos albornoces nos asoman a turbadoras desnudeces tísicas. También hay esputos.

Renée Rey tiene un cuerpo feo, manos muy delicadas […] piernas asustadizas […] y los ojos sombríos.

—Renée, eres la mujer más desnuda del mundo.

[…] estar desnudo no significa estar sin ropa. Hay mujeres desnudas y mujeres sin ropa.

Adulterio es igual a triángulo escaleno, pues los lados son desiguales. (¿Hay una geometría euclidiana de esto? ¿Adulterios obtusángulos y el coseno de los cuernos?). Veamos cómo nace el polígono. El marido les pide que posen para una foto y el galán sondea:

—Si hay que hacer una escena de película —susurra Valeriu—, yo preferiría, señora, una de amor.

Ha hecho el comentario como de pasada […] para poder convertirlo fácilmente en una broma si es necesario.

Renée sonríe como por casualidad y no responde nada.

No responde, pero los lectores vemos ya asomar dos bultos en las sienes del inminente cornalón.

Mihail Sebastian engasta los matices, como en esta descripción (en la que anida la voz de Simenon):

Las ventanas del hall están abiertas, dentro se oyen voces familiares. Se ve, al trasluz, el humo azulado del tabaco […] los reflejos del lago a lo lejos tienen algo de fijo, de dominante.

A la suave ondulación del humo se contrapone la quietud —que columbramos también azulada— de las aguas y emerge un hipnótico equilibrio sobre el que flotan voces.

Como se lee en la cautivadora La ciudad de las acacias, Mihail Sebastian ve a las mujeres con intensa hondura masculina, o sea, con ternura recelosa. En la primera historia de Mujeres se aprovecha de algunas características del subgénero para tener ya hecho el marco de la historia y concentrarse así en sus penetrales. Lo hace de maravilla.

Alas y plumas

14 octubre, 2016 — Deja un comentario
Publicado en Málaga Hoy el viernes 14 de octubre de 2016.

Escribir, volar, leer.

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TEXTO SENTIDO

Sanz Irles. Escritor

@SanzIrles

ALAS Y PLUMAS

No creo que la aeroliteratura tenga que ver con las soflamas futuristas de Marinetti:

Nosotros queremos cantar el amor al peligro, el hábito de la energía y de la temeridad… Queremos exaltar el movimiento agresivo, el insomnio febril, la carrera, el salto mortal, la bofetada y el puñetazo… Queremos glorificar la guerra, única higiene del mundo.

Más bien se debe a impulsos líricos y épicos encadenados al vuelo desde lo de Ícaro; cuando el escritor es aviador, también hay estremecimientos técnicos. Lírica, épica y técnica aparecen en el sobrevalorado Vuelo nocturno, de Saint-Exupéry:

Las colinas, bajo el avión, cavaban ya su surco de sombra en el oro del atardecer. Las llanuras se volvían luminosas, pero de una luz inagotable…

Los ocasos dorados pronto dejan entrever un venero épico:

Al descender sobre San Julián, con el motor al ralentí […] parecía un conquistador que, en el crepúsculo de sus andanzas, se asoma a las tierras del imperio y descubre la humilde felicidad de los hombres.

Y por fin lo técnico, casi —ahora sí— futurista y mucho mejor que lo del oro vespertino:

Los quinientos caballos del motor engendraban en la materia un fluido muy suave, que cambiaba su hielo en carne aterciopelada.

Recordemos lo de Gómez de la Serna y las grandes máquinas:

¿Qué caracol es comparable, joyeleros poéticos y ruines sensibleros […] a una gran turbina que es un maravilloso caracol del artificio…?

Hay en los aviadores un arrobamiento poético ante la técnica, nacido del júbilo de saberse con los conocimientos para realizar un acto que violenta la condición humana: volar. En Despegando la sombra del suelo, Daniele del Giudice habla con una tensión que un piloto reconoce de inmediato:

La carrera de despegue es una metamorfosis; he ahí una porción de metal que se transforma en aeroplano merced al aire; cada carrera de despegue es el nacimiento de un aeroplano.

Otro ángulo de ataque (jerga aeronáutica, ya puestos) nos lo da James Salter, piloto de combate, en The Hunters:

Y entonces fue todo embriagador. El suave despegue y el sentimiento de libertad de ver el mundo desprenderse y alejarse. Poco después de abandonar la tierra, cruzamos parches de estratos, pesados y blancos como glaciares, que se extendían por los valles.

Mas no solo los pilotos escriben de aviones. Saúl Bellow, un titipuchal de estilo, escribe en El viejo sistema:

… cuando vio el suelo inclinarse y el avión elevarse desde la pista, se dijo a sí mismo con palabras claras: Shema Yisrael. ¡Escucha, oh Israel, sólo Dios es Dios! Por la derecha Nueva York se escoraba colosalmente hacia el mar y el avión, con una sacudida de sus ruedas retráctiles, viró hacia el río.

James Wood sospecha, y ya es sospechar, que las recurrentes menciones de sus vuelos querían poner de manifiesto lo que él, Bellow, veía como su gran ventaja sobre los maestros del pasado —Tolstoi, Melville—, que nunca vieron el mundo desde el cielo. No doy un duro por la interpretación de Wood, pero la consigno por su originalidad.

Muchos aviadores han dejado escritas sus historias. Yo mismo tengo empezada una novelita corta sobre las peripecias de un instructor de vuelo en un aeroclub, pero esa es otra historia.